30 mar 2026

Clavo mi nombre en el río, crónica de mis 35 km nadando

 

Por Nacho Fittipaldi

El puente es una construcción de hormigón prominente que cuelga a unos 80 metros de altura sobre el Río Paraná. Al cruzarlo de Resistencia a Corrientes, vuelvo a ver las aguas de ese enorme manto de agua, veo también varias personas con la bandera de Argentina atada al cuello, colgando sobre la espalda, como si hoy jugara la selección. Entonces pregunto. Marita, la remisera, dice que son socorristas, socorristas de qué, re pregunto. De los suicidas, dice. ¿Suicidas? Sí, está lleno, dice y al decirlo pronuncia la ll como si estuviera resbalando en la vereda mojada de una ciudad imaginaria. Comenta que los socorristas impiden, con desigual éxito, que los suicidas se arrojen al río. Al verles, agrega, ellos corren hasta donde está el suicida y evitan el salto mortal. El cuerpo de socorristas se llama Los ángeles del puente. A veces lo mismo se tiran, murmulla. El auto avanza lento y este paso cansino de un auto indescifrable me permite ver varios socorristas caminando por la senda peatonal del puente interprovincial. Ellos tienen que identificar al suicida un segundo antes de que se arrojen al vacío. Un segundo después es tardísimo. Imaginar la escena da escalofríos. Pregunto si no sería más efectivo que Los ángeles del puente no estuvieran identificados con la bandera ya que eso alerta al suicida. Marita responde cualquier cosa, hace un rato largo ya que dice cualquier cosa y que toma pésimas decisiones al volante. Dice que es su primera vez como remisera cada vez que está a punto de chocar, son varias. Dice también que a veces los suicidas equivocan sus cálculos y no caen al agua, caen a la arena de la playa, en épocas estivales repletas de veraneantes. Bienvenidos a Corrientes.  

Ayer mientras almorzaba un lomo de Surubí con ensalada de papas, a la vera del río, presencié una de las tormentas más violentas de las que yo recuerde. En pocos minutos el día pasó de ser soleado y caluroso a frío y fin del mundo. Pero eso fue ayer, ahora son las 05:30 de la madrugada y me estoy despertando para ir rumbo al punto de encuentro desde donde la combi nos llevará a Itatí. Doy por descontado que la carrera se va a suspender y mí fastidio crece. El 5 de diciembre del año pasado inicié mi entrenamiento pensando en el día de hoy. Dieciséis semanas, cuarenta y dos sesiones de entrenamientos y más de 345 kilómetros nadados para que el día de la prueba la lluvia, el viento y los rayos definan mi suerte. Apoyo mi cabeza en la ventana mientras miro llover o llorar y pienso por qué todo tiene que ser tan injusto. Me da un poco de vergüenza volver a La Plata con las manos vacías, pensar en el dinero invertido me da pudor, el tiempo dedicado a esto no es mensurable. Al bajar de la combi ya no llueve, veo que solo estamos los 32 nadadores que de distinta manera llegamos hasta acá. No hay nadie de la Prefectura, la voz de mando en todo esto, ni nadie de la organización. El río luce manso pero esa mansedumbre es solo aquí, en lo que el campo visual me permite ver, adentro es un Dogo enjaulado. El cielo es de plomo y pronto cederá.

Acá la arena es amarilla, gruesa, el agua por efecto de la luz parece negra, el cielo gris me da tristeza, odio nadar con días nublados, la tormenta amenazante que más tarde se descargará sobre nosotros por ahora es solo una amenaza. Nadar con lluvia. En Itatí, el agua del Paraná es verde. Ni el Río Paraguay, ni el Pilcomayo, ni el Bermejo han vertido su sedimento aún, el marrón clásico del Paraná es aún conjetura. El temporal de ayer y la amenaza del que está por venir no son suficiente para suspender los 35 kilómetros de nado que nos separan de Paso de la Patria. Mi angustia va drenando al ver indicios de que esto se larga de un momento a otro. Me pongo protector solar, aunque no haya sol, caliento mis músculos, muevo las articulaciones, calmo mis nervios, tomo agua, converso con un desconocido, finjo interés. Al tirarme al río siento una extrañeza, tardo en descubrir que esa sensación encantadora es la inversa a cuando entro a nadar al mar. El agua está caliente. Afuera hay unos 22° y el agua dos o tres grados por arriba de eso. Me zambullo y todo lo que ahora se inicia asumirá la fisonomía de algo singular, no tanto por mí, sino por los obstáculos interpuestos por otros, la naturaleza, sobre todo.  Somos 32, nadamos río abajo con la expectativa de llegar cuatro, cinco o seis horas más tarde al Paso, así le dicen los lugareños a Paso de la Patria. Una pregunta inquietante me aborda. ¿Cuánto tarda el cuerpo de un suicidado en recorrer 35 kilómetros río abajo?

