20 feb 2014

Pompa



Por Eduardo Sansone

Recuerdo cuando era chico y papá nos contaba, a mis hermanos y a mí, que cuando él era chico, tenía miedo a las pompas fúnebres. Entonces nos describía esas pompas tenebrosas, con sus carruajes de color negro, sus caballos negros, todo en negro, muy negro. Y sus correajes adornados, y el sonido del galope de esos caballos. Y más caballos y más ruido y más miedo cuanto más dinero tenía el difunto y su familia.
Esto lo recordé hace unos días cuando al llegar a una esquina, tuve que detener mi marcha porque venía una pompa fúnebre. Otra, pero pompa al fin.
Solo un auto fúnebre. Con el ataúd y unas cuantas flores y muchos jóvenes, muy jóvenes y muchos. Todos detrás de ese auto gris. En su mayoría con el torso desnudo debido al insoportable calor, y en motos, todos en sus motos. Gritando, haciendo explosiones con sus escapes. Gritando, pero con la misma cara triste que imagino, tendrían aquellos deudos que apenas alcanzaba a ver mi papá, antes de salir corriendo hacia el fondo a buscar refugio en la falda de mi abuela.
Aprovechando que detuve mi marcha, cruzó una señora mayor delante de mío, moviendo la cabeza de un lado a otro, reprobando lo que veía. Me di cuenta que estaba sorprendida. Era algo raro, ¡es cierto! Entonces pensé que a esa señora, quizás, le parecía más raro aún ya que, a lo mejor, se le venían a la cabeza las mismas pompas de las que hablaba papá.
También recordé en ese momento lo que me contaba papá, y recordé también, la pompa que tuvo él, cuando lo acompañamos en  su dolorosa despedida. Y me di cuenta, que en definitiva es la misma manera de despedir. Pompa es la ceremonia que se le hace a un difunto en su despedida; y lo que yo veía no era más que eso. La pompa de alguien muy joven, de poco dinero, distinta a las de antaño pero en definitiva igual, el último adiós, el último andar junto a los amigos, y a los que lo querían.
Me consolé pensando que por lo menos estos amigos no necesitaron dinero para poder hacer ruido. ¡Mucho ruido, mucha pompa! 
También reconozco que miré a todos lados buscando a ese niño temeroso; no lo vi, no lo encontré.


5 dic 2013

El asalto al Teatro Argentino


Por Nacho Fittipaldi

¿Se puede tocar el cielo con las manos? ¿Pueden 60 chicos tocar el cielo con las manos? ¿Pueden hacerlo? ¿Puedo sentir mi cuerpo pesar 60 kilos menos en comparación al día de ayer? ¿Puedo tocar el cielo con las manos? ¿Puede uno sentir que el pecho se hincha y contener las lagrimas desde la primera interpretación hasta la última? ¿Puede la música llevarnos hasta el cielo, como un vehículo inanimado y acercarnos la posibilidad de tocar el cielo con las manos?
Esta es la historia de un día. Es un día especial, y lo es por varias razones. Es el día en el que 60 chicos de las distintas orquestas escuelas de toda la provincia de BsAs, vienen al teatro argentino a tocar con otros chicos de otras orquestas escuelas de la misma provincia. Hoy tocaran con una formación de orquesta sinfónica. No se conocen, no han tocado juntos antes pero hace tres días que ensayan en la Republica de los Niños. Es el día en el que un teatro del prestigio del Teatro Argentino abre las puertas (o ceden) para que chicos que llegaron a la música buscando algo que tal vez no sabían que la música encerraba, se apoderen de él. Lo re-signifiquen, lo re-escriban, lo bauticen, lo caminen, se lo apropien. Es además, el día en el que distintas vertientes de la música clásica y popular, convergen con estos chicos en este lugar para que todo fluya.

