22 may 2011

La juventud que pisa el parquet


Yo he de volver como el día
para que el amor no muera
con Perón en mi bandera
con el pueblo en mi alegría.
¿Qué pasó en la tierra mía
desgarrada de aflicciones?
¿Por qué están las ilusiones
quebradas de mis hermanos?
Cuando se junten sus manos
volveré y seré millones. (Eva Peron)







Por Nacho Fittipaldi
Desde atrás del escenario las cosas se ven distintas, de entre los paneles que separan el escenario del público y las estructuras metálicas que sostienen casi todo lo colgante, los ojos de los militantes brillan más que cuando se está del otro lado junto a ellos. El micro estadio de Ferro esta atestado de compañeros, este estadio que ha sufrido la debacle del club probablemente no se llene así más que una vez al año. Permanecen inalteradas las impecables instalaciones, el piso de parquet de la cancha de básquet donde se realiza el acto engalana el lanzamiento de la Corriente Nacional Peronista, a la vez que ese estilo de piso remite, por razones obvias, al peronismo del ´40.
Desde aquí las banderas se ven distintas, están de frente, abiertas. Ese flamear compulsivo de trapos tiritantes de la JP Descamisados da ganas de avisarle a quienes las flamean, de decirle, “hermano aflojale un rato a la bandera porque te vas a esguinzar la muñeca”. La potencia de la juventud es misterio pero no trampa, estan criados con la idea de memoria, reconstruida. Así, las juventudes y las murgas vienen poblando los actos, las marchas, los encuentros, con demandas y protestas que también enarbolan los dirigentes que desde el escenario orientan los discursos hacia ellos, esta empatía es novedosa. En Ferro se podían ver las banderas de los compañeros de Jujuy, San Juan o Misiones, un trapo cualquiera dice “Con la Patria al Hombro,” no es diferente a lo que el género murguero (oriundo de Cádiz pero mixturado con música negra) reclama desde sus inicios: libertad. Mientras se proclama (o se festeja) con la patria al hombro, los compañeros que ahora pisan el parquet, parábola que emula y remite a la recuperación de derechos igualitarios, no lo usan para el fuego del asado señora, lo pisan sí, lo ensucian, saltan sobre el pero no lo prenden fuego, como reza la anécdota simia. Los procesos sociales se han complejizado, sabe; son cada vez más densos y consistentes. Mientras el acto avanza se observa que lo que los discursos expresan, está emparentado ideológicamente con las convicciones enunciadas en las banderas que no han cesado de mecerse en toda la tarde, o en la decena de canciones que se entonan sistemáticamente, como si las cuerdas vocales no reconocieran límites aparentes y como si no hubiera margen para el chamuyo entre militancia y dirigencia. Entonces la letra que se entona dice que a pesar de las bombas, de los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos, no nos han vencido. ¿Entienden eso los necios, tomaron nota? Las canciones cargadas de simbologías y de potentes figuras retoricas son utilizadas por compañeros de 16, 24, 45 o 64 años, indistintamente. En los trapos de los pibes, en los cantitos, en ese pisar el parquet esta la política de la unidad popular. En la dirigencia política la vocación de cambiar lo que aun no se ha hecho y reafirmar lo conquistado, en la murga La Gloriosa de Boedo o en los dibujos de Miguel Rep la expresión artística de ello. En la juventud que colmó Ferro el reaseguro de que el kirchnerismo es síntesis, la convicción de que lo que sucedió un 20 de mayo de 2011 es un punto de quiebre histórico, porque en un país en donde Hebe de Bonafini comparte la mesa central de invitados con la Ministra de Seguridad de la Nación, qué puede decirse luego de la potencia de semejante reencuentro simbólico.  Desde hace un tiempo a esta parte que no se ve tal confluencia de espacios, tanta sintonía y coherencia ideológica.
Pibes gritando con la mano en “ve” por la reelección de un proyecto que reasegure la profundización de un modelo que devolvió la vida política a un país que, primero había resuelto el desendeudamiento, al tiempo que juzgaba y encarcelaba a los genocidas dictadores. Luego de ello, esa misma noche, escucharon en voz bien alta la frase más reflexiva de Hebe en los últimos tiempos. Primero no dudo en decir que la política no era más esa concepción que sus hijos desaparecidos habían tenido, ya no las armas, ahora la revolución se hace de la manera en la que Néstor y Cristina nos mostraron en los últimos ocho años, “la revolución es lo que ustedes están viviendo.” Pero como si los aplausos y la efervescencia de los militantes significaran radicalización de declaraciones, Hebe avanza una vez más hacia un camino de grandeza de donde difícilmente regrese, no volverá, y suelta su ancha lengua mientras las arrugas le surcan la vida y le entibian el añejado pañuelo blanco, rostro sufrido de expoliaciones macabras, se sincera al fin y rompe corazones, “Las madres preferimos ver a un pibe feliz, con educación, con salud, con la asignación universal, bien alimentado, que ver a un milico preso”  Entonces el silencio invade sólo nuestras almas mientras que el estadio se cae en aplausos y a un costado una piba  de unos 22 años deja caer esa lagrima que venía conteniendo inútilmente. Es más sensata que este cronista que se contiene vanamente, sin saber qué merito persigue. Metros más allá también se encuentra llorando dese hace cinco minutos una vieja de 70 años; todos los pibes estallan en gritos de aliento, aplauden rabiosos como si pudieran con eso abrazar a las Madres de Plaza de Mayo y devolverle lo que los milicos les han sisado.  
La noche cayó terca sobre Caballito, Ferro ha sido un ejemplo de unidad popular de cara al futuro político. Usar carbón o leña para hacer asado, parece ser todo el aprendizaje histórico que otros nos endilgarán. Esos mismos parecen no comprender de qué va la cosa, nuestra juventud camina el parquet con plena conciencia del proceso sociopolítico del que son protagonistas mientras desde una grada perdida, allá arriba en lo alto cerquita de Néstor, el Rey Momo guiña un ojo y cobija ahora a la murga que se va.


