Con la primera brazada descubro que durante todo el trayecto voy a ver mis brazos debajo del agua verde, transparente. A mi lado va un botero que me asiste desde su kayak, este servicio es obligatorio y pago. Es un lugareño, conoce el río. Antes de entrar al agua le informo que cada 20 minutos me tiene que hidratar, para eso tengo en la conservadora algo así como cinco litros de una preparación a base de agua y minerales, un Gatorade y alimentos. Cada una hora voy a comer, vos mete la mano en la heladera y me das lo que agarres primero. Hay dátiles, higos, bananas, membrillo y pasas de uva, están en bolsas ziploc. A las dos horas me das un gel. Pero acordate de la hidratación, cada 20 minutos me frenas, tomo y sigo. No te hagas drama, dice él, con una cara de insano que me intranquiliza. A los 25 minutos freno y le pregunto, ¿No nos pasamos de los 20? Con la misma cara de antes responde, ¿sabes que sí? Esto se repite a lo largo de toda la travesía, el corolario de sus pasos en falso será cuando a las tres horas de nado, la heladerita abierta se le caiga al río perdiendo así casi la totalidad de lo que era mi alimentación. La bebida zafa porque las botellas quedan flotando, pero como consecuencia de esto, quedan a temperatura ambiente. Si no fuera porque el viento castiga duro yo me habría enojado muchísimo. Pero no tengo tiempo para eso. Debo reconocer cual es el efecto que el viento produce en el agua, y cómo es que puedo doblegar el continuo oleaje que hace de este río, un lavarropas. Tengo que resolver cómo hago para que mi cuerpo no seda ante la violencia de las olas, y cómo salir de los remansos en los que el botero me mete una y otra vez. Estoy en un remanso, digo. Es decir, me metiste en un remanso. Su función es evitarlos. Sí, me dice, como si fuera obra de un Dios divino al que no me entrego. Entonces clavo mi brazo en el río, pero la fuerza del remanso lleva mi mano hacia mi pecho, rompe la mecánica de mi brazada y así mis chances de traccionar. Reconozco que es imposible nadar ahí. Saco la cabeza, lo miro, ¿Por dónde salgo? Pregunto y en mí voz hay una inflexión que sugiere algo así como un: ¿Vos sos pelotudo o te haces? Por allá, dice, arrastrando la ll como si estuviera resbalando en una vereda mojada. Un remanso es una vereda mojada. Un rato más tarde se larga la tormenta, llueve muchísimo, un vendaval se desata sobre nosotros y pienso que lo más probable es que la Prefectura nos levante y la carrera se suspenda. Nunca vi llover así, es como esas lluvias tropicales de Manila o el Amazonas, pero en Corrientes y en el corazón del Paraná. Miro hacia mi derecha y la costa de Paraguay no se ve, a mi izquierda la de Argentina, tampoco. Saco la cabeza para mirar hacia adelante pero no veo más que una nube, una suerte de neblina que se estaciona sobre el agua, no veo nada más allá de los cincuenta metros. El botero tiene cara de no saber por dónde agarrar y pienso que este será el fin. Las olas han desaparecido. Sigo nadando como si no hubiese un mañana o como si el mañana solo pudiera ser posible solo si sigo nadando. Nado, nado y nado. Decir que el botero me guía es resignificar la palabra guiar. En la sucesión de desaciertos, cuando le pregunto, cuánto llevamos nadado, responde: 20 km. Me parece mucho, y lamentablemente mi reloj que me daría esa información con precisión ha perdido señal y se ha apagado, pero me guardo ese dato como un abrazo. Lo repito a modo de mantra: faltan 15 km nada más, faltan 15 km nada más. Sé que los últimos 10 km serán los peores, pero aun así me tranquiliza saber que falta menos de la mitad. El problema es que mas tarde al repetir la pregunta, él repite la respuesta. Entonces digo, hace como cuarenta minutos me dijiste que iban 20 km. Sí, me confundí, responde con la indolencia de los mártires. A esa altura mi preocupación no es cuánto falta, ni cuánta comida queda, ni si ha quedado suficiente hidratación para llegar hasta el final, ni si vuelve a llover y me parte un rayo o si un familiar del Surubí que almorcé ayer me muerde un testículo. No. Mi única preocupación es depender tanto de alguien que significa nada en mi vida; alguien que ha participado tan poco en todo el proceso que me llevó hasta acá. A partir de ahora mi vida se divide en dos momentos: uno cuando mi cabeza está bajo el agua; y otro cuando la saco para respirar. En cada brazada me concentro en estirarme lo más que puedo haciendo que el nado sea lo mas fluido y largo posible, trato de amalgamarme con el río, le susurro un permiso, le pido que se apiade, me acuesto sobre el agua para disminuir la fricción sobre mi cuerpo. Puedo decir que esta escena es de un placer supremo. Pero la felicidad proviene del vínculo con el agua. En la fase de la respiración, cada vez que mi campo visual me hace ver el rostro del botero, pienso: Qué injusto que yo dependa tanto de vos. Qué desajustada la relación entre lo poco que te importa todo esto y lo mucho que significa para mí. Y entonces ahí, recién ahí, encuentro el punto de apoyo donde hacerme fuerte. Desde ahí construyo mi victoria. Entiendo que él con su desidia, con su andar errático en el kayak, con su desertar continuo y abandonarme a la buena de Dios, no puede arruinarme. Comprendo que mi fortaleza debe girar en torno, no tanto a lo que él puede guiarme, sino en lo mucho que yo debo relativizar su potencial negativo sobre mí. Mitigarlo. Y así ocurre. 

Nado con enjundia cuando el río así lo pide, dejo de pensar en las cagadas que el botero se ha mandado. Nado con inteligencia cuando el río lo permite y con prolijidad las cinco horas y cuarenta minutos que me lleva el recorrido. Intento recordar cómo fueron los primeros 100 metros de la travesía y reproducirlos mecánicamente. Me dejo envolver por el marco exuberante de esa selva que se arroja sobre el río y me dejo atrapar por el Litoral cuando es la hora de su zarpazo furtivo. Llego a la meta con la plasticidad de un acróbata como si acá nada hubiese pasado como si alguien me lo hubiese regalado. Hoy sé que pude hacerlo y sé con precisión lo que hice para llegar hasta acá, a este tramo final en el que me pongo de pie, miro el agua, luego la arena, escucho los aplausos y siento que la faena está hecha. Soy feliz así. Pienso en Los ángeles del puente y pienso en los no rescatados, en los ahogados del río, en la deriva que esconde los cuerpos, en la historia de un país en conflicto con el río. Pienso en el nadar como salvación, aunque a veces el agua también pueda ser un gran salto al vacío. Aunque el agua nos llene la cara de preguntas, hay que nadar para salvarse. Nadar también es lo que le pasa al cuerpo después de nadar.     


Ahora que es el día siguiente y el mundo se viene abajo, tomo mate en la galería ancha de un hotel exuberante en vegetación. Siento el cuerpo liviano, miro el aguacero mientras tomo mate, escucho el silencio de las gotas golpeando sobre los tejados, observo el verde furioso de la grama, los globos de aire en la superficie de la pileta, gota tras gota, pienso en el que fui ayer, veo que las calles sin pavimentar se han convertido en un lodazal de arena y tierra colorada. Están anegadas. Los claveles se mecen en lo alto de las palmeras, los zorzales festejan su turno de suerte. Un miedo nuevo crece en mí, cómo saldré de este pueblo si nadie me rescata a tiempo.

