29 jul 2022

Pequeña frustración de un padre sin poderes

 


JUEVES

11 Hs llevar a los nenes a lo de mamá

11,30 sacar plata para la dentista

12 Hs turno con la dentista

13 Hs llevar a Sabino al cumple (no llego, buscar a alguien que lleve a Sabi)

16 Hs retirar a Sabino del cumple

 

Mediodía de dentista para mí (dato de color: el arreglo sale $50.000) Los nenes de vacaciones. Pao se va a las 07 horas. Me despierto, cuando llego al living veo a Sabino en el sillón. Recién ahí caigo en la cuenta, por no decir al pozo profundo, de un tremendo dato y de allí la siguiente duda: qué le pongo a Sabi para el cumpleaños que tiene al mediodía. Vestir a los nenes no se me da. Cocino siempre, lavo platos y ropa, me encanta tenderla, planchar camisas se me da muy bien, pero no sé vestir a los nenes. Lo asumo no sin pudor. Hay dos cosas que no sé hacer con ellos, una es esta; la otra me la reservo, por auto preservación. Le escribo a Pao aunque esto conlleve una humillación interna: ¿Qué le pongo a Sabi para el cumple de hoy? Ella responde: Hace frío. Que se ponga el pantalón negro o un buzo, ese gris con dinos puede ser. Camiseta la que quiera. Y tiene un buzo nuevo que le regalo mi mama.

De lo que ella escribe yo interpreto: Hace frío, si se enferma es tu culpa.

En ese momento también me doy cuenta que no sé de quién es el cumple. ¿Debería saberlo?

Voy a hasta la habitación de los chicos, corro la hoja del vestidor veo los cajones de la ropa y para mí es como escalar el Fitz Roy. Ver la ropa de mi hijo y no saber qué ponerle me hace sentir infeliz. Ver la ropa de Piero y Sabino y no saber cuál es de cada uno me frustra. No soy un buen padre ¿Por qué no sé vestir a mis hijos? Un día los mandé a la escuela en pijama sin darme cuenta que era la ropa de dormir. Abro el cajón que creo es el de los pantalones pero solo hay remeras. Abro el siguiente, busco un pantalón con dinos. Definamos dinos. Veo jogging y pantalones, cosas que creo son de uso diario pero no para un cumple, agarro un pantalón estampado de autos y otras cosas que no sé qué son, busco dinos, no encuentro ¿Otro pantalón no tiene? Busco más y más, doy vuelta todo.

-Soy un inútil –me digo.

-No, no lo sos –respondo. Sabes hacer otras cosas –me convenzo.

-¿Por ejemplo?

-No se me viene nada a la cabeza –gano y pierdo en un diálogo interno conmigo mismo.

Doy vuelta todo hasta que aparece un pantalón negro sin dinos. Listo. Después me zambullo en el cajón de las medias, revuelvo todo, siento que alguien me espía y que esta imagen se divulgará como un video en un programa dominical por la señal de cable TN, no sin sorpresa encuentro un par de medias mías, dudo, ¿son mías? Sí. Remeras hay varias, “Camiseta la que quiera” dijo, identifico una linda, meto la mano, extiendo la prenda en el aire, manga corta, la puta madre, agarro otra, manga corta también, “hace frío, si se enferma es tu culpa” –pienso que pensé- finalmente encuentro una manga larga y sin pensarlo dos veces inicio la búsqueda del buzo a estrenar. Eso aparece fácil, tanto que ahí me doy cuenta que hay dos regalos sobre el escritorio. No uno, dos. ¿Por qué dos? Inmediatamente me gana la incertidumbre, no es para menos. ¿Cómo averiguar cuál es el regalo para la nena que cumple hoy sin intentar abrirlo y romper el envoltorio en el intento? Y por otro lado analizo para quién es el otro regalo. ¿Hay otro cumpleaños hoy y lo he olvidado? Este pibe ha tenido cinco cumpleaños en un mes lo cual traducido a la economía familiar es un mini presupuesto.

Cuando tengo toda la ropa en mis manos, cuando ya estoy listo para bañar a Sabi y vestirlo para el cumple siento la misma calma y paz que me visitan cuando termino de nadar una carrera larga. Esa misma quietud espiritual, hija del vendaval de sentimientos, alegrías y fracasos que me provoca batallar en el mar. Con él, contra él. Hoy vestir a mi hijo fue mucho peor que eso.

 

 

22 feb 2022

Nádenme

 

 


Por Nacho Fittipaldi

El mar es un refugio. Durante el verano las familias argentinas huyen hacia el mar. Pagan cifras siderales por siete, diez días allí, solo los bien pudientes huyen una quincena entera al mar argentino. El mar es una línea de tiempo que sutura lo que el año fue desgajando. Tal vez esa sea una fantasía social de lo más interesante: el mar como sutura. No es eso, puede serlo, o no. En todo caso es una cosmogonía de sentidos y significados que nos paraliza y enamora. Es la oligarquía y Mar del Plata. Perón y sus hoteles. Es el miedo, y su representación. Son los vuelos de la muerte, los cadáveres apareciendo en las playas del Partido de la Costa. Silencio. Olmedo y Porcel. Risas. Son los adolescentes reventándose con lo que pueden en siete días de drogas y alcohol. Buscan el sol del amanecer con un tetra en la mano. La familia trabajadora reunida alrededor de una docena de churros fríos y grasientos. Es la más significativa de las representaciones de vida y libertad. No hay cosa más envolvente y abrazadora que el océano, ni una madre se le acerca en esa capacidad que atrae lo mismo que expulsa. Es virtud y riesgo. Es respeto y entrega. El mar es un cierre relámpago que atesora lo que engulle y protege lo que quedó a salvo cuando el cierre se ciñó. 