16 abr 2011

Crónica de un día agitado con Hernan Brienza





Por Nacho Fittipaldi
Esta historia es la historia de un tipo enorme, ancho, muy alto, debe medir como un metro ochenta y cinco u ochenta y ocho, parece ser poca altura para distribuir los ciento treinta kilos que ostenta. Pese a ello el tipo no se mueve con parsimonia ni lentitud sino que impone un ritmo que su vida le dicta; sin margen aparente para otra cosa. Hernán Brienza se levanta 05 AM todos los días, hace su programa de radio en Radio América, termina su programa, sale para Radio Nacionl para hacer su columna con Héctor Larrea, levanta las llamadas y los mil mensajes de texto que le han ido dejando durante la jornada <<Estoy hasta las manos>> dirá cada vez que algo que había asumido como realizable pasa al campo de lo suspendible. Es convocado por la producción de 6-7-8, por Tristán Bauer para filmar una película sobre Manuel Dorrego, él ha escrito El Loco Dorrego, libro muy comentado por Chávez y Cristina en Twitter, y por nosotros para que de una charla en Ayacucho el 15 de abril por la noche y en un mínimo pueblo llamado Labardén (Partido de Gral. Guido) el sábado a la tarde. Labardén es tan chico que me da miedo que Hernán no entre, que toda su inmensidad no quepa allí. Es enorme. Va y viene con una camisa verde agua que alguien dejo de usar en los ochenta, sus pantalones son más anchos arriba, a la altura de la cadera, que sus propios hombros, es un triángulo invertido fatídicamente. El tipo habla como si no trabajara de eso, es enorme y tan inteligente. Pensándolo, creo que es muy inteligente pero empiezo a sospechar que lo que me impacta   de la inteligencia humana es esa veta de la inteligencia que es lucidez y la originalidad de pensamiento.
Habíamos acordado que yo pasaba por su departamento de villa crespo a las 15 horas. La charla estaba pautada a las 19.30 Hs con lo cual imaginaba un viaje tranquilo por la ruta 29, tomando mate escuchando buena música, un Cd de Bruno Arias que siempre me acompaña, con un sol que apenas si calentaba la chapa negra del auto. Fiel  a mis miedos, 14.30 Hs yo estaba debajo del departamento con una ansiedad que partía mi cerebro en mil partes de arroz. Estacioné el C3 y me puse escuchar a Tenembaum para corroborar con qué sandez se despachaba hoy. Apagué el auto y escucharlo solamente me causó gracia; ¿cómo llegaron Bonelli y   Tenembaum a hacer radio si son dicciones que complejizan la comprensión del habla? Por alguna razón olvidada intenté encender el auto pero fallé; intento otra vez y fracaso nuevamente. Con el pulso cardíaco algo acelerado busco razones para explicar la imperfección mecánica. El auto no arranca pero tiene batería, Tenembaum sigue allí. Son 14.55 Hs. Realizado el correspondiente llamado de asistencia técnica, aparece él, trajinando la avenida Dorrego, es curioso que viva en una calle que llevaba el nombre de un personaje sobre el que ha escrito. ¿Qué pasó Nacho, esto a los radicales no les pasa? Me dice alegre, sonriendo, como si ya estuviéramos en Ayacucho y no tuviéramos tres horas de viaje por delante o que acabamos de abortar si el auto no enciende. <<Che yo tengo una reunión ahora, voy y vengo, ¿me esperas?>> Son las 15.15 Hs y parece que ha olvidado todo lo arreglado. <<Y dale boludo a dónde voy a ir si no me puedo mover>> Según dice, la reunión es muy cerca de allí y que es un toque, lo ha llamado un funcionario de primera linea nacional y es urgente.  Es una consulta. <<Apurate y preguntale si va a ser el vice de Cristina>> digo yo tratando de que mi pavor no se vea en mis ojos. Brienza aparece a las 16.30 Hs y efectivamente yo estoy al borde de tener un ACV, pienso que es un hijo de puta o que nada le calienta o que Ayacucho ha sido movido del planeta tierra como consecuencia del Tsunami en Japón y ahora queda acá no mas, del otro lado  de la General Paz y no en el culo del mundo, estamos en Córdoba al 5000.
<<Se te murió la batería, pibe>> dice el del servicio mecánico que se ha tomado su tiempo para llegar hasta allí. ¿Estará entongado con Brienza, será mecánico o será el tipo con el que se reunió recién disfrazado de mecánico? Hay que tirarla –agrega displicente- como si el auto pudiera funcionar sin ella. Ponele otra -digo yo siguiéndolo, como si todos tuviéran una batería nueva en el baúl de una Fiorino-. El tipo acepta de buena gana, la coloca en cinco minutos, y en seis me cobra 550$  y salimos a los santos pedos para Ayacucho. Son las 17 Hs cuando finalmente podemos subir a la autopista. A las 18.15 Brienza me dice en plena ruta 29 <<Que linda que es La Pampa>>,  media hora más tarde la chomba color durazno que lleva puesta luce manchones verdosos del mate que se ha derramado sobre sí. Detengo el auto y ambos notamos la diferencia de temperatura, estamos en mangas cortas y él descubre que el frio lo va tratar con crueldad al llegar. Vemos que allí mismo hay un monolito en conmemoración de un pibe de 22 años que se mató ahi al ser embestido por un auto, era ciclista y el monolito es un pedazo de pared alta con la parte delantera de la bicicleta incrustada sobre ella, incluida la rueda. Hernán y yo meamos contra un bosquecito de álamos y ambos pensamos: pobre pibe...
A las 20 Hs estamos en Ayacucho, la charla avanza, Hernán sostiene que Dorrego es el primer dirigente politico que inscribe en la historia de las ideas politicas argentina la noción del campo nacional y popular. Todo bien con Dorrego; sale todo mejor de lo pensado, el mérito es muy de él. Luego la cena, su celular sigue sonando, a las 23 Hs me anuncia que está muerto de sueño, tiene ojeras y está muerto de sueño; a las 23.55 Hs suena su celular y él dice <<Tengo una entrevista con Radio Universidad, permiso>> Sale del restaurante y el frio exterior lo recibe con esa crueldad y la vacua soledad de los pueblos nocturnos. Afuera, él habla por teléfono sobre el Perón que volvió en los ´70, afirma que ese era el mas juicioso y lúcido (polémico) Cuando regresa a la mesa seguimos esa conversación que él ha iniciado por teléfono. La noche lo embiste, avanza y nos vamos a dormir porque a la mañana siguiente debe escribir la columna para el diario Tiempo Argentino.
Todo el frio de ayer se ha ido a algún lugar complejo, ese mismo  donde quizás esta la muerte del ciclista; hoy el sol ha salido pleno y se ha llevado lo de ayer. Un asadito nos espera y según nos han dicho Labardén no está precisamente a la vuelta de la esquina.