15 dic 2024

La succión

 


Con el primer mate viene el impulso de escuchar música. Es domingo gris, de almuerzo colectivo. Busco un disco, suena, huele a tostada la mañana, Pao cocina una torta porque es día de celebración. Piero duerme hace diez horas, Sabino mira no sé qué. Nunca se bien qué miran. La canción dice:

Como una lluvia hasta la sien, la tristeza me inunda. Si el despertar depara aquel reguero de disculpas. Si la palabra queda atrás, si el gesto cae de viejo. Se rema mal, me lleva el mar.

Y hoy es un poco así, o estos días de finales de años, de fines de ciclos, son esa succión desquiciada del mar o la de una turbina de avión, es esa succión que antes de generar una dirección determinada luego transformada en movimiento genera el frenesí, el temblequeo previo al despegue. Esa canción no es cualquiera, tampoco el disco. Es una música que me lleva a la casa de 15 y 65, a Pao y a mi, sin hijos (existió eso) ¿sin proyectos? No sé. Éramos otros en todo caso. Esa succión me lleva a esos años de felicidad tan distinta a esta otra felicidad de estos años. Pero entonces por qué lloro. Tal vez lloro porque la música también genera la misma succión de un Boeing, y viaja la memoria, uno se ve tan distinto al que fue que se pregunta si uno se reconoce en este o en aquel. Hoy que es el almuerzo de fin de año porque Piero terminó la primaria lloro porque sin darme cuenta se me pasaron quince años de mi vida. Voló. Volamos. La canción me tira todo eso por la cabeza sin que hayan transcurrido ni dos horas de haberme despertado. Lloro porque no sé si estoy a la altura de darle a este pibe lo que él necesita de mí. Lloro porque lo amo y no sé cómo demostrarlo, o si pero antes de eso me salen una serie de penalidades destinadas a señalarle el deber ser. Lloro porque nadie nos enseñó esto. A amar y ser amado. Y hoy que la música y el viento gris y frio de Villa Elisa me dicen que somos cuatro, que somos una familia, en el sentido más gordito de la palabra, que es día de celebraciones y de introspección me veo a mi mismo como un pibe, no muy distinto ni muy lejano de aquél que se enamoró de una mujer hermosa, de la madre de sus hijos y que somos para siempre. Identificar eso en la succión, transformarlo en movimiento, dejarse estar en el flujo de las presiones que hacen que ese fenómeno llamado aviación, ocurra.

23 may 2024

Burbujas que se van


 


“Debemos encontrar un modo de vida y un trabajo que no tenga las consecuencias de ir acabando con todos nosotros” Mark Rothko

 

El mate está ahí, vibrante, verde y brillante, verde y con espuma. Estoy solo, leo en silencio un libro que ya dejé más de diez veces. Vuelvo a él como a la democracia, como una opción innegable pero repleta de baches. Suena el celular, interrumpe el momento que sé breve. Me aborta la quietud de la lectura, es ese momento, ese chasquido robado al caos general. Leer, esa abstracción que devuelve lo perdido. Número desconocido. 11-5671-0000. Número desconocido. Atiendo sin ganas esperando la voz de una computadora. Error.

-        ¿Hola Ignacio?

Cuando dicen así, Ignacio, ya sé que me van a vender algo. Cuando dicen, Ignacio, y no, Nacho, sé que me van a vender algo. Por las dudas respondo que sí. Pregunto quién habla.

-         Hola señor Ignacio - ¿señor Ignacio? Pienso, pésimo comienzo- soy Valeria Pereyra de American Express quería ofrecerle…

Miro el techo y cavilo acerca de qué lejos estoy de aceptar la oferta que aún no fue lanzada. Separo el celular, oigo una voz que suelta una palabra tras de otra eficazmente estudiadas y analizadas, la voz lanza números, porcentajes, promesas, un futuro mejor. No tengo ganas de hablar con Valeria. Me tomo el mate. Observo el libro y pienso que allí también hay un cumulo de palabras eficazmente seleccionadas para generar tal o cual cosa. Valeria interrumpe su alocución porque no es boba. Entonces doy inicio a mi pequeño castigo. Tomo el aparato como quien toma una nueve milímetros y comienzo a marcar números como si yo fuera el que está llamando a alguien, pero sin cortar la comunicación con Valeria. Marco sin ningún tipo de lógica ni secuencia racional. El celular hace sonidos al principio claros y certeros, pero luego, al sobrevenir mi locura, y la superposición de números marcados también los sonidos logran un rubor esquizoide. Asumo que Valeria cortara la comunicación y que continuara con los cientos de llamados que alguien le programó para esta mañana de sol y así yo podré volver a la lectura. Pero Valeria, tal vez estudiante de alguna carrera de la rama del arte, hace algo fuera de libreto. No corta. Pero no solo no corta, sino que además hace y dice algo ingenioso.

-         ¿Ignacio?

-       

-         ¿Ignacio? – no respondo, aguardo que ella decida cortar.

-        

-         ¿Ignacio? Sé que está ahí.

-         

-         ¿Ignacio? ¿Ignacio por qué hace esto?

-         

Valeria es joven, lo sé por su voz, pero fundamentalmente lo sé por el dispositivo que ha pergeñado para arruinarme la mañana. Ella como yo ha vivido insufrible cantidad de veces este juego pasmoso de ofertar telefónicamente. La llamada telefónica de una multinacional ofreciendo un servicio por el que, finalizada la bonificación, pagaras con creces.  

-        ¿Ignacio? Sé que está ahí escuchándome

Valeria asume una voz ya temeraria y la incomodidad crece en mí. Por un segundo pienso que Valeria me está viendo. Insólitamente me está viendo. Mira la cámara de la computadora. ¿Estás ahí? Entonces me reincorporo, me acomodo la camisa para dar una mejor impresión, lo hago sin dejar de marcar 8,7,5, 3, 9, 7,3, pi pi pi piiiiiiiii, pi pi piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

-    Ignacio estoy trabajando... Alcanza con que me diga que no quiere el servicio y la comunicación se termina. ¿Ignacio?