Es también el día en el que un gran compañero se pone al hombro esta actividad.
Es un día particularísimo porque yo estoy ahí con Pao y Piero. Y no importa que Piero llore en plena afinación ante el complejo silencio de los miles de guardapolvos blancos que también se apropian del teatro. Piero llora y todo el teatro ríe, el joven director gira y busca entre la platea al cachetón que ha quebrado ese silencio. El directo ríe y todos los chicos ríen también. Es el día en el que por primera vez muchos chicos van a ese teatro que está vedado a los sectores populares de esta ciudad, de esta provincia y de este país. Es el día, es el momento, en el que la música arranca a sonar con la potencia de un caballo desbocado pero con la prolijidad, la dulzura y el esmero de una novia antes de la fiesta. Usan ropas negras. Calzan zapatos negros y las cabelleras se ven desprolijas desde aquí, están en un lugar donde todo suele estar prolijo y en donde un bebé no puede presenciar una noche de gala. Pero hoy está casi todo permitido, hoy es todo distinto, lo sabemos nosotros que hemos conocido la otra cara de la escena teatral, cuando Piero aun era un mínimo rizoma.

Los contrabajos son lo más hermoso que hay, en el fondo, allá lejos, en la profundidad del escenario se ve un timbal y las tubas. Me pregunto qué idea tenían esos músicos años atrás acerca de esos instrumentos que ahora ejecutan con profesionalismo; me pregunto si hay forma ahora, de despegar a esos músicos de la música y sus instrumentos; me pregunto si hay otra forma de cambiar la vida de una persona de esta manera tan singular. Me pregunto si habrá alguien enojado, o en contra, de que el estado invierta dinero en violines, violas, chelos, flautas, oboes, clarinetes, contrabajos y batutas. ¿Hay alguien en contra de quitarle esta posibilidad a un chico de acercarse a un instrumento y de que la música le ocupe la vida y el alma? ¿Hay manera de quitarles ese esplendor que lucen? ¿Hay manera de no quebrarse en llanto al ver esta sinfónica? Cómo se hace para que Merceditas, esa música litoraleña añeja,  pase sin erizar la piel, o cómo no pensar en la complejidad del mundo al ver el himno “cantado” con lenguaje de señas por un  grupo de pibes que esta en la primer bandeja y que mueven sus brazos y manos jurando con gloria morir; cómo hacer para que la versión de Pablo Agri de Adiós Nonino no se transforme en el momento mas lindo del años después del nacimiento de Piero. Cómo no temblar al oír ese timbre de voz inconfundible de Peteco Carabajal ensamblarse con igual naturalidad en medio de una polvareda santiagueña o en esta complejidad musical de una formación sinfónica interpretando La Estrella Azul. 

Cómo no aclarar que esa canción se la escribió al hijo que Peteco tuvo con una diplomática sueca, que al momento de nacer el bebé se fue a vivir al África y al que solo vio una vez en su vida y de lejos, en una plaza africana, sin poderle decir que él era su papá; cómo no darse vuelta y corroborar que Piero sigue atrás mío en el palco, ahora duerme y si quiero le doy un beso. Cómo se quita de la memoria de estos pibes el asombro de estar ahí en esa meca de la música, no espiando, no pidiendo por favor, ni clemencia. Son ellos los artistas, son enormes, son feos y lindos, son igual de pobres o igual de clase media que antes de iniciarse en esto. En sus casas falta el mango y hay que raspar la olla igual que siempre, igual que nosotros a su edad, pero ellos a diferencia nuestra tienen una enorme ventaja, poseen una herramienta, tienen una posibilidad, y son miles eh. Son miles acá, son miles en Venezuela, miles en Colombia, y miles en Brasil. Son cientos de miles de pibes que están inscriptos en un periodo histórico en el que el cambio sociocultural que proviene de la cultura se transforma en la verdadera revolución social. Son los que se apoderan de lo que estaba preservado para las élites. Y eso vino para quedarse. Así que acostúmbrense. Acostúmbrense a que los pobres y feos también toquen Mozart y vibren con Bach, acomódense porque esto está empezando, así que ustedes también empiecen a escuchar a Beethoven, Vivaldi, Wagner y Mozart porque si no, no van a saber de qué va la cosa, van a decir “no me lo banco” pero no van a saber qué es lo que no se bancan y qué es lo que exactamente se están perdiendo. Para mí, se están perdiendo el acontecimiento transformador más importante del mundo que es ver en vivo y en directo el cielo bajar, y el cielo dejarse tocar, por estos pibes que la descosen, que tocan bárbaro el cielo y que solo esperaban una buena oportunidad.  