6 abr 2011

Incidentes en el estadio Juan Domingo Perón


Por Nacho Fittipaldi

El domingo 3 de abril de 1997 el oficial de policía Darío Estesbarato realizaba tareas adicionales en el estadio Juan Domingo Perón donde el Racing Club de Avellaneda hacia las veces de local. Era tarde tranquila pero la cosa se iba a empiojar.
A los 43 minutos del segundo tiempo Racing perdía tres a dos; curiosamente el equipo visitante había arrancado perdiendo ese partido, y al término del primer tiempo se encontraba perdiendo dos a cero. El Mariscal Perfumo decía que el peor resultado para un equipo era ir ganando dos a uno; y tenía razón. Lo peor estaba por venir. Ese domingo la cancha de Racing rebalsaba de gente, nosotros habíamos ido con la barra del barrio un par de horas antes, almorzamos en la pizzería de Antonio, tomamos un par de cervezas y el Canuto se comió un flan con crema que lo tuvo a mal traer toda la jornada. Nosotros éramos pibes y ya nuestros viejos nos llevaban a morfar pizza a lo del Tony y de ahí a la cancha de Racing, desde chicos repetíamos esa rutina, después las entradas se fueron a la mierda y empezamos a ir de manera más esporádica;  ahora marchábamos segundos en el torneo y la visita no estaba realizando un gran torneo pero de sumar los puntos finales que restaban hasta la terminación del mismo, podría clasificar a la Copa Libertadores de América que, por aquel entonces, no llevaba (aún) ningún nombre de empresa privada.
Darío Estesbarato estaba juntado (o como diría el Tony) amontonado  con Silvia Petrufini, ella tenía dos nenas de un matrimonio anterior y en cambio no tenía ninguno con   Estesbarato, quien había quedado estéril luego de un crudo enfrentamiento con la barra de Chacarita. Allí había recibido la patada de un caballo del cuerpo de caballería de la policía bonaerense en el medio de los huevos, mientras las piedras de los de Chaca llovían sobre los azules como hielos sobre melones plantados; inmóviles e indefensos.
Mientras Racing iba ganando la cosa pintaba con el folclore típico de los ganadores, cantitos, bombos, de vez en vez un toqueteo propio de otros equipos con tradición de eso y no como nosotros que tenemos historia de partidos imposibles de perder, perdidos de una manera imprecisa e imperdible. Racing difícilmente da vuelta un partido que va perdiendo tres a cero, en cambio es muy posible que nos den vuelta a nosotros ese mismo resultado parcial; incluso tanteadores más abultados. También es cierto que, esto hay que decirlo, los referís nunca suelen ser favorables con La Acade, como lo son con Boquita o con los Millonarios, en general nos pasan para el cuarto, y cuando no lo hacen los referís (o los líneas)  lo hacen los jugadores nuestros que suelen ser malísimos. Esta vez era el árbitro y los jugadores del otro equipo quienes nos estaban dando un soberano pesto, similar al que le diera La Juve a River en aquella inolvidable final del mundo en Tokio de 1996. Por alguna razón cuando íbamos dos cero arriba, el toqueteo no fue eficaz y las pelotas nuestras que hasta ese momento habían entrado o pegaban en el poste o requerían una atajada infernal del arquero, ahora empezaban a irse más cerca del palito del córner que de los tres postes del arco. Los laterales que hasta ese momento iban y venían dejaban de volver y parecían quedarse conversando con el lateral contrario hasta que este decidía proyectarse y dañarnos, nos empezaron a comer las espaldas y los pequeños crack que nos habían hecho delirar de ilusiones  y quedar sin adjetivos en el primer tiempo pasaban repentinamente a ser los mayores hijos de puta de la historia del club. Y la puteada sin chiflido es como una molleja sin limón, una carencia de la cultura popular, el insulto de la cancha además de agresivo suele ser original y largo; y las puteadas empezaron a derramarse sobre el primer equipo de Racing que ya estaba dos uno; el empate no tardaría en llegar. El Colo que estaba al lado mío y que era un desubicado total, como buen carnicero que era, empezó puteando al cuatro nuestro, siguió con la hermana y más tarde la remato puteando al hijo del defensor sin ningún tipo de clemencia ni misericordia; en un momento de sinceridad con la moral misma de la sociedad y algo de agotamiento le dije, << ¿Che Colo te parece meterte con el hijo del lateral, tiene cuatro años, qué culpa tiene el hijo de que el padre sea un hijo de re mil puta?