-         

Valeria tiene dignidad.

Mi castigo para con ella, o lo que ella encarna, es el silencio, no el insulto. No está preparada para el silencio, sí para el insulto directo. La pérdida de tiempo invertida, ese látigo con los que los calls center nos fustigan a diario. Valeria no merece ese trato ni ese final. Mientras ella afirma “sé que está ahí” ¿qué habrá pensado? Qué representación se habrá hecho de mí, de Ignacio, sobre mi condición de trabajador que puede acceder a una American Express. Retorcido en el sillón de la oficina, no sin una cuota importante de vergüenza, evalúo qué hacer. Valeria es, finalmente, una empleada igual que yo, y el hecho de que yo tome mate con una yerba cara no nos distancia en nada más que en eso. Valeria toma Playadito, en los próximos años desarrollará una gastritis. ¿Le comento eso?  

-         Valeria no tomes más Playadito, es una mierda. Te va agarrar gastritis.

Pero no digo nada. Callo.

La yerba de la cooperativa es un rasgo de distinción social, la espuma del mate me hace sentir distinto y, en algún punto, un buen mate es algo gratificante como pocas cosas. Con el último “Ignacio, estoy trabajando” se rompen todas todas las burbujas, incluidas las del mate.  

22 feb 2024

Días son días

 

Por Nacho Fittipaldi 

Juguemos, digo yo: a ver Sabi, mencioná cinco defectos que tengo como papá.

Respuesta: es que te vas a enojar. 

Yo: no, dale, es un juego. 

Sabi: sos muy enojón, te enojas rápido, gritas mucho, puteas mucho, y… ¿a ver? Algo que duela, sí, cuando algo te sale mal empezas a putear. 

Eso es lo que piensa mi hijo de 8 años de mí.

Desde el 10 de diciembre, con el cambio de gobierno, regresé a trabajar a mi antiguo trabajo, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Este regreso, parece un mal paso de comedia, no solo por la fisonomía de los gobernantes, sino por las características de la institución. Por momentos recrea situaciones alucinantes como el hecho poco honorable de que no haya papel higiénico en los baños. Cagar es un derecho humano. Limpiarse el culo una conquista. La gente sube y baja pisos buscando en qué baño se encuentra el glorioso invento que, en algún momento más holgado de la Argentina, se utilizó para arrojar al campo de juego cuando los equipos de fútbol ingresaban a la cancha. El dato se pasa entre los compañeros de más confianza: che, en el primer piso hay papel. Otro elemento central para comprender la dinámica de esta casa es que las oficinas de los diputados son, en promedio, diminutas. Sin exagerar de unos cinco metros cuadrados. Allí los asesores de los diputados debemos acomodarnos entre sillas, escritorios y computadoras. Se las conoce como “pajareras” tanto por la cantidad de oficinas y sobre todo porque están dispuestas en modo dúplex. En el piso de arriba van los asesores, en el piso de abajo el, o la, diputada, los pisos se conectan a través de una empinadísima escalera. En ese contexto y con una sobrepoblación de personal como telón de fondo, decidí habitar la oficina, no ya de mi diputado, sino la de Juan. Un viejo amigo con oficina propia, con oficina bastante más amplia que la pajarera. Cariñosamente Juan me recibe todos los días, en esa oficina esta él y sus compañeros que por determinadas situaciones están bajo su jerarquía. Esto es un punto que debe ser subrayado, Juan es mi amigo, las personas que trabajan con él, no. Juan ha decidido cobijarme, pero ha sido su decisión, no la de sus compañeros. Yo me muevo con cautela, trato de no molestar, no me meto donde no me llaman y pongo la mejor de las ondas para que la convivencia sea lo mejor posible. Sin embargo, ayer se dio una situación algo incomoda en la que básicamente uno de esos empleados que conviven con Juan (y ahora conmigo) esgrimió una serie de ideas que coincidían, casualmente o no, con mi situación en la cámara. Estaba muy ofuscado. con esos que nos fuimos a cumplir funciones afuera de la Cámara durante el mandato de Alberto y que luego volvimos con la derrota de Massa. Algo así como que los verdaderos trabajadores legislativos son los que se quedan “acá” más allá de las idas y venidas de los diferentes gobiernos. Trabajadores legislativos vs la militancia que salió a probar suerte a otros espacios de la gestión. Como mecanismo de autodefensa y por elección decidí no responder a ninguna de esas provocaciones. Primero porque no se discute con alguien a quien no se conoce y segundo porque en ausencia de Juan era dinamitar un espacio que necesito. Pero evitar hablar de la muerte no nos convierte en inmortales. Así que todo lo oído fue sedimentando y de allí surgieron preguntas y están faltando respuestas.

 

Como si fuera poco, al llegar a casa me encuentro que por un error del arquitecto tuvieron que romper parta de la nueva cocina que ya estaba prácticamente terminada. Pienso en que hay que comprar más materiales para reponer lo roto. Pienso si el arquitecto se hará cargo de ese gasto o si mirará para otro lado con cara de “yo no fui” Me debato entre encararlo o hacerme el boludo para evitar la confrontación. La zanja de medio metro de profundidad que atraviesa la “vieja cocina” de punta a punta no hace más que agudizar la sensación del mal día.

 

 

 

Jueves. 06:00 AM, suena el despertador. Hay que ir a nadar.

 

Desayuno, salgo a las apuradas, en el nuevo formato de país solo puedo nadar una hora, me tiro a las 07 y salgo exactamente a las 08. 08:43 tomo el tren y salgo para CABA.

 

Me tiro a nadar con Arturo, al rato llega Roberto, dos nadadores que tienen un ritmo de nado muy superior al mío, me paso a otro andarivel que se libera azarosamente. Al rato veo que un pibe, un poco más joven que yo, se pasa a nadar a ese mismo andarivel. Pese a que estoy volviendo de la inactividad de casi dos meses, lo paso varias veces sin dificultad. Su ritmo de nado no entorpece mi entrenamiento. Pese a eso siento dos roces y alguna incomodidad al sobrepasarlo, llegando a la pared le toco el pie (código entre nadadores para permitir el sobrepaso) para que me deje pasar, lo paso, hago la vuelta y cuando estoy haciendo la onda subacuática siento que me sujeta del tobillo. Algo que solo se hace en broma con alguien de mucha confianza. No es el caso. Al llegar a la otra punta termino mi bloque, corto el cronómetro, miro el tiempo, tomo agua, unos segundos después llega él.