Después de una decena de visitas en tiempos relativamente cercanos descubrí que los geselinos hablan de "entrar" al mar cuando nosotros decimos "meternos" al mar. Hablo de los surfistas y guardavidas, no puedo dar cuenta del resto. ¿De dónde viene esa diferencia en la selección del verbo? Es evidente que esa selección no habla de una misma acción, aunque en ambos casos haya una vinculación con el agua. La vinculación no es la misma. Mascullo una respuesta más sólida que no encuentro, busco una interpretación: se ingresa a sitios donde la entrada está vedada o franqueada por algo o alguien. Implica abrir o sobreponerse a un obstáculo que nos impide el ingreso. Juan Gelman dice en su poesía “Por una puerta se entra a muchos sitios, al trabajo, al cuartel, a la cárcel, a todos los edificios del mundo/pero no al mundo/ni a una mujer ni al alma” y mucho menos al mar, podríamos agregar. Sin embargo, esa idea sobrevuela la expresión: Entrar al mar. Me gusta, me seduce, esa dimensión. Ingresar al mar por una puerta y de ahí a la inmensidad. Una ecuación desigual.

Para mí uno no se mete al mar, se sumerge a él, se deja inundar. El mar es una entrega. Sé que un verbo no puede remplazar un sustantivo. No queda bien decir: ¿Nos entregamos al mar? Cuando lo que quiero decir es: ¿Vamos al agua? Pero en el momento en el que reflexiono sobre esto, estoy 200 metros mar adentro. Nado paralelo a la costa desde el norte de Villa Gesell, en un ascenso y descenso constante que impide que pueda divisar al resto de mis cuatro compañeros que deberían estar conmigo, pero a los cuales, he perdido indescifrablemente. En este instante el mar es una alfombra voladora que en su ondulación esconde lo que queda debajo o arriba de ella. Aunque de afuera parezca plano, adentro es un torbellino. Cuando se está en el punto más bajo de la ondulación no se ve lo que está en el más alto y viceversa. De manera tal que esa superficie es una sumatoria de puntos altos y bajos, desplegados por doquier en extensiones de cincuenta a cien metros cuadrados. Mi única certeza es la costa y sus edificios. No más que eso. Ya que he extraviado a mis compañeros decido nadar solo, serán 8 kilómetros de larga soledad que nadaré hasta llegar a Mar de las Pampas. ¿Hay mayor entrega que la soledad de un hombre en el medio del mar? La quietud no es opción, así que inicio el nado, hay que aprovechar lo poco que el mar ha decidido darme hoy. Lidiar con la agresividad que demoró en exponer. A la mañana temprano se mostró brillante y calmo. Una invitación a. Ya adentro su virulencia tomó formas diversas. Cuando uno entra al mar se entrega. Cuando uno nada en el mar queda a su antojo, en ese sentido uso la palabra entrega, no como ofrenda sino como la concreta noción de que nadar en el mar implica quedar a su merced. Lo que uno no sabe es a cuánto se expone cuando se entrega. Y hoy fue mucho: 2.40 horas de nado continuo. Casi tres horas de variaciones constantes en su fisonomía, oleaje, reflujos de agua, salinidad; en el viento que forma parte del mar y nadie lo dice. En las apenas más bajas o más altas temperaturas de sus corrientes sinuosas. O en las ondulaciones escarpadas que zamarrean el cuerpo, en esa seguidilla de olas cortas y bajas que dan de lleno sobre la cara cuando la cabeza sale a flote buscando oxígeno. Y todo eso sin hablar de que el mar en el que hoy nadamos no nos dio esa bendición llamada deriva. Nadar sin deriva es entrega total. 

