18 ago 2021

Hugo

 

Por I Fittipaldi

Miércoles por la mañana, interminable reunión de cátedra que se extiende hasta las 12 AM, casi tres horas de reunión. Productiva, pero larga. A esa altura les digo a Piero y Sabino que ya basta de jueguitos, lo enuncio en tono casi de enojo, pero en verdad es impotencia. ¿Qué pueden hacer ellos si durante tres horas dejas de prestarles atención? Falta organizar el almuerzo, hacer las compras, volver y hacer la comida. Que se laven los dientes, digo. Que se pongan ropa digna, ordeno. Salimos.

La entrada y estadía en el súper es tan caótica como breve y dispendiosa. Se van $3550 en tres boludeces. La pandemia nos hizo más pobres. Salgo con tres bolsas, todas infames, los nenes siguen gritando como si ingresaran a la jungla mientras la calma de la mañana se extiende al mediodía. Abro el baúl, guardo las bolsas, los nenes abren sus puertas, suben, se atan los cinturones. Hay método. Ahí al costado, viendo la vida pasar, el pibe de la carnicería apura un cigarrillo. Es el único carnicero rubio en la historia de las carnicerías bonaerenses. Lo saludo y sin embargo veo un rostro adusto que devuelve apenas mi “Hola, cómo va”. Voy hasta la puerta del conductor y cuando vuelvo a mirarlo él lleva el dedo índice sobre su ojo y me hace el gesto de “ojito”. Luego de eso gira sobre sí y recorre los metros necesarios hasta perderse dentro de la carnicería donde me proveo de proteína vacuna. Subo al auto algo aturdido, como no creyendo lo que acabo de ver o, al menos, con toda la sorpresa que me genera lo que acabo de ver. Cierro la puerta y ya adentro Piero pregunta:

- ¿Por qué te hizo “ojo” ese chico?

Sin responder, bajo del auto y me dirijo a la carnicería. Entro, una mujer pide carne para milanesa, los carniceros la atienden mientras el rubio guarda un encendedor en su bolsillo. Desde la puerta, apenas unos pasos dentro del local, le hago el gesto de “¿qué pasa?”.  Él me devuelve el mismo gesto con la mano, pero con cara de “¿qué te pasa?”. Algo no va bien. Avanza sobre mí y ambos quedamos cara a cara, prácticamente tenemos la misma altura, en el mismo ingreso de la carnicería por la que transito a diario.

- ¿Qué pasa flaco? -pregunto con un tono que no contiene toda la sorpresa que me habita.

-No te hagas el boludo –responde el rubio sin sacarse las manos de los bolsillos. No es agresivo, pero tampoco amistoso.

-Flaco, de verdad te digo, no entiendo qué te pasa ni por qué me haces “ojito”.

-No te hagas el boludo, vos sabes.

-Flaco, no sé nada, no entiendo.

-Yo te conozco –dice él y ahora que escribo solo puedo recordar al Dibu Martínez diciéndole eso a Yerry Mina antes de atajarle el penal-. ¡Vos te estas cogiendo a mi mujer!

- ¿Ehhhhh? Que decís flaco estás diciendo cualquier cosa

-Sí, hacete el boludo –hace el gesto como de que hablemos en voz baja.

-Flaco, no te conozco a vos, no conozco a tu mujer y mucho menos me la cogí. Mes estas confundiendo con alguien.

-Hacete el boludo, yo te conozco –a esta altura es evidente que no puedo convencerlo de lo que se auto convenció, entonces me saco el barbijo por si acaso ver la totalidad de mi rostro le permitiera reconocer su error, entonces agrego.

-Me conoces… ¿Y quién soy?

-Sos Hugo…

-Qué Hugo flaco, vos estás en pedo –saco mi documento y se lo muestro. No soy Hugo. Soy … -me interrumpe y termina la frase.

-Sos Fittipaldi.

- ¡Sí, pero no soy Hugo! Ya te lo dije. No sé de qué hablás, estás confundido.

Entonces sale el dueño de la carnicería, a quien he tratado bastante más que a este sujeto. Pregunta:

- ¿Qué pasa? –mira sorprendido.

-Pasa que éste dice que me estoy cogiendo a su mujer y me confunde con un tal Hugo. Javier, no tengo nada que ver, no sé quién es él, no conozco a la mujer, no me interesa tampoco, lo único que sé es que él está confundido. Lo que no puede es venir a bardearme adelante de mis hijos.

