24 oct 2019

Paulín



Por Nacho Fittipaldi
Corazón del micro centro porteño. Se ingresa por calle Sarmiento, dos puertas de madera berretonas, una abierta, otra cerrada, dan paso al curioso lugar. Es un bar de sándwiches. No es antiguo ni mucho menos moderno, es un clásico. Un bar en el que no hay mesas. Sí. Leyó bien. En Paulín no hay mesas. Hay una única barra, enorme, oval, que va desde casi, casi, la calle hasta el fondo del local que debe medir quince o veinte metros de largo. A ambos lados de la barra que prevalece longitudinalmente, hay espejos. La barra hace tope con una estructura de vidrio que es utilizada por los mozos para guardar platos, vasos y cubiertos. Hay dos mozos. Al entrar, el cajero entrega un papel en blanco al comensal que será completado por el mozo con lo que el cliente haya consumido. Al retirarse, ese papel en blanco convertido en ticket deberá ser mostrado en la caja registradora para que a uno le cobren. El cajero está de pie, sobre una estructura de madera, una suerte de atril de las finanzas desde donde de frente al ovalo, y de espalda a la calle, controla el correcto funcionamiento del lugar. Desde allí alterna chicanas con los mozos y conversaciones con los clientes  que, sentados sobre banquetas fijas, comen de frente a otros comensales barra de por medio. Cara a cara. Separados por el espacio donde el mozo va y viene, de una punta a otra del local. El mozo no sale de ahí adentro, de ese ovalo, dado que no hay mesas y la cocina está arriba, en el primer piso al que los clientes no acceden. Los pedidos los encargan los mozos a través de una especie de timbre eléctrico interno, y bajan por una suerte de monta carga gastronómico del tamaño de una bandeja de desayuno, de esos que se regalan para el día de la madre. Es todo muy raro. Todo muy ágil. El mozo se mueve por adentro del ovalo, a izquierda y derecha queda custodiado por clientes.

Al ingresar el mozo está diciendo, “Encima este está agrandado -señala al cajero- porque ganó Racing”. Mientras me siento en la banqueta fija, descubro que el asiento propiamente dicho, gira sobre sí mismo como los asientos para tocar piano. Me río y el mozo pregunta, “¿Vos sos de Racing también?” Contesto que sí pero como quien no quiere decir que no más que como quien quiere afianzar, o delimitar, una identidad futbolística. Como para no quedar como un boludo en una sociedad de boludos enfermos por el fútbol. No tengo tiempo ni ganas de explicarle mi vínculo con el fútbol argentino. Mi alejamiento diario. Además la pregunta fue concreta. Se responde por sí o por no. La respuesta es sí. Esa respuesta es también una puerta que se abre. El cajero que está a unos dos metros míos grita, “¡grande pibe!”, esta expresión habla tanto de su filiación albiceleste como de su edad. Pido medio sándwich de milanesa patagónica, el tamaño es descomunal, la referencia geográfica una incógnita. El mozo pone el plato que apenas cabe en el granito que hace de barra y agrega otro tremendo plato de papas fritas que por cierto, yo no he pedido. Papas fritas posta eh, y mientras lo deja agrega, “Esto es una atención, por ser fana de Racing”. Me dan ganas de ser franco, decirle que no soy fana de nada, ni de Racing, ni del fútbol, ni de las papas fritas. Pero en cambio agradezco mucho y comienzo a simular un fanatismo por un equipo del que desconozco gran parte de sus actuales jugadores. “Muchísimas gracias”. Él me cuenta que vive en frente a la casa de los padres del Pulpito González; que está todo el día de joda; tomando vino; que ahora vive en un country, en Canning, pero que siempre anda por el barrio. Yo no sé muy bien quién es pero muestro sorpresa y preocupación por el futuro del futbolista. El mozo toma su celular, lo pone en mis manos y da play a un video del Chacho Coudet, el técnico de Racing, en el que manda saludos para toda la barra de Paulín. “El video lo filmó Chacho mientras manejaba, así que tuve que bajarlo del instagram oficial de Paulín porque iba a tener quilombo él. Viste que hoy te escrachan por cualquier cosa”, dice. Cuando estoy en la mitad del sándwich, el cajero se acerca y me entrega un artículo periodístico doblado en cuatro partes. Con sorpresa lo abro y mientras esto hago él dice, “Léelo. Yo tenía diez años cuando pasó eso”. Otra vez me veo en la obligación de fingir un interés y un agradecimiento respecto de algo que no me genera nada más que tedio. Inicio la lectura mientras el sándwich se enfría y la cerveza se calienta. El artículo es verdaderamente extenso. Es sobre Tita Mattiussi y Pelé. El Santos y Juan Carlos Rulli. Tita y Juan Carlos. Mientras leo, el cajero se acerca otra vez y me ordena, “Hay un error en el artículo. Encontralo. Encontralo y decime cuál es”. Malísimo. A esta altura del partido he decidido no buscar el error, leer el texto en diagonal y solo prestar atención a las menciones que hay sobre Rulli a quien conozco personalmente, a él y su encantadora familia. Cuando termino de leer me acerco al cajero, le confieso con falsa frustración no haber encontrado el error que seguramente es lo que él desea señalar como erudito del fútbol que seguramente es. Sin embargo yo ataco, lo sorprendo con una media mentira, “Rulli es vecino mío” digo. Ahora al cajero le brillan los ojos, se le iluminan las canas, “Bueno el error del artículo es justamente que Rulli llegó más tarde a Racing. Pelé nunca pudo haber cambiado la camiseta con él en el 61, porque Rulli todavía no jugaba en Racing. Rulli llegó en el 65”. Finjo un fastidio digno de mejor causa, me hago el indignado. El error del artículo es grosero y de haberlo leído con dedicación lo hubiese detectado sin inconvenientes aunque yo no sea un erudito. “Llevalo –dice-, llevátelo, lleváselo, decile, mostrale las cosas que escribe la prensa. Una porquería la prensa de hoy” Y me vine con el recorte de diario entre los dedos, sin intentar explicar la posibilidad de un simple error de tipeo mas que la poca rigurosidad en la investigación. La prensa es una porquería, sí, pero por cosas más graves que el fútbol, aunque para el cajero Racing sea su vida entera. Su patio. Su infancia. Su patria celeste y blanca.