Nadar 8 kilómetros en el mar permite sufrir y gozar. En un tramo tan largo de nado caben muchos mares. En un sueño, solo uno. Pero incluso los sueños son algo más concreto que el mar. Se sueña algo certero incluso aunque al día siguiente no se lo recuerde, el sueño es algo preciso: Soñé que perdía los dientes. Listo, es eso. Soñé que me caía a un pozo. Listo, es eso. En cambio, soñar con nadar 8 kilómetros es algo insustancial. Es una idea imprecisa e imperfecta. Y lo es porque cuando llega el día, caminas hacia la costa buscando esa certeza visual que, supuestamente da la vista, te paras frente a su inmensidad y lo que ves es algo poco alentador. Ahí el sueño se desintegra. Uno soñó otro mar, no este. De eso depende la experiencia. Pero el de hoy, y esa es la paradoja, no es el peor mar. Es engañoso. Hoy temprano dijo: Entréguense. Estoy calmo. Vengan a mí. Y allí fuimos. Y una vez adentro cambió de libreto. Dijo: Lidien conmigo, nádenme, demuéstrenme quiénes son ustedes y por qué querían entrar en mí. En ese diálogo uno no tiene mucho para decir.  La desigualdad no tiene ambages. Todo lo que queda es hacer lo que hay que hacer. Y hoy nos escapamos. Nadar fue una huida constante, nadar para salir del mar. Escapar a lo que íbamos dejando atrás suponiendo que lo que quedaba por delante era mejor a lo que acabábamos de eludir. Error. Mostró sus mil caras, decía, sus trampas y amenazas. Nadar es también leer. Allí adentro hay signos, indicios, expresiones, simbologías, un lenguaje, información que el mar y la costa nos dan. Una narrativa. Hay que saber leer para estar tres horas nadando sin perder la calma, salir ileso. El disfrute, a veces, está en la lucha, en la concentración que requiere la mecánica del nado en estas condiciones. En la sincronización imperfecta entre el cerebro y el cuerpo. Miente quien dice que nadar es placentero, puede serlo, no lo niego, pero ese placer lo es en determinadas circunstancias. No en estas. En todo caso el placer es una sumatoria de pequeñas victorias aisladas en una línea de tiempo trazada al azar a lo largo de toda la travesía. Es una búsqueda. Hacerse finito para disminuir el roce del cuerpo sobre la superficie del agua. Llevar la mano lo más adelante posible, hundirla, arrastrarla hacia atrás generando el desplazamiento. Me estiro como si quisiera tocar con las manos un techo imaginario, roto la cadera, giro el cuerpo, me propulso desde ahí, la pierna opuesta al brazo que acabo de estirar da un chicotazo sutil pero eficaz, el empeine lo más extendido posible, justo ahí la cabeza rota hacia la derecha buscando oxígeno y una perspectiva. Un ojo queda sobre la superficie del agua, el otro debajo, es milimétrico; este ve el verde del agua, el otro la costa, es imposible mensurar cuánta información proviene de este solo ojo, encierra la significancia de un periscopio, de él depende casi todo. Lo proceso, lo traduzco en una acción concreta. Nado. Nadar es escribir, nadar es leer debajo del agua, inhalo, es una felicidad de las más breves que existen, menos de un segundo, sonrío, y de vuelta a empezar. Así una y otra vez, hasta el hartazgo, hasta que algo duela, hasta que haya hambre, hasta que me aburra, hasta que el sol que empezó bajo y en el Este aparezca bien arriba indicando el medio día. Solo ahí me detengo, salgo cuando ya no hay edificios, solo dunas, cuando el mar me susurra al oído un mensaje por descifrar y compartir: naden, huyan, sean libres.          

5 oct 2021

La muerte y el sol

Por Nacho Fittipaldi

Gustavo se fue a dormir y no se despertó. A eso le llaman morirse. Se murió Gustavo me dijeron. Y entonces recordé aquel viaje al Congreso de Cultura en Tucumán. Viaje en micro, viaje largo, él al lado mío. Llega la noche y el acompañante del chofer cumple la rutina de poner una película para hacer dormir a los pasajeros. Un monitor infame, de lo pequeño, reproduce la película inglesa de Frank Oz, Muerte en el funeral. Esa película es una buena película para ver en casa. Pero se convierte en excelente para ver, medio de carambola, sin audio y con subtítulos lejanos y difusos, en un colectivo de larga distancia. Gustavo y yo empezamos lanzando sonrisas tenues, luego sonrisas que de a poco se van soltando, y si al principio teníamos un poco de respeto, algo de pudor y consideración por el resto de los pasajeros que deseaban dormir, al cabo de un rato las carcajadas eran incontenibles. Intentamos, vanamente, taparnos la boca con las manos, pero las escenas grotescas de ese enano drogado hacen que nuestro respeto y consideración inicial se convirtieran en sonidos incordiosos. “¡Che, dejen dormir!” se escuchaba. Recuerdo su rostro iluminado por la luz que el monitor desprendía, así… blanco y riendo. 

La muerte se convierte primero en vacío y después en recuerdo. Los muertos se convierten en lo que nosotros recordamos de ellos. Gustavo, ojalá tengas en el recuerdo de los tuyos, la enorme vida que lograste tener. Desde el primer día que te conocí supe que teníamos más en común, vos y yo, que yo con Ana, entonces tu pareja, siempre mi amiga. El tiempo me dio la razón. Ese tiempo que no tendrás para compartir con tu nieto , ni con Malena, Lu y Bruno. De ellos dependerá en mucho la vida que tendrás después de la muerte. Eso que te va a exceder. Gustavo, te recomiendo ver la película Coco, donde sea que estés, buscala, sentate y mirala tranquilo. Allí verás que, del otro lado, ese que ahora habitas, el olvido solo se concreta cuando de este lado, los tuyos, olvidan poner sobre la mesa una foto de los familiares difuntos en La noche de muertos. De ser así será difícil tu olvido dado que tu familia te ama; y los que no somos familia admiramos la gracia, entereza y valentía con que encaraste tus cosas. Te debo algunos de los llantos de risa más impresionantes de mi vida en aquella función de Los cara de piedra. Pero la muerte es la muerte y ya te has ido. La muerte a menudo nos juega no solo con su cosa tan concreta e inabarcable, sino que además nos deja, a los que quedamos acá en la tierra, perplejos con sus singulares dispositivos de la simbología. Parafraseando a François de La Rochefoucauld, hay dos cosas que no se pueden mirar de frente: la muerte y el sol. La última vez que fui a Maipú fue hace poco más de dos años para el velorio de Raúl, hermano de Gustavo. Es curioso, ambos murieron repentinamente, sin enterarse, y por ello tal vez, muertes de hombres jóvenes aún, dejaron familias arrasadas; perplejo a todo el círculo de vinculaciones que los rodeaba que, por cierto, era prominente. En ambos casos, después de pasar por Maipú a saludar a sus familiares, vine a Villa Gesell a visitar a Luis que, curiosamente, puso el primer supermercado de Maipú cuando Raúl era intendente. Los chinos no sabían llegar a la Argentina por entonces. Vine a reproducir ese ritual del encuentro. A esa introspección que el mar reclama, a ese perderse en el rugido que deja la ola al romper y también a decirle a la muerte, de frente y sin esconderme, que nosotros le damos pelea meta amistad, abrazos y amor. Así de sencillo, concreto y urgente.

