16 abr. 2018

El cielo con las manos


Por Nacho Fittipaldi

Cuando toco la placa bajo la cabeza y dejo soltar las antiparras, me saco la gorra, la vista nublada. La cabeza va a explotar. Miro el agua que aún se mueve, a mi derecha e izquierda los nadadores de ambos andariveles ya han llegado. Sobre las rodillas y hacia adentro de los muslos siento fuego. No sé si es el uso de la calza o un nuevo síntoma de fatiga, se siente mal. Miro hacia el costado donde esta la barra de Poseidón, muchos aplauden y gritan cosas que no oigo pero sé lo que significan: Aliento. Otros toman mate sin prestar atención, se abrazan con otros compañeros que acaban de nadar, o simplemente ríen y conversan. Las jornadas son largas, intensas y demoledoras. No lo imaginé así. La convivencia placentera resuelve todo. Ahora que escribo sentado, cómodo en un sillón de oficina, con el mate aun caliente y la yerba que respira, siento una plenitud que se parece mucho a la felicidad de otros momentos con mis hijos y Pao; o la sobremesa de un asado con amigos; o la pausa del cronometro cuando cruzo la meta de una carrera de aguas abiertas; o cuando se mira el sol caer en el fondo del mar y el sonido queda en el aire; o cuando la carcajada irrumpe y con Pocke no podemos dejar de reírnos cómplices, en eso que casi ya es una costumbre de la cantidad de veces que viene sucediendo. Pese al agotamiento se siente bien este cansancio. Cada día es una eternidad y en esa eternidad suceden millones de cosas y en esas cosas hay un segundo que se modifica en el siguiente inmediato. Es la alegría de una medalla en una carrera y es la bronca por no haber cumplido la estrategia pensada en la siguiente; es un mate salvador, o una fruta en el momento justo y la pena por una descalificación incomprobable. Es ver llegar a compañeros que han salido de La Plata luego de trabajar y recordar que somos 49 nadadores entre 21 y 72 años de edad que fuimos hasta Rosario a buscar algo que no solo es un lugar en el podio de un torneo nacional, si no que además es hacerlo de determinada manera y con determinadas características. No de cualquier forma. Esos instantes, decía, son momentos concretos que quedan guardados pero que a la vez, al día siguiente, parecen viejos. Las carreras salen una tras otras, mientras tanto la pileta se va rompiendo de a pedazos, los albañiles reparan a las apuradas algo que todos sabemos durará una hora. Hay momentos que se suceden y luego se convierten en habituales, por ejemplo, ablandar en esa pileta extraña de tres andariveles, cruzarte con los que nadan tu misma prueba en otra categoría y comentar y compartir sensaciones ya nadados sabiendo que la tarea está hecha, total o parcialmente. Mear mucho, ¿por qué se mea tanto?  Almorzar todos juntos, cenar todos juntos, ir de acá para allá, nadar las postas, siempre alentarse, y buscar la distracción entre carrera y carrera, el descanso en la playa luego del almuerzo, el silencio bajo el sol, el ruido tenue del Paraná, los buques areneros sobre el río, los botes pequeños de aquí para allá, esa manera de estar, tan singular, tan siesta de domingo.
Otra cosa destacable, desearle lo mejor al otro, y lo mejor para el otro es muy distinto de lo mejor para mí. Lo mejor para mí es que no me descalifiquen, oír la chicharra, subir al partidor, sujetarme fuerte de ese cajón de fruta que vinieron a ser los partidores, quedarme quieto, inmóvil, respirar profundo, partir, entrar bien sin irme al fondo, hacer un buen sub-acuático, nadar como corresponde a la carrera indicada. Si se puede, hacer un buen tiempo, bajar una marca personal. En mi caso después de 10 años bajé mi marca en 50 libres, aquella era en pileta corta, ésta en pileta de 50 metros. Por entonces tenía 30 años, en dos meses cumplo 40, no tenía pareja ni hijos. Así de intensos los logros. Sin embargo cruzarte en zona de pre-competencia con Facu, o desearle lo mejor al alemán, o a Francisco, significa otra cosa. En ese caso lo mejor para ellos puede ser  hacer un récord nacional, o ganar la categoría, o dejar el corazón en los 100 mariposa y ganarle a Vidal una carrera que quedará para siempre en la memoria de cada uno. Vidal levantándole la mano a Facu y el estadio cayéndose a pedazos bajo la ovación unánime. ¿Se puede pedir mucho más? Sí se puede. Falta. Esa mixtura de momentos es la mística de la que siempre se habla y de la que otros empiezan a hablar cuando hablan de nosotros. Nosotros somos nosotros, no somos una franquicia. Nadamos en una pileta, entre tal horario y tal otro, nos vemos todos los días, comemos asados, pizzas, nos juntamos, construimos vínculos, nos queremos. Eso es un club, de ahí salen la fuerza y los puntos; de los nadadores eximios y de los que no somos excelentes nadadores pero que sumamos lo necesario para estar donde estamos a fuerza de disciplina, voluntad y amar la natación. Y eso es desde siempre, ese es el gran trabajo de Facu y Claudio, hacer de gente común nadadores competitivos, por eso hay gente como Pepe, Bombi, Franco, Patricia, Pocke y Mariel que están hace mas de una década peleándola en cada argentino, no siempre con los resultados esperados; y hay otros como Joaquín, Maca, Guillermo, o Caro que se han sumado hace muy poco pero que la viven igual que aquellos y que como todos dejaron el corazón en cada carrera, en cada brazada, en cada momento de ahogo en donde parece que te vas a pique y no se sabe bien de dónde aparece un plus para salir adelante y llegar a la pared. Es ese instante en el que el relator dice que el tercer puesto es para el Club Dragones y entonces sabemos que los segundos somos nosotros porque Libertador siempre gana. Pero ese segundo puesto es el primero, por lo dicho antes, porque somos un club de barrio, porque somos la pileta más grande del país, porque si no, no se entiende la relación de fidelidad de cada uno de nosotros para con Facu y Clau, ni la de ellos con nosotros, ni la de nuestras familias con nosotros y esos “permisos” que nos damos para hacer estas cosas. 
Este campeonato es ese abrazo imaginario entre Facu y Juan Pablo que no pudo ser, ese abrazo real y concreto entre Facu y Claudio, entre Emi y Beto, o Vero con Vicky, es para mí la angustia y la incertidumbre de los 15 días previos sin nadar y perderme la puesta a punto por un dolor insoportable en la columna, es el corticoides que me inyecté para poder nadar este torneo y la ingesta durante diez días de un analgésico fulminante que al final del día me dormía cada vez. Es tirarme a nadar la primera prueba del torneo, los 100 espalda, sin saber si en la partida o en la vuelta no me quedo duro otra vez y chau torneo, es ese absurdo tercer puesto en esos mismos 100 metros y es esta locura hermosa que cada uno asumió vivir. Es tener miedo y no poder decirlo. Es tener angustia al ver amenazada la ilusión de participar. Seguro que cada uno tiene historias parecidas a la mía, no soy un héroe, seguro que las tienen. Sofi con su tobillo, Miguel con su cuello, Beto y ese huevo maradoniano en el tobillo derecho. Todos dejamos todo. Es ese instante en el que por fin nos tiramos a la pileta, ya con el subcampeonato ganado, ya con las lágrimas caídas, ya abrazados, ya heroicos, ya en la historia de la natación amateur argentina, esa pileta en la que la padecimos es ahora un recipiente de agua mansa que nos recibe para celebrar, es siempre agua, trabajando en ella y festejando en ella. Ojala nunca perdamos de vista por qué nadamos, qué es el deporte amateur, qué fuimos a buscar a Rosario y cómo obtuvimos lo que nos llevamos, y a qué vamos a ir a Córdoba en  septiembre de este mismo año. Gracias otra vez por hacerme un lugar, ese espacio en el que me realizo no solo como nadador, en ese contorno hermoso que queda delimitado por lo que llamamos Poseidón.