7 jul 2019

De mi madre, de sus madre


Por Nacho Fittipaldi


Panzottis de calabaza, vino tinto, un sol entrando suave por las aberturas. Domingo. Por el bluetooth suena “De mi madre” zamba del Chango Rodríguez, una zamba triste, tan triste como hermosa. El laurel perfuma la casa. El ajo se cuela por debajo de la puerta y gana la calle. Una zamba que a Pao la hace llorar, sea cuando sea que la oiga. Recurrentemente. El viernes la oímos en vivo cantada por Lisandro Aristimuño y Raly Barrionuevo que, para mí, es el mejor intérprete actual de zambas.
Almuerzo de domingo. La salsa se hizo a su tiempo. “Escuchen, escuchen -le digo a Piero y Sabino- con esta canción mamá llora” Piero ríe, ya sabe que cuando su papá plantea este tipo de cosas es para reírse juntos de su mamá. Sabino todavía está de su lado. Pao sabe que esto será una costumbre que de acá en adelante no tendrá fin. Iremos tan bien por la voluntad de Sabi. Pregunto, “¿El viernes lloraste?”, Pao responde, “Obvio, se me clavó un lagrimón” con el dedo hace el gesto que baja desde el ojo hasta la mejilla.

“Volveré, volveré donde está mi madre, esperándome. De nuevo en sus brazos volveré a ser niño,
vivir como sólo se vive una vez. De nuevo en sus brazos volveré a ser niño, vivir como sólo se vive una vez”
Yo me río, no porque no haya canciones que me emocionen, las hay y muchas, sino mas bien porque esta zamba es infalible, y es una zamba que oímos a menudo. Tal vez una vez por semana. “¿Pensas en tu mamá?” Pregunto. “Noooo” dice Pao mientras la canción suena y el primer lagrimón cae. “Ahí está” -digo yo- miren, mamá está llorando” Piero ríe mientras come banana, Sabino parado en la silla, detrás de Pao, chupa el rallador que tiene restos de parmesano, ausente de la escena que se  ha montado, aprovecha para comer queso rallado. “Pienso en Piero –dice- lo veo volviendo” Yo no puedo parar de reírme. Agrego, “Ojala que yo me muera primero”. Ahora Pao se ríe también pero no deja de llorar. Sabino chupa el rallador. Piero agrega “Sí, más vale” Pao dice “Noooo, por qué”. “Porque sino esto va a ser caótico. La ropa tuya se las doy a ellos y que ellos decían qué hacer” agrego  como para mostrar decisión. Pao ríe y llora, canta, llora, ríe, la zamba sigue, “esta parte me mata -dice ella- escuchen, escuchen”

“Azahar de blancos jazmines  que aroman el patio del viejo jardín,  un beso de luna me espera en los valles, mi rancho, mi madre, todo mi sentir. Un beso de luna me espera en los valles, mi rancho, mi madre, todo mi sentir. Volveré, volveré por ese camino que ayer me alejó, al rumbo del ave que vuelve a su nido, buscando un alivio para su dolor. Al rumbo del ave que vuelve a su nido, buscando un alivio para su dolor”

Los nenes no escuchan. “¡Respeten che! –digo yo buscando la autoridad que pierdo a cada rato- ¡mamá está llorando!” y agrego, “lo mejor es que nos muramos todos juntos en un accidente”, “Sííííí –dice Piero- todos juntos” Sabino ni bola. “Noooooo –dice Pao-, no seas hijo de puta” La zamba se va. El almuerzo culmina entre sollozos y risa. Con la esperanza inmensa de que estos pibes puedan, en algún momento de la vida, rescatar la poesía descomunal de zambas como esta, la existencialidad que recrea el folclore argentino y la visceralidad necesaria del humor negro de sus padres. Un poco como síntoma; un poco como salvación; y otro tanto como forma de vida…