Sentado en una silla, de frente al mar y con el sol de lleno en mi rostro, leo el libro de Juan Forn que Luis me regaló. Este libro fue el texto que Forn escribía mientras además se moría. ¿Se moría mientras escribía o se murió por escribirlo? No sé si él lo sabía. Nosotros lo supimos después, pero en todo caso su titulación, “Yo recordaré por ustedes”, que el autor llegó a hacer en vida, nos llena de dudas. Ahí está la simbología de la que hablo. Hace muchos años mi abuelo le pidió a un nieto si no podía llevarlo a la quinta donde solía pasar los meses del verano junto a mi abuela. Ya viudo, ir no tenía mucho sentido y menos en aquel invierno frío y cruel. Padecía el frío. “¿Me llevás?” dijo. Y vino para Villa Elisa. Como cada sábado nosotros, otros nietos y algunos amigos, jugábamos al fútbol en su quinta. Lo recuerdo parado al lado de la línea lateral, mirando y disfrutando. Esa noche murió. Lo sorprendió un paro cardíaco cuando se disponía a cenar en soledad, luego la cabeza golpeó con la punta de la mesa, después la sangre en la alfombra, lo que vimos todos. Sabía que se moría, quería ir a la quinta por última vez. O como el ticket de Gustavo en Nike unos días antes de morir comprando cantidad de ropa. Pensaba hacer gimnasia. Quería vivir.  

Sentado en una silla frente al mar y con el sol de lleno en mi rostro, leo el libro de Juan Forn que Luis me regaló. Forn se sentaba acá mismo a mirar el mar y conversar con Saccomanno. Cebo un mate, miro el mar, intento mirar el sol y constato que La Rochefoucauld tiene razón, no se puede mirar el sol de frente. Tampoco a la muerte. Miro el mar y recuerdo eso que dicen: el mar devuelve los cadáveres. Como si fuera un arresto de dignidad de la corriente. No espero tal gesto: Raúl, Gustavo y Forn murieron en sus casas. Ese océano de cabotaje que cada familia tiene. Miro el mar y no espero que nadie sea devuelto. Solo me hago preguntas que el mar no devuelve ni responde.

18 ago 2021

Hugo

 

Por I Fittipaldi

Miércoles por la mañana, interminable reunión de cátedra que se extiende hasta las 12 AM, casi tres horas de reunión. Productiva, pero larga. A esa altura les digo a Piero y Sabino que ya basta de jueguitos, lo enuncio en tono casi de enojo, pero en verdad es impotencia. ¿Qué pueden hacer ellos si durante tres horas dejas de prestarles atención? Falta organizar el almuerzo, hacer las compras, volver y hacer la comida. Que se laven los dientes, digo. Que se pongan ropa digna, ordeno. Salimos.

La entrada y estadía en el súper es tan caótica como breve y dispendiosa. Se van $3550 en tres boludeces. La pandemia nos hizo más pobres. Salgo con tres bolsas, todas infames, los nenes siguen gritando como si ingresaran a la jungla mientras la calma de la mañana se extiende al mediodía. Abro el baúl, guardo las bolsas, los nenes abren sus puertas, suben, se atan los cinturones. Hay método. Ahí al costado, viendo la vida pasar, el pibe de la carnicería apura un cigarrillo. Es el único carnicero rubio en la historia de las carnicerías bonaerenses. Lo saludo y sin embargo veo un rostro adusto que devuelve apenas mi “Hola, cómo va”. Voy hasta la puerta del conductor y cuando vuelvo a mirarlo él lleva el dedo índice sobre su ojo y me hace el gesto de “ojito”. Luego de eso gira sobre sí y recorre los metros necesarios hasta perderse dentro de la carnicería donde me proveo de proteína vacuna. Subo al auto algo aturdido, como no creyendo lo que acabo de ver o, al menos, con toda la sorpresa que me genera lo que acabo de ver. Cierro la puerta y ya adentro Piero pregunta:

- ¿Por qué te hizo “ojo” ese chico?

Sin responder, bajo del auto y me dirijo a la carnicería. Entro, una mujer pide carne para milanesa, los carniceros la atienden mientras el rubio guarda un encendedor en su bolsillo. Desde la puerta, apenas unos pasos dentro del local, le hago el gesto de “¿qué pasa?”.  Él me devuelve el mismo gesto con la mano, pero con cara de “¿qué te pasa?”. Algo no va bien. Avanza sobre mí y ambos quedamos cara a cara, prácticamente tenemos la misma altura, en el mismo ingreso de la carnicería por la que transito a diario.

- ¿Qué pasa flaco? -pregunto con un tono que no contiene toda la sorpresa que me habita.