15 mar. 2018

Paraná, crónicas indiscretas


Por Nacho Fittipaldi


En el auto que denominamos “auto uno” viajan Pocke, Beto (el mal educado del grupo), Flavio y yo. El auto es el mío. Ni bien se arma el viaje Beto se sube al asiento del acompañante. En el auto dos van Franco, Seba, Villo y el hombre que nada pecho: Toro. El auto uno sale de City Bell a las 10 horas del viernes 10 de marzo. El auto dos sale a las 14,30 Hs. Para el viaje preparé unos bizcochitos de avena una receta que mi vieja hace desde que somos niños, sencilla pero efectiva. Sabiendo que Beto es de buen comer, preparo el doble de proporciones que lo habitual. Pese a ello Flavio decide parar a comprar otra cosa y se despacha con dos generosas docenas de facturas, lo que arroja 6 facturas per capita, más los 2 kg de bizcochitos. Así arrancamos. La actitud de Beto como copiloto es lamentable. Los mates llegan desde el asiento de atrás, Flavio es quien provee, así será ida y vuelta, además de ser el único decidido a colaborar alternando el volante conmigo. La actitud de Pocke (en el auto) también es más bien pasiva y olvidable.
Llegados a Paraná vamos al hotel hacer el check in, dejar los bolsos e ir de inmediato a la playa. La habitación tiene tres camas individuales y una matrimonial. Un criterio para quedarse con esa cama podría haber sido, por ejemplo, que el que manejó mas duerma más cómodo, o que sorteáramos la cama doble, o cualquier otro criterio que se les ocurra, pero no, la bestia de Huanguelen se tira sobre la cama matrimonial con cara de “sáquenme si pueden” y actitud de foca en celo. Asunto resuelto. Él dormirá ahí las dos noches.
Ya en la playa descubro la belleza de ese rio que siempre me produce una misma sensación: La combinación de admiración y majestuosidad. El río esta calmo, casi nada de gente en la playa, apenas dos viejas y una pareja de nuestra edad con sus pibes en el agua. Adentro del río un grupo de entrenamiento hace kayak o algo que se le parece. Hace 32º y para mañana anuncian 34. Caídos en la cuenta, reconocemos que  no hemos almorzado, solo mate, bizcochos y atracón de facturas. De ahí vamos al club, apenas doscientos metros a pie, donde mañana haremos la confirmación de inscripción y el punto final de la carrera. Reservamos mesa para comer todos juntos esa misma noche, al aire libre. El auto 2 viene demorado, pese a nuestra tajante, oportuna y explicita indicación de NO BAJAR por la avenida  9 de julio ingresan en 9 de julio y se comen el tedio y fastidio de embotellarse en Bs.As. Merecido.
Reservada la mesa salimos a caminar por la costanera, el calor es sofocante, son las 18,30 Hs y el calor es algo molesto ya. La costanera de Paraná tiene ese mismo encanto que ya disfruté en Posadas y Corrientes. La ciudad da al río, se vuelca sobre él. El río está alto, mañana será una carrera rápida. Caminando entre los lugareños que pese al calor salen a trotar, andar en bici o simplemente a tomar mate frente al río, descubro, así como así, como si mi cerebro tuviera un GPC pre configurado, un local de Patagonia, frente al rio y una hospitalaria pizarra que dice “Happy hour de 18 a 21” ahí echamos el ancla. El auto 2 aun está en la ruta y nosotros vamos por la primera cerveza del fin de semana. El local está en la pendiente de la barranca que llega al río, en el medio del lugar prevalece un eucaliptus de dimensiones desmesuradas, las mesas están puestas en torno a él, entre desniveles y loros barranqueros que hacen de sus alaridos el sonido ambiente. El sol se cae en el Paraná. Los dos veterinarios de la mesa se manifiestan abiertamente incordiosos con las verdes aves. Insensibles. Las conversaciones se desparraman hacia varios lugares, en cada una de ellas hay una constante, Beto interrumpe todo lo que no le interesa, vos podes estar contando que te tienen que cortar un brazo por una gangrena y él te interrumpe para contarte que Huanguelen se quiere independizar de Coronel Suarez. Ya alertados, con Pocke y Flavio nos concentramos en tratar de educar a Beto en tan nefasta conducta. Al menos durante este fin de semana. Beto se ofende. Él mismo ha dicho en el auto que la cuestión central de la sociedad es la educación, y que el principal problema de Alexis es que se comporta como un muchacho de Berazategui en el corazón de City Bell. Paradojas.
Las cervezas corren y son las 20 Hs. Dan ganas de quedarse a vivir acá. Volvemos al hotel. Nos bañamos, volvemos al club, elegimos una mesa. La noche está calma, el río no hace un solo ruido pero está ahí, inmenso, soñado, latente como el inmenso manto que es. El auto 2 sigue dando vueltas no sabemos por dónde, son las 22, 30 Hs y no han llegado. Para ir picando pedimos unas rabas, sabido es que el calamar es un típico bicho de río, también unas empanadas de no se sabe qué dado que el mozo mucho no pudo precisar, consultado por si había empanadas de boga, dijo que había pero no de boga, en cambio afirma que hay empanadas de pescado. Entonces pregunto de cuál pescado y responde que “de todo un poco” Genera dudas. Las empanadas son algo sosas, medio como de goma, con un dejo de gusto a pollo, o algo así. Fácilmente olvidables. A las 22, 45 Hs el auto dos sigue sin llegar, por mensajes estamos al tanto pero el viaje se hace largo. Un coso se acerca y con cierto tono de autoridad y con cara de mira como les cago la noche, el tipo que no es el mozo que nos atiende, dice “Muchachos, pidan porque la cocina cierra a las once y a las doce el restaurante” Entonces hay que pedir pero el tema es el auto dos no llega, y nosotros no somos Beto que arranaca a comer solo sin esperar al resto. Seba dice “Muchachos, ustedes coman y pidan por nosotros. El Villo no me come desde el medio día” Nosotros pedimos, empezamos a comer y por mensaje de voz llega la comanda del auto dos. Pocke llama al mozo, un lugareño bajito, con anteojos, pelado y cara de abuelo que hace regalos chotos para los cumpleaños y saluda a sus hijos el día de sus santos. Escucha el audio que envió Seba desde el auto y toma nota tan rápido como puede, es como cuando en la escuela te tomaban dictado. Las risas están al costado de la boca, caen una a una, ya corrieron dos cervezas mas durante la noche, sumadas a las otras de la tardecita. El mozo repasa en voz alta la comanda, hay tres platos de pastas y un cuarto plato, el de Villo, que pide boga a la parrilla con “ensalada de zanahoria, huevo y lechuga”, el mozo dice “la lechuga te la debo” todos reímos porque esa combinación es inaudita. Es más, deberían prohibirla. El auto dos llega. Son las 23 Hs y al fin esta todo el grupo reunido. Hacemos un brindis, llegan los cuatro platos del auto dos, cuando Villo tiene su plato en frente dice, “Que es esto??”, el mozo responde “surubí con ensalada de zanahoria y huevo” Villo con cara de niño al que le han cambiado su regalo de navidad dice, “Yo pedí boga”, como si la diferencia fuera visceral y definitiva. El comentario más o menos general del resto de la mesa es: Villo, come y dejate de joder. Pero Villo no come, se resiste y termina pidiendo papas fritas.     
Ya en el hotel y acostados cada uno en su cama reconocemos que la habitación es algo calurosa. El aire está encendido pero no alcanza. Alguien prende el ventilador de techo. Mi cama es como un sarcófago, el colchón es tan antiguo como la ciudad, es como si me abrazara desde los laterales hacia el centro, y me devora, como si yo fuera el relleno de una empanada gigante. Todos puteamos contra el colchón, menos el señor de Huanguelen que duerme solo en la cama matrimonial y sobre el único colchón confiable. Pero no basta con eso, el mal educado del conurbano durante la noche se levanta y apaga el ventilador, claro, él está cerca del aire y el ventilador esta sobre él, su manejo en la habitación da a entender que él es el dueño del hotel.
Al día siguiente el desayuno será una cosa larga, la lentitud del muchacho que atiende es calamitosa. Luego nos vamos al club, el calor y la humedad provocan zozobra. Confirmamos las inscripciones, tomamos los kit y nos ubicamos a la sombra de unos sauces, por ahí cerca un tipo arrebata un cochinillo. Al borde del río y a pocas horas de la carrera todo empieza a cobrar un sentido particular, ese rio inmenso aguarda por nosotros, sin embargo, y con algo de dulce inconsciencia, todo fluye alegremente, entre risas y consejos atinados. El almuerzo es un trámite, unos fideos, unas aguas y ya. El grupo ya sabe que después de la carrera el local de Patagonia nos abrazara con su happy hour, Franco dirá, “Cómo vamos a chupar!!”  pero aun falta. Ahora comemos en el mismo restaurante que la noche anterior pero adentro, escaparse del calor es necesario. El mozo es el mismo. La digestión se realiza mientras nos ponemos protector solar y vamos separando lo que ya no será útil en el agua, antes de eso cada uno se echó en el pasto, el grupo se toma unos minutos de silencio como para visualizar la carrera, conectarse, ordenar la cabeza.
 Subimos al micro que nos lleva hasta el lugar donde inicia la carrera, el micro se encaja en un lugar insólito, hace tres meses que no llueve y el tipo se mete en un charco inverosímil. Toro va al lado mío. Es re peludo. Adentro del rio, esperando el ok para la largada, ese instante se perpetua en el silencio del lugar, los boteros se hacen chistes entre ellos, un tipo nos dice que hace unos días hicieron una fiesta en la isla que está en frente, que amarraron todas las lanchas ahí y que hicieron 500 hamburguesas y (creo) cinco choperas de 30 litros de birra, que la pasaron rebien, el tipo resulta ser el médico de la carrera. Una garantía. El clima distendido que se vive en ese momento es como si no estuviéramos por nadar, es un momento hermoso, que guardé para siempre.
Toro va pecho, como siempre el enfermo va pecho. Su botero, a diferencia mía habla con él. Toro y su botero hablan, le dice “por qué haces eso??” -se refiere a nadar pecho- “no te hace mal?? Vas a vomitar!!!”, “no hagas mas eso” para el botero nadar es nadar crol, y eso que hace Toro es otra cosa, incluso le dice “cuando nadas avanzas un montón. Nada!!” Martin Toro es un enfermo que nadó 20 km pecho, nadie entiende cómo no se rompe la rodilla, ni cómo es que alguien prefiere nadar pecho antes que crol en aguas abiertas. Cuando salgo del agua y me quedo viendo las otras llegadas escucho al relator de la carrera, sí, hay un relator que va narrando cada llegada, el tipo tiene un vozarrón imponente y su voz se propaga por los auto parlantes, en un momento dice “ahí viene el nadador, alternando pecho y crol, pecho y crol, pecho y crol” Desde donde yo estoy no veo quién es el nadador en cuestión pero es obvio que es Toro. Y Toro llega nadando pecho, como un desquiciado. Después estamos todos juntos, nos abrazamos, recibimos los premios, tomamos unos mates, el relator sigue, dice “Segundo puesto de la categoría para Ignacio Fittipaldi, las chicas le dicen Nacho”, cosas así de absurdas, para rellenar, a una piba le dice “Ahí esta ella, primera en su categoría, Noelia Sánchez de Rosario, foto, flash,  y adddeentnntrroooo” las figuras que usa no son siempre las mejores. Cuando sube Seba el relator dice “Sebastián Pérez, el hermano del jugador de boca Pablo Pérez” chistes y comentarios así de inocuos pero que hacen de estos algo divertido y ágil. Se agradece.
Después volvemos al rio, nos metemos pero para mitigar el calor, ahí corroboramos la irregularidad y las profundidades del lecho del rio. Da miedito.
Vamos a Patagonia. Tomaos la primera cerveza, brindamos por haber cumplido el objetivo pero fundamentalmente por estar juntos, compartir la natación y momentos como estos. Las cervezas se suceden, una tras otras, tanto que en un momento determinado hay 12 pintas bien colmadas de birra fresca y exquisita pero en la mesa somos 8, alguien peco de angurriento y ansioso. “Otra ronda mas??” dice el despachante. Después los chicos del local nos regalan otra ronda habida cuenta de la abultada ingesta y su correlato económico. En ese contexto asistimos a un fenómeno casi sobrenatural, Villo sufre un temblequeo bastante fuerte en sus manos que, ha simple vista podría confundirse con parkinson, pero no lo es, se llama Temblor Esencial. Seba le pide a Villo que me lo muestre, entonces Villo abre los dedos de sus mano, las palmas hacia abajo, los brazos extendidos como haciendo una imposición de manos. Con la primera ronda de birra el temblequeo afloja, luego de la cuarta ronda de cervezas el temblequeo ha desaparecido, Seba le dice una y otra vez, "A ver Villo??", luego de cada ronda, y efectivamente el temblequeo se ha ido como en un pase de magia. Razón por lo cual continuamos tomando aunque solo a él, y a ese solo efecto, lo beneficie. 
El fin de semana va terminando, aun queda la noche del sábado, el domingo y la compra de regalos, paramos en un localcito a la salida de la ciudad, buscando mates, artesanías, etc. Villo pregunta “Tienen débito??” y ahí arranca una compra compulsiva que va desde alfajores a un mortero tamaño baño y unos bombos para Renzo. Seba que compra un mate y pide que le graven en la boca del mate, la leyenda “Paraná 2018”, el dueño del local dice te “Va a quedar un poquito cargado”
Ahora llueve, llueve en Paraná después de tres meses, hay 21º, trece grados menos que el día anterior y el sol es ahora solo una suposición, escondido y expectante aguarda para la largada de los 21 km que será a las 15 Hs. Tal vez el año que viene ese sea mi objetivo acá. Nadar esa distancia, en un río como este, con amigos como ustedes.

