25 jul 2018

Dónde está el destapador


Por Nacho Fittipaldi

Una curva cerrada trepa y trepa. El camino entre Tucumán y Amaicha es mas largo que lejos. La vegetación subtropical de los cerros da paso a las montañas peladas. Antes atravesamos los campos de caña de azúcar, los ingenios humeantes, las plantaciones de limón. La feria de Simoca es principio y fin de una comunidad expresada en puestos de venta. Desde lechones vivos que son escogidos por los clientes para ser sacrificados y faenados ahí mismo, hasta venta de frazadas, cubiertos, especias, venta y compra de cabello, o comidas al paso. Ahora el sol se pone lento detrás de los cerros, un burro come pasto duro, una quebrada se incendia allá arriba. Coquena huye. Al costado de la ruta aparecen pedazos de hielo, es agua condensada por las bajísimas temperatura. En un rato llegaremos a los 3500 MSNM. Esta sola escena es una que Piero y Sabino tal vez no olviden nunca. Es su primer viaje juntos al norte. El segundo viaje largo que hacemos los cuatro juntos.

Amaicha nos recibe de noche, estuve en este pueblo hace unos dieciocho años atrás y no recuerdo nada. Somos los últimos en llegar, esta noche somos once, mañana seremos catorce. Los días, las noches y con ellos las mañanas y las tardes, se sucederán distintas aunque con ciertas regularidades. Las mañanas frías, cálidas entre las 9, 30 Hs hasta las 11, 30 Hs y calientes de allí hasta las 17 Hs, luego el descenso de la temperatura con la ida del sol será una condena. Pao y los nenes siempre arriba temprano, quilombo total como si estuvieran solos, mas tarde alguien se levanta y prepara un mate, otro se ducha, una familia siempre despierta última, no voy a decir cual, una galletita se completa con miel y queso de cabra, el sol pega contra la galería y salimos a tomarlo. La galería es un sol en sí mismo. Sus paredes cubiertas de murales y una copla, “yo quiero hacer de mi vida nada mas que un fogoncito, que no queme ni haga daño, pero que sepan que existo” ese es el tono único y necesario para que se entienda la calidez de la casa de Cristina. Es decir, la casa de Cristina esta hecha para recibir. A esa mateada extendida mas allá de la media mañana le sigue una excursión, o simplemente, la deliberación acerca del almuerzo y la apertura de una primera cerveza a lo que le seguirá una inmediata picada. Todo es atravesado por conversaciones cruzadas, aquí y allá, mientras tanto Pierito, Sabino y Simón juegan a que son guerreros con espadas, o juegan con la arena y corren con la montaña de fondo, desde acá, desde la galería, se pueden ver las cumbres con hielo, allá en lo alto hay mas de 4000 metros, todo ese marrón de la montaña   se corta con las lenguas blancas de hielo o con una pelea seria entre los guerreros. 

Las risas, la fluidez en la conversación, el ida y vuelta, la chicana conocida, las repetidas historias entre nosotros, de, cómo nos conocimos, ¿desde cuando estamos juntos? Desde el 2004, no yo mas, no yo menos. Cosas viejas y aburridas para un ajeno se combinan con cosas nuevas y alentadoras para los íntimos. La onda de Martin con los nenes, las persecuciones a punta de espada, la demanda constante de los chicos que  Martin atiende y que Trucco ni registra y está bien así. La infatigable excitación de Piero los dos primeros días que significaron mi fatiga y mi hartazgo los dos primeros días con Piero. Las comidas siempre tienen un encargado principal, y un séquito que colabora en la mise en place. Acá no hay cosas ni muy planificadas ni muy improvisadas. No somos improvisados. A la cerveza le sigue un vino catamarqueño, tinto o Torrontés, y a la sucesión de ellos, de esa continuidad la pregunta mas oída del viaje “¿Dónde está el destapador?”, seguida de cerca por “¿Cual es mi vaso?” Luego una siesta, o la continuación de este recreo de una semana al rayo del sol, en manga corta claro porque el sol esta picante, lo sé yo que traje todo manga larga atento a una supuesta nevada y temperaturas bajo cero que no llegaron hasta el día de irnos.