-No te hagas el boludo –responde el rubio sin sacarse las manos de los bolsillos. No es agresivo, pero tampoco amistoso.

-Flaco, de verdad te digo, no entiendo qué te pasa ni por qué me haces “ojito”.

-No te hagas el boludo, vos sabes.

-Flaco, no sé nada, no entiendo.

-Yo te conozco –dice él y ahora que escribo solo puedo recordar al Dibu Martínez diciéndole eso a Yerry Mina antes de atajarle el penal-. ¡Vos te estas cogiendo a mi mujer!

- ¿Ehhhhh? Que decís flaco estás diciendo cualquier cosa

-Sí, hacete el boludo –hace el gesto como de que hablemos en voz baja.

-Flaco, no te conozco a vos, no conozco a tu mujer y mucho menos me la cogí. Mes estas confundiendo con alguien.

-Hacete el boludo, yo te conozco –a esta altura es evidente que no puedo convencerlo de lo que se auto convenció, entonces me saco el barbijo por si acaso ver la totalidad de mi rostro le permitiera reconocer su error, entonces agrego.

-Me conoces… ¿Y quién soy?

-Sos Hugo…

-Qué Hugo flaco, vos estás en pedo –saco mi documento y se lo muestro. No soy Hugo. Soy … -me interrumpe y termina la frase.

-Sos Fittipaldi.

- ¡Sí, pero no soy Hugo! Ya te lo dije. No sé de qué hablás, estás confundido.

Entonces sale el dueño de la carnicería, a quien he tratado bastante más que a este sujeto. Pregunta:

- ¿Qué pasa? –mira sorprendido.

-Pasa que éste dice que me estoy cogiendo a su mujer y me confunde con un tal Hugo. Javier, no tengo nada que ver, no sé quién es él, no conozco a la mujer, no me interesa tampoco, lo único que sé es que él está confundido. Lo que no puede es venir a bardearme adelante de mis hijos.

-Te pido mil disculpas, “andá para adentro” -le ordena al carnicero rubio, éste obedece- no está bien, se separó hace poco y está con algunos problemas psicológicos.

-Está bien, yo entiendo todo, pero no puede desubicarse así.

-Te pido disculpas de vuelta.

-Ok, no te hagas problema, lamento la situación. Vos sabés que yo soy buena onda, vengo siempre acá, compro, charlamos de cocina, del horno de barro, todo bien, pero esto no da…

-Créeme que yo lo lamento más que vos.

Me voy aturdido, enojado, nervioso, reconociendo que las gentes de la cercanía observaban la situación. Un carnicero confundido nunca es un buen enemigo. Un carnicero loco mucho menos. Entonces recuerdo un episodio de veinte días atrás, con este mismo personaje, dentro de la carnicería. Entré al local, pido carne picada para hacer hamburguesas, no a él, a su compañero, y a lo lejos me saluda y dice:

-Te cortaste el pelo. Te queda muy lindo, che.

A pesar de lo desubicado del comentario, hubo algo que despertó mi atención. Lo comenté a varias personas. Repito. No era el comentario en sí, sino la utilización del término “lindo” lo que daba vueltas en mi cabeza. Uno puede decir qué buen corte, y se hace entender igual sin usar esa palabra que connota otra cosa, que irrumpe en otro plano. Pocas cosas son lindas. Mi corte de pelo claramente no lo era. Sin embargo, en el barullo mental de este muchacho esa palabra nombró la amenaza de lo que se desencadenaría. La turbación se ha instalado. Hacerme vegano es una opción.

 

12 feb 2021

Indiferencia

 Por Nacho Fittipaldi 

Objetivar un hecho, un momento determinado, implica por una brevísima cantidad de segundos dar dimensión real a ese hecho, o momento. Calibrar la exacta profundidad de las cosas y el mecanismo que las hizo posibles. Mensurar la espesura de la felicidad o un dolor. Capturar en un segundo cómo se desenvolvieron las circunstancias. Vivirlo, gozarlo, sufrirlo. Es como encontrar la precisa profundidad del mar o la angustiante altura del Everest, el ancho del Mississippi o la densidad barrosa del Pilcomayo. Cuando objetivizo el instante en el que El Chano descubre, no sin sorpresa, que un delincuente le apunta con un calibre 40, pienso que estamos arruinados, no ya como amigos, sino como sociedad. La tristeza lo invade todo… como el agua de una crecida. Sin embargo, y por suerte, no puedo objetivar el instante en el que ese mismo delincuente gatilla y en menos de un segundo se lleva puestas todas nuestras certezas y tu vida. En cambio, no logro quitar de mis cavilaciones una idea que me ronda: qué habrá pensado El Chano un segundo antes de morir. ¿Lo habrá intuido? ¿Habrá llegado a sospechar cómo se desenvolverían las cosas? ¿Habrá objetivado ese segundo determinante del que no volvería?