26 jun 2019

66 horas sin luz


Por Nacho Fittipaldi

La chota. Lo primero que te queres cortar cuando se corta la luz es la chota. Después abrís la heladera y ves qué es lo que hay que morfar primero. Y atacas. Claro, la experiencia conocida nos prepara para un corte de un par de horas, a lo sumo medio día, un día. El freezer ni se entera. Desde la época de Alfonsín que no se vivía algo así. Y si bien era muy chico cuando aquellos cortes programados ocurrían, tengo la sensación de la tristeza que invadía mi casa con la luz interrumpida. Un corte de luz es siempre un acto de tristeza. Ahora con hijos chicos (6 y 4 años) electro dependientes, por el enfermizo vínculo con la televisión, en especial Netflix, llevar adelante casi  cuatro días sin luz es una experiencia que lo enfrenta a uno con los límites de sí mismo.  “¿Cuándo vuelve la luz?” es una pregunta arquetípica, es como “¿Cuando llegamos?” en el medio de La Pampa.  “Papá ¿me pones tele?”, cosas que uno resuelve mecánicamente las primeras dos horas de corte, pero cuando van 36 horas ininterrumpidas dan ganas de matar a sus propios hijos, o, de que en sala de 3 les enseñen la lógica existente entre la electricidad y el funcionamiento de los electrodomésticos. Los primeros días todos los varones de la casa meamos afuera. Pao es la única que puede mear en el baño. Es un decreto. Hay que ahorrar agua. Pero claro, de noche hace frío y la casa se calefacciona con aparatos eléctricos. Entonces el hogar es un cúmulo de humedad y moho que el encendido de la estufa hogar no llega a paliar. A las 18 hs hace un frío ojetudo y ya no hay luz natural. Los nenes están adentro de la casa desde las 15 hs desaprovechando el leve sol que calentó el pastito. “¿Papá jugamos a algo?” Sale el Ludo. Somos cuatro. Las velas alumbran la mesa, atrás el fuego alumbra el living y el calor se propaga por el ambiente. Por momentos la atmósfera es una mixtura que se nutre de un poco de mística campamentera, algo de temor por parte de los nenes, y una energía tensa, similar a los segundos previos a la explosión de Chernobyl. Alguien dice “A” en momento poco, o nada, indicado y la familia vuela por los aires. En general es Piero el que detona el reactor nuclear. Ese espacio de tiempo que va entre las 18 hs y las 21 o 22 Hs en el que los chicos suelen cenar (por así decir) y dormirse, es un momento del día que será nuestro “pasar el invierno”. Sin luz, sin tele, sin celu, sin poder moverse libremente por la casa es un momento difícil de transitar el primer día; complejo el segundo; un campo minado el tercero. Pasado ese momento viene el relax, si es que esto es factible, de nuestra cena a solas. Lo que se descongeló del freezer va derecho al horno o se mezcla con algo nuevo y se reformula la comida. La mesita ratona al lado del fuego, la intimidad con Pao, un buen vino son algo de lo lindo de esta hostilidad. La charla y las palabras cruzan una luz tenue y anaranjada que el fuego propaga. Apenas nos vemos pero sé que está ahí. El vino en la copa sirve para distender. Medio en serio, medio en joda, digo que finalmente si la luz no se hubiese cortado estaríamos viendo C5N que es mucho peor. Recostado sobre el sillón miro el fuego y las figuras que las llamas producen en el techo. Miro la biblioteca y pienso cuántos de esos cientos de libros valen la pena; de cuántos recuerdo sus ejes centrales, de cuáles recuerdo fragmentos de memoria, dónde han ido a parar los libros escritos por mí en bibliotecas ajenas. La falta de luz genera un efecto sobre el sonido ambiente que transporta al pasado. Cuando se corta la luz siempre pienso en Mozart, en la película de Milos Forman, “Amadeus”, que transcurre siempre bajo la luz de las velas y los candelabros. En la aridez de vivir así. Acostado sobre la pana del sillón, en la imposibilidad de hacer casi nada, pienso que la novela que estoy escribiendo la podría terminar en breve. La luz quita tiempo. La luz produce sonido. La noche cae con la crueldad de la desolación. Saber que somos miles no mengua nuestro pesar. La falta de luz pesa en los hombros. Lo peor es que pasada la noche, ese momento, llegado el descanso, si es que es posible descansar con los nenes adentro de nuestra cama, calentitos todos, lo que viene es la mañana helada. No hay clases. La promesa de que la luz vuelva al medio día es una falacia promovida por los mismos que prometen cosas imposible a través de la compra de productos mediante TeVe compras.
A las 07,55 hs Pao se va a trabajar. A las 08,15 hs los nenitos ya están más activos que Enrique Pinti en Salsa Criolla. Los quiero matar y a la vez los amo, peleo, los corro, les lucho, me pegan, me insultan, los beso hasta que me expulsan. La mañana es una montaña rusa y como tal, hay un momento, en el que un carrito queda colgado allá arriba por, justamente, falta de luz, o un  desperfecto técnico. En general es Piero el que queda allá arriba. Entonces hay que recomponer. “¿Cuándo vuelve la luz?”. Salimos a caminar, en los barrios todos salen a caminar, todos sin luz, algunos, los de escuelas privadas tienen clases porque han alquilado un generador. Así uno conoce vecinos que son los mismos hace años pero con los cuales no ha hablado jamás. La luz es una espesura social. A la tarde llegan los generadores que alimentarán a las viviendas. En la esquina de casa ponen uno, son gigantes, ocupan toda la calle, junto a él llega un camión cisterna con combustible para alimentar al generador, es su proteína. ¡Lo trajeron sin combustible! La promesa es, según dijo un operario, que la luz regrese en media hora, es decir, a las 18 hs. Caminamos unos pasos y le pregunto a otro operario de la misma cuadrilla lo que Sabino me ha venido preguntando “¿Cuándo vuelve la luz?”. La respuesta llega tan sincera como lo que descoloca: “Ni idea”. Efectivamente la luz no vuelve a las 18 hs, ni a las 20, ni las 22 ni una mierda. Los rumores de saqueos se propagan como los audios con información dudosa. Circulan memes. Los vecinos cortan los accesos, reclaman, piden ayuda y respuestas. Nada por aquí, nada por allá. El humo de las gomas quemadas y la densidad de su negrura se hacen visibles, incluso, en medio de la noche. El clima es espeso. No solo en La Plata.
Al día siguiente lo mismo, volvemos cada vez con menos esperanzas pero con más información. Un cable que viene de Dock Sud se cortó hace tiempo y estos cosos de Edegarcha para no gastar guita hacen funcionar toda la sub-estación de City Bell (palabra clave en este entuerto) con un solo cable de alta tensión. El cable que alimenta City Bell se cortó y quedamos todos culo al norte. La mañana es fría y con Piero y Sabino salimos a caminar. El viento corta la cara. Volver a casa es como votar a Macri en Octubre. Damos vueltas y vueltas, llevo el mate y el termo conmigo, de adentro de una casa alguien grita, “Ey vecino”, miro al costado y veo a un hombre adentro de su casa, chupo el mate y en ese ínterin agrega, “Me quedé encerrado”, me acerco sabiendo que no lo podré ayudar dada mi conocida inutilidad para destrabar puertas de chapa. Pregunto qué pasó y el hombre me dice que abrió la puerta para sacar la moto, cuando fue a buscar la moto adentro del garaje el viento le cerró la puerta y no la pudo destrabar. Le charlo lo suficiente como para no quedar como un mal educado antes de dar media vuelta e irme. Tironeo la puerta, es imposible abrirla, Piero y Sabino hacen preguntas endemoniadas que el buen hombre, a quien supongo no con la suficiente agua en el tanque, no sabe responder. En ese momento vislumbro el estado caótico de esa casa (y de la ciudad replicada)  por la que paso todos los días. Pienso que en ese caos desmesurado de objetos arrumbados deben estar buena parte de las cosas que nosotros sacamos a la calle con el rótulo de inservibles. Allí están. La luz no vuelve hasta las 18 hs del tercer día. Veinte horas después se ha vuelto a cortar. Reiniciando.  