>>. También es cierto que el Colo tenía en comparación con Chicho un merito enorme; el Colo era un tipo muy coherente y puteaba todo el partido, todos los partidos. Del lado de adentro del campo de juego se encontraba trabajando el oficial Dario Estesbarato, dirigió una mirada sobre el Colo, estaba agotado de escucharlo putear segundo tras segundo, todo el primer tiempo, todo el segundo y decir las guasadas más aberrantes que se podían escuchar; y hay que impresionar a un cana con puteadas eh. Tengo esa imagen guardada en mi cabeza como un recuerdo desagradable, como un gusto amargo queda debajo de la lengua. El vigilante lo mira, se acomoda la gorra, mete un poco la barriga para adentro y dice, <<Che pibe, por qué no cerras el hoyo en vez de ser tan boludo de putear a un jugador de tu propio equipo>>. El Colo se quedó helado, no podíamos creer lo que no s acababa de pasar, nosotros llevábamos años yendo a la cancha y nos habíamos cagado a piedrazos mil veces con la yuta y ellos como siempre nos habían metido palo y algún balazo de goma también nos había pasado cerca. Pero esto era más que todo, era absurdo, básicamente absurdo. Entonces vino el empate de ellos producto de la expulsión de nuestro arquero luego de haberle pegado una patada al delantero que intentaba dejarlo tirado en el suelo como consecuencia de una mortal gambeta. Y ahí la cosa ya tomó otro color. La gente estaba muy nerviosa, las familias empezaron a retirarse faltando veinte minutos para terminar el encuentro, los cachos de ladrillos empezaron a volar y hasta pudimos ver a la familia de Guillermo Andino arrojar una butaca de la platea que cayó al lado del banco de suplente visitante. El referí paro el partido, tomo el balón, se lo llevó debajo de las axila, como hacía el Ñoño cuando le mostraba al Chavo quién era el dueño de la pelota, hizo señas a la parcialidad racinguista como diciendo que si tiraban un solo objeto más al campo de juego, el partido se suspendía. La respuesta fue inmediata. Un grupo de hinchas que venían de afuera de la cancha comenzaron a repartir repollos morados entre los más efusivos asistentes, luego de eso ingresaron un par de cajones de verdulería repletos con zapallos anco y de manera muy armónica toda, absolutamente toda la verdura, fue repartida con la mayor ecuanimidad posible, o al menos la posible en ese momento de efervescencia social, y a parar de manera apresurada al campo de juego que para entonces ya parecía un territorio de festividad extraña. El Colo buscó entre los muchachos de la barra alguna verdura para revolearle al referí que ahora expulsaba a nuestro más reconocido goleador, Máximo Fartata, que contaba en su historial con 9 expulsiones en 123 partidos y el inigualable historial de 7 goles en la misma cantidad de encuentros. Fartata era más efectivo en concretar expulsiones que en marcar tantos. Con el dos a dos el cilindro de Avellaneda era un caldero, el Colo ya no tenía ninguna imaginación para articular ningún insulto y ahora mechaba una puteada para el equipo, otro para el referí y dos para el oficial Darío Estesbarato que a esa altura ya había recibido once mil escupitajos, cuatro zapatillazos de distintos pares de zapatillas que curiosamente eran todos números impares, 43, 41, 45 y una pila Eveready doble AA, en la nuca. Cuando el colorado encontró lo que había ido a buscar volvió con los ojos iluminados y el rostro con la frescura del tres cero inicial; ahora perdíamos tres a dos y la nuca del cana estaba regalada para las intenciones que el Colo se traía que, a propósito puteaba para llamar la atención del oficial de la infantería. Cuando el Colo le gritó,<< ¡Tu mujer está cogiendo con un bombero voluntario, gordo cornudo!>>, los siete kilos de costillar ya estaban en la nuca del oficial Estesbarato que ahora se disponía a colocar la escopeta en dirección a la tribuna y disparar las balas de goma que en la cabeza del Colorado fueron como plomo. De puro culo, el Colorado tenía otro costillar entre los brazos que no había llegado a arrojar, lo uso como escudo vacuno y vivió recaliente con La Bonaerense el resto de su vida.