 

-Flaco, cuando me pasas, no te me tires encima. Dice, el tono no es el mejor. En el andarivel estamos solos él y yo.

 

- ¿En qué sentido? Respondo. La repuesta lo descoloca. Su próxima respuesta lo obliga a utilizar una retórica no usual en las piletas de natación.

 

-En el sentido de que no te me tires encima, casi me pegas una patada en la cara.

 

La conversación transcurre frente a frente con las antiparras puestas. Para darle otra entidad a la charla, me saco las antiparras y le pongo una cara de orto que evidencia mi mal estar con él, con el arquitecto y con el de la oficina de Juan. No digo nada, simplemente lo miro.

 

-Bueno discúlpame, perdona que te hablé así.

 

-Dale flaco, no pasa nada. 

Subo al tren, como una banana y tomo agua. Pese a la hora el calor es agobiante, el aire acondicionado del tren no logra evitar que me empape de sudor, la remera se me moja toda y solo deseo que esto no sea el preámbulo de otro mal día. Saco el libro, me pongo a escuchar música para evadirme de la realidad, estoy leyendo Ayer de Agota Kristof. El relato es lúgubre y agudiza todo lo sórdido que viajar en tren implica. El exilio de Sandor Lester en la Europa de postguerra es más tétrico y triste que la versión de Barro tal vez que un músico interpreta, ahora mismo, en el vagón en el que viajo. Su guitarra ostenta una desafinación tan agobiante como la lejanía que existe entre ese muchacho y la Europa de postguerra. 

Sin embargo, una vez que el muchacho de la guitarra termina con su profanación, también termina el disco de Quique Sinesi que escucho en Spotify, comienza el modo aleatorio y mágicamente suena Los tres deseos de siempre, de Carlos “el Negro” Aguirre. La emoción sube desde el fondo de las vías, hasta el cerebro. Años sin escuchar esa melodía, esos coros dulces y acuosos, de repente me siento seco, fresco, ágil, sin agravios, sin cocina rota. Continúo con la lectura y entonces sucede lo que el lector no espera, lo que en ese mundo gris y fabril en el que Sandor Lester se mueve, parece imposible. Sandor encuentra a Line después de 15 años. Después de esa larga espera Line aparece ¿aleatoriamente?  Encuentra lo que venía buscando en ese país tan hostil, lejano y ajeno, tan lejano que no le es propio, como la oficina desde donde ahora escribo y tomo mate esperando que llegue Juan. Como cada mañana desde el 10 de diciembre.


13 nov 2023

Sobre la posibilidad de morir sin que nadie se dé cuenta



Por Nacho Fittipaldi

Es sábado temprano y el sol pega fuerte pese a que son las 10:30 Hs. Estoy en ayunas desde ayer a las 22 Hs. Eso me genera un fastidio que pone mi mal humor como rasgo saliente del día que se inicia. A las 12:30 horas tengo turno para hacerme una ecografía abdominal y hasta entonces no puedo comer ni beber nada. La imposibilidad de tomar mate a la mañana me pone al borde de mí. Eso es mucho peor a lo del jueves/viernes que ayuné 12 horas, pero en ese caso el estudio de sangre fue a las 07:30 horas, salido de ahí el mate que me aguardaba en el auto fue para mí como nadar en el mar. Ahora en cambio, el tramo que me queda hasta el mediodía se me hace eterno. No tengo hambre, pero mato por un mate bien cebado.

Una vez en el metro de Nueva York un sujeto llamado Christie Wood se sintió ahogado. Pidió ayuda, pero no recogió adhesiones. Falta de aire al principio, dolor punzante en el pecho, la famosa pata de elefante alojada en el hombro izquierdo. Se sentó en un asiento que alguien le cedió fastidiosamente. Se acomodó allí como la gran cosa. Christie Wood se descompuso en total silencio y no sin algo de culpa. A nadie le gusta incomodar. Falleció ese mismo día en el mismo asiento que le habían cedido minutos antes. Murió en el metro mientras viajaba de su casa al trabajo, pero recién 48 horas después de aquél ahogo inicial, alguien advirtió que algo hedía en el vagón.  Wood estuvo dos días muerto en el metro de Nueva York por donde circulan cientos de miles de pasajeros, ninguno se percató de que Wood estaba allí, imposibilitado de todo, elementalmente muerto.

Abro la puerta y salgo al jardín, antes de llegar al jardín veo a Balu, nuestro perro, curiosamente echado, de costado, con la respiración lenta, casi indescifrable. Siempre pienso que un perro puede morir así y si uno no es particularmente dedicado con la mascota, el perro podría correr la misma suerte que Christie Wood. Balu se escribe Baloo, pero se pronuncia Balú. En su libreta sanitaria escribieron Balu. Baloo es el nombre del oso de El libro de la selva de Rudyard Kipling; y era el nombre de un perro que teníamos en nuestra casa cuando éramos niños y vivíamos todos juntos y había un mundo en relación a esa casa. Y podría decir que en ese mundo éramos felices.

Cuando Piero sale al jardín dice “Balú está muerto” Automáticamente un pensamiento me parte al medio y pienso “¿Se murió y no me di cuenta?” Giro sobre mí y veo que Balú respira, leve e inesperadamente, respira. No está muerto, pero tiene un agujero en la pierna del tamaño de un cubito de hielo. Veo la carne, la piel ajada, luego otra herida más pequeña, y otra, y otra. Lo acaricio, le hablo, le pregunto qué te paso, quién te hizo esto. Tal vez sea el momento de mayor cercanía y honestidad entre este perro y yo. Y pienso que tal vez sea el último. De repente la ira me posee, no sé de dónde sale y mucho menos a dónde va. Grito, insulto, temo un poco por la suerte del perro, sé que debo hacerme cargo de esa situación y que eso impedirá mi asistencia al turno, que ayuné al pedo y que como me dejé estar tendré que conseguir una nueva orden médica porque esta vencía hoy mismo. Alzo al perro entre palabras que hoy no recuerdo pero que asumo absurdas, lo deposito en el baúl. Al volver al living en busca de la billetera Sabino llora, su angustia es profunda, honestamente no sé si llora por mi reacción desacomodada o si la situación de Balú lo ha puesto de cara a la inminencia de la muerte. Sabino no responde mis preguntas. Me voy con Balú en busca de auxilio.