13 abr 2019

Crónica de la intemperie


Por Nacho Fittipaldi 


Viernes 12 de abril, 16:05 horas. Piso 4. Escribo en el pizarrón “La vuelta del malón. Autor: Ángel Della Vella, 1892”. De espaldas a los alumnos el fibrón verde completa los espacios blancos de la pizarra. Por el rabillo del ojo veo que un alumno tensa sus brazos hacia adelante, luego las piernas, y un sonido de dolor que brota de su boca, similar al que hace el suctor, esa manguerita que los odontólogos colocan en la boca para absorber la saliva del paciente, ocupa el silencio que ha ganado el aula. Sin poder creer lo que estoy viendo, sé que es real, sé que todo es tan cierto como este momento en el que escribo. Giro la cabeza y ese alumno que es la segunda vez que viene está con un ataque de epilepsia. De frente a ellos veo que mis alumnos ya están de pie, absortos. La abstracción del pizarrón da paso a algo tan concreto como que en el segundo después de escribir “1892” mis dedos están adentro de la boca de un alumno cuyo nombre desconozco. Sus mandíbulas hacen una fuerza sideral para cerrarse, su cuerpo es un quebracho que se retuerce, sus dientes lastiman mis dedos. Supongo que esto va a ser largo y que este pibe que se ha convertido en tiburón va a perforar mis dedos, le ordeno a una alumna que busque adentro de mi morral una toalla pequeña que siempre llevo ahí. Envuelvo la mano y entonces hago fuerza para que la boca no se cierre, para que no se muerda la lengua. En su boca hay sangre. En sus ojos, extravío. “Llamen a una ambulancia y busquen profesores, o alumnos, de enfermería que estén cursando en el 4to”. Nicolás se estremece. Sus piernas están tensas, se despegan del piso unos treinta centímetros, el aula ahora está repleta de curiosos que observan las diversas representaciones que asume un aula. Los echo. Dentro mío me debato entre hacer más fuerza con la posibilidad cierta de lastimarlo, o aflojar la intensidad de la fuerza que ejerzo sobre sus mandíbulas. Su boca es pequeña, mis manos dentro de ella son como el agua que se agolpa en las alcantarillas en días de inundación. Una alumna sugiere buscar en su celular algún contacto de emergencia. Entonces toman su mochila, la revisan, la dan vuelta. Nada. El pibe no tiene celular. Otra alumna sugiere revisar en el grupo de wapp de la comisión a ver cuál es su teléfono. “¿Cómo se llama?”, dice alguien. Nadie sabe. “Busquen el DNI –sugiero-busquen la billetera”. Ahí está: Nicolás Duarte 116585-3926. Llaman: tuuu-tuuu-tuuu… Nada. Le pido a alguien que vaya al departamento de alumnos a buscar datos de la familia, cuando me doy vuelta hay una multitud de gente chusmeteando, váyanse, todos afuera. Nadie obedece, o lo hacen, pero a los diez minutos están todos adentro otra vez, mirando. En mis brazos Nicolás, ahora inconsciente, tiene el cuerpo rígido y los ojos en blanco. ¿Qué buscan? Lo siento vibrar en mis brazos, no lo puedo ayudar, sé que el SAME tardará media hora o más, que cualquier ayuda está lejos porque este edificio es monstruoso y nosotros estamos en el piso más alto de un edifico monstruoso. Con el pibe en mis brazos y todos mis alumnos mirando siento que Nicolás se puede morir. Siento que nadie tiene mucho por hacer. Recuerdo aquel hombre que se murió en mis brazos hace veintiún años; recuerdo su olor aún. ¿Y si no es tan solo un ataque de epilepsia? Sé que la ayuda no llegará con la velocidad que necesito. ¿Y si se muere? Y si nadie llega, y si no alcanza con la voluntad mía y de sus compañeras, entonces qué. Alguien entra y dice con voz de autoridad: “Acuéstenlo en el piso y pónganlo de costado para que no se ahogue con el vómito”. Pregunto: “¿Sos médica?”, con la esperanza de que alguien con conocimientos específicos me releve de este rol desmedido. “No”, responde ella. Sus compañeras ayudan a hacer tal operación, Nicolás queda de costado, con camperas y buzos las chicas le hacen una almohada. Una lo abanica. Otra le habla. Le pregunta: “¿Tenes familia?” Nada. Otra lo acaricia. Otra voz dice: “Apriétenle el lóbulo de la oreja, o las tetillas, va a sentir dolor y va a reaccionar”. Una de las chicas con pudor y voz tenue dice: “Profe las tetillas apriéteselas usted”. Al apretar la tetilla Nicolás reacciona. Paulatinamente, esa fuerza que tensaba ese cuerpecito va cediendo y lo que aparece es un cuerpo inerme. Entonces la estupefacción da lugar a los detalles y a todo lo que puede salir mal, al descalabro que todo esto es. La ropa vieja del pibe, la pobreza, la ambulancia que tarda cuarenta minutos, los alumnos y las alumnas que observan todo aquello como si no existiera el pudor, los varones que han huido como ratas y que han dejado a su compañero a la buena de Dios; las mujeres que han ocupado todos los roles posibles aquí adentro; Nicolás y su intemperie; el viento que lo sacude; mi indefensión.


18 mar 2019

Cómo le iban a robar

Por Nacho Fittipaldi



Esta es la cuarta vez que lo veo. Solo la cuarta. Y desde la tercera vez que me insiste para que regrese. Aunque siempre me invita. La imposibilidad de mi vida, y solo eso, es lo que ha obturado mi retorno a este lugar. Nada más. Y digo este lugar, este parador, este restaurante, este comedor, y no esta ciudad, porque lo que me ata a esta ciudad es el lugar que tiene Luis, no lo que tiene Villa Gesell.
Alto, flaco, pelilargo, medio desvencijado, Luis camina y casi todo el tiempo da indicaciones. Con autoridad pero educado. Luis está todo el tiempo mirando lo que pasa a su alrededor: un proveedor, un mozo, una copa que se cae, un cliente que por alguna razón llama su atención, una familia que ingresa, un toldo medio enclenque. Casi todo el tiempo está hablando con alguien, mirando el celular que no para de sonar durante todo el día. A pesar de eso, es sumamente atento con uno y con el grupo de pibes y pibas que trabajan con él. Todo el tiempo habla de sus hijos. Desde hace un año nos escribimos todos los días por wapp. 
Para mí estar acá es una revancha social. En la época de la familia grande, cuando salíamos los ocho de vacaciones, ingresar a un parador era lo prohibido. Siempre miré los paradores playeros como hoy puedo mirar un Mercedes Benz. Un sueño, lujo, lo inalcanzable, una posibilidad trunca. En ese sentido mirar y disfrutar aquello que fue lo prohibido, desde adentro y en este clima familiar, es en muchos sentidos una revancha de clase. No porque yo haya escalado socialmente , sino porque hoy las puertas de este lujo se abrieron en el sentido mas peronista de la idea. Luis es un peronista con un lugar al que accede cualquier trabajador. La costa atlántica es una sutura social que se abre o que se cierra según los tiempos políticos.

Para el viernes al mediodía Luis armó una mesa con amigos suyos, de allá. No conozco a ninguno pero curiosamente ellos me conocen a mí a través de las crónicas y/o el libro. Es una situación rara porque a través de ese medio conocen mucho de mí, profundo. Mientras la charla avanza tímida, aparecen los langostinos, las gambas, vieiras  gratinadas, el vino. Todos nos soltamos. Como si fuera poco, esta primera comida cierra con una endemoniada paella. Luis va y viene. Su placer es servir, atender, estar atento a la más mínima necesidad. Por ahí se sienta. Se vuelve a parar. Y uno que no necesita mucho, o seguro menos que esto, está tan a gusto así.
Desde El náutico la vista es portentosa, el mar de frente, cercano, áspero durante toda la estadía. Estoy solo, vine solo quiero decir, a diferencia de las otras veces. Mano a mano Luis habla pausado, profundo, como si lo que dijera lo hubiese analizado en los años previos. Cada tanto interrumpe su propio relato, para ver por qué no vino tal o cual empleado o por qué se demora el proveedor de la entraña que comeremos más tarde.