27 mar 2011

Crónica de un fin de semana fallido

Por Nacho Fittipaldi
A fuerza de hacer y ser número habíamos decidido irnos el fin de semana largo y sumarnos a esos otros que ahora pueden vacacionar. Pensamos tres opciones para salir el 25 por la mañana: San Pedro, Punta Indio y Villa Paranacito. La segunda opción la rechazamos porque hasta en Taringa las fotos de Punta Indio dejaban bastante que desear. La negativa por San Pedro en cambio tenía que ver con que es una opción más cara que las otras y siempre está ese riesgo de cruzarse con Fernando Bravo cantando la cortina del programa que conduce. Y honestamente la decisión de ir a Villa Paranacito se concentró en manos de  Pao (sin decir que es su culpa) confiando en que, según decían algunos portales de internet, ni el viernes, ni el sábado iba a llover; y también en que otros portales se referían a este pequeño pueblo como “La Venecia Argentina.” El viernes en la ruta y contradiciendo lo anunciado en internet, llegando a Villa Paranacito, a 220 Km de La Plata, en la Pcia. de Entre Ríos, llovía. El pronóstico había fayado. Al llegar al pueblo vimos que este era bordeado por un bello riacho de unos 50 metros de ancho que curiosonamente no es el Rio Paranacito, que existe y que esta a varios kilómetros de allí, sino el Arroyo Sagastume. A poco de andar advertimos que para ser La Venecia Argentina o le faltaba agua o le sobraba tierra. Luego de dar un para devueltas, en verdad el pueblo se recorre siempre a lo  largo dado que todo se recuesta sobre la bella costanera, buscamos un lugar donde almorzar. Al entrar al restaurante vimos que estaba concurrida la cosa y que el pueblo tenía su público. Luego de sentarnos llega hasta nosotros un mozo que si algo no tenía era cara de mozo y ganas de mozo. Este pibe de unos 19 años parecía ser bastante más afeminado que lo conveniente para un pueblo que hace de la pesca una razón de vida, el pibe tiene la voz en plena transformación, a veces trombón, otras clarinete, habla bajo como para que no lo escuchen pero casi no se lo escucha, es tímido y atiende semi-agachado, el pibe tiene cara de estar esperando un producto de la línea Avón. De cuatro cosas que le pedimos olvidó una y de las dos preguntas que le hicimos a duras penas pudo responder una.
A fuera el viento movía los sauces y la sudestada parecía acariciar mansamente la superficie de las olas cortadas o rotas. Después de comer milanesas caseras con papas fritas, cerveza y habiendo decidido no utilizar el Minerva que el chico trajo en lugar del limón que le habíamos pedido, fuimos en busca de un lugar donde pasar la noche. Seguimos recorriendo el lugar ahora hacia una zona bastante más agreste que la zona céntrica, por donde buscábamos encontrar un camping y un complejo de casitas, teníamos dudas de parar en carpa o alquilar las casitas que nos habían indicado. Luego de identificarlas concluimos en la imposibilidad de descifrar el año o década de construcción. Chequeadas las instalaciones  confirmamos que no eran las peores habitaciones en las que habíamos pasado alguna noche y que esa sería la razón por la cual tomaríamos esa opción. En seguida armé el equipo de pesca y nos fuimos al borde del rio a charlar, tomar mate, comer lo que quedaba de las tortas negras  y transcurrir así este fin de de semana nuboso que ahora se está yendo. Sobre el caer de la tarde nuestros cuerpos reciben las primeras gotas de una lluvia que luego, y por poco, anega el camino de acceso al camping, con ese telón de fondo nuestra única opción era regresar a la piecita y esperar que se haga la hora de la cena, luego comer, más tarde dormir y por fin irnos de allí. Con las horas la lluvia se hace mucho más intensa y desde la pieza se escuchan unos ruidos desde el ambiente exterior que imagino son murciélagos, por suerte logro ver el cuerpo desde donde se emite ese sonido y corroboro que es una inmensa lechuza. La habitación es sórdida, boca arriba Pao y yo repasamos los peores lugares en los que hemos estado, no son pocos, nos causa gracia esa tendencia a recaer en esos lugares; yo he olvidado mi novela en casa, no tengo para leer y también hemos olvidado el