A partir de ese momento todo lo que sucede en esa mañana es una sucesión de cosas no planificadas. Su veterinario me dice en la puerta de la veterinaria que él no atiende casos de gravedad, me indica otra veterinaria en City Bell. Voy hacia allí. Toco timbre, una chica muy joven me atiende a través de una reja, le digo que tengo al perro en el baúl y que no sé qué tiene pero no luce nada bien. Abre la reja, desde adentro del local se oye un gato maullar, la piba sale y me pide que abra el baúl. Balú ni mosquea, está en shock. Minutos más tarde estoy adentro con el perro arriba de una camilla. Se inicia una sucesión de preguntas sobre el animal de las que no siempre tengo respuestas: fecha de nacimiento, edad, motivo de las heridas, vacunas dadas. Nace en mí una vergüenza extraña que viene, un poco de la posibilidad de que el perro muera sin haber establecido un vínculo de afecto; y por otro lado la escenificación de lo allí dispuesto que me tiene a mí impostando una relación que no tengo con este animal. Lo acaricio, le hablo, finjo una afección que no tengo con los animales excepto que esté en el sillón viendo National Geographic. Mientras todo esto ocurre en mi cabeza, voy pispeando la hora en el reloj de pared. Calculo los minutos que tardaría desde allí hasta La Plata con el solo objeto de hacerme la ecografía. La miserabilidad solo es interrumpida por un profundo malestar generalizado, van doce horas de ayuno y sostener la pierna con una herida profunda y sangrante no me ubica a mí en el lugar del heroísmo. Por el contrario, las náuseas van apareciendo a medida que esto se va extendiendo en el tiempo. Son tres pibas y yo para sostener un perro de 25 Kg. No debería ser una proeza, pero va camino a eso. Balú tira mordiscos que van a ninguna parte por el oportuno bozal que la veterinaria le colocó. Otro pensamiento me arrebata mientras me digo a mi mismo: no tenes por qué mirar la herida, te están pidiendo que sujetes la pierna, no que seas un hombre. Y si Piero no detectaba el estado crítico del perro ¿qué hubiese pasado?

Tiempo después del episodio, y ya enterrado en su tumba de minoría étnica, un funcionario de la Autoridad de Tránsito de la Ciudad de Nueva York  se preguntó cuántas veces Christie Wood había hecho el tramo completo del recorrido, de punta a punta de la ciudad, durante aquellas 48 horas. Incluso se preguntó si no cabía enviarle a la familia una notificación de la deuda, junto con el pésame, que Wood había contraído por los viajes realizados en aquellas 48 horas de anonimato, indiferencia y uso indiscriminado y frenético del servicio público de transporte neoyorquino. 


 

12 ago 2023

Un sábado como hoy

 


Por Nacho Fittipaldi

07:45 horas. Suena el despertador, remoloneo en la cama. Siento en la cara el frio que sospecho hace afuera. Hoy toca nadar como cada sábado desde hace ya varios meses. De las rutinas asiduas esta es la que más disfruto. Sin embargo, antes de poner un pie en el piso sé que no quiero nadar. Me lo dice mi cuerpo. No estoy cansado, pero no tengo ganas. Ni más ni menos. Con el calorcito del acolchado aun en el cuerpo recreo en mi cabeza la caminata por el pasillo que termina en la pileta, ya en zunga, casi en bolas, el frío ahí pega con una crueldad injusta e inusual. Desayuno lo de siempre: un tazón de yogurt, una banana, una manzana y frutos secos. Salgo a encender el auto y la calefacción, vuelvo a entrar. Preparo la bebida para el entrenamiento y la proteína para después de él; pongo agua a calentar para el mate posterior a la nadada. Agarro el bolso, abro el baúl, acomodo el bolso ahí, veo que hay una botella de vino que iba a abrir con amigos (hace un tiempo) y que permanece ahí recostada, esperando el deseo. Subo al auto. Vuelvo a mirar el entrenamiento de hoy: 6.200 metros. No tengo ganas de nadar. Salgo.

Al tocar el agua compruebo que esta dos o tres grados más caliente de lo aconsejable. Esto va a ser largo y fastidioso. Nadar con agua caliente es agobiante y agotador. Mientras nado pienso cosas malas y feas, es como si la mente jugara en contra mío, en vez de darme motivos alentadores para ejecutar lo que no quiero me da motivos verdaderos para abandonar lo que no quiero hacer. Hoy no quiero nadar. Sin embargo, con el correr de los minutos y las horas el cuerpo va generando alguna sustancia química que cambia poco a poco mi estado de ánimo y como consecuencia de eso mi cabeza empieza a pensar cosas lindas y alentadoras. Después de todo nadar seis kilómetros sin ganas, algo más de dos horas de entrenamiento, no es algo de lo que uno deba avergonzarse. Luego lo de siempre. Los músculos acomodan la realidad, quedan agotados, lábiles, transparentes, livianos. En la post-nadada el estado es de levedad gravitacional y es, tal vez, la razón principal por la que me encanta nadar estas distancias. Nadar es también lo que le pasa al cuerpo después de nadar. Una vez más compruebo que nadar acomoda casi todo. Siempre es mejor ir. Salgo a las 11 Hs. Decido ir a comprarme algo, alguna pavada no muy cara que me de placer. Estaciono el auto pensando en que antes tengo que buscar un repuesto para la tapa del termo. El lugar en el que dejo el auto es aleatorio, básicamente donde encuentro lugar. Sin embargo, cuando bajo veo, sobre la vereda, en el frente de una casa clásica de City Bell, esas que permanecen estoicas frente al avance de las casas de hamburguesas y papas fritas, una pizarra con una leyenda. Dice:

¿Es una panadería lo que hay al final del pasillo?