28 nov 2013

Semana














A mi gran amigo, Augusto.
Dejó el luto o ¿perdió el luto? Cristina usó el blanco y eso parece rajar la tierra. El viceministro de economía de la nación asume como ministro de economía de la nación. El nuevo jefe de gabinete anuncia que convocará a una reunión de trabajo al jefe de gobierno de la ciudad autónoma de Bs.As y al gobernador de Santa Fe. Cada mañana da una conferencia de prensa anunciando que no habrá grandes anuncios. La tierra se abrió. Los medios de comunicación destacan la novedosa generosidad del nuevo jefe de gabinete que no anunciará nada trascendente hasta que Cristina decida lo contrario. Martín Insaurralde se fue a Miami de vacaciones. Es un hijo de puta. Traidor. Cipayo. Mueren de la envidia. Murió Ricardo Ángel Fort y los programas de la tarde, o sea, los programas que se emiten durante la tarde, alcanzan los 17 puntos de rating. Aparentemente Fort sufrió como una mula todo este último tiempo pero nadie puede especificar cuánto tiempo abarca ese último tiempo. 17 puntos de rating equivalen a 1,7 millones personas pendientes de eso. Qué sociedad. Jesica Cirio dice que Insaurralde es el amor, o el hombre, de su vida. También denuncia que haciendo el cheking le tocaron el culo. De Duhalde ni noticias.  Se retiró David Nalbandian. El más normal de los tenistas. Mi primo corrió 50 km en Bariloche y no salió en ningún lado. Aún nadie explica por qué son 50 y no los 42, clásicos, kilómetros de la maratón. “Ahora llueve, llueve mucho y parece que están lavando el mundo” así dice Juan Gelman. Así parece que es este torrencial aguacero que hace sonar la chimenea de mi casa, así el ojo de agua que ahora me espía, canta la noche y trae un rumor, el rumor de tierra mojada, así son los días de frenéticos, de livianos, de no pasar, pasando, nada, pasando todo, a cuenta gotas y contando ojos, ojos que miran, que miran finito, chiquito y grande, están atentos, atentos y despiertos para cuando pasen las cosas no perdérselas, para amar o para sufrir, vivo para estar pendiente, de vos y del otro, de esos cinco dientes que ya asoman, asomantes, por los que faltan. Vivo para que esta lluvia te moje, vivo para elegir qué rumbo seguir, atento para que el dolor ajeno no pase desapercibido pero tampoco te frustre, vivo y atento para ver la felicidad de ese amigo que esta consternado por la hija que está viniendo, derecho hacia él, intransigente. Definitivamente. Para amarla y besarla, para alzar la copa, para mirarse fijo a los ojos y comprender que nada será igual, como desde que vos llegaste a mi vida, para que estar vivo sea esa sensación de entender el sentido cabal del amanecer y echarse a dormir esperando el día siguiente. Para extrañarte todo el tiempo y que me duelas un poquito, acá, en un costado, para que tu sonrisa sea también el aglutinante que lava todo el cansancio y quererte. ¿0 no, o no se trata de eso?, “¿se escucha viento ahí?”, ¿llueve?, ¿está lloviendo?, ¿te moja?, ¿estás despierto?, ¿venís? Vení eh, estoy esperando, hace tiempo que te estoy esperando.