12 mar. 2018

La protección del botero, crónicas del Paraná




“Soy de la orilla brava,del agua turbia y la correntada, que baja hermosa por su barrosa profundidad”
J.Fandermole


Por Nacho Fittipaldi

Desde hace años soy un punzante seguidor de los músicos litoraleños, desde Carlos “El negro” Aguirre, hasta Chango Spasiuk, de las letras de Ramón Ayala a las canciones de Jorge Fandermole, de Liliana Herrero a Tonolec, de Raúl Barbosa a Charo Bogarin. Esa espesura que es el Paraná también es una dimensión de la música. Las gentes que son de acá no pueden salir nunca de esas aguas marrones. El Paraná los envuelve como un poncho de agua espesa. El Paraná no tiene adjetivos que lo contenga.
Metidos con el agua a la cintura, el río baja raudamente. Los boteros esperan a que la carrera se largue para escoger un nadador al azar al que guiarán durante 7,5 Km, río abajo. Las barrancas lucen esplendidas, el sol brilla alto y calienta las ramas de los árboles que visten la parte plana y escarpada de las barrancas, en frente está Santa Fe, en el medio una cantidad incontable de islitas, islas e islotes confunden la presunción de otorgar distancias a este río anchísimo, tan ancho como marrón. ¿4000 metros de margen a margen? ¿5000? Tal vez, no menos de eso. Son las 14, 55 horas del sábado 10 de marzo y en unos minutos todos nosotros estaremos metidos en este monstruo. Cinco, cuatro, tres, dos, uno, largamos.
Para llegar a este paraje perdido del río hizo falta subirse a un micro al solo fin de llevar a todos los nadadores y nadadoras desde la ciudad de Paraná hasta el sitio en donde la carrera da inicio. Es decir, se larga desde un lugar perdido en el río, el punto de llegada es la ciudad. El recorrido va atravesando las barrancas por el río, luego gira a la izquierda, una isla inmensa tapa la margen santafesina que quedará a mi derecha, desde el agua apenas si puedo ver el contorno de las copas de los árboles, pero eso será después. Arriba del micro solo se va con antiparras, zunga, y agua, de ahí a nadar.  

El colectivo trepa las barrancas de la ciudad, nadie sabe que arriba de ese micro estamos todos en pelotas, es una situación algo absurda e incómoda, en carreras más populares que esta, el micro va hasta la manija de nadadores y nadadoras, parados en algunos casos, nosotros en zunga, ellas en malla, un colectivo de línea convertido en un desboladero de gente. El colectivo sale de la ciudad y toma la ruta. Arriba los primeros nervios comienzan a instalarse definitivamente, después de los fideos que fueron nuestro almuerzo, cada uno empieza a pensar su carrera, mentalmente hay que dedicar una porción de tiempo a pensar cómo va a nadar cada uno. También se conversa de cosas triviales y absurdas, yo prefiero eso. El colectivo abandona la ruta y toma un camino de arenisca, hace meses que no llueve, la sequía es notoria, los incendios en la ruta entre BsAs y Paraná han sido varios. Arriba del micro estamos expectantes, sobre todo los que estamos acá por primera vez. Hay un clima de alegría, nervios y ansiedad. No falta nada, apenas treinta minutos, el camino que toma el colectivo, el piso quiero decir, es prácticamente un arenal perdido, no nos hemos cruzado con otro vehículo, el camino terminará a unos 300 metros del río, luego hay que seguir a pie, barranca abajo, allí esperan los boteros. De frente y con sorpresa viene un auto, el sol calienta la siesta, el chofer se tira al costado del camino para dar paso, el camino es angosto, la goma delantera cruza un breve y sorpresivo charco, acaso el único reservorio de agua luego de la última lluvia que nadie sabe cuándo mierda fue. La goma delantera derecha pasa, la trasera no, fuuu, fuuu, fuuuuuuu, acelera en vano. El micro para, el charco que no es más que medio metro por medio metro nos cobija, el micro queda levemente caído y apoyado sobre su parte trasera-derecha. La sorpresa es grande. Estamos encajados. Los nadadores del lugar que están arriba del micro se preguntan dónde se encajó, cómo si esto es un arenal, esa arena de río finita y dorada, tan típica de estas playas. Pues estamos encajados en un pozo donde la goma cabe perfecta y exacta. Bajamos todos. Estamos en el medio de la nada, en zunga y antiparras, el sol parte la tierra, el río no se ve pero está. Hay que empujar, yo me preservo bajo un árbol y su diminuta sombra, no soy el único. Otros, la mayoría, deciden empujar y dar indicaciones de cómo salir.

Antes de la cuenta regresiva, alguien toma nota del espléndido lugar en donde estamos y lo que estamos por vivir. Este lugar en el medio de las barrancas, con la costa santafecina de frente y el Paraná bajando, es un lugar hermoso que sería ideal para pasar unos días en carpa o comerse un asado. Pero nosotros no, nosotros vinimos a nadarlo y para nosotros esa es la mejor opción, yo prefiero nadarlo a quedarme mirándolo. Entonces esto es una experiencia única en la vida y hay que vivirla así. Hoy somos ocho pero somos muchísimos más, somos los que querían venir y no pudieron, los que no se animan, los que no quieren, somos nuestras familias que bancan todo esto. Aparece el primer abrazo, me abrazo con Pocke, le deseo buena carrera, con Franco, Villo, Seba, Toro, Beto y Flavio, cada abrazo es sentido, como si no fuéramos a vernos más, como si ya hubiésemos llegado, el resto de los nadadores observa eso que está sucediendo y medio que quedan perplejos. No pueden entender. Ahí en el agua vemos la entrada de los boteros al río, son gente de río, de las islas, viven acá. ¿Cuántos desearían estar acá y no pueden, o no se animan? ¿Quien no ha pensado alguna vez en tirarse a nadar cada vez que pasa por el puente Zarate Brazo Largo? Nosotros estamos por hacer eso y eso es en 5, 4, 3, 2, 1, largamos. Decido salir muy fuerte, a un ritmo casi demencial y al límite de lo sostenible. Eso se debe a dos motivos, primero, supongo que los boteros que agarran a los que van adelante son más confiables que los de atrás (es solo una suposición); el otro motivo es cambiar de estrategia, en general salgo tranquilo y voy buscando ritmo durante la carrera, esta vez quiero probar, probarme, ver qué pasa. 