repelente. Llueve mucho y yo empiezo a preocuparme sobre cómo haremos para salir por ese camino de arenisca que nos ha precedido hasta allí. La hora de cenar llega, el pueblo esta distante a unas quince cuadras, subimos al auto para recorrerlas, es notoria la diferencia de confort que existe entre el lugar donde debemos pasar la noche y nuestro auto; allí tenemos música, aire acondicionado, calefacción, radio, asientos tapizados, la incomparable sensación de estar a gusto. En cambio en la habitación hace un poco de frio, la humedad se filtra por todos lados, los mosquitos entran más que salen y las puertas no cierran, simplemente todo queda abierto porque no hay llaves y porque las puertas son más grandes que los marcos, pero no es que la humedad ha dilatado la madera, no. Las puertas parecen haber sido confeccionadas con medidas distintas a las  necesarias para que una puerta entorne con su marco.  Al dar marcha atrás y la vuelta con el auto me meto sin saberlo en un charco de barro, acelero un poco y el barro que las ruedas escupen se deposita sobre el parabrisas, sé que me he encajado hasta la manija y que la noche y la estadía comienzan a ser hostiles. Al ver el sitio en el que me encajé me pregunto si en Venecia habrá tanto lodo en un solo pedazo tan pequeño de terreno. Descuento que por el ruido que el auto ha hecho han salido dos vecinos de unos 45 años de edad y un adolescente que asumo como hijo de alguno de los dos, uno de ellos me busca en la oscuridad con la mirada y me pregunta: <<¿Sabes algo de barro?>>. La pregunta es una cagada, me obliga a responder con poco margen para mentir, sé cocinar en horno de barro pero supongo que esa experiencia en esta situación no será de utilidad. Ahora a la larga lista de cosas que no sé hacer y que desconozco, esas que se suponen son eminentemente masculinas, autos, herramientas, cementos, mecánica, amoladoras, debo agregar que no se de barro porque este pelado de mierda me lo ha enrostrado sutilmente. <<De barro no, no sé mucho>>  respondo consciente de mi orgullo y que no sé de barro pero tampoco soy boludo. ¿Cuánto puede saber un hombre de barro, uno que no sea alfarero? Ellos levantan el auto por la parte de atrás, yo acelero levemente mientras doblo las ruedas delanteras, el auto tracciona en el barro, y sale lento pero fácil rumbo al restaurante; ellos por el gesto se han embarrado y regresan puteandomé a la rutina nocturna de los pescadores cuando el pique no aporta por el lugar: el chupi.
La hora de dormir llega, nos lavamos los dientes, charlamos un rato, escuchamos la lluvia caer y ansiamos el amanecer que acompañe el regreso. Repasamos juntos cómo fue que llegamos hasta allí. Antes de que el sueño nos gane los ruidos del entretecho se hacen presentes, son muchos o muchas, murciélagos o ratas, son un asco, el chillido infame penetra por nuestros oídos pero también por nuestros ojos en la representación que nos hacemos y se traduce en la amenaza de que alguno de esos bichos caigan sobre nosotros en  mitad de la negrura; por momentos se callan pero luego regresan. Yo no sé si ha sido la conmemoración del golpe del ´76  o la discusión sobre la orquesta del Colon y la presentación del Plácido Domingo pero estos murciélagos están muy politizados y hacen un quilombo infernal.  La noche ha sido tremendamente embarazosa, Pao ha despertado en mitad de la madrugada y su rostro esta casi desfigurado, como si la Hiena Barrios la hubiese cagado a piñas o atropellado con el auto, ella cree que han sido mosquitos y yo descuento que ha sido una arañita.
Por la mañana temprano  hacemos nuestros bolsos y nos mandamos mudar, el sol sale de a poco a medida que Villa Paranacito va quedando atrás. La ruta esta linda, el mate que mi compañera ceba va calentando el cuerpo y los pastelitos alegran la barriga. Luego de todo este penar llegamos a BsAs para terminar comiendo un sándwich de churrasco en los Bosques de Palermo, está lleno de viejas que tratan a sus perros como a hijos y a los que nombran  con nombres de niños estadounidenses, Gordon, Jack, Mike;  esto no es La Venecia Argentina pero se inunda de lo lindo y dicen que tiene tanto de la adorable París.