Históricamente el Parque Pereyra marcó, además del límite distrital entre Berazategui y La Plata, un territorio. En ese sentido los platenses, pero sobre todo los que somos de Villa Elisa y vivimos toda nuestra vida acá, veíamos por tele eso que se llamaba conurbano. Era información mediatizada. Eso: una historia de televisión. Una producción de Pol-Ka. Veíamos los noticieros y nos parecía bestial que en algún lugar de la Argentina se pudiera vivir así. A toda hora del día: robos, secuestros, entraderas, atracos, tiroteos, puntazos, salideras y todo tipo de prácticas delictivas que exigieron el esfuerzo de vocabulario que el español rioplatense tuvo que hacer para buscar en los pliegues del idioma algo que nombrara lo desconocido. Entonces, hacia fines de los ´90 y principios de 2000, cuando las consecuencias del Neoliberalismo se convirtieron en charcos de sangre, aparecieron los textos académicos de Gabriel Kessler, Marcelo Saín, Sofía Tiscornia, Alberto Binder, Sandra Gayol, Mariano Ciafardini, Eduardo Sigal y tantxs otrxs. Todxs ellxs describían esa geografía, nacía una categoría que se llamó “el delito urbano”. Allí el lenguaje jugaba un rol tan destacado como los modus operandi de la delincuencia. Apareció la categoría “territorio”. El delito urbano violento llegaría poco después. Más acá en el tiempo surgió una literatura conurbana como la de Sergio Olguín, Gabriela Cabezón Cámara, Diego Incardona, German Mayori y algo de Cesar Aíra. Académicos y no académicos, todos esos textos leí con fruición. Me puse a estudiar y escribir sobre esos temas y hasta participé periféricamente en investigaciones académicas que hurgaban en la formación defectuosa, insuficiente y arcaica de las cuatro fuerzas federales de seguridad pública.  

Siempre de lejos, siempre con el Parque Pereyra de por medio, La Plata, o mejor dicho su zona norte, se mantuvo bastante al margen de ese territorio hostil que era el conurbano. Hoy, y desde hace varios años, esa barrera arbolada que era el parque se ha esfumado. Los retenes policiales apostados en los principales accesos a Villa Elisa, originalmente pensados para frenar la huida de los delincuentes foráneos que escapaban hacia el conurbano, como Fierro y Cruz hacia la pampa, luego de robar en nuestras localidades, son absurdos. Pues bien, esos mismos accesos por el que los porteños agotados de CABA ingresaban a nuestra localidad muy dispuestos al descanso, ya no tienen razón de ser porque nosotros hemos forjado nuestro propio conurbanito. Lo que veíamos por tele sucede ahora en nuestros barrios. Tenemos nuestros pibes feroces que roban y matan por unas zapatillas, un auto o cinco lucas. Tenemos nuestras cocinas de droga, salideras, entraderas, escruches, dateros, motochorros, policías cómplices recaudando y haciéndose los boludos cuando se pudre la cosa, jefes muy expuestos cuando estos pibes, sus ejércitos, se zarpan. Tenemos casas con rejas, cercos, muros y alarmas que no alertan, perros que ladran, alarmas vecinales, grupos de seguridad vecinal por wapp, vecinos que no se conocen la cara pero dicen querer lo mismo aunque tengan explicaciones antagónicas sobre por qué estamos como estamos; y por qué un pibe de 27 años gatilla a quemarropa ante un tipo indefenso, alambres de púa estilo Auschwitz, alambres electrificados, empresas de seguridad gestionadas por policías retirados y/o exonerados que se hacen millonarios administrando el caos mediante las fuerzas de seguridad públicas que deberían prevenir el delito que ellos alientan. Tenemos a un amigo muerto con un tiro letal en la cabeza. Tenemos un detenido y un prófugo. ¿En serio no saben dónde está? Vidas rotas todas.

La viralización del delito, la rotura de mini-fronteras entre territorios en su expresión más cruel, nos ha igualado en algo: todos tenemos miedo; todos estamos a merced de “el desgobierno político sobre la seguridad pública cuya consecuencia más visible es el autogobierno policial”. La frase es de un libro que Marcelo Saín publicó en 2002, ¡sí!, tan vieja que da pudor citarla, tan actual que incomoda. La indiferencia (o colusión) del sistema político recostado en la problemática y errática idea de que la agenda de seguridad pública es un tema policial, garantiza a futuro muchísimos más casos como el del domingo último en Villa Elisa, como en el pasado rubricó los llantos de las miles de familias de las víctimas de casos similares como este.

Descansá en paz allá, Chano, donde sea que estés. El infierno parece haberse instalado, otra vez, en este borde desquiciado de la tierra del que, infeliz y tempranamente, te han llevado.

 