El recorrido es una línea recta de unos 3000 metros hasta unos cables de alta tensión que cruzan de margen a margen, ahí hay una toma de agua y un remanso del que debo cuidarme según me enteré recién, eso es un tema del botero, si él me lleva bien, ese remanso quedará a mi izquierda; si me guía mal termino contra las rocas. Luego el recorrido gira a la izquierda y ahí el Paraná se hace más ancho aún, Santa Fe ya no se ve y en cambio, hacia la izquierda, comenzarán a aparecer escasas construcciones allá a lo lejos, muy lejos, tal vez otros 3000 metros. Cuando llego a la toma de agua el botero me abre la mano, veo sus cinco dedos abiertos, intuyo que me quiere decir algo y me pide que pare. Freno. “Vas quinto” dice, yo no comprendo del todo lo que me está diciendo, un poco porque me parece inverosímil y otro tanto porque ese puesto implica tomar una decisión que no había estado en mis planes analizar: a) mantener ese ritmo hasta el final de la carrera restando aún 4500 metros, ¿podré? b) bajar el ritmo y perder la posibilidad de salir muy adelante en la general. Tomo la opción a. Mi botero no tiene ojos. Él palea de frente a mí, va mirándome, le da la espalda al sol que tengo de frente y a la dirección en la que nado, lleva gorra y preserva sus ojos del sol, conoce el río, vive en él, obtiene de él lo que necesita para vender y comer, ni más ni menos. Es pescador. Él es mis ojos. Si se equivoca en las decisiones el que pierde soy yo. Si toma buenas decisiones, el que gana soy yo. Esquivar un remanso, hacerlo hacia adentro del río o, hacia afuera, son decisiones que pueden pagarse caro, son sus decisiones, incluso diría que él decide la velocidad y el ritmo al que nado. Hoy nado con él, no nado solo. Si nadara solo esto terminaría mal. Este tramo del Paraná me parece más agresivo que los 6 km que forman parte de los 20 Km de Vuelta de Obligado que nadé en diciembre, aunque aquellos los haya nadado sin botero. Es un vínculo singular, yo no veo sus ojos pero confío en él, él no habla pero me guía, me dice con la mano “vas quinto”, sigo nadando pero la intensidad baja, estoy sin aire y no logro volver a la frecuencia de respiración que me es más cómoda. Los brazos ya no tienen el agarre de la primera media hora y mentalmente me frustra ver que desde la toma de agua hasta los galpones bordó que visualicé el día anterior, como punto indicativo de los 5 km, están mucho más lejos de lo que creí.
De repente el agua cruje, escucho un zumbido cuando mi cabeza esta debajo del agua, primero pienso que es una moto de agua de la Prefectura o, una lancha de la organización, los motores de esas embarcaciones generan un zumbido muy notorio en el agua y a menudo uno las oye antes de verlas. Pero no aparecen. Luego miro la zona en la que estoy y recuerdo que a esa altura está el túnel subfluvial Paraná-Santa Fe, estoy pasando sobre él aunque verlo es imposible y calcular la profundidad a la que está es solo un delirio. Sin embargo el agua y su fricción sobre la construcción generan un zumbido impactante, tal vez igual a haberlo atravesado en auto el día anterior casi a la misma hora. Según leí está a unos 25 metros de profundidad. El botero se da cuenta de que hay una merma en el rendimiento y ahora con las dos manos me hace señas de que siga, que no afloje, aplaude, decido nadar un buen tramo sin mirar las referencias en la costa porque sé que eso me va a limar, decido nadar sin mirar hacia adelante y enfocarme en mi botero, confío ciegamente en él, me entrego. Esa decisión hace que me recupere mentalmente y que retome el ritmo intenso que busco. Las brazadas se suceden una tras otra, los hombros comienzan a doler, el oxígeno sigue en deuda, faltan 3000 metros más, ahora paso en frente del puerto, los barcos siempre me intimidan y desde acá abajo más pero son igual de pintorescos. Los galpones están cerca y de ahí solo 2000 metros más, rectos, hasta la llegada; el botero (del que no se, ni sabré su nombre) cada tanto pone su bote junto a mi cuerpo, se me pega, pienso que el bote me va a pegar en la brazada o que la pala del timón se va a incrustar en mis dedos, es un bote antiguo, de madera, los remos fijos miden dos o tres metros de largo, son de madera dura,  cada vez que él pone el bote de esa manera luego viene una ola que me estropea, o un remanso con las peores intenciones, sí él no hiciera eso las olas serían inclementes conmigo y el remanso sería el diablo del agua que es. Pero el botero me protege, en lo que es para mí el signo más destacado de toda la carrera, me protege como a un chico que ha caído en medio de este río, él me cuida a mí, a mí que ni siquiera sé su nombre, a mí que no volveré a verlo jamás. No veo sus ojos pero confío en él.

Cuando llego a los galpones siento que estoy mejor, que lo peor ya pasó, ahora la ciudad de Paraná está a mi izquierda, quedan 2000 metros en línea recta, estoy entre la ciudad y aquella misma isla, esto es el Paraná aunque este breve tramo parece un brazo, las manos de él vuelven a alentarme, su brazo me marca las boyas de llegada que supongo están en el medio de ese despilfarro de luz que me ciega. No veo nada, pese a haber elegido las antiparras espejadas no veo nada, ahora vuelvo a buscar referencias en la costa porque ahí estuve caminando ayer, sobre la costanera, suponiendo que esto podía pasar, buscando referencias en tierra que sean visibles desde el agua en medio de esta inmensidad. Siempre hay que buscar referencias en tierra porque desde el río poco se ve. Aumento la frecuencia de nado, aparece el último remanso que nos habían dicho podía estrolarnos contra la costa, el botero me lleva para adentro del río, lo esquivamos, veo la fuente de agua sobre la costanera, la gente toma mate, desde arriba de la barranca la ciudad se ve imponente y desde arriba, el río lo es todo. Saco la cabeza para ver el remanso, busco las boyas, no veo nada, miro para atrás, alguien me sigue a unos pocos metros, aumento la frecuencia de brazadas y ahora solo respiro para la derecha, lo miro a él, él me mira, ahora grita, “¡dale seguí!, ¡dale!, ¡no afljojes!”, estoy cansado pero me gustaría decirle, “quedate tranquilo hermano, eso sucedió hace 3500 metros atrás, ahora ya no aflojo!, saco la cabeza y veo las boyas cerca, me meto adentro del agua, con la brazada me estiro cada vez más, busco rotar el cuerpo y levantar la frecuencia de patada, cuando respiro para la derecha miro dónde está el que viene atrás y veo que aumenté la distancia sobre él, sigo, el botero palea y palea, el remanso quedó atrás, ya no hay escollos hasta la meta, en cada respiración escucho que alguien habla, no comprendo qué es lo que dice ni sucede, pero es una voz que va diciendo cosas, un relator, pienso en los muchachos, en la mateada bajo los sauces antes del almuerzo, en los consejos valiosos de Franco, en las cervezas que vendrán, pienso en mis hijos, visualizo sus caras, con la brazada derecha pienso en Sabino, con la izquierda en Piero, siento que soy el mejor nadador de aguas abiertas del mundo, siento que me sobra energía, golpeo el agua en cada brazada, siento el calor del sol, pateo, “¡dale seguí!” escucho, estoy vivo, cumplí mi pequeño sueño de nadar acá, en este desborde de naturaleza descomunal, pateo, paso la primera boya, entro a la manga, el botero se deja llevar por la deriva, él cumplió, sigo pateando y braceando como un destino asignado, faltan diez metros, otra brazada, sigo pateando como si eso me salvara de algo, me hundo en el agua marrón y me entrego para siempre a ella. Cuando saco la cabeza y el resto del cuerpo del agua es solo porque llegué.