16 oct 2013

Animación en arena


Esta vez el vizcacheral funcionará como un intermediario para que disfruten de algo maravilloso que a mí me emocionó y me generó un inexplicable nudo en la garganta.
Ojala lo disfruten, son 8 minutos, nada mas; pero busquen un momento del día para ver esto, no lo vean a las apuradas, háganse un mate, sírvanse una copa de vino tinto, son 8 minutos, siéntense con alguien que quieran mucho o que crean que puede apreciar esto, como yo creo en ustedes ahora, y gocen de esta maravillosa expresión artística, son 8 minutos pero vale la pena respetar cada segundo.
Hasta luego, Nacho.

19 sept 2013

Miserias


Por Nacho Fittipaldi

La primera clase transcurre entre las 09 y las 11 Hs. La segunda, entre las 11 y las 13 Hs. En mitad de la primera el profesor siente ganas de ir al baño. Son ganas de lo segundo, no de lo primero. Esto siempre es un problema cuando no se está en su casa, y mas para las mujeres que para los hombres. El problema no es ese, ya lo ha hecho en la facultad, otras veces. El conflicto real es el tamaño del habitáculo que han destinado para poner el inodoro. Él, apenas cabe allí. Por suerte, en el día de hoy ha decidido pasar una película que sirva como cierre de la unidad número uno. Eso le permite cierta elasticidad en la utilización de los tiempos, en caso de que decida salir de excursión.
El inodoro está ubicado en un habitáculo de un metro por un metro, sin exagerar. Cuando ingresa debe hacer las cosas con la metodología necesaria. Al abrir la puerta ya se topa con el inodoro que esta a tan solo, diez centímetros de la puerta, lógicamente la puerta abre hacia afuera. Entra, pone la traba, toma aire e inicia la cirugía. Debe sacarse el abrigo, apoyarlo en la mochila del inodoro, es obvio que no hay gancho para colgar abrigos. Luego, y de parado, conviene ir sacando la cantidad de papel higiénico que cree, va a utilizar. Entre el retrete y la pared no caben sus pies, se baja el pantalón de parado, gira, su nariz casi, casi, toca los azulejos. Se sienta, pone sus pies en los laterales del inodoro, esta posición estira los elásticos del calzoncillo, ahora parecen una bombacha súper elástica. Hace caca, se higieniza haciendo movimientos mínimos, si lo vieran allí acurrucado, los movimientos d elos brazos semejan un mimo callejero. Vuelve a la vida de dimensiones normales. A menudo piensa en el contorsionista que diseñó aquél bajo fondo. Pero hoy es distinto.
Al llegar al baño ve que las puertas de los compartimientos de los inodoros están sin sus picaportes. Esta es la manera informal de inhabilitar los inodoros. En el aula, la película sigue corriendo. La necesidad y el deseo de cagar van en aumento y son proporcionalmente directas a la cercanía del sujeto con el baño, por lo tanto, al llegar al baño prácticamente se está cagando encima. Cuando ve las puertas sin picaportes siente que es el peor año de su vida. ¿Qué hago? –piensa. <<Me cago en Bergoglio>> –masculla. Evalúa la posibilidad de hacerlo en los mingitorios pero se da cuenta que es una locura de mochileros. La única posibilidad es utilizar el inodoro para paralíticos. Se dirige hasta el fondo del baño, hace correr la puerta y ante sus ojos ve el paraíso, ve que el inodoro luce blanco, inmaculado y entronado como un volcán. El baño está en el primer piso y no hay forma de que un paralitico llegue hasta allí arriba dado que, el mismo cráneo que pensó el cubículo donde está el único inodoro, no diseñó mecanismo alguno para que un paralitico acceda al primer piso del edificio. El profesor evalúa la posibilidad de cagar allí, analiza la situación, ya ha perdido valiosos minutos que, al sumarle los que le llevará defecar en relativa paz, harán evidente ante sus alumnos que ha salido de la clase para ir a cagar al baño. Lo que más lo aflige es otra cosa. La puerta es corrediza, no tiene traba y la hoja de la abertura es como de un metro y medio de largo. Luego, la distancia que hay entre el inodoro y la puerta son lo suficientemente extensas como para no poder impedir, con sus brazos, que la abran en caso de que alguien elija ese retrete para hacer pies, en vez de los mingitorios destinados para ello. Al abrir la puerta lo verían allí, con los pantalones bajos, humillado, defecando en hora de clase, balbuceando un obsoleto y desesperado <<¡¡Ocupado!!>>. Esta hipótesis aumentaría en gravedad si además el alumno que abriera la puerta, fuera un alumno actual. O incluso uno del primer semestre del año que lo reconocería de inmediato. ¿Qué postura asumiría él, frente al <<Hola profe>>, del imberbe? Por todo esto asume que es una pésima idea y regresa a clase, devastado psíquicamente.
Al volver, los alumnos persisten en esa  tesitura de aburrirse ante cada cosa. La película transcurre y el hecho de no tener que sostener la atención del dictado de una clase común, solo colabora en la concientización de que se está re-cagando. Termina la primera clase. Comienza la segunda y todo es para peor. De repente, un rayo de luz ilumina su estado.