-Te pido mil disculpas, “andá para adentro” -le ordena al carnicero rubio, éste obedece- no está bien, se separó hace poco y está con algunos problemas psicológicos.

-Está bien, yo entiendo todo, pero no puede desubicarse así.

-Te pido disculpas de vuelta.

-Ok, no te hagas problema, lamento la situación. Vos sabés que yo soy buena onda, vengo siempre acá, compro, charlamos de cocina, del horno de barro, todo bien, pero esto no da…

-Créeme que yo lo lamento más que vos.

Me voy aturdido, enojado, nervioso, reconociendo que las gentes de la cercanía observaban la situación. Un carnicero confundido nunca es un buen enemigo. Un carnicero loco mucho menos. Entonces recuerdo un episodio de veinte días atrás, con este mismo personaje, dentro de la carnicería. Entré al local, pido carne picada para hacer hamburguesas, no a él, a su compañero, y a lo lejos me saluda y dice:

-Te cortaste el pelo. Te queda muy lindo, che.

A pesar de lo desubicado del comentario, hubo algo que despertó mi atención. Lo comenté a varias personas. Repito. No era el comentario en sí, sino la utilización del término “lindo” lo que daba vueltas en mi cabeza. Uno puede decir qué buen corte, y se hace entender igual sin usar esa palabra que connota otra cosa, que irrumpe en otro plano. Pocas cosas son lindas. Mi corte de pelo claramente no lo era. Sin embargo, en el barullo mental de este muchacho esa palabra nombró la amenaza de lo que se desencadenaría. La turbación se ha instalado. Hacerme vegano es una opción.

 

12 feb 2021

Indiferencia

 Por Nacho Fittipaldi 

Objetivar un hecho, un momento determinado, implica por una brevísima cantidad de segundos dar dimensión real a ese hecho, o momento. Calibrar la exacta profundidad de las cosas y el mecanismo que las hizo posibles. Mensurar la espesura de la felicidad o un dolor. Capturar en un segundo cómo se desenvolvieron las circunstancias. Vivirlo, gozarlo, sufrirlo. Es como encontrar la precisa profundidad del mar o la angustiante altura del Everest, el ancho del Mississippi o la densidad barrosa del Pilcomayo. Cuando objetivizo el instante en el que El Chano descubre, no sin sorpresa, que un delincuente le apunta con un calibre 40, pienso que estamos arruinados, no ya como amigos, sino como sociedad. La tristeza lo invade todo… como el agua de una crecida. Sin embargo, y por suerte, no puedo objetivar el instante en el que ese mismo delincuente gatilla y en menos de un segundo se lleva puestas todas nuestras certezas y tu vida. En cambio, no logro quitar de mis cavilaciones una idea que me ronda: qué habrá pensado El Chano un segundo antes de morir. ¿Lo habrá intuido? ¿Habrá llegado a sospechar cómo se desenvolverían las cosas? ¿Habrá objetivado ese segundo determinante del que no volvería?

Históricamente el Parque Pereyra marcó, además del límite distrital entre Berazategui y La Plata, un territorio. En ese sentido los platenses, pero sobre todo los que somos de Villa Elisa y vivimos toda nuestra vida acá, veíamos por tele eso que se llamaba conurbano. Era información mediatizada. Eso: una historia de televisión. Una producción de Pol-Ka. Veíamos los noticieros y nos parecía bestial que en algún lugar de la Argentina se pudiera vivir así. A toda hora del día: robos, secuestros, entraderas, atracos, tiroteos, puntazos, salideras y todo tipo de prácticas delictivas que exigieron el esfuerzo de vocabulario que el español rioplatense tuvo que hacer para buscar en los pliegues del idioma algo que nombrara lo desconocido. Entonces, hacia fines de los ´90 y principios de 2000, cuando las consecuencias del Neoliberalismo se convirtieron en charcos de sangre, aparecieron los textos académicos de Gabriel Kessler, Marcelo Saín, Sofía Tiscornia, Alberto Binder, Sandra Gayol, Mariano Ciafardini, Eduardo Sigal y tantxs otrxs. Todxs ellxs describían esa geografía, nacía una categoría que se llamó “el delito urbano”. Allí el lenguaje jugaba un rol tan destacado como los modus operandi de la delincuencia. Apareció la categoría “territorio”. El delito urbano violento llegaría poco después. Más acá en el tiempo surgió una literatura conurbana como la de Sergio Olguín, Gabriela Cabezón Cámara, Diego Incardona, German Mayori y algo de Cesar Aíra. Académicos y no académicos, todos esos textos leí con fruición. Me puse a estudiar y escribir sobre esos temas y hasta participé periféricamente en investigaciones académicas que hurgaban en la formación defectuosa, insuficiente y arcaica de las cuatro fuerzas federales de seguridad pública.  