28 feb. 2018

Hasta que la muerte los separó



Víctor era su risa. Víctor era la mitad de Laura. Víctor era su risa y su conversar. Hablar lo suficiente, y más, para hacer reír, para hacernos llorar de risa. Como una misión encomendada. Cuando Víctor se reía era como si se inventara un mundo sonoro, como si cantaran mil gansos, se le inflaba el cogote, se tapaba la boca como para que no salga esa locomotora aguda, esa cosa sonora y ampliada que era su risa y finalmente bramaba. Su risa era algo a mitad de camino, como un llanto conciente y otro poco como la risa de Patán. Luego la risa se descontrolaba y el propio Víctor se convertía en otra cosa, la carcajada lo poseía y en el escalón ultimo de ella solía decir “Y bue”, o, “En fin” y se acomodaba el pelo. Nada quedaba en su lugar después de su risa. Cuando se reía desde su casa de Villa Elisa, se la oía incluso desde el quincho de la abuela Luci, la casa lindante. Atravesaba cercos, subía por ese palo borracho fenomenal que él mismo había hecho germinar, cruzaba esos 35 metros de parque y llegaba hasta todos nosotros. La abuela decía “¡Víctor!” como si hiciera falta la aclaración. Esa risa era única. Como lo es la de Julia, mi hermana. A veces la abuela se reía de esa carcajada, otras no y ponía una cara como diciendo “Ay esa risa” como aquel día que cantábamos todos juntos, a la abuela se le había dado por reunir a todos los Oyhanarte, y mientras cantábamos Víctor hizo algo con la voz, algo raro que la abuela entendió como inapropiado, ella estaba compenetrada como si estuviera cantando en el Colón. Luego, en ese instante de silencio que se hace luego de entonar la última palabra de la última estrofa, Víctor dijo “Se imponía un falsete” Nosotros que habíamos notado el gesto musical, lloramos de risa ante su explicación, la abuela en cambio (si mal no recuerdo) le dirigió una mirada lúgubre y acto seguido echo a reír ante la explicación de Víctor. “Víctor por qué haces eso??” preguntó, y Víctor repitió, “Se imponía un falsete, Luci”, los brazos echados hacia atrás, sujetándose una mano con otra a la altura de la cadera, los ojos vidriosos de risa.

Cuando Víctor hablaba era como una misa, por lo largo y por el silencio de la audiencia. Cuando era chico, una de sus tías, Totaro, le hizo un babero que decía “Come y calla” El mensaje era claro. Aun así era difícil no oírlo, no sentirse interesado por lo que decía. Víctor conocía Buenos Aires a la perfección, sus calles, sus bares, esos rinconcitos soñados, esas cúpulas imponentes. Podía decirte “En la esquina de tal calle y tal otra había un sastre, hacían una pilcha ahí…” o “Bueno, en esa calle había un bolichon, hará unos 20 años, se comía muy bien. ¡Hacían unas tortillllaasss!” Víctor encontraba en la espesura del relato el motivo del relato, a veces no había un remate, algo necesariamente graciosos, pero un poco por lo que hablaba, a la cantidad me refiero, dentro del relato había otro relato igual de interesante y/o desopilante. A veces en cambio venia en un tono monocorde, sin demasiada expectativa, un relato chato, y de repente aparecía una ordinariez de las que sus sobrinos no siempre estábamos acostumbrados a oír. Como ese día que contó que un hermano suyo se había atado la pija (textual) con hilo para que no se le notara la erección durante un baile de riesgo en aproximación a una dama. Nosotros descubríamos mundos en esos relatos, el suyo propio, y el nuestro por venir. Un día me contó que la noche que Firpo peleó con Dempsey, desde la cúpula del Palacio Barolo, el punto más alto de la ciudad de la Bs.As de entonces, se comunicaban con el Palacio Salvo, edificio mellizo en Montevideo, para tomar la señal de radio dado que el box en Argentina estaba prohibido, así se iban pasando las alternancias de la pelea. Peleaban en EE.UU pero en Uruguay la transmisión era legal. Además, según me contó, se había convenido que, en caso de que ganase Firpo, se encendería una sirena azul para comunicar la victoria a los porteños, mientras que si el triunfo pertenecía a Dempsey la sirena sería roja. Historias así de geniales, así de Víctor.


Víctor era ese tío que llevaba las cosas un poco más allá de lo permitido y establecido, en el vocabulario, en la propuesta del vínculo con sus hijos y sus sobrinos, sacar temas porque sí solo para conversar eso lo hacía solo él. Una vez, ya de grande, Víctor le comentó a uno de sus sobrinos que estudiaba sociología que él había leído un artículo de un biólogo que había descubierto el gen de la pobreza. Ese descubrimiento daba por tierra con gran parte de la teoría social conocida. Lógicamente que era mentira, o más que mentira, era una provocación a Santiago para que él tuviera que refutar el supuesto descubrimiento, Víctor quería charlar. A Víctor le gustaba tanto charlar que llegó a decir que iba a poner una pizarra junto a la mesa donde cenaban, para anotar los temas que tenía para abordar y que eran olvidados, o puestos a un costado, por la propia conversación/dinámica familiar. En la enorme y desmesurada pileta de mis abuelos (12 de largo x 6 metros de ancho), Víctor requería que sus sobrinos e hijos permanecieran cerca de él para poder oír la conversación y participar de ella. Víctor era un contador de historias. En ese ajetreo había dos cosas, seguro que más, a las que casi siempre volvía: Perón; y los trenes. Siempre había una referencia, una circunscripción, que lo llevaba ahí. Víctor volvía a su infancia a través de la palabra. Alguno podrá pensar que esto es obvio, a lo de Perón me refiero, en cualquier persona de su edad, y tal vez tenga razón. Pero resulta que la familia de Laura, su compañera de siempre, o sea la familia de mi mamá, eran radicales hasta las verijas, tanto que hay una foto de mi abuelo o bisabuelo Tata, metido en un arroyo del delta con el agua al cuello y la boina blanca puesta en la cabeza. Entonces para nosotros, y sobre todo en los últimos años, ese registro de Perón y del pueblo feliz era algo que a mis primos, sus hijos y a mí, nos unió más a él. Creo.     


Víctor me enseñó a nadar, junto con mi papá, me enseñó a nadar. Víctor y papá, los dos peronistas de la familia. Una historia que ya no es. Víctor se ponía en la parte baja de la pileta de la quinta de nuestros abuelos, ese edén, ese hormiguero de gente, ese boomerang de la memoria colectiva que forjó, en algún sentido, lo que hoy somos, y allí alzaba a sus hijos y sobrinos, giraba en círculos y con su inequívoca voz tarareaba el vals, tararararara, ta-ra, ta-ra, tarararara-tará-tará, tararararaaaa-tarara, tararararará. Y curiosamente, o no, ahora que entre los primos varones cruzamos recuerdos vía wapp, reconozco en esa anécdota que esa misma melodía es la que yo le canto a mis hijos en nuestra pileta. Lo hago mecánicamente, sin saber de dónde venía esa acción, sin saber que era un recuerdo dormido que hoy San me hace reflotar. Era Víctor el que nos hacía eso a nosotros cuando éramos chicos. Así estas en nosotros Víctor.  
El fin de semana vimos la película Coco, de Disney. La película muestra en qué consiste el día de muertos para la cultura mexicana bajo el prisma de una familia humilde, de su propia historia familiar. Allí se ve que durante ese día de muertos, los vivos veneran a aquéllos para que los muertos vengan a visitarlos. A diferencia nuestra, todo eso se hace en un contexto de cierta alegría y por sobre todo se desarrolla como una festividad. Además de lo emotivo la película tiene muchos méritos argumentativos. Uno que me gusta mucho es ese que gira alrededor de que incluso los muertos pueden volver a morir, o mueren verdaderamente solo cuando son olvidados por sus familiares. Vos Víctor quédate tranquilo, difícilmente puedas ser olvidado por todos nosotros, porque nosotros te recordamos en todas tus múltiples anécdotas, tu “nneeeennneee” para llamar la atención de algunos de nosotros cuando estábamos jodiendo demasiado o estábamos por romper algo. Víctor no nos retaba, no recuerdo haberlo visto de mal humor o fastidiado por algo. Apenas tenía una maldad, un rasgo de malicia cuando describía físicamente a las personas, para ello había un lenguaje propio inventado por el él y su familia, ojipulgui para referirse a alguien que tenía ojos diminutos, o “esta para rajarlo con la uña” cuando alguien había engordado de golpe. Pero prevalecen “bublisiusss” cuando cantaba un pájaro determinado que la memoria familiar no alcanza a recordar, o el día que cantando en aquella reunión familiar, en medio de la canción vos cantaste “duuuuu”, llamando la atención de todos nosotros y provocando nuestra risa, después lo hacías a cada rato y la abuela Luci volvía a poner cara de que estabas arruinando la canción. Ese “duuuu” era algo que Martín Carrasco hacía en el coro para joder a la profesora, la nota marcada era do, y el cantaba “duuuu”, según contaste. Pero nada más que eso. Cosas así, pícaras, como de película italiana. Víctor era un buen tipo, tal vez el tipo más bueno, querible y adorable que haya conocido. Haberte conocido hizo nuestras vidas más alegres. Y a tu hermosa familia, feliz.
Víctor y Laura eran como una sola cosa, iban y venían juntos hace 48 años. Víctor fue quien presentó a mi mamá y mi papá cuando estudiaban en la universidad. Laura y Víctor va todo junto, se pronuncia de corrido como Vicente López y Planes, como Mar Azul, todo junto, como un lugar al que se refiere, una cosa, Tafí del Valle, ellos dos, uno, una entidad y la gente entendía. Laurayvíctor. Laura y Víctor se dice, no se dice Víctor y Laura, que quede claro. Laura y Víctor charlaban, cómo charlaban, aunque ahora que lo escribo pienso que en la familia Carrera-Oyhanarte, el verbo que se usa es conversar. Lauta y Víctor conversaban, se divertían, iban a Bs.As a pasar una noche allá, iban al cine, y a cenar. Víctor era un tipo que veía cine de una manera compulsiva. En su momento cuando apareció Videomanía, debe haber sido de los que más alquilaba, sabía un vagón de cine, se le podía preguntar cualquier cosa, “Víctor te acordas esa película en la que trabajaba Marcello Mastroianni  en la que él tipo bla bla bla –uno le contaba el argumento-, como se llamaba??” Y por ahí no en el momento pero al rato te decía, “Ignácio –Víctor acentuaba la a- se llamaba Los desconocidos de siempre” Cosas así. Eso hacía que Víctor recordara frases o diálogos de película, pero su imposibilidad para los idiomas lo trampeaba y reproducía las frases según lo que él oía, lo hacía como podía, no lo que el actor decía, entonces tenía frases como latiguillo, “what so mari with you”, o “Is enivary here??” Por Dios!!! Decías que te ibas a ir a Italia y que como no sabías el idioma te ibas a llevar imágenes, fotos, recortes de las cosas que podías llegar a pedir para mostrarlas cuando fuera necesario y el idioma una imposibilidad: un café, una pizza, unas pastas. Te imagino sacando recortes en un restaurante. Qué absurdo Víctor!!!
Víctor amaba el buen vino, se acercaba y de la nada te decía “Ignacio, la semana pasada probé un vino de bodegas Ruiz Casal, muy bueno” Quería charlar. Laura y Víctor llegaban juntos a los cumpleaños, en los últimos años a Víctor, como a todos, se le dio por la cerveza artesanal. Le gustaba tomar y Víctor tomaba. A eso de las 16 o 17 horas, cuando el común de la gente deja de beber y los primeros mates circulaban entre pasta frola y tarta de coco, uno se le acercaba para ofrecerle, le decías, “Víctor, más cerveza??” y él con ese elogio de los movimientos mínimos decía “Bueno, un vasito” y extendía el vaso. Tomaba a la par nuestro. Hace dos años me escribió de la nada, “Hola, soy Víctor. Pongo dinero para alquilar una chopera para el cumpleaños de Mariu. Saludos” Un capo.    