A las 08,30 horas somos pocos acá. Después vendrán algunos clientes a desayunar; mas tarde los guardavidas a desayunar y almorzar; después los pibes que laburan en temporada y a los cuales invita a almorzar fuera de ella; más clientes. Siempre hay gente, esto es como la confitería del Cerro Otto, siempre hay gente  circulando. Pibes y pibas que entran y salen esperando la ola para surfear. En el medio Luis intercambia comentarios que denotan cierta complicidad, chicanas, comentarios sobre el viento y el mar, son amigos de sus hijos que ahora están afuera del país laburando o surfeando, o al revés. Son pendejos de 21, 22, 25 años. Los pibes se acercan, preguntan, curiosean, se ríen, responden a mis preguntas. Todos son educados y simpáticos. Todos ríen. Todo el tiempo. Todos comen como mulas, como El chavo en aquél capítulo en el que Doña Florinda y Kiko lo invitan a almorzar. Luis, siempre con un café por tomar, los invita a comer y ellos aceptan, caen de a uno, agarran una mesa, hablan boludeses, ríen, piensan en coger todo el día, en coger, comer y surfear. Así de sencillo. Uno quiere entrar al Grupo Halcón pero debe seis materias del secundario. Dice que se le va a complicar. Luis los chicanea, les habla, los educa en algún sentido, les da laburo y construye un vínculo. Eso. Luis provoca los encuentros, hace lo suficiente para que las cosas sucedan. 

Habla con el guardavidas para que entre a nadar conmigo, me lo presenta, nos hace desayunar juntos. Distribuye mis crónicas entre sus contactos, vende los libros, ofrece el parador para hacer una presentación allá. Me manda las capturas de pantalla de los que realizan comentarios interesantes sobre las lecturas. Confidencias. Este es un lugar de encuentro. De charlas. De profundidades y texturas. Podría decir que este lugar y su gente están a la altura del mar. La actitud de Luis, para con estos pibitos y pibitas que están despertando a la adultez, con los guardavidas, con Adrián, con Ramón el canillita que trae el diario en bici, y otros personajes que pululan por acá, su rol frente a la vida de todos ellos me hace acordar a esa frase de la zamba del Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla, “cómo le iban a robar, ni queriendo a Don Juan Riera, si a los pobres les dejaba de noche la puerta abierta”. Luis hace eso, deja la puerta abierta constantemente. Ese es su oficio. Su virtud. Su paraíso ganado.

6 mar 2019

Diálogo en un vestuario de hombres V

Por Nacho Fittipaldi

  

Termino de nadar, estiro, tomo agua, charlo. Hoy fueron 4900 metros y aunque no es mucho mi cuerpo todavía retumba. El chorro de la ducha cae como puede, pega en la espalda, salpica los azulejos, siempre húmedos, de las duchas. Busco la ropa en el bolso, como una banana, estoy solo en el vestuario en un horario en el que no hay nadie en el vestuario. Un poco agradezco esta soledad, el silencio, la calma. No tengo ganas de hablar con nadie ni de que nadie me hable. Trato de leer lo que mi cuerpo dice, esa fea sensación que tuve en el agua. ¿Se irá hoy mismo? ¿Se quedará hasta que aparezca un próximo desafío? ¿Será que hace una semana que no nado y mi cuerpo no tolera eso? Dudas. Sentado y mientras miro los dedos deformes de mis pies, me seco y analizo todo esto. De repente escucho que alguien se acerca por el pasillo, cantando, “ma-yo-ne-sa, ella se bate como haciendo mayonesa”. Una cosa es que alguien rompa el silencio que reinaba hasta recién. Otra muy distinta es que además de eso lo haga cantando esta infame canción. El contraste entre mi búsqueda, casi existencial, y algo tan terrenal como “Mayonesa” indica que la parte placentera de la mañana ha llegado a su fin. El muchacho, entrado ya en los 40 largos, al que llamaré Sergio, ingresa al vestuario, canta, saluda, “¡qué haces flaquito!” con la confianza que supone el saludo pese a que no nos conocemos, inicia un diálogo. Se quita la remera, “qué calor hace en ese gimnasio, la puta madre” dice mientras tararea el mismo hit. “Va a estar duro” digo yo mientras apuro el secado de mi cuerpo, me pongo la remera, el pantalón y las zapatillas. No quiero permanecer allí ni un segundo más, y menos ante la posibilidad de que Sergio arremeta otra vez con la cancioncita hasta finalizarla. Aparentemente eso ha quedo atrás y ahora intenta otra cosa. “Me tengo que ir”, dice, mientras se prepara para ingresar a la ducha, supongo, “aunque me quedaría”. Lo ignoro creyendo que mi silencio lo expulsará. El efecto es inverso. Arremete. “¿Sabes que pasa flaquito?” giro y lo miro con cara de “no, no sé lo que pasa”
-         Pasa que hoy mi hijo empieza primera salita   -mientras esto dice se saca el pantalón corto y queda a la vista un calzoncillo que debe tener veinte años de uso. Habiendo boxers y slip tan lindos, qué necesidad.
-         Ah mira –lo mío es casi parco-
-         Sí, y no me lo quiero perder.
-         Claro.
-         Se da solo una vez –ahora está en bolas, con la toalla se seca los huevos, y un poco el culo- son esas cosas que quedan para siempre.
-         ¿Fue a guardería? –pregunto para saber qué es lo que le espera a Sergio en este mediodía.
-         No
-         Ese es el tema –mi comentario es entre distante y mala onda. No sé de dónde me viene esa filosa crueldad- Cuando no fueron a guardería los primeros días son complicados para los pibes.
-         Y bue, qué se le va a hacer flaquito. Tiene que ir igual –la toalla ahora seca (por así decir) las axilas. Entonces, también él sella todo con un principio del existencialismo más rancio- Lo mejor es no pensar, porque si pensas…
Y se va, sin haberse duchado, seco parcialmente, repleto de expectativas.  