Siempre de lejos, siempre con el Parque Pereyra de por medio, La Plata, o mejor dicho su zona norte, se mantuvo bastante al margen de ese territorio hostil que era el conurbano. Hoy, y desde hace varios años, esa barrera arbolada que era el parque se ha esfumado. Los retenes policiales apostados en los principales accesos a Villa Elisa, originalmente pensados para frenar la huida de los delincuentes foráneos que escapaban hacia el conurbano, como Fierro y Cruz hacia la pampa, luego de robar en nuestras localidades, son absurdos. Pues bien, esos mismos accesos por el que los porteños agotados de CABA ingresaban a nuestra localidad muy dispuestos al descanso, ya no tienen razón de ser porque nosotros hemos forjado nuestro propio conurbanito. Lo que veíamos por tele sucede ahora en nuestros barrios. Tenemos nuestros pibes feroces que roban y matan por unas zapatillas, un auto o cinco lucas. Tenemos nuestras cocinas de droga, salideras, entraderas, escruches, dateros, motochorros, policías cómplices recaudando y haciéndose los boludos cuando se pudre la cosa, jefes muy expuestos cuando estos pibes, sus ejércitos, se zarpan. Tenemos casas con rejas, cercos, muros y alarmas que no alertan, perros que ladran, alarmas vecinales, grupos de seguridad vecinal por wapp, vecinos que no se conocen la cara pero dicen querer lo mismo aunque tengan explicaciones antagónicas sobre por qué estamos como estamos; y por qué un pibe de 27 años gatilla a quemarropa ante un tipo indefenso, alambres de púa estilo Auschwitz, alambres electrificados, empresas de seguridad gestionadas por policías retirados y/o exonerados que se hacen millonarios administrando el caos mediante las fuerzas de seguridad públicas que deberían prevenir el delito que ellos alientan. Tenemos a un amigo muerto con un tiro letal en la cabeza. Tenemos un detenido y un prófugo. ¿En serio no saben dónde está? Vidas rotas todas.

La viralización del delito, la rotura de mini-fronteras entre territorios en su expresión más cruel, nos ha igualado en algo: todos tenemos miedo; todos estamos a merced de “el desgobierno político sobre la seguridad pública cuya consecuencia más visible es el autogobierno policial”. La frase es de un libro que Marcelo Saín publicó en 2002, ¡sí!, tan vieja que da pudor citarla, tan actual que incomoda. La indiferencia (o colusión) del sistema político recostado en la problemática y errática idea de que la agenda de seguridad pública es un tema policial, garantiza a futuro muchísimos más casos como el del domingo último en Villa Elisa, como en el pasado rubricó los llantos de las miles de familias de las víctimas de casos similares como este.

Descansá en paz allá, Chano, donde sea que estés. El infierno parece haberse instalado, otra vez, en este borde desquiciado de la tierra del que, infeliz y tempranamente, te han llevado.

 