Víctor murió el sábado a las dos de la tarde, se fue apagando, lento, cansino en el andar, medio como siempre, medio sin llamar la atención, salvo por su risa, tenía 77 años y no aguantó el cáncer que lo devoró. Se fue sin escándalos y sin tragedias, creo que hasta en eso has sido vos. Saludaste a los tuyos y te fuiste. Sin embargo estas inquieto acá, en el pecho izquierdo como dice la canción, en la memoria rebalsada de anécdotas  y en el eco de tu risa, la risa de todos pero sobre todo la de Laura. Y así te vas, lerdo, rodeado de tu familia, adentro de un cajón sobrio, llorándote todos, extrañándote ya, reprochándonos el campamento que hace tres años no logramos concretar para emular aquél gran hito familiar que fue el campamento en Punta Indio. Con esa carraspera, caminando, suena el ruido de los tilos del cementerio, crujen las llaves colgando de tu jean flaco, camino al cielo Víctor, seguro, porque no hay donde más cobijarte y no mereces otra cosa que paz, amor eterno y la memoria ardida.

16 feb. 2018

Crónicas del tren

Por Nacho Fittipaldi


El tren llega puntual. Yo no. Corro hasta que las puertas se cierran y apenas logro meterme de costado entre una hoja y otra. El cuerpo todo duro aún después de entrenar. Son las 10, 08 horas del último día de la semana. Ingreso al primer vagón y en los pocos asientos que quedan veo un pibe caracterizado como un pibe chorro, digamos. Ropa Adidas, zapatillas Nike, gorra, aritos en la nariz y la comisura del labio. Está sentado contra la pared del tren y atraviesa con sus piernas el asiento que podría ser usado por otro pasajero. Grita algo indescifrable, se está gritando con alguien. Pienso que lo mejor, a los fines de leer durante el camino o escuchar música, es buscar otro vagón. En el próximo me siento. El tren toma velocidad y a los pocos minutos se oye la voz de una señora decir “Podes bajar la música?? Estoy intentando dormir” La señora está fastidiada. En ese vagón en el que decidí no estar hay, además del piraña, otros dos pibes, con el mismo aspecto que el otro, pero ellos están juntos y sentados más cerca de donde lo estoy yo. Escuchan cumbia con el celular a todo volumen. Es molesto. Uno de ellos responde “Eyyy doña, son las dié, esta no es hora de dormir” Ambos ríen. El piraña también ríe. Hay complicidad. Todos los pasajeros de ese vagón y del mío, giramos para ver la escena sin dar crédito a la situación. La señora lejos de arrugar, arremete. “Sigan jodiendo y llamo al de seguridad”. Digresión: Desde que el tren ha vuelto a circular, ya no hay más gendarmes o federales recorriendo los vagones, para bien o para mal. Ahora hay una empresa privada que provee la seguridad al servicio de tren con unos corpulentos muchachotes con cara de pocos amigos y menos formación. “Ey señora por qué va a llamar a la seguridad si no estamo haciendo nada??” La señora hace como si no los oyera, el tren atraviesa el Parque Pereyra y la situación se complica cuando el piraña se mete en una disputa que le era ajena. “Ey doña, cuando usted habla por celular a los grito, yo le digo que se calle??” El piraña está bastante más atrás que los otros dos que son los que escuchan música, el tren eléctrico es muy silencioso y todo se deja oír. Algún otro pasajero intenta hacerlos callar. Sin mediar aviso aparece un seguridad y la señora le explica la situación, los pibes se defienden con argumentos de niños, es decir, son adolescentes pero se defienden como Piero. Yo no hice nada. El seguridad le pide que se ubiquen, que bajen el volumen, cosa que ya habían hecho, y el piraña desde el fondo le grita al de seguridad, “Callate vigi” El morochazo busca con la mirada al desafortunado que esgrimió la provocación. El de seguridad recién ahí se percata que hay un tercer pibe chorro, por así decir, y para hacerme entender. Entonces se dirige hacia él, todos estamos mirando la evolución del conflicto, “Qué dijiste??” El piraña está sentado, ahora como corresponde, usa solo una butaca. No responde. El seguridad está casi encima de él, arrinconándolo, lo intenta nuevamente, “Qué dijiste??” el piraña no responde, utiliza evasivas pero no repite lo que dijo, sabe que hacer eso es ganarse una golpiza que por ahora evita. Entonces el seguridad le dice “Vos te vas a callar, el que se calla acá sos vos” Hay cierta retorica en las palabras del tercerizado que no sabemos si el piraña comprende, hay un conflicto entre dos sujetos de distinta índole. Se abren las puertas, Pereyra quedó atrás, el viento cruje los plátanos de la estación Hudson. Sube un ciego, el muchacho canta, se para en el medio del quilombo, al lado de la señora que ahora está francamente incomoda y los dos pibes que ya no escuchan música, el piraña les restó protagonismo. Ellos bajarán en la próxima estación. Ya no hay complicidad. El ciego lleva zapatos náuticos azules con cordones blancos, bermuda con estampado militar, riñonera negra y remera blanca con estampado militar. No lleva anteojos de sol. Su repertorio es olvidable, su tono de voz elevadísimo.  Las gentes que quedan de espalda a él se asustan cuando el muchacho entona, sin previo aviso y casi a los gritos, con un caudal de voz notorio, una canción de Diego Torres que no es Color Esperanza. Su grito inicial es interpretado como parte de una pelea iniciada entre el piraña y el seguridad. Volvemos a girar la cabeza para corroborar esto. Falsa alarma. De frente veo venir al guarda, un gordito simpático que intimida bastante menos que el seguridad.  Un heladero ofrece helados en palito. En ese momento el seguridad toma del brazo al piraña, se resiste a penas, cuando ve al cancho se entera de que lo van a bajar, el tren está detenido en la estación Plátanos, afuera los plátanos brillan a la luz del sol. “Eyy don, le juro que no hice nada, tengo boleto y todo” A esa altura el resto de los pasajeros grita “Dale pibe déjate de romper las pelotas, bajate” Piraña responde “Callate vo, la concha de tu madre” El seguridad interviene “Terminala, bajate y listo” No hay mal trato. La señora agrega “Ves querido que sos un mal educado” delante mío la señora que viajaba tranquila se ha bajado. Su lugar es tomado por una señora mayor, como de 75 u 80 años, acompañada por su hija de 55 mal llevados. El guarda y el seguridad bajan al piraña del tren. Piraña jura que esto no va a quedar así. El tren arranca.
El dúo que acaba de subir hablará desde Bernal hasta Constitución, sin solución de continuidad (algún día alguien tendrá que analizar gramaticalmente esta frase). La cosa arranca así, la hija que es imparable en su verba, habla rapidísimo, sin pausas, sin comas, sin avisar que cambió de tema, enuncia 9 de cada 10 palabras dichas entre ellas, dice: “Viste que estos hacen paro otra vez. Los de la bancaria” Lleva pantalón floreado y remera rosa, anteojos de sol tipo Sofía Loren pero comprados en Constitución, pelo raído, negro, se dejan ver sus raíces blancas, digamos que clase media resentida, votante de Macri, de esas que no le dan colaboraciones a los basureros que pasan el 23 de diciembre porque creen que no son basureros. “Nos tienen de rehenes que se dejen de joder, yo le dije a Alberto, vestite y anda a sacar unos pesos porque nos vamos a cagar de hambre, y ahí lo dejé. Viste que lo de la periodista que se murió al final le habían dado fotos truchas al juez, al juez o al fiscal nunca sé, claro parece que no eran del endoscopio con el que le hicieron la endoscopia, era otro, más viejo, me entendes, ma?? No me extraña estos de La trinidad son re truchos, estos, aquellos, son todos iguales, el marido dijo que quiere justicia, no por él, por los hijos, me entendes, ma?? Los médicos se cuidan el culo entre ellos, me corté el pelo no me dijiste nada –la señora mueve el pelo de acá para allá mostrando como le quedó, el pelo es un rotundo desastre- me corto y no me decís, ves?? Ayer lo tenía hasta acá, no veía un carajo, no me voy a cortar como vos, no me digas porque no, basta ma, ya me pele una vez y te acordas como me quedó?? No ma, no me queda bien, me entendes, ma?? Tintura como esa que usé la última vez no uso más, me agarro alergia, me salieron granitos en la cabeza, como me picaba ma, no había nadie en la peluquería, pase, mire, no había nadie, sabes cómo me tire de cabeza, no?? Así, frushhh, de una, los negocios todos cerrados, después se quejan que no venden, se pierden ventas, me entendes, ma??
De fondo y a lo lejos, mientras el tren sigue su rumbo, se escucha al ciego seguir con su esquivo repertorio, parece irse, parece estar allí inmaculado, sigue cantando sin juntar los pesos suficientes para los bizcochos, cansino en el andar.