  

10 mar 2011

Libros y milanesas


Por Nacho Fittipaldi
Historia I
A mamá se le quemó el aceite con el que hacía las milanesas en los minutos previos al preciso instante en el que el cartero tocó el timbre de mi casa. Por error (o por destino/encanto) el moto-chorro-que-era-cartero partió raudo hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En lugar de libros viejos donados a la biblioteca nacional se llevó las milanesas que mamá había hecho para la gente del barrio. Ya en Buenos Aires el motoquero llega a la Casa Rosada, no saben que es motochorro, entrega el paquete y alguien desesperado de hambre se come siete milanesas híper-aceitosas con la velocidad en la que un colibrí deshoja un nardo. Desde un despacho alfombrado, alguien, un funcionario, insulta en voz alta por la patada en el hígado de las milanesasnegras. En la oficina de al lado otro alguien piensa <Al fin se ha quebrantado la embestidura de su traje> mientras se pregunta, en voz baja, quién habrá ordenado el aumento en los peajes.

Historia II
A mamá se le quemó el aceite con el que hacía las milanesas en los minutos previos al preciso instante en el que el cartero tocó el timbre de mi casa. Por error (o por destino/encanto) el moto-chorro-que-era-cartero partió raudo hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En lugar de libros viejos donados a la biblioteca nacional se llevó las milanesas que mamá había hecho para la gente del barrio. Ya en Buenos Aires el motoquero llega a la Casa Rosada, entrega el paquete y alguien desesperado de hambre se come siete milanesas híperaceitosas con la velocidad en la que un colibrí deshoja un nardo pero con los modos de un orangután. A la vez, desde una habitación muy humilde en el barrio de Los Polvorines, alguien abre el paquete y desilusionada comprueba que en vez de milanesas le han enviado libros viejos, mira con asombro las manchas de aceite en las hojas del libro y piensa que María Eugenia es una conchuda. Toma con sus dedos la hoja número cuarenta y nueve y se la come sin chistar. Luego corta la hoja número ochenta y ocho y piensa que es una raviolada. Se ha comido todo el libro, ahora se limpia la boca brillosa de negrura con la contratapa. Su hambre no ha cesado pero espera ilusionada el próximo envío.