25 feb 2019

Esa alfombra marrón: crónica de la Villa Urquiza-Paraná


Por Nacho Fittipaldi

Es una brazada larga que dura dos horas cuarenta y dos minutos. Uniforme. Continua, es monótona, densa y desgastante. No se parece a nada y, sin embargo, conozco la sensación, no la experiencia. Durante la mañana diluvia, caen rayos y culebras. La ciudad de Paraná parece que se va a inundar como la noche previa se inundó La Plata, otra vez. Si se suspende la carrera se nada mañana domingo. Si se suspende la carrera me mato. Son 21 km nadando en el Río Paraná, uniendo la localidad de Villa Urquiza con la capital entrerriana. Cuando uno entrena para este tipo de carreras nunca piensa que la hostilidad climática puede ser tan adversa como el día viernes en el que llegamos a la ciudad, 36º de temperatura, 42º de térmica, 1215 de humedad. Parado te deshidratas. Si el clima no amaina, la carrera va a ser cruel. El sol quema hasta en la sombra y el aire es como un aceite tibio después de freír papas fritas. Denso, graso, un poco como se sentirá el agua mañana mismo cuando la fricción de las manos contra el agua del río sea una imposibilidad. Llueve. Diluvia. Hay tormenta eléctrica, el calor se va pero ahora el riesgo es que la carrera no se haga por la posibilidad de que un rayo fulminante nos cocine. Repito, nadie se anota pensando en que una carrera se puede suspender. Menos cuando te anotas el 10 de diciembre, como en mi caso. Nadie sopesa la posibilidad de venirse hasta acá para volver más descansado de lo que llegó.

En estas situaciones la ansiedad es un mal aliado. Todo hay que hacerlo como si la carrera se corriera. Hay que comer, hidratarse, ponerse protector solar, estirar, concentrarse mínimamente para estar en tiempo y espacio. Es Sí o No. Y de eso depende todo. De repente aparece Andrés, el organizador, y dice que la Prefectura dio el ok y que se nada. La condición es que si cambia el viento, o si se arma otra tormenta eléctrica, como la que se ve allá a lo lejos, justo en donde debemos hacer la partida, la carrera se suspende. Incluso aunque la carrera esté ya iniciada y estemos todos nadando. Malísimo. Dicho esto, los nervios se aceleran de una manera que, por reiterada, no deja de ser alarmante. Hay que afinar la preparación de las bebidas que voy a tomar durante la carrera, hablar con la chica que me va a hidratar, la acabo de conocer acá, es voluntaria. Hay que ser claro en las indicaciones, después, adentro del río, todo es más confuso. El Paraná tiende a amarronar todo. Cada veinte minutos debo ingerir 250 ml de Gatorade; cada cuarenta, agua con gel. Así durante toda la carrera. En total beberé 1750 ml en siete ingestas. Todos los últimos preparativos se dan medio a las corridas, el  tiempo apremia; hay que marcarse el número en hombros y espalda, eso nos identifica como nadadores, el número 14 es Ignacio Fittipaldi. En ese ir y venir olvido la vaselina en mi auto, al igual que las bananas y las pasas de uva. Dos meses llevo comiendo eso durante el entrenamiento para que mi sistema digestivo se acostumbre a esa práctica poco habitual, y me lo vengo a olvidar el mismísimo día de la prueba. Después vendrán los calambres durante la carrera, el hambre y tal vez las conclusiones: Hay que ser tan metódico y exigente en el entrenamiento como  en los preparativos indispensables para la carrera.

Subimos al micro que nos lleva hasta Villa Urquiza; para mí es el peor momento, la ansiedad es como una palometa que me come el dedo chiquito del pie. Esos viajes hasta al sitio de largada son como los aeropuertos, son lugares incómodos, un espacio que no es ni fu ni fa. El sol esta fuerte otra vez, aunque detrás de las nubes, la humedad es ingobernable. Caminando hacia el punto de partida, en cuero y solo con  la malla, transpiro como si estuviera haciendo cinta. Frente al Paraná, vuelvo a sentir esa infinita pequeñez que este río impone. Aun no sé que una vez adentro, esa partícula que soy, se fragmentará en mil pedazos de diferentes sentidos. Los metros previos al contacto con el agua son fango. Me entierro hasta la mitad de la pierna, una nadadora de la elite mundial cae frente a mí como una inexperta, le digo para chicanearla: “No nos explicaste esto en la clínica”. La profundidad del río se precipita, busco  mi bote, al botero y Vicky, mi acompañante ocasional. No se ve nada, la resolana pega duro. La corriente nos tira río abajo, antes del inicio de la prueba, recién entonces, se oye el estruendo del bombazo que indica la partida. El cielo presenta una multiplicidad de formas y colores, contrasta con el marrón del agua en el que tendré sumergida la cabeza durante dos horas, cuarenta y dos minutos. Ahí vamos, los primeros veinte minutos pasan muy, muy lentos, por alguna razón mi bote va bastante atrás de mí, me duelen los brazos y los hombros. Duelen mucho. Sé que pasará, siempre  ocurre lo mismo, también sé que esas sensaciones negativas en los primeros kilómetros se irán a dormir a medida que la carrera transcurra. Es como si el cuerpo se negara a dejarse envolver por esa alfombra marrón que el río es. Como si la parte bípeda de mí le negara a mi parte acuática su derecho a ser. Como si no se entregara. Como si se repelieran.  Como si lo arrastrara hacia la costa. Gana el río. Entonces aparece esa otra sensación, esa que busco de vez en vez. El placer de nadar así, acá. La sensación (es solo eso) de que puedo estar allí infinitamente, 2, 3, 4 horas, entonces busco pensamientos que me permitan liberar la cabeza más allá de aquella cortina de árboles que se ve en el horizonte, a mi derecha e izquierda, solo agua, solo árboles, el Paraná. Con sus manos, Vicky me da indicaciones precisas: “Vení más acá”, “andá más allá”, “¡ojo!” cuando se viene un camalote, o una boya del canal de navegación. Durante todo el transcurso mis ojos ven a Vicky, el bote, Maxi el botero, su perro a bordo y su bandera argentina en la proa del bote. ¿Qué significa esa bandera en esta coyuntura nacional? ¿Qué significa para Maxi ese estandarte? Otros botes llevan la bandera del Gauchito Gil, algunos están pintados con los colores de Boca. La bandera de Maxi está nueva, no así su bote. El bote, curiosamente, se llama “Andrés”.