Vuelve a salir de clase, como un prófugo se dirige al kiosco de la facultad. ¿Qué va a llevar profe? –pregunta la muchacha-, <<Nada –responde él-. ¿Tenes cinta aisladora, me la prestas?>> Toma la cinta y se dirige al baño con la breve ilusión de que los picaportes hayan sido restituidos a su país de origen. Ingresa al baño, ve que el mundo sigue igual. Saca la hoja que lleva doblada en el bolsillo, busca la lapicera en el otro, recuesta la hoja y escribe en letras mayúsculas, gigantes, <<CLAUSURADO>>. Recorta unos diez centímetros de cinta, la apoya sobre la hoja en sentido horizontal y se dirige al inodoro de paralíticos. Cierra la puerta corrediza del lado de afuera, apoya la hoja justo al lado de la moldura desde donde se abre la puerta y pega la hoja allí. Ese inodoro, ahora esta CLAUSURADO. Abre la puerta, ingresa. Cierra la puerta, él queda dentro del baño, el plan está en marcha. Entonces se baja el pantalón, se sienta sobre el volcán inmaculado, el corazón es un terraplén acribillado de caballos galopando, deja que su cuerpo dicte el tiempo de la necesidad. Caga. Culmina. Y alcanza a percibir ese leve sentir placentero, que produce superar las grandes dificultades. 