22 jul 2020

Luis y su luz



Por Nacho Fittipaldi 

A la mañana temprano sonó el celular. Raro, pensé. Atendí. Más raro aún. La voz inequívoca dijo que pasó algo. La hora de la mañana no daba opción a otra cosa. La voz dijo que un incendio devoró El náutico, el parador de Luis que está, o estaba, en Villa Gesell. La voz dijo que el fuego se comió todo, todo excepto la biblioteca. Ese lugar que, a algunos les dije, llegué a escribir incluso, teníamos que visitar juntos. El restaurante y Luis. Bueno lo primero no está más. La sudestada jugó mal, como siempre. Otra vez.
El primer mes de la cuarentena fue, en términos personales, un mes prolífero. Todos los días me levantaba temprano a escribir una novela en la que trabajaba. Una hora, dos, no más. Cuando no escribía,  corregía y/o reescribía. En noviembre del año anterior había terminado otra que no se publicó aún. Me sentía vivo. Esta otra, actual, contemporánea  a la cuarentena, trascurre en Salta, en Cachi más precisamente. En la novela anterior una parte del texto transcurre en ese territorio que ayer fue… cómo nombrarlo sin despedazarse en los recuerdos… engullidos por el fuego. Después de ese primer mes se me secó el cerebro. Literal. La realidad superó la ficción y esa fuente inagotable de ideas, que para mí es la coyuntura, la cotidianeidad del día a día,  se vio deglutida por una monotonía fantasmal que encontró, en la amenaza de muerte, y el contagio, el límite más real y concreto que la vida pueda ofrecer. Dejé de escribir. Dejé de leer. Dejé de auto-imponerme cierta calidad en los productos audiovisuales que consumo. Pero sustancialmente dejé de escribir. Hoy retomo. Sin embargo, con Luis nos escribíamos a diario. A veces al tomar el celular a primera hora de la mañana encontraba un video suyo mostrándome, desde las escaleras del parador, la calma o la furia del mar. “¿Te gusta así para nadar, Nachito?” preguntaba él cuando el mar era una plancha sabiendo que odio el apócope. Entonces las ganas de estar ahí, ahí con él, no ahí sin él, me sacaban del adormecimiento mental que esta cuarentena impuso. Con Piero y Sabino jugamos a hacernos esa pregunta redundante largada al aire como una trompada sin dedos ni puño, tantas veces esgrimida en estos días: “¿A dónde te gustaría ir cuando se levante la cuarentena?”, las respuestas iban desde Purmamarca hasta la Costa Amalfitana, y por supuesto a El náutico. Y digo El náutico y no Villa Gesell porque son cosas distintas. Mientras una es un lugar multitudinario de turismo, impersonal por definición, el otro es un Tenochtitlán de cercanías. 
Ya lo escribí en una crónica reciente (http://fittipaldinacho.blogspot.com/2019/03/como-le-iban-robar.html) Ir a El náutico es ir a verlo a Luis, a comer como se debe, a mirar el mar con una copa en la mano, a que la tarde se haga noche entre risas y charlas, conocer a sus amigxs con los que comparte una rutina religiosa de café y palabras, entre la envidia profunda de visualizar que alguien haya podido construir ese paraíso y (hoy) la perplejidad de que un chispazo, seguramente absurdo, lo haya destruido en la multiplicidad de amarillentas llamas y la certeza de que eso va a estar funcionando pronto porque ser como es Luis, cosecha futuro. Ese es mi mayor deseo. Mi mayor temor. Mi mayor certeza.
22:21 horas: “Hola Nacho. Anoche se incendió El náutico. Qué tristeza…¡¡¡y los libros!!!” Era Inés. Inés es una mujer que durante un mes, fuera de temporada, se instala en Gesell y todos los días va a El náutico a tomar un largo café y a leer oyendo el mar. Es bella, de ojos azules, tez blanca, muy bella diría y con cara de strudel. Un día de abril de 2019 se cruzó conmigo en el parador y nos pusimos a hablar de literatura. Yo leía Cámara Gesell de Saccomano y ella llevaba un libro mío entre sus manos sin saber que yo era el autor de ese pequeño libro que Luis se encargó de distribuir entre los suyos y de ubicar en la biblioteca del parador. Luis genera eso. Entonces, unos minutos más tarde respondí el wapp: “Los libros zafaron Inés, los libros resisten”. Luis genera eso. La posibilidad de un encuentro entre personas que de otro modo no se cruzarían en ningún otro lado. Luis es un puente entre personas, la comida y el café, la excusa. “Si salís ahora (08:00 horas am) te preparo una paella y almorzamos acá, mirando el mar”; esa es una de sus frases preferidas en uno de sus mensajes habituales; es una provocación, sabe que eso no es posible nunca, sabe que eso, es una fórmula inefable de corroer. 

En esta cuarentena mis hijos (7 y 5 años) me han dicho: “Decile a Luis que cuando pase la cuarentena vamos a ir para allá a comer mousse y a jugar en el barco”. Luis genera eso. La pregunta que me inquieta desde la llamada de ayer a la mañana es si Luis es eso sin ese lugar. ¿Se puede reconstruir un lugar donde uno puso el alma? ¿Se quema el alma? ¿El alma es el contenido o la forma? ¿El contenido permanece inalterado si se modifica la forma? ¿La forma es parte del contenido? Y el alma no es solo el cuerpo y horas de trabajo concretadas con fuerza de trabajo. El alma son las tablas con las que por ahí les enseñaste a surfear a tus hijos, son las fotos de una sudestada brutal, un naufragio, las de los amigxs que fuimos circulando desde hace años por ahí, es la barra de whiskies más importante de la Costa Atlántica, es ese ángulo recto en donde la biblioteca encontró la salvación, es la cocina galáctica de donde salían platos infernales, es la mirada cómplice con los mozos a los cuales Luis educa obstinadamente, y gracias a ello la palabra “mozo” se ha re-significado, son la multiplicidad de chirimbolos náuticos que encontraron su fin en el fuego que originalmente los forjó. O no…   
Te quiero hermano, estoy triste y me permito llorar, cosa que asumo vos no has hecho, ni harás. No podés. Todos escriben, llaman y preguntan, como si necesitaran saber de vos y que vos estés bien. Te recreo ahí, en la puerta, recibiéndonos, con tus anteojos, tu cigarrillo, tus brazos en jarra, ese ritual que ejecutabas como nadie, ese encantamiento que aquello tuvo.