Reconozco la retórica del mensaje, sé quién lo escribió, desde hace un tiempo lo busco sin mucho esfuerzo. La semana pasada Martín me dijo "la próxima comprale a Marquitos" Modifico radicalmente el rumbo de la mañana que va acariciando el mediodía. Entro al pasillo, el frío avala la campera que llevo puesta. Al final del pasillo largo hay un pequeño jardín. Luego una construcción baja, probablemente hace veinte años haya sido una galería o un invernadero. Hoy es una panadería artesanal, técnicas antiguas de fermentación, prioridad la calidad de los productos primarios, cadena corta de comercialización. Saludo, me cebo un mate, una chica con un rostro limpio y sin defectos atiende con dedicación y una suavidad que acompaña el clima del lugar. Mientras la gente que está antes que yo elige qué llevar, voy pensando que compro yo. Hay de todo. Le pido un pan de leche, dos facturas de crema pastelera, tres croissants y dos facturas con membrillo. No estoy disconforme con la compra, pero esta chica no es la persona que yo esperaba encontrar. 

En ese mismo instante y cuando la desilusión comenzaba a tomarme se abre una puerta, aparece él, nos miramos, nos reconocemos después de más de 28 años sin vernos, ni saber nada uno del otro. O eso creo. Yo finjo sorpresa, “Ey Marcos qué bueno verte” después nada, comentarios de gente que no se ve hace tiempo. “Leí algo tuyo hace poco” dice. Ahí mi sorpresa es real y autentica. Entonces surge algo. Él dice “Hagamos algo acá, yo hago unos panes, vos lees, tomamos unos vinos” La idea me seduce, pero más que nada me sorprende que algo se pueda calibrar así de finito en cinco minutos pequeños e insignificantes y que todo dependa de que haya lugar para estacionar o no. Me voy de ahí contento e ilusionado por más de un motivo.

Llego a casa, Sabino me abraza me cuenta que metió tres goles y dos asistencias. Te amo, le digo mientras le huelo el cuello. Yo también, responde. Nos sentamos a comer milanesas con puré y ensalada. Mientras como el cuerpo va anunciando la necesidad de la siesta y el té que me duerme. Le propongo a Pao que nos acostemos a ver una peli sabiendo que nos dormiremos. Sucede y se siente tan bien.

A la hora de la merienda pongo sobre la mesa lo que me traje de Boulangerie Rodante, riquísimo todo. Como el frío no cesa enciendo el fuego en el hogar, me siento en el sillón con los pies cerca del fuego, abro el libro de Mariana Enríquez, continúo la lectura, voy por la pagina 293, abras donde abras da escozor. Piero se sienta al lado mío, él lee Robin Hood. Hay silencio en la casa y no anuncia temporal. En un rato voy a abrir un buen vino y brindaré, no sé bien por qué porque hay motivos de sobra. Un sábado como hoy se lo deseo a cualquiera.

 

26 may 2023

Crónica de un partido del mundial sub 20 en Argentina

 Por Nacho Fittipaldi  


El prejuicio es un lastre. Con algo de prejuicio entro a la página web de la FIFA, busco el precio de las entradas para el Mundial Sub-20 que se desarrolla en Argentina. Ingreso descreído de poder comprar esos tickets teniendo en cuenta que lo hago más por Piero y por Sabino que por mí. ¿En qué otro momento de sus vidas podrán asistir a un mundial? El aluvión futbolístico del que forman parte luego de la victoria en Qatar, me lleva a concretar esta buena idea.

Navego en la página buscando los partidos que se disputan en el Estadio Único de La Plata. Ahí veo las distintas sedes y más tarde caeré en la cuenta de que el Estadio Malvinas Argentinas aparece como Estadio Ciudad de Mendoza. En esta fase de grupos los partidos son más bien poco interesantes, por lo general una potencia futbolística contra un equipo muy inferior. Pero de pronto, oh sorpresa, leo Uruguay vs Inglaterra, 25/05/2023 Estadio La Plata. O sea que la FIFA también omite el nombre verdadero del estadio que es Estadio Único Diego Armando Maradona. Doble clic. Ingreso. Busco entradas, plateas agotadas, poca disponibilidad de populares. Al ver el precio de las entradas pienso que debe haber un error. Acerco la mirada con desconfianza, no sin algo de sospecha acerca del estado de mi visión. No tengo ningún problema de vista, pero ese precio que veo no puede ser real. La entrada vale (casi) lo mismo que un kilo de pan. Instintivamente me nace una cosa medio altruista con la FIFA que es la de avisar que los precios están mal. Luego me nace algo más sensato y cargo la cantidad de cuatro entradas a la orden de compra. Doble clic: su compra ha sido efectuada con éxito. Bien yo.

Llego a casa y medio como quien no quiere la cosa aviso que tenemos planes para el jueves a la tarde. No digo cuales porque con estos pibes hay que manejar la cuestión de la ansiedad. Pueden ponerse muy densos. Llega la noche y sin que tuviera ninguna información al respecto Piero dice, ¿“En serio que no vamos a ir a ver ningún partido de la selección?” Respondo que no porque Argentina juega en otra sede y que para octavos de final, semis y final ya está todo agotado. Luego y aunque me propuse no decir nada les cuento que compré entradas para ver a Uruguay vs Inglaterra. Alegría besos, abrazos. Bien yo. Son esos breves segundos en los que subo al podio del mejor papá del mundo y desde donde me bajarán a una velocidad inaudita y con igual intensidad que durante el ascenso.