5 ago 2013

Situaciones de un vestuario de hombres III

Por Nacho Fittipaldi

La mañana arranca casi media hora más tarde que lo que la rutina amerita. Una vez que Piero y Pao bajan del auto rumbo a la guardería, me dirijo a la pileta para encarar el entrenamiento del lunes.
Después de nadar los 3.200 metros correspondientes, la ducha será una instancia reparadora. Apurado como estoy con los horarios, aún debo tomarme el micro e ir a BsAs, esa instancia reparadora pasa a las apuradas y en la soledad del vestuario. Si algo tienen los vestuarios de hombres, es que la gente anda en pelotas. Yo estoy en pelotas secándome. De espaldas a mí, escucho dos voces que se acercan y que ingresan al vestuario. Son dos personas desconocidas para mí, el más grande debe tener unos 66 años y el más jovencito debe tener 22. Supongo que son padre e hijo pero me equivoco. Entraron mojados, vienen de nadar, se sacan las mallas y están en pelotas ambos. No hablan. No me miran. Yo ahora estoy sentado secando esa parte del cuerpo compleja que es el entre los dedos de los pies. El mayor mientras busca el jabón en su bolso, supongamos que se llama Aldo, le pregunta al más joven, suponiendo que se llama Diego. ¿Che, cuanto pesaba el Pejerrey que pescó tu papá?  Diego se da vuelta, lo mira fijo y le dice, pe-pe-pesaba seis, punto, y tres ceros mas. Vos sabes que me parecía que era enorme pero no tanto, en esta época se pesca cualquier cosa, y con las lluvias que hubo en Brasil, y la crecida del Paraná, hasta dorado se está sacando acá. Yo quedo inmóvil. Diego tiene algún problema que no llego a identificar, habla muy trabado y básicamente el mundo que él comprende es tan distinto del nuestro. En vez de decir que el pescado pesaba 6 Kg, dijo que pesaba “seis, punto, y tres ceros mas”. Aldo habla con él como si fuera tan lógico lo que ha dicho. No, no hay dorado a-a-a-a ahora, dice Diego, el dorado vie-vie-vie viene más tarde. Aldo se ha sacado la maya y ha girado, está en pelotas frente a mí. Diego afirma que el dorado llega más tarde a esta parte del Río de la Plata y deja caer la toalla que hasta recién lo cubría. Aldo se va a las duchas, lo pierdo de vista y yo quedo a solas con Diego. Ruego por favor que no me hable, que no me diga nada acerca del pejerrey, que no intente ponerse en contacto conmigo que tan mal me llevo con estas situaciones. Diego me mira y me dice, ¿sa-sa-sabes que mi papá, pe-pes-pes-pescó un pejerrey de seis, punto, y tres ceros más?. La puta que me parió, me cago en Dios y en el Papa Francisco, me está hablando a mí. Tengo dos opciones, o le respondo o me hago el boludo. Si me hago el boludo corro el riesgo de que Aldo escuche que Diego quiere hablar conmigo y yo no le respondo. Si le contesto como si todo estuviera por sus carriles normales, corro el riesgo de que Diego se ponga a hablar conmigo, crea que yo soy un tipo macanudo y me mande una solicitud de amistad por Facebook. Arriesgo y le respondo en un estilo más bien seco. Secote. No che, no sabía nada. Sí, pes-pes-pes-pescó, pescó un Pejerrey de seis, punto, y tres ceros mas. Ahora ha agregado algo, cuando dijo “punto” movió el brazo elevando el antebrazo y el dedo como si estuviera poniendo un punto en una pantalla touch. Diego se ha acercado y ahora estamos más cerca que la cercanía que mantienen dos personas que no se conocen. Al hacer el gesto del punto, Diego ha dejado caer, o se le ha caído, la toalla al piso. Dios mío, terrible poronga tiene este muchacho, qué batata. ¿Vos pescas?, continúa Dieguito. ¡Me recontra cago en Bergoglio y su sucesor! Aldo volvé rápido porque este pibe me está incomodando mucho. No, no pesco, respondo yo con cara de lija al agua. Uyyy qué-qué-qué mal, agrega Diego en tono burlón, larga una carcajada mientras su termo tanque flamea al viento, mi papá es un-un-un un gran pescador, pesca en to-to-todos-todos- lados. En ese momento entra el padre de Chuky -amigo mío de la secundaría- con cara de, el entrenador es un hijo de puta que me quiere matar en el agua, respira agitado, está mojado. Lo saludo, él queda sin quererlo entre Dieguito, su salchichón, y yo. Cómo va Carlitos, lo saludo. Bien, bien, responde él, esta desatento o perdido, como las trescientas veinte veces anteriores que lo vi. Carlitos mientras gira sobre sí, le dirige la palabra a Dieguito, pibe no me alcanzas el bolso que esta allá arriba, por favor. Diego parece no haberlo oído, toma el jabón, el shampoo, y se va, se va con Aldo a las duchas. Yo apuro las cosas, meto la toalla en el bolso, me seco a los re-pedos como puedo, abrocho el ante-último botón de mi camisa y salgo a la calle buscando que el viento me golpeé el pecho.


