12 abr 2012

Situaciones de un vestuario II



Por Nacho Fittipaldi
Luego de cinco semanas de no poder entrenar debido a la fractura del dedo chiquito de mi pie, consecuencia de un pisotón en mi pie descalzo futbolero, hoy volví a nadar. Sirvió para comprobar lo mucho que cuesta estar muy entrenado y lo poco que hace falta para perder ese mismo estado físico. Ese resto de oxigeno que permite mas brazadas, mas patadas ejecutadas con fina sincronía y el uso racionalizado de la potencia muscular. También  me sirvió para comprobar que nadar es, desde hace años y, hoy por hoy, el deporte que mejor me descansa la cabeza en esos momentos en el que el limite ha sido cruzado. Entonces el medio acuático se convierte en un medio que me recibe como una abuela a un nieto durante la hora de la merienda. Mi cuerpo se acomoda con facilidad y la sensación de placer aparece de inmediato. La respiración se agita pero eso no es escollo para, también, acostumbrarme a controlar todos los movimientos que mis brazos y mis piernas, mi cuello, mis manos y tobillos deben realizar para que el cuerpo se deslice sobre el agua y esa sensación de deslizarse en el agua no tiene comparación alguna. Soy feliz haciendo eso. Soy muy feliz al saber que este es el deporte que me ha permitido poner al futbol en un lugar de absoluta secundariedad, u abandono definitivo. Me encanta saber que ya no podre abandonar la natación, tenga la edad que tenga. Entonces, después de nadar los 2500 metros de casi siempre, estoy cansado y siento los tríceps tirantes y doloridos, los pectorales están inflados y los bíceps lucen redondos y alargados. La ducha es lo que sigue, una banana, una manzana antes de que se cumplan los treinta minutos posteriores a realizado el entrenamiento y mucha agua fresca, son la base de una rápida recomposición de energías.

La temperatura del agua de la ducha no es lo templada que a uno le gustaría pero digamos que eso se complementa con la potencia del agua de la flor. Una y otra cosa, es muy frecuente en este club. Mientras estoy terminando de elongar los cuádriceps y los tríceps, desde la ducha escucho la voz de un hombre que ingresa al vestuario, no da la impresión de que este con otro hombre y menos aun de que este hablando por teléfono, es como si conversara con alguien pero no llego a escuchar la otra voz. Desde donde yo estoy no puedo verlo y él tampoco a mí. Yo estoy total mente desnudo; eso es costumbre en cualquier vestuario de hombres. A diferencia de los vestuarios de mujeres, en los nuestros todos solemos estar en pelotas, como en exposición, como en un frigorífico cuelgan las reses. Pero estoy solo. Debajo de la ducha puedo estar media hora y sentir que el agua golpetea sobre mi espalda, ese es un placer del que no me privo, cada vez. Es curioso pero en general soy siempre el último que se va de la ducha, independientemente del orden en que haya ingresado. Hoy no, hoy tengo que salir para Bs.As., entonces me apuro, alguito, nada más.

Cuando termino de ducharme comienzo a recorrer el breve pasillo que me pondrá del otro lado de la pared, podré ver quién es el que habla de esa manera tan extraña. Sé que no es un compañero porque reconocería la voz de los chicos que yo vi nadando cuando terminé mi rutina. Ellos recién han comenzado el entrenamiento y como mínimo tienen para 1.45 Hs de rutina. No sé quién habla del otro lado, estoy solo y en pelotas en un vestuario de hombres donde no todos los hombres son tan hombres. Por alguna razón, estoy inquieto. Doy los primero pasos y luego de unos metros comienzo a oír la voz del hombre y un susurro que dialoga con él, me acerco totalmente desguarnecido, en pelotas y lleno de dudas. Cuando estoy por dar ese giro de 45 ° que me pondrá de frente a la situación que no logro desmadejar, escucho:

-       Me pica la conchita. –dice una voz susurrante-

Yo me quedo helado pero ya es tarde para dar un paso atrás y protegerme de los desprotegidos protagonistas. Estoy en pelotas en el medio del vestuario y una nena de cuatro años me mira sorprendida, como si el Sapo Pepe hubiera entrado en escena. Yo le pido perdón al padre con cara de, <<vos sos de los que ponen TN para ver la temperatura del día que amanece>>:

-       Disculpame, no sabía que estabas con la nena –digo sin saber la reacción de él, suponiendo que la situación es desagradable e incómoda para él y la nenita que vuelve a repetir la frase que refiere a la picazón.

-       Quedate tranquilo -dice él- no me molesta para nada. Yo quedo perplejo por la respuesta y atino a taparme la poronga con el frasco del shampoo, me doy cuenta que si yo no protejo a la nena de su padre, y de mi miembro, nadie lo hará. La nena ahora pide caramelos palito de la selva, mientras el padre le pone las calzas.

Luego se van y yo me quedo pensando en si yo estaba en el vestuario equivocado. A qué se debía la cara de la pobre nena, era que entendía lo que el padre acababa de decir, la pequeña habrá pensado, “a mí sí, me molesta que mi papá me meta en un vestuario que podría haber sido un mar de bolas”. O si el padre de la nena es la bestia pop de la que hablaba el Indio Solari. Yo tengo una certeza: estuve a la baja altura de las circunstancias.