29 ene 2011

La densidad del tiempo



Atardecer en Montañita
 Por Nacho Fittipaldi desde Montañita (Ecuador)
Los ecuatorianos de Montañita hablan con arena en la mano, emulando un reloj de arena, dejando pasar a cuenta gota un poquito de arena a una mano y otro poquito a la otra, sin acelerar los tiempos de la palabra van diciendo lo que quieren expresar. Rodrigo, tirado en la arena con su ropa puesta, habla así. Son las siete de la tarde, el sol se puso ya y la crecida del mar nos ha obligado repentinamente a mover nuestras cosas para evitar que se humedezcan. En esta playa a la que venimos vienen los ecuatorianos de aquí, el turismo va a la playa céntrica y esta es mucho mas de los lugareños, es esa la razón por la que la escogimos como nuestra, según Pao podría ser una playa de la UOCRA. Rodrigo Pinto mide un metro cincuenta, o cuarenta y nueve tal, vez -es como Pao- y cabría muy bien en los asientos de las combis peruanas. Por casualidad terminamos arrimando nuestras cosas junto a las de él y su familia, su mujer fichó ese mismo día para un club de futbol femenino, ella entrena en la arena mientras nosotros iniciamos una charla casual. A simple vista uno no daría mucho por aquel pequeño hombre de tez oscura, torso redondeado y escasa altura, ahora que lo pienso se asemeja a una garrafa de gas. Es igual a tantos. Él nos habla de cuando el mar sube, de cuando el mar baja, de la Montañita antigua y de esta, de qué pasara mañana según la puesta del sol –nada de lo que augura sucede finalmente, aclaro-. Yo le doy tiempo de que hable de lo que él quiere para poder preguntarle lo que yo quiero, dejo que entre en confianza, que se distienda, Rodrigo habla muy claro y con palabras que alternan el español, el inglés y ese castellano caribeño que mete un chévere en cada lugar donde puede. El momento llega: ¿Rodrigo y qué onda con este tal Correa? Por un instante pienso que metí la pata, la fluidez del dialogo se ve interrumpida, el mira la arena, hay silencio, estamos acostados en el piso de la playa popular de Montañita y el sol se ha puesto bellísimo, metí la pata y arruine el momento. Rodrigo ríe y dice, “a mi me costó entender a este man, sábes?? Pero ahora debo reconocer que lo apoyo y que ha cambiado el país en muy poco tiempo y con una autoridad increíble, las cosas se hacen porque él las dice y ya.” A partir de ahí Rodrigo comienza a dar muestras de una lucidez inusual, maneja datos, vocabulario, esta informado y yo me siento sudamericano. Mucho  de lo que hemos visto aquí en Ecuador, en su trama política, lo que la gente nos ha contado guarda una semejanza con la Argentina que impresiona, incluso en las críticas que le hacen a Correa respecto de sus “formas”. Rodrigo avanza, ahora pregunta él: ¿Y por qué me preguntas eso tú? Bueno porque en todos los diarios que hemos visto –comprados al azar o los títulos leídos en las tapas de los puestos callejeros- todos critican a Correa de una manera feroz –digo yo, sin mostrar mi opinión, ni mis convicciones políticas, quiero que hable él, simplemente porque da placer escucharlo-. Ah, pues porque los medios están en contra de Correa, simplemente por eso –agrega él-. Luego arremete, “¿Cómo quieres que no este con este man si ha llevado escuelas a los lugares donde antes sólo había miseria y hambre, vieras las caras de los niños cuando les instalaron las pantallas táctiles –no usan pizarrón-, es que no sólo les dieron las netbooks sino que les dieron pantallas táctiles, ¿entiendes lo que eso significa para eso niños, este man esta llevando la salud publica a todos los ciudadanos que no tenían acceso a nada, esta comprando clínicas privadas para que den atención primaria porque los hospitales públicos están colapsados, ha obligado a los hospitales públicos a que atiendan las seis horas diarias obligatorias que corresponden por ley y no los treinta minutos que atendían antes, y hay un proyecto para llevarlo a doce horas diarias obligatorias, este man ha creado el subsidio de la seguridad social que alcanza al 70 % de la población –equivalente a la asignación universal nuestra-, este man ha expropiado los campos y los medios de comunicación del Estado que los empresarios de la derecha se  habían apropiado durante años de negocios entre el empresariado y los sucesivos gobiernos? Cuando yo vi todo eso, yo me dije, este man esta ahí con el pueblo y hay que apoyarlo. Y sabes cómo lo hizo, cuando llego al poder dijo <A partir de ahora las cosas son así>” Rodrigo trabaja diez horas por día con las comunidades campesinas en el Cantón de Santa Helena, la noche se va cayendo en la playa, la charla se dispara por diversos lugares y las luces de las redes de los pescadores indican que ya ha caído la noche terca, él nos explica que esas luces son para que cada pescador sepa dónde colocó la suya, nunca entendí si las recogen de noche, en ese caso lo que dice Rodrigo tiene lógica, o si lo hacen de día, y en ese caso nada de lo que dijo tiene sentido. Como sea, esas luces que parecen lucecitas de árbol de navidad, están en el medio del mar y pueden verse con claridad desde la oscuridad de la noche costera, y ese agregado artificial al mar curiosamente no lo diezma en su belleza sino que la profundiza.
Por afuera de esa tremenda personalidad política, están también otros nativos de aquí, Catalina y Leonardo por ejemplo, ellos administran el hospedaje y son gente tan amable y sencilla. Catalina es mas baja que Rodrigo, sí eso es posible, tiene la piel muy morena y ríe todo el tiempo, casi tanto tiempo como el que cocina para los suyos, allí también le enseño a Pao a hacer el ceviche y me convidó a mi una fruta que yo ya sabia que no habría forma de que me gustase, esos tiempos del compartir son los que texturaron este viaje. Su cocina, la nuestra. Aún no llegamos a entender quién es hijo de quién allí, todos comen y viven allí, juntos, son como doce, pero sus aspectos etarios son indescifrables. Ambos confiesan, quizás con vergüenza, que ellos no han salido mas allá de Guayaquil, a tres horas de Montañita, Leonardo se pregunta en voz alta, “Fíjate que Uds. han recorrido lugares de mi país que no ni conozco. Me han dicho que Loja es muy lindo, no? Pero yo no la conozco” Ambos se mueven en ese hospedaje que es el ahorro de sus vidas, viven todos los días de sus vidas para mantener el hospedaje y para que el hospedaje les permita vivir con muchísima mas holgura que el común de los ecuatorianos. Sin embargo, en el, “Buen día niña Paola, buen día niño Ignacio,” de cada mañana de Catalina, entiendo que esta la esencia de Rodrigo, de Catalina y Leonardo y del ecuatoriano medio también. Y ahora que me lo figuro, a eso habíamos venido.