2 feb. 2018

Crónica de una despedida

Por Nacho Fittipaldi

Suena una campana, un timbre, una bocina a vapor, un tren se aleja, un buque amarra. Llega un mensaje con un sonido muy concreto. Las campanas por ejemplo siempre anuncian algo. Desde las alturas del campanario las iglesias marcaban la jerarquía institucional, por eso desde siempre fueron los edificios más altos de las ciudades, incluso más que los castillos.  Las carreras de aguas abiertas se inician con sonidos, de sirenas, bombazos, de agudas chicharras. Existiría algo así como una relación entre la presencia de un sonido, la iniciación o el fin de algo.
Suena el timbre, son las 05, 55 AM del viernes 26 de enero. El sol pega en la parte de atrás de casa pero Martín está en el frente.  Nos saludamos, salimos a la ruta, un velorio nos espera. A las diez un entierro. Muchas veces hemos salido a la ruta juntos, de viaje, de joda, por laburo. Nunca por algo así de triste. A esta misma hora pero del día de mañana estaré a cuatrocientos metros de la costa nadando los clásicos 4 km de Villa Gesell. La muerte puede ser definida de muchas maneras pero sería reincidente y absurdo intentar definirla, es algo en lo que la razón no hace blanco nunca. Sin embargo no deja de impactarme la manera en la que la muerte, y el aviso de ella, resquebrajan las rutinas en curso. Un mate es cebado con determinación como si de eso dependiera muchísimo el mundo, se come un asado con el ánimo de una fiesta popular, se abre un vino como en un concurso de cata, y de pronto alguien dice “Che, me acaban de avisar que murió tal” y ese tal es el padre de un amigo, ese tal no tenía que morir, ese tal estaba vivo antes de que yo escriba esto. O como me escribió aquella vez El Tano, el día que murió su viejo, “No aguantó más. Se fue” Pero al finalizar este relato el orden de la vida que imperaba en esas familia seguirá roto, y estas palabras serán solo expresiones sueltas de alguien que intenta poner palabras para ordenar y mitigar su propia experiencia, para pensar la muerte de su propio padre, para pensar a Piero y Sabino llorando por mí. No lo pienso desde el narcisismos, pienso en ese dolor que tarde o temprano llegará. 
Velar a alguien en su propia casa es algo que indefectiblemente recuerda el velorio de mi abuela Luci. Mi abuela fue velada en una habitación, a cuarenta metros de donde cayó muerta luego de que un camión de distribución de soda la atropellara. Un velorio ahí es una astilla en la memoria de la familia, es un árbol en el medio del living, ir y venir por la casa es recordarla cada vez. Maipú es como un bosque sin árboles. Introducirse en esa casa es, en algún sentido, saber más de ellos. Los objetos, el estilo de decoración, o la falta de él, los cuadros, los libros, las antigüedades abarrotadas son, además, los recuerdos de la elección de esos objetos antes de ser adquiridos. Es la historia del objeto. Son objetos traídos de un viaje programado, son objetos encontrados de casualidad, es la frenada repentina del auto al pasar por delante de una casa de antigüedades, bajar a ver y preguntar cuanto sale, luego será una anécdota solo entre quienes puedan percibir la belleza del chirimbolo. Es ir a un remate y perder horas ahí. Estos ambientes así me cautivan. Son el living que nunca tendré. En el medio de ese desorden, Gerva. Con una cara que no le conozco, Gerva. Con la expresión pálida, Gerva. ¿Y yo qué puedo hacer? Nada. Por momentos la muerte también relativiza, no solo la existencia de todos nosotros, sino también la presencia de cada uno de nosotros en ese territorio que la muerte delimita en honor a la memoria. Sin embargo el momento más desmemoriado de aquí en adelante, es este. La memoria se construye. Los velorios se lloran. Siempre analizo si hay que ir, o dejar que la familia llore en paz, pienso que no debo ir y que la familia recuerde como pueda y entre los íntimos. Esta vez creía lo mismo pero por suerte fui. Y pude, simple y torpemente, abrazarlo, ver su cara de desconcierto, ver el cariño de la gente, ver un pueblo que salió a la vereda mientras el coche fúnebre pasaba por la calle y saludarlo por última vez. Ver a Ana y a sus hijas con las manos apoyadas en el cuerpo, mirando sin comprender, preguntando sin respuestas. Una incomprensión de punta a punta. En el entierro por ejemplo, vi un trabajador del cementerio vestido de riguroso overol azul, ya con sus años encima de trabajo ese azul es entre blanquecino y celestón. En la ancha espalda y con letras blancas dice “Municipalidad de Maipú” pero ese hombre está ahí como vecino, no como empleado. Despide al hombre que acaban de guardar entre maderas esmaltadas y cinceladas. Está mezclado entre el resto de la familia. Maipú tiene un cielo pleno, cada vez que vengo veo eso. Un cielo ancho y bajo, como el del trabajador, un cielo para todos. Quizás por esa razón este cementerio esté más cerca del cielo que otros. ¿Más allá de este campo qué hay? Allá en el cielo están todos los padres de mis amigos que se murieron en los últimos años. Se mueren los hombres. Mueren los padres. Y seguirán siendo hombres los próximos. El padre del Rata, Igor, del Tano, de Gerva. Aníbal, El Tano Callá, todos tipos. Hace años que vengo enterrando padres. Hasta que un día de estos sea el mío, un día tendré que hacer lo que todos ustedes ya hicieron y como hoy, no sabré qué hacer.
Hoy que todo eso ha sucedido no recuerdo ni con cual sonido se inició la carrera de Villa Gesell, en cambio recuerdo perfectamente un aliviador sonido que se sobreponía a la brisa que resquebrajaba los cipreses en el cementerio de Maipú. En la arcada de la puerta de acceso, una entrada estilo Partenón, con sus columnas y todo, y en el medio, rompiendo bruscamente con ese encantador estilo, una suerte de campana de viento, cuatro o cinco tubitos de aluminio de distinta longitud, sonando, como en las clases de yoga o en los centros de meditación, ayudan a introducirse en un clima de reflexión y un deseo: Que tengas paz Raúl, que tu compañera Ana, tus hijos, tus nietos, y tu hermano Gustavo puedan construir tu memoria a la distancia y en tu ausencia, una distancia lejana y dolorosa. Hoy doblan las campanas y están doblando por vos, un suspiro que se fue.  

29 ene. 2018

La vida es un suspiro

Por Nacho Fittipaldi


La vida es un suspiro. Obviamente puede ser de distinta duración, largo, breve, mediano, ese suspiro es este suspiro en medio del mar. Es sábado 27 de enero, son las 11, 20 hs de una mañana gris y ventosa; saco la cabeza, respiro, veo gente en la costa, chiquita, un puntito mínimo allá en la playa,  gente que se baña y come churros, gente que juega a la paleta, al tejo, una señora le dirá a otra que ella no quería irse de vacaciones a Villa Gesell pero que aceptó por sus hijos, finalmente siempre es lo mismo; un hombre cincuentón arroja insultos porque se quema con la arena, cosas así; un viejo miente el quiero retruco y pierde los puntos. No saben, no pueden saber, que acá adentro somos 400 personas nadando 4 Km. No saben porque no se ve, detrás de esas altas y anchas, potentes olas, cuatrocientos metros adentro del mar hay mucha gente nadando. No saben porque no quieren. Este suspiro es breve pero profundo, consciente, inquietante,  aliviador. No saben que antes de nadar Maine y Carolina entraron de la mano, atravesaron la rompiente de la mano porque  Caro es principiante y no sabe cómo hacerlo sola. Tal vez tenga temor. ¿Hay un gesto de esa dimensión todo el tiempo en la calle? ¿Hay algo más protector y humano que darle la mano a alguien para ayudar? ¿Hay algo más afectuoso que eso o darse un abrazo?