No sé cuantos kilómetros van de carrera, repito, es todo igual a un lado y otro, esta me parece es la principal dificultad de la prueba. Ese manto, esa monotonía, ese todo igual que lima la cabeza. De repente veo que Vicky se levanta de su improvisado asiento y con la mitad de un bidón de lavandina comienza a sacar agua de adentro del bote, Vicky es también una bomba de achique. Ella no conoce al botero. El botero no me juna a mí. Yo no conozco a Vicky. Vicky no conoce al perro. El botero no conoce a Vicky. Ahí arriba, el vínculo más fuerte es el de Maxi con su perro. Sin embargo, Vicky y Maxi van hablando, no los oigo, solo veo sus gestos. Solo oigo mi mano golpeteando en el agua, a veces mi respiración. Oigo mi voz que dice: “Nada prolijo, largo, constante”. Cuando Vicky agarra su celular es porque ha sonado la alarma que indica la hora de hidratación, entonces dice lo que necesito oír: “Venís muy parejo, a buen ritmo, venís muy bien”. Son apenas un minuto o dos en el que quedo en sentido vertical respecto del río. Busco con la mirada algo distinto en el horizonte. Nada. Le digo que cuando lleguemos a Puerto Barrancas me muestre dos dedos, así sabré que de ahí hasta la llegada me faltan 7,5 Km. Ese tramo, Puerto Barrancas-Paraná, lo nadé el año pasado. Me tortura no saber cuántos kilómetros voy, no es que quiera terminar, es simple curiosidad para administrar energías e ir identificando en mi cuerpo los efectos de los kilómetros. El río es como una presto barba, a medida que se lo usa va dejando marcas cada vez mas groseras y poco escondibles. Pero por ahora nada de eso, no hay dolores crueles, el río esta manso, la temperatura del agua es ideal y la tormenta parece haberse ido a otro mundo. Pasan los Gatorade, los geles, pasan los kilómetros, estoy cada vez más solo en el medio de la nada; a diferencia de otras carreras, no hay cuestionamientos existenciales, no hay nada para reprocharse, solo nadar y disfrutar. Vicky me hace con sus dedos la “V” de la victoria, miro a mi izquierda buscando la referencia, saco la cabeza, veo las barrancas que hace un rato cortaron la monotonía, van 13,5 km, ahora conozco el tramo final y también el tramo más duro. Allá adelante, donde se ven las torres de alta tensión, el río se abre otra vez y las energías comienzan a disminuir, baja la concentración, los brazos ya no responden como antes, los brazos comienzan a independizarse de mi sistema nervioso central, las piernas me abandonaron antes y dijeron “cuando vuelvas a La Plata hacenos un service. No va más”; en los últimos meses las maltraté, el dolor en el aductor es constante desde hace muchos meses. Con calambres breves y no muy intensos, seguimos, la ciudad se ve imponente desde adentro del río. En ella nadie sabe que estoy acá, qué hice para estar, cuánto me esforcé para sentir esto que ahora siento adentro del agua, qué relación existe entre el deseo y el trabajo necesario para satisfacerlo. 

Nadie sabe, tal vez solo Rancho y yo, sabemos, cuánto fue necesario para concretar estos 21 km y los 20 km de San Pedro en noviembre de 2018. Nunca nada resulta como uno lo imaginó, o tal vez sí, pero desde hace unos meses que me propuse nadar sin tiempo, nadar por nadar, que mis entrenamientos fueran más largos que esta prueba, buscando un estado mental propicio para sentir esto, y que eso sea el todo; imaginé esta carrera, su dimensión temporal, la huella que deja; finalmente llegar, como ahora estoy llegando, tocar el pontón donde culmina la carrera, oír otra vez al locutor que anuncia los arribos, hacer pie y volver a caminar, ver que Vicky, Maxi y su perro me sonríen desde el bote, que el río está así de hospitalario y cariñoso. Así de cierto y de concreto era lo que estaba buscando. Lo que proyecté en un tierno sueño, íntimo. Lo que concreté en un arduo aliento. Ahora, el cielo camorrero, se puso amenazante, otra vez.  




13 feb 2019

La alcancía de cartón


Por Nacho Fittipaldi

La imagen parte el alma. Parado con una caja de cartón, más ancha que alta y con un agujero en el centro, como si adentro hubiera una tortuga y por allí comiera, el viejo sostiene una caja y una esperanza. Pegado con plasticola (nunca con voligoma), de la caja cuelga un cartel mínimo, hay algo escrito pero desde donde estoy no llego a leer. La cola avanza lentamente, el sol pega duro sobre la piel de los que, con otro tipo de esperanza, nos ilusionamos con que haya dinero en los cajeros. Todos entramos y retiramos plata. Por ser el cajero de la Plaza Belgrano de City Bell puedo suponer que en las distintas cajas de ahorro de los usuarios que por aquí pululan hay sumas muy distintas de dinero. En algunas habrá $4000, en otras $17900, tal vez $100.000. En otras nada. El hombre está parado ahí al menos desde hace cuatro meses. Cada vez que vengo ahí está, con esa caja. Con esa cara. Si llueve, se moja. Si sale el sol, se cubre bajo la sombra de ese hermoso tilo tan igual a los otros. Ahora hay un perfume distintivo por sobre el resto de los árboles. Descuento que es un jubilado cagado de hambre que pide dinero para llegar a fin de mes. Escenas como estas se cuentan por miles en todas las ciudades del país. La cola avanza, leo, para mi sorpresa descubro que el hombre está juntando dinero, no pidiendo. Son cosas distintas. No es que necesita cien mangos para comprar medio de pan y cien de salame. Necesita juntar una cantidad de dinero determinada para algo muy concreto. Es una causa colectiva. Un proyecto a largo plazo. Un infierno de varios. “Maira Pérez necesita una prótesis para ambas piernas”.  El hombre no habla. Jamás. Solo está ahí, quietecito, sujeta la caja con las dos manos y solo dice “Gracias”, cuando uno de cada diez le da algo de dinero. Su expresión es impertérrita. No es tristeza lo que se deja ver. Su cara no es de tristeza. Es esa cara de tano bajando del barco, es cara de “queda tanto por hacer” y a la vez “ya no hay salida”. La alcancía de cartón dice que Maira cuenta con 10.000 dólares, pero le faltan 20.000 para viajar a Cuba y realizar la operación. ¡30.000 dólares! O sea, no son una familia pobre que pide para pagar la olla. Es una familia que cuenta con cierto capital, tal vez incluso superior al de muchos que vienen a retirar dinero a diario aquí y que no cuentan con capacidad de ahorro, pero a la vez una suma escasa para concretar la intervención. Las zapatillas del viejo son de una marca inexistente, los jeans son negros, no son antiguos pero el talle es como para otro cuerpo, pasan las horas y el viejo sigue allí, los pocos pesos que caen dentro de la alcancía nunca cubrirán los gastos de la operación, él lo sabe. Es dinero licuándose. El sweater ahora lo protege del viento frío de febrero, la camisa es gruesa y casi siempre la misma, los ojos son de aceituna, la nariz de loro. El texto que explica la situación de Maira es ininteligible, no tanto por la desprolijidad de la letra, sino más bien porque el texto está escrito en forma de triángulo invertido, de tal modo que la primera oración se lee fácilmente pero la segunda ya no. La tercera es una conjetura imaginaria y de allí para abajo no se entiende nada. La hoja es A4, rectangular, perfecta, pero el texto conforma un triángulo invertido, la desprolijidad es similar a la mía, es como si el texto lo hubiera escrito yo reproduciendo esa tara paterna de escribir ahorrando papel bajo la superstición, o la falsa idea, de que ahorrar papel determina una mejor situación para la humanidad. No hablo de reducir el consumo de papel a escala global. Hablo de ahorrar espacio en la hoja que igualmente se malgastará se le dé el uso que se le dé. El viejo parece haber escrito a las corridas. Como si la noticia de la intervención le hubiera caído como una fruta madura pero a destiempo, antes de lo previsto, sin tiempo para corregir, sin tiempo para decir “lo vuelvo a escribir”, como si este texto fuera lo único que pudo escribir cuando recibió esa pésima noticia sobre… ¿su compañera de toda la vida?, ¿su hija?, ¿su nieta? Nada sabemos.  Lo único que pudo escribir pidiendo ayuda, y asumiendo el acto heroico de permanecer de pie, pidiendo dinero como si no se pudiera hacer nada más, y a la vez como si eso fuera poca cosa, esa exposición, ese esfuerzo a esa edad, ese tan no estar estando. Permanecer de pie intentando algo. La alcancía de cartón está allí cada día, habitada por una esperanza y una tortuga que deglute dinero.