15 jun 2013

Putos por una noche


Por Nacho Fittipaldi

El 5 de junio fue mi cumpleaños. Como es costumbre, mis compañeros de oficina decidieron hacerme un regalo. La lógica de ello es que para cada cumpleaños todos ponemos dinero y hacemos un gran regalo ya que, como somos varios, la sumatoria de dinero es significativa. Llamó mi atención  que mi regalo cabía en un sobre para carta. Al abrirlo identifiqué de inmediato qué era aquello. Eran dos entradas. En una fracción de segundo pensé<< Quién viene a Bs.As por estos días? –repasé por mi mente las fechas que yo sabía que había, o en todo caso lo que me interesaba ver, por aquellos días- Brad Meldhau, Bruno Arias, Aristimuño ya tocó –pensé-, ¿agregó otra fecha?>> Mientras tanto abría el sobre y veía que las entradas eran para Ibrahim Ferrer, el músico cubano. Me alegré, pero honestamente no era algo pendiente en vida ver a este músico anciano, fino y delgado como una espiga negra, fina y delgada, con aspecto de habano. Agradecí a cada uno mientras me comentaban que había una cena incluida con el espectáculo y que todo era en Notorius y para ir con Pao. Cuando me dijeron eso pensé en Piero, ¿qué hacer con él, dónde dejarlo, correspondía llevarlo con nosotros? Luego de ir y venir con ese tema y de hablarlo con Pao decidimos que yo fuera con algún amigo para evitar inconvenientes.

Hasta ahí, solo podía decir que por las expectativa que el recital me generaba, el regalo no era un gran regalo.

Al llegar a casa busqué en Google qué era de la vida de Ibrahim Ferrer y para mi sorpresa, leí que había muerto en 2007. Tomé las entradas y corroboré que, como la letra chica de los contratos, decía “Ibrahim Ferrer Jr”. O sea, este tipo era el hijo, en el mejor de los casos. Si yo tenía pocas expectativas de ver al cubano que conocía, solamente a través de Buenavista Social Club, se imaginan lo que me generaba la instancia de ver al hijo. Busqué en mi cabeza las razones por  las cuales me habían obsequiado este regalo tan con pinta de error. Para empezar, no me gusta ni me atrae particularmente Cuba. Tampoco su música. No me atraía especialmente Ibrahim Ferrer padre, ni la trova cubana, ni Buena Vista Social Club, ni el mojito, ni nada. Lo que más me atraía de Cuba era Silvio Rodríguez y Javier Sotomayor, campeón mundial de salto en alto con una marca de 2,45 metros y medalla de oro en los juegos olímpicos de Barcelona ´92.

El tema, en todo caso, era que yo tenía estas invitaciones. Tenía que ir y pasarla bien. Arreglé con Nacho Trucco y allá fuimos.

Al llegar, lo primero que me llamó la atención fue el promedio de edad de las señoras y la platea, eminentemente femenina. Estábamos en Av. Callao al 900, así que todo era estilo copetón y muy cacerolazo. Tenía para mí que este Junior hacía Latin Jazz, no tenía información ni herramientas para eso pero medio que me quise convencer, necesitaba algún incentivo para ir con expectativas. El lugar era muy cool, estilo intimista, mesas más chiquitas que lo aconsejable, velas en todas las mesas, poca luz y parejas heterosexuales por doquier. Los únicos putos parecíamos nosotros dos. << ¿Gordo, no damos muy putos los dos acá? Fijate que son todas parejas>> También llamaba nuestra atención algunas parejas, muy distantes entre sus edades. Viejos de 70 pirulos con pibas de mi edad; cincuentones pelilargos/apendejados con cuarentonas urgidas por ganarle a la inercia del paso del tiempo. Un clima raro, lindo pero raro, como que nos habíamos equivocado.