22 mar 2020

El culo lleno de respuestas


Por Nacho Fittipaldi 


La incertidumbre es hija de la coyuntura y esta, usualmente, una miríada de preguntas sin respuestas. En un país donde la incertidumbre es ley, una reglamentación del futuro raído, esta amenaza hecha pilote de concreto, es una trompada en la cara. Y lo es, entre otras cosas, porque entrega muchas certidumbres, algo inusual para los nativos que hoy encuentran en Europa ese espejo en el que siempre nos miramos, ese mármol de Carrara que nunca pudimos ser, el destino inevitable de lo que nos sucederá. Por primera vez y de manera masiva, Europa es lo que no queremos ser, a diferencia de lo que cierta intelectualidad suele proponer como ejercicio. Europa es lo que vamos a ser en el peor de los sentidos.
También es vista como el destino turístico hacia el que una clase media/media alta accedió y para los que el viejo continente  se convirtió en la piedra de Sísifo. Hoy miles de argentinos, a los que imagino en el pasado insultando a los dirigentes que siempre apostaron a una aerolínea de bandera (deficitaria y todo) deben volver de ese continente en aeronaves que son patrimonio nacional. Esta pandemia tiene ribetes tragicómicos. Los argentinos pro-privatización de aerolíneas, pro-achicamiento del Estado vuelven por una aerolínea de bandera. Regresan financiados en dólares a un costo per cápita superior al aumento de los $3000 que recibirán los beneficiaros de la AUH. Alguien se anima a preguntar ¿por qué, yo/nosotros, debo/debemos pagar con mis/nuestros impuestos el regreso de aquellos que veranean en Europa e incluso los que se fueron con la pandemia ya declarada? La respuesta es sencilla. No vale la pena profundizar.
¿Alguien sabía que en Argentina existía esta “desmesurada” cantidad de infectólogos, epidemiólogos, virólogos y sanitaristas? ¿De dónde salieron, de qué viven, quién los formó, dónde estudiaron, quiénes les bancaron sus estudios universitarios? Para qué sirven lo sabemos recién hoy, pareciera ser. ¿Desde cuándo un equipo de especialistas asesora al presidente y a todos nos parece genial que eso suceda así tan naturalmente?
¿Cuál será la faena del virus cuando llegue al conurbano y el metro y medio de distancia entre personas no pueda ser cumplido debido al hacinamiento consumado? ¿Cómo harán las poblaciones de las localidades del interior provincial para limpiarse las manos con agua en donde no hay? ¿Cómo haremos para responsabilizar esta vez a las clases populares siendo que quienes importaron el virus e incumplen la cuarentena son, en su mayoría, los que materialmente tienen la manutención garantizada? ¿Estamos preparados para la revancha clasista? ¿Estamos listos para ser controlados por las mismas fuerzas federales de seguridad que hasta el año pasado nomás, persiguieron, reprimieron y asesinaron cada vez que pudieron al pueblo por el que ahora deben velar?
Pero decía que esta pandemia ofrece certidumbres y que esa certidumbre provoca pánico. La certidumbre de saber que  estaremos guardados durante meses; que estaremos durante tanto tiempo con nuestras familias es un desafío del que no hay escapatoria y cuyo resultado sí, es incierto; que nuestros padres están en el riesgo real, e inminente, de morir; que los precios de los alimentos aumentarán quién sabe hasta dónde eso es una certidumbre muy concreta; no saber qué hacer con nuestra propia existencia más allá del vínculo con el Otro inmediato nos somete a un ejercicio existencial al que no estamos acostumbrados; revisar las costumbres cotidianas y reemplazarlas por otras en un contexto en donde los recursos son limitados es algo muy concreto que provoca angustia y también sabemos que esa angustia crecerá en los días sucesivos. Sabemos que la economía caerá infinitamente y lo que no sabemos es durante cuánto tiempo y cómo saldrá nuestra singular economía de eso. Sabemos que hay un pasaje al orden. En una sociedad anómica, que de un día para el otro la máxima autoridad del poder ejecutivo diga se tienen que quedar en sus casas, y si no, van a ir presos, es una ecuación irreductible con niveles de adhesión (y encarcelamientos) crecientes. La ley es la ley y hay que cumplirla. Eso lo sabemos.  
Y esto último no lo sé pero lo imagino. Sueño e imagino que el día uno de la post-cuarentena, cuando todo esto termine, cuando el número de muertos sea brutal y el de infectados un delirio, lo imagino como una orgía de carnes a la parrilla, el horno de barro de mi casa será un infierno durante días y la leña arderá; días de gente pasando a comer y beber, reírnos y hablar, darnos un abrazo y besarnos; las gentes ganarán los espacios públicos, se instaurará la categoría “los que se fueron a Europa” como aquellos que produjeron todo esto; iremos corriendo, porque se podrá correr, a cortarnos el pelo, a teñirse, a la cancha y a depilarse; arderán las camas de sexo; los pibes irán a la escuela y yo podré cagar en tranquila soledad; ir al almacén a comprar solo un jabón será un paraíso para tantos; estornudar en el tren y esparcir las bacterias a diestra y siniestra sin que nadie nos mire como si fuéramos Mengele, será rutina; viviremos para siempre con la amenaza latente, la posibilidad, esa inquietud corrosiva de que esto vuelva a ocurrir y finalmente tomaremos dimensión de que la risa del otro es campo fértil para ser lo que una vez fuimos: felices sin darnos cuenta.