Llega el día. Amanece nublado. El día anterior llovió copiosamente en la ciudad. Durante la mañana y para mis adentro le imploro y rezo a ese Dios en el que no creo pero al que me entrego cuando lo necesito. Que por favor no llueva, eso pido. No llueve. Ese día se almuerza rápido y liviano. A las 14 horas estamos saliendo para el estadio.   Ni bien asomo el auto a la calle una fina garúa moja el vidrio del parabrisas. Llovizna. El viaje a La Plata presenta sus dificultades. Sabino está enojado y Piero está feliz, cómodamente feliz lo cual lo ubica en el vértice exacto y complejo de la infelicidad. Siempre a punto de caer. Siempre dispuesto a llevarme con él. Cruzo circunvalación por calle 13, subo por 33 hasta 18, veo que hay una cantidad de vehículos estacionados ya a diez cuadras de la cancha. Esto está lleno. Estaciono. Lo que era una llovizna ahora es lluvia. Bajamos con las camperas, yo con mi paraguas y Pao con el suyo. Caminamos hasta 19 y al llegar a 32 veo una cola de gente que me alerta. Callo para no alimentar el escepticismo Fittipaldi que habita en Piero, y que viene de mi Padre. Hay mucha gente a 500 metros de uno de los principales accesos. Alerta. Pregunto a un agente de tránsito municipal (último eslabón de la especie humana) a qué se debe esa fila. Supongo que hay gente sin entradas y/o que están vendiendo algún remante y que la fila se explica por algún imponderable de último momento que la FIFA no logró resolver en su matriz de contingencias. Son las 14.45 horas y faltan quince minutos para el inicio del partido. Con una suficiencia digna de Roger Federer el gordo responde:

-          -Es la cola para ingresar, pa.

-          -Ok. Tengo entradas para la popular sur. ¿Ese ingreso por dónde se hace?

-         - No –dice el gordo- es un único ingreso para todo el público. Platea, popular, todo junto. Una sola fila. La cola llega hasta 25 pero va rápido.

Hasta ese momento no había registrado que la cola no solo llegaba hasta calle 25, es decir de 19 hasta 25 eran 600 metros de cola, una nutrida cola con varias familias por metro cuadrado, sino que además la cola partía desde calle 25, llegaba hasta 19 y ahí hacia una U, conformando esa irritable costumbre tan argentina como el dulce de leche: la famosa doble fila. O sea que había 1200 metros de fila, una fila que por cierto avanzaba a paso de tortuga. La lluvia no para de aumentar su intensidad. Guardo silencio tratando de no decir lo que pienso. Instintivamente pienso en Chiqui Tapia, no sé por qué. Pienso en él y en la Policía Bonaerense, alguien en algún momento pensó que lo mejor era hacer entrar a las 28.000 que pagaron su entrada por un solo ingreso, habiendo al menos otros diez disponibles. Yo pienso que fue Chiqui Tapia o el Jefe de la Policía, pero no salió de ahí, no se puede ser tan hijo de re mil putas.



Ya bajo una lluvia muy intensa y habiendo avanzado 100 metros Piero inicia lo que será un boicot persistente y fundamentado contra la salida familiar. “Volvamos a casa” “vamos a entrar cuando el partido termine” “esto es una mierda” “por qué no vinimos antes” “al pedo pagamos $20.000” En su cabeza él cree que las entradas salieron eso. Nunca pagamos ese monto. Pero la última de sus afirmaciones lo demuestra como el argentino que es: colémonos. Luego de eso empieza con que ponga el partido en el celular. Con que le vaya diciendo el minuto a minuto del partido. Que cuando entremos va haber terminado el partido. Algo es cierto, ya pasaron 15 minutos y aún no hemos pegado a la vuelta de la dobla fila. Mi estado Zen dura hasta allí, le respondo de manera violenta y concisa algo que no voy a reproducir acá. No me enorgullece.  Como si fuera poco el individuo que esta adelante nuestro en la fila, un gordo (otro) inicia un boicot persistente y fundamentado (otro) acerca de por qué deben regresar a su casa y abortar el plan familiar, el suyo. Ellos, como el 95% de los que están en la cola, se vinieron sin campera de lluvia, algunos sin campera y sin paraguas. La mansedumbre de la gente es para el Nobel de la Paz. Mágicamente la fila inicia un ritmo de avance esperanzador, son las 15.20 horas y la lluvia no amaina. Inglaterra ya gana 1-0. Desde donde estamos se escucha el bullicio de la gente que está adentro del estadio. Las injusticias del juez son repudiadas por el pueblo Charrúa. Veo el control policial, saco el celular para mostrar las entradas, nadie me las pide, “el paraguas no entra” dice el cana, miro al costado y veo que Pao realiza su descargo ante la mujer policía que la cachea, “el paraguas no entra -repite el cana- descartalo” dice. Ni bien paso esa barrera tiro el paraguas en una montaña de otros paraguas, mi paraguas, el único, ese enorme, azul a cuadros, el que lo vio alguna vez sabe de cual hablo, ese paraguas, un señor paraguas, muere ahí entre tantos otros chinos paraguas. Incomprable paraguas a números de hoy. De esas cosas que pudimos comprar en algún momento y que hoy solo son un buen recuerdo de lo que pudimos ser. La década ganada.

Corro, Piero corre detrás mío, grito de emoción, el estadio nos espera, Sabi corre, Pao corre, llueve, llueve mucho. El estadio aún está lejos y allá en lo alto. Subimos la pendiente. Al estadio se entra por arriba así que en cuanto estamos cerca se ve el césped, el verde césped, más verde y brillante por la lluvia que cae. Piero y Sabi están enloquecidos, nunca antes estuvieron en un estadio de fútbol. La gente sigue entrando, habilitan la otro popular que no estaba habilitada, corremos por el anillo de arriba de las tribunas, allá abajo como en una fosa el campo de juego, van 40 minutos del primer tiempo, Piero tenía razón. Me abruman los recuerdos, mis años de cancha, mi pasión abandonada tempranamente por la violencia epocal que no ha cesado, repito para mis adentros como en los últimos veinticinco años de mi vida, por qué no voy a ir a la cancha a ver futbol local, por qué no debo volver, por qué no hay que ir a un estadio de fútbol en Argentina. Me doy cuenta que todo eso, esa verdad contundente y antipática, tambalea. Se desarticula ante el espectáculo del deporte, todo lo demás es una mierda, pero el fútbol me puede, mis hijos me pueden, verlos felices a instancias mías me realiza. Estoy rendido ante ello y desorientado ante la evidencia de lo mucho que dependen de mí, ciertas cosas.