La cena se hace esperar pero va llegando, una entrada poderosa y el negro que se larga a cantar. El negro canta y es como si sonara un bajo, no es un registro que aprecie especialmente y al rato quedará evidenciado que es una voz poco versátil. La primera canción fue eso, una canción cantada. No un bolero, sino un estilo meloso que no me gusta mucho y que, en todo caso, nada tiene que ver con el Latin Jazz. El grone está acompañado por un tecladista, otro negro que toca el bongó y las congas y un argentino que toca el tres. La segunda certeza es que el negro no hace Latin Jazz. Eso lo confirmamos al quinto tema meloso que el negro canta. Yo lo miro al Gordo Trucco y le digo   <<Che, sí este hubiera nacido en México sería Luis Miguel, no?>> El Gordo pone cara de estar de acuerdo y cerramos una página, antes me pregunta <<De dónde sacaste vos qué este hacia Latin Jazz?>>

A partir de ahí, con la noche musicalmente perdida, decidimos dar paso a otro tipo de divertimiento, agudizar la percepción sobre las otras mesas, caras, gestos y relacionar la presencia de esas otras personas con el conocimiento fehaciente de  lo que iban a ver, esos otros sí sabían qué era lo que iban a ver. Entonces identificamos a una gorda que, usando su privilegiada primera fila, se mea cada vez que el negro habla. El negro también ha identificado esto y le habla a ella sistemáticamente. Ella está con el marido, el marido tiene una cara de boludo que se las patea, cada tanto se levantan y bailan, el cuerpo de ella es igual de ancho que de altura, no tiene cuello, parece un pilar de la selección nacional de rugby, de una selección con los pilares más grandes y voluminosos del mundo, pero este pilar lleva una camisa  roja, tan roja como el lápiz labial que le cubre esa boquita casi insignificante, usa abanico y ella también canturrea, le dedica las letras de las canciones al negro. Estamos en presencia del pico más alto de la noche cuando Ibrahim canta Candela, esa inmortalizada canción cuyo estribillo dice <<mira, mira, mira, me quemo aé, mira, mira, me quemo aé >>.

Entonces él la mira y le canta:

-          La mujer cuando de agacha, se le abre el entendimiento. La mujer cuando de agacha,
se le abre el entendimiento.


Y ella responde fuera de control ya, y absolutamente a él,  ante la sorpresa de todo Notorius que ya ríe con nosotros y del marido que ha perdido la vergüenza años atrás o nunca la ha concebido:

-          El hombre cuando la mira, se le para el pensamiento.

Ahora es todo dialogo cantado entre ellos, se responden intercalando versos:

-          De ti me gusta una cosa, sin que me cueste trabajo.

-          De ti me gusta una cosa, sin que me cueste trabajo.

-          De la rodilla pa' arriba.

-          De la cintura pa' abajo.

Y ambos juntos terminan cantando bajo el aplauso de todos nosotros:

-          Mira que me quemo, que me quemo, me quemo aé, mira, mira, me quemo aé, mira, mira me quemo aé.

A todo esto las parejas del boliche están bailando entre las mesas, por los pasillos, meneando y siguiendo el ritmo de la música que es súper pegadiza. Los únicos que no bailamos somos nosotros y un grupo de extranjeros que están ahí como podrían haber ido a ver “La Noche de las Pistolas Frías”, con Emilio Disi y Mónica Farro.

<< ¿Bailamos?>>  -dice Trucco-, <<Pensá –respondo yo- que si a nosotros nos causan gracias las actitudes de los tipos de las otras mesas, ellos deben estar diciendo “Mira los putos aquello cómo cuchichean”>>

Ya termina la noche, ya fue la entrada, ya el plato principal, luego el postre, el vino ha colaborado en animar los ánimos, ha logrado hacer muy graciosas cosas que tal vez este relato no logre recrear. La noche fue amable, el negro finalmente tiene lo suyo y es un laburante, pese a que se tiró contra Silvio Rodríguez y que algunos modismos acusan su residencia en la Argentina, o sea, es menos cubano de lo que creíamos. En todo caso, todo es cuestión de expectativas.