3 feb 2019

El día que me recomendaron una crónica genial


Por Nacho Fittipaldi

Es el cumpleaños de Pablo y eso desde hace muchos años es una ceremonia. No es Pablo mi hermano si no que es otro Pablo que es como mi hermano. Día de sol colado entre los árboles, de temperatura templada, de hojas que se mueven con el viento frío. Llegada la tardecita las gentes comienzan a irse y entonces recuerdo que debo regalarle un libro al tío de pablo que es un tipo al que aprecio y con el que con el correr de los años, puedo decir, hemos cultivado una relación de amistad. Cada vez que viene de San Juan nos juntamos a comer, y en nuestro caso, a beber. Carlos no toma alcohol, o casi, no parece sanjuanino. De pie, mientras converso con él apoyados en lo que será una barra, algunas personas pasan y ven el libro que Carlos acaricia con su mano, “¿este es tu libro Nacho?”, “te felicito”, “me gustaría leerlo”, dicen algunos mentirosos, nada trascendente ,ni original. Con el libro en la mano y el autor presente deben decirse muchas cosas para no desentonar. Sin embargo en ese ir y venir, el cumpleaños es multitudinario, aparece otro tío de Pablo del que apenas sé su nombre pese a que lo veo hace muchos años para esta misma fecha. Ahora recuerdo que una vez estuve en su casa de Capital Federal, no sé bien por qué. Creo que con Pablo nos perdimos al llegar. Mide 1, 84 o más, barbudo, escondido tras tus anteojos portentosos, ojos claros, panzón pero de estructura flaca, no es gordo, es panzón. Alejandro es como un oso en comparación conmigo. Carlos le dice “él también hace aguas abiertas” algo que asumo como un chiste familiar que nadie desmentirá. Ahí nomas Carlos queda relegado porque no es un chiste, a los minutos se va, el tema le importa un carajo. Alejandro en cambio empieza a hablar de él, y como me interesa no lo aborto, de a poco da paso a mi historia, a mi libro, a mis crónicas de aguas abiertas. Es algo aburrido hasta para mí mismo pero es algo de lo que puedo hablar. La charla es larga, él no se aburre, yo menos, tomo vino, termino un Mariflor, a una hora en la que no se bebe vino excepto que sea un Mariflor. Uno a uno se van yendo, ya cayó la noche y la casa da muestras de estar evidentemente en construcción. El piberío corretea por ahí ya sin la mirada rigurosa de sus padres. Alejandro me dice que él no sabía que yo nadaba, ocurre que hemos compartido torneos en pileta y hasta algunas carreras de aguas abiertas en simultaneo aunque el nade distancias menores a las mías, y no nos hemos cruzado jamás. Me pregunta qué he nadado últimamente y entonces aparece el tema de la carrera de Necochea y la de Villa Gesell, esta última no la nadé pero sé por mis compañeros que fue un parte aguas en la vida de cada uno de ellos, excepto para los que ya habían pasado por algo similar en los 10 km de Necochea la Ríomar. Alejandro me dice, “tengo un conocido que la nadó y me dijo que fue muy, muy, dura. Incluso –dice mirándome por arriba de sus anteojos que son grandes como un cohete a la luna- hay un flaco que la nadó y que después escribió una crónica que está muy buena, en la que relata esto mismo que vos me decís. El cansancio, la soledad, la cabeza que te traiciona. Te la voy a pasar porque está muy bien escrita” mientras él me habla yo sé qué es lo que ocurre. Entonces lo miro y me dan ganas de cancherearla, lo juro, me dan ganas de llamar a mi hermano que anda por ahí, a mis hijos, al tío Carlos, a Pao, a todos y hacerlos oír esta jugarreta de las redes, este estrellato mínimo y perentorio, este Cervantes de la literatura de calles de tierra villavisenses, pero en cambio me sale una cosa más humilde, le digo así como entre nosotros, despacito, “esa crónica la escribí yo”. Alejandro me mira descreído, agrega, “no boludo, cómo la vas a escribir vos si yo te conozco, vos sos –hace un bache porque no sabe mi nombre pero sí mi apellido, igual me pasa a mí con él- vos sos…Fittipaldi” Y en verdad no nos conocemos  solamente nos vemos una vez al año hace veinte años, pero nada sabemos uno del otro. “La crónica se llama La peor carrera de mi vida –le digo mientras le muestro el enlace en el celular- la escribí yo” Entonces Alejandro se agarra la cabeza, se levanta el pelo, se rasca, lo llama a su sobrino Pablo y le cuenta la situación. Pablo está desbordado, corta torta para que los invitados se lleven , saluda desanimado y entra en la cuenta de toda la gente con la que no estuvo, además, y esto es lo fundamental, le chupa un reverendo huevo esta casualidad. Entonces Alejandro me dice algo evidente, no sabía que escribías, esa crónica se la pase a medio mundo, me gusto mucho, che te felicito, en serio” Cosas así suceden muy poco y parecen inverosímiles, esa crónica es, hoy por hoy, la crónica más leída de mi blog con 1300 lecturas. Ayer por primera vez me recomendaron leer mi propio texto.