Saco la cabeza, esta vez hacia adelante, busco el edifico cilíndrico como referencia, se ve lejos, ese edificio me indica, más o menos, la mitad del recorrido. Saco la cabeza hacia la izquierda, el mar ancho, amable hoy, templado, ideal para nadar se deja nadar progresivamente. Estoy en el mar, nadando, haciendo lo que me gusta hacer, y por elección. Otra vez siento ese irremediable sabor de felicidad de estar en el exacto lugar donde quiero estar y con la sensibilidad hiper-dispuesta a captarlo todo, desde la sal que se aloja en mi boca hasta el ardor del raspón en mi hombro producto de mi barba. Ayer a esta hora estaba en un velatorio. La vida es un suspiro y el fin de ese suspiro. La vida son esas lágrimas, son esas manos, las de Ana apoyadas con ternura sobre un cajón sin respuestas. Entonces esa finitud que a todos alcanza por igual es lo que viene dándome ánimo, impulso, y sobre todo mucha claridad para tomar ciertas decisiones que me arrojan a estas cosas.
El edificio cilíndrico aparece más cerca, prácticamente no hay rastros de cansancio en mi, nado agarrado intentando corregir ciertas falencias técnicas, intento nadar largo y que la deriva haga lo suyo. Mientras nado sé que la corriente me tiró para adentro y que en algún momento tendré que  corregir el rumbo, volver a hacer unos metros hacia adentro del mar para girar por fuera de la boya y luego buscar el arco de fin de carrera, de golpe y antes de lo previsto eso sucede. Un kayak de la organización me marca el punto de la boya, tengo que nadar unos 150 metros hacia adentro del mar con la deriva castigándome de costado, subo, me agarro bien del agua, le doy más potencia a las brazadas y pronto estoy frente a la boya, giro, la boya queda a mi derecha, levanto la cabeza, la llegada está en la loma del orto. Queda el cierre, en ese momento recuerdo lo que me dijo Facu “No encares al arco de llegada, apunta para la costa” Hago eso. Nado prolijo, sin matarme pero intenso, de golpe freno y busco el fondo, mis pies tocan la arena, el agua me llega a la cintura, empiezo a correr, el agua se convierte en una fondue de queso, no logro avanzar, una ola rompe a mis espaldas, de repente estoy nadando otra vez, cuando intento hacer pie caigo en una canaleta y trago 62 litros de agua, el agua ahora llega al pecho, vuelvo a nadar, piso un pozo, caigo de costado, en este crucial momento le pediría a toda la gente que aguarda en la llegada que miren para otro lado. Finalmente y con el agua por debajo de las rodillas logro correr con cierta agilidad, miro el cronometro, la carrera fue rapidísima, mi tiempo está mas que bien, las piernas queman, cruzo la línea de llegada. Llegué. Voy a vomitar... pero no, es una arcada, duele el vaso, veo a Facu, a Claudio, Lisandro, Ale Cao (que alegría verte Ale y que te hayas decidido a venir), Claudio viene a ver qué me pasa, me arrodillo, voy a vomitar, falsa alarma otra vez. Me levanto, me hidrato, me abrazo, es esto lo que vine a buscar. Estoy feliz. De a poco van saliendo, el agua y el esfuerzo van cambiando la fisonomía de nuestros rostros, una cosa es tomarse una cerveza sentados frente al mar y otra cosa es esa misma cara después de esto. De golpe veo salir a Beto que también venció la incertidumbre de tener que pasar una rompiente para nadar mar adentro, nos abrazamos, nos felicitamos mutuamente. Nos queremos. Sale Miguel y lo mismo, sale Toro nadando pecho, es un anormal con la cabeza como para construir la muralla china. La llegada es como una reunión familiar donde de a poco van cayendo todos y todos nos abrazamos y nos felicitamos por haber cumplido el mismo objetivo, somos 37 personas felices por habernos permitido esto.  No sé cómo se ve de afuera, pero de adentro es de una intensidad inusual. 

De repente lo veo a Claudio irse hacia el mar.  Claudio es de una solidaridad que conmueve (Claudio es uno de los entrenadores), claro no todos han llegado aún, cuando la carrera va terminando lo veo acercarse hasta la orilla y acompañar a salir del mar a los compañeros que están mas complicado, otra vez las manos son el instrumento para ayudarnos entre nosotros. Finalmente sale Carolina, muy complicada, con hipotermia y habiendo vomitados dos veces mar adentro. La pregunta aparece otra vez, ¿Por qué hacemos esto? Las respuestas son múltiples.
Después de la carrera a celebrar, volvemos al parador del hermano de Toro donde estamos instalados desde el viernes al medio día. Ahí lo de siempre, buena comida, una atención sobresaliente y el inicio de lo que durará casi diez horas ininterrumpidas. Las conversaciones sobre cómo sintió cada uno su carrera, las anécdotas, ahora y después de una larga cantidad de cervezas y tragos las conversaciones comienzan a hacerse medio absurdas. Las risas que siempre estuvieron ahora se extienden largamente, las conversaciones se tornan más absurdas, lo cual no es poco, y esto es solo el inicio de lo que sucederá por la noche. Recién a eso de las 17, 30 Hs nos vamos caminando al sitio de la premiación, en el medio de esa caminata se produce una conversación entre Pepe y yo que es no solamente inesperada sino que además es altamente privada. 
El acto que debería ser breve y ágil se convierte en la premiación más larga de la historia de la provincia de BsAs. Volvemos caminando al parador mientras la tarde nos regala un atardecer y uno sonido de mar inquebrantable. Al llegar veo la figura inconfundible de Seba Pérez empinando el codo al lado de la barra en donde estuvimos hasta antes de irnos, es decir dos horas antes. Son las 20, 30 Hs y al llegar Luis me recibe con una cerveza helada y unas empanadas fritas extraordinarias. Quiero morir así. La ronda de tragos y comida vuelve a surgir, langostinos, empanadas, música, los relámpagos amenazantes que anuncian la lluvia que llegará. Luis y Toro son como una entidad genética, habladores, excelentes receptores, interlocutores cabales de las charlas, conocedores de la tararira y la patada que es lo único que la calma al salir del agua. La risa del Pocke es, a esta hora, un rasgo saliente del convite. Sin embargo cuando a parece la música los muchachos empiezan, como pueden, a mover la carrocería, muchas están desvencijadas pero igual se intenta, crujen. En estos menesteres Bombi aparece como una figura descollante, baila y es como si tuviera un arnés de hormigón entre el pecho y las rodillas, lo más ágil son sus brazos. Pepe esta peor, solo levanta las manos como rito de la cumbia villera aunque desde la barra suene Rodrigo. Cuando aparece el cuarteto es mi hora, salgo a bailar con Carlita que fue arrojada por Luis contra mi pecho, hago lo que puedo y de pronto recuerdo que acá hay dos grandes ausentes: Franco y Patsy. Me pongo a bailar como un cangrejo, es decir boca arriba apoyo mis brazos en el suelo, arqueo el tronco y con las piernas me impulso para atrás, comienzo a moverme compulsivamente como si tuviera epilepsia, en ese momento mis brazos comienzan a hacer la brazada de espalda un brazo por vez, en ese momento en el que el brazo está en el aire quedo apoyado por las piernas y el brazo que no está en el aire, tac-tac-tac. Patsy está presente aunque pocos identifican ese rito como el homenaje que es. Como no podía ser de otra manera me caigo al piso debido al efecto del alcohol, según dicen. Justo ahí un dedo del pie queda enganchado entre las tablas del deck y crack!!!! Me rompo una uña. Más tarde Bombi dará una clase de reggeton o aerobics, no queda claro qué es, y todo será tan grotesco y rotundo como el eco de las risas que perdura tanto como esos suspiros, esas respiraciones breves ocurridas unas horas atrás en ese mismo mar que ahora es alumbrado por los refucilos eléctricos que los rayos emiten. Recién a las dos de la madrugada nos vamos a dormir, agotados, sin margen para nada más que descansar, el día que arrancó a las 07 AM llega así a su fin. Al día siguiente quedará tiempo para volver a desayunar a ese mismo parador en el que sucedió todo lo relatado, otro almuerzo allí, otra incursión en el mar para nadar una media hora mucho mas incómoda que la del día anterior y aún así sirve para aflojar los músculos, luego una caminata, otras charlas, todo así de lindo.
Puedo asumir que vine a buscar esa sensación que produce nadar en aguas abiertas, y el encuentro posible cada vez que nos vemos, lo que nunca supuse es que me iba a reír como lo hice.

Gracias Luis, gracias Toro, gracias Franco por hacer posible esto, de la manera que fue.