El domingo por la noche, ya con Mili y sus hijos con nosotros, ofició como festejo formal de mi cumpleaños. Un lechón al asador en manos de Trucco y una sorpresa tejida a mis espaldas fueron las ofrendas. En verdad diría que esa noche es un regalo en sí. Lo es en mi vida. Queda para siempre. Lo es porque aún recuerdo el día de enero que nos reunimos a almorzar con otros pretextos pero yo sabía lo qué iba a proponer y sabía que era una locura: Hacer un viaje todos juntos como celebración extendida de mi cumpleaños. Aclaro que el rango de edades de los viajantes abarca entre los 60, 50, 40, 22, 8, 5 y los 3 años. Ese día dije que quería contarles algo que se me había ocurrido, difícil de concretar, pero que ese era mi deseo. Cuando terminé de explicar en qué consistía, todos dijeron que sí. No hubo reparos, ni dudas, solo ideas, fechas tentativas, Cristina agregó “Nacho, invita a quién quieras, sea de este grupo o no, hay diecisiete lugares” Yo lo mantuve restringido a este grupo porque a la vez necesitaba quórum para otros viajes durante este mismo año. Esa noche es mi regalo. Es mi momento. Es el instante en el que relaciono aquél enero, toda la ansiedad previa, la generación de conciencia  con los chicos para que entiendan que íbamos a hacer, que comprendieran que eso que hicimos con naturalidad implica una sumatoria de voluntades, logística familiar, postergación de proyectos propios y que obviamente también implican guita. Agradezco con el corazón tener los amigos y la familia que tengo, agradezco a la vida este cruce como también la vocación en sostenerlo. Mi vida reconoce dos grandes invenciones. A saber: La gestación del baby asado (reinvención personal del infame baby shower yankee en modo argento = asado y chupi para todos mis amigos que aún sin conocerse entre sí aceparon la idea original de conocerse y reunirnos varias veces al año simplemente a chupar y morfar como cosacos como celebración de la llegada de mi primer hijo. Eso se sostienen desde el 2012 año en que Pao quedó embarazada de Pierito); y esta idea de hacer varios viajes como festejo de mis 40. Nadie nunca podrá robarme eso. Y si Einstein inventó la luz a mi me chupa un reverendo huevo. Allá él. Esa noche es Érica y su voz, el regalo es una bagualera de Amaicha con una voz desmesurada en su caudal, terciopelada en los tonos que elige para cantar y con una pasión por la canción tan singular como entrañable. Érica canta con una caja prestada, nos dijo, porque vendió la suya para volver del encuentro de mujeres en La Plata, pero eso será más tarde, después de cenar. Ahora en la previa Érica canta con vergüenza, dice que siempre va con alguien porque le da vergüenza, hoy la acompaña su hermana, más tímida que Érica, rostro aindiado, rostro de Mongolia sin duda, más tímida que Érica sin duda, con un registro de voz más similar a las copleras. Cada tanto ríe y toma Coca-Cola, lleva puesta una campera Adidas color rosa furioso. 

La primera parte está concluida, luego la cena, el vino corre, después el cayote con queso. Alguien dice qué linda canción es esa, la tararea pero no recuerda la letra. Y Érica, como si le hubieran pinchado la cola con un alfiler de las que usaba Bilardo, salta de la silla y canta a capela. La voz de Érica parte la noche al medio, se cae la luna, nosotros nos miramos extasiados por lo que estamos presenciando, el lechón resucita. Terminado eso agarra un cancionero de folclore y no parará hasta que otros invitados, encargados de llevarlas, digan basta. Esa noche es mía y es mi regalo por la inmensa alegría de conocer casi todas las canciones que cantó, salvo dos o tres, conocía todas las canciones, y eso es un encuentro. Si una bagualera de este valle tiene un repertorio que yo conozco casi entero quiere decir que mi búsqueda, mis intereses, mis años siguiendo ciertos artistas y autores, y no otros, no han sido tan errados, ese encuentro es esa noche en la que le pude decir que tal como decía H. Tizón en La mujer de Strasser, mi cumpleaños era ese día pese a haber sido el 5 de junio, por el asombro que ella me había provocado, es esa felicidad que dura nada pero que deja marcas, es ese momento de la noche en que mis lagrimas caen porque Érica canta Taky Ongoi, una canción de reivindicación de los pueblos originarios que dice entre otras cosas “Nuestra América es India y del sol” pero además canta Subo, esa vidala de Castilla-Valladares que dice “Me voy a los cerros altos, a llorar a solas, lejos. A ver si se apuna el dolor, subo, subo” Ese “a ver si se apuna el dolor” cobija tal vez una de las mas grandes frases del folclore argentino, aclaro, para entender esa frase hay que haber venido o saber algo de estos pueblos, dicho de esa boca, en esa inmensidad de montañas no es menos que para llorar. Y si queres llorar, llora. Así que lloré.

Luego habrá tiempo para ir a las ruinas Quilmes, pasar por Catamarca y deslumbrarse por algunas construcciones estatales del siglo XIX, en general escuelas que permanecen anchísimas e inclementes al paso del tiempo; a Cafayate volver, volver siempre a ese sitio de exponencial belleza, entre charlas tan perdidas como los burros o prestando especial atención a las preguntas de Pierito que no son ni pocas, ni sencillas; y al mismo tiempo oír a Sabino que con esa ternura ancestral es capaz de decir las cosas más ocurrentes como tantas otras repetidas de esa voz madre que para él es su hermano mayor. Bajar de la Quebrada de las conchas, comer esas empanadas endemoniadas con esos vinos fabulosos y todo  a las cuatro de la tarde que es como correrle una carrera desigual, y sin sentido, al tiempo. Desafiarlo. Después volver por la ruta 40 mirando el cielo estrellado, tomando mate, sabiendo que la casa espera, que las charlas de sobremesa aguardan, que el vino y la música nos esperan para cantar en voz alta todos juntos al rededor de una mesa, mirarnos a los ojos felices de que nuestros hijos también puedan encontrar ese punto íntimo de amor que es estar siete días juntos y llorar de risa, o de emoción, pero siempre de manera autentica, en ese mismo tono de honestidad humorística que a veces me pone en contra de los míos, por lo que se dice de acidez mi humor tendría, pero siempre así, felices o tristes, pero convencidos de que esto era posible, tanto como lo fue.