22 jul 2020

Luis y su luz



Por Nacho Fittipaldi 

A la mañana temprano sonó el celular. Raro, pensé. Atendí. Más raro aún. La voz inequívoca dijo que pasó algo. La hora de la mañana no daba opción a otra cosa. La voz dijo que un incendio devoró El náutico, el parador de Luis que está, o estaba, en Villa Gesell. La voz dijo que el fuego se comió todo, todo excepto la biblioteca. Ese lugar que, a algunos les dije, llegué a escribir incluso, teníamos que visitar juntos. El restaurante y Luis. Bueno lo primero no está más. La sudestada jugó mal, como siempre. Otra vez.
El primer mes de la cuarentena fue, en términos personales, un mes prolífero. Todos los días me levantaba temprano a escribir una novela en la que trabajaba. Una hora, dos, no más. Cuando no escribía,  corregía y/o reescribía. En noviembre del año anterior había terminado otra que no se publicó aún. Me sentía vivo. Esta otra, actual, contemporánea  a la cuarentena, trascurre en Salta, en Cachi más precisamente. En la novela anterior una parte del texto transcurre en ese territorio que ayer fue… cómo nombrarlo sin despedazarse en los recuerdos… engullidos por el fuego. Después de ese primer mes se me secó el cerebro. Literal. La realidad superó la ficción y esa fuente inagotable de ideas, que para mí es la coyuntura, la cotidianeidad del día a día,  se vio deglutida por una monotonía fantasmal que encontró, en la amenaza de muerte, y el contagio, el límite más real y concreto que la vida pueda ofrecer. Dejé de escribir. Dejé de leer. Dejé de auto-imponerme cierta calidad en los productos audiovisuales que consumo. Pero sustancialmente dejé de escribir. Hoy retomo. Sin embargo, con Luis nos escribíamos a diario. A veces al tomar el celular a primera hora de la mañana encontraba un video suyo mostrándome, desde las escaleras del parador, la calma o la furia del mar. “¿Te gusta así para nadar, Nachito?” preguntaba él cuando el mar era una plancha sabiendo que odio el apócope. Entonces las ganas de estar ahí, ahí con él, no ahí sin él, me sacaban del adormecimiento mental que esta cuarentena impuso. Con Piero y Sabino jugamos a hacernos esa pregunta redundante largada al aire como una trompada sin dedos ni puño, tantas veces esgrimida en estos días: “¿A dónde te gustaría ir cuando se levante la cuarentena?”, las respuestas iban desde Purmamarca hasta la Costa Amalfitana, y por supuesto a El náutico. Y digo El náutico y no Villa Gesell porque son cosas distintas. Mientras una es un lugar multitudinario de turismo, impersonal por definición, el otro es un Tenochtitlán de cercanías. 
Ya lo escribí en una crónica reciente (http://fittipaldinacho.blogspot.com/2019/03/como-le-iban-robar.html) Ir a El náutico es ir a verlo a Luis, a comer como se debe, a mirar el mar con una copa en la mano, a que la tarde se haga noche entre risas y charlas, conocer a sus amigxs con los que comparte una rutina religiosa de café y palabras, entre la envidia profunda de visualizar que alguien haya podido construir ese paraíso y (hoy) la perplejidad de que un chispazo, seguramente absurdo, lo haya destruido en la multiplicidad de amarillentas llamas y la certeza de que eso va a estar funcionando pronto porque ser como es Luis, cosecha futuro. Ese es mi mayor deseo. Mi mayor temor. Mi mayor certeza.
22:21 horas: “Hola Nacho. Anoche se incendió El náutico. Qué tristeza…¡¡¡y los libros!!!” Era Inés. Inés es una mujer que durante un mes, fuera de temporada, se instala en Gesell y todos los días va a El náutico a tomar un largo café y a leer oyendo el mar. Es bella, de ojos azules, tez blanca, muy bella diría y con cara de strudel. Un día de abril de 2019 se cruzó conmigo en el parador y nos pusimos a hablar de literatura. Yo leía Cámara Gesell de Saccomano y ella llevaba un libro mío entre sus manos sin saber que yo era el autor de ese pequeño libro que Luis se encargó de distribuir entre los suyos y de ubicar en la biblioteca del parador. Luis genera eso. Entonces, unos minutos más tarde respondí el wapp: “Los libros zafaron Inés, los libros resisten”. Luis genera eso. La posibilidad de un encuentro entre personas que de otro modo no se cruzarían en ningún otro lado. Luis es un puente entre personas, la comida y el café, la excusa. “Si salís ahora (08:00 horas am) te preparo una paella y almorzamos acá, mirando el mar”; esa es una de sus frases preferidas en uno de sus mensajes habituales; es una provocación, sabe que eso no es posible nunca, sabe que eso, es una fórmula inefable de corroer. 

En esta cuarentena mis hijos (7 y 5 años) me han dicho: “Decile a Luis que cuando pase la cuarentena vamos a ir para allá a comer mousse y a jugar en el barco”. Luis genera eso. La pregunta que me inquieta desde la llamada de ayer a la mañana es si Luis es eso sin ese lugar. ¿Se puede reconstruir un lugar donde uno puso el alma? ¿Se quema el alma? ¿El alma es el contenido o la forma? ¿El contenido permanece inalterado si se modifica la forma? ¿La forma es parte del contenido? Y el alma no es solo el cuerpo y horas de trabajo concretadas con fuerza de trabajo. El alma son las tablas con las que por ahí les enseñaste a surfear a tus hijos, son las fotos de una sudestada brutal, un naufragio, las de los amigxs que fuimos circulando desde hace años por ahí, es la barra de whiskies más importante de la Costa Atlántica, es ese ángulo recto en donde la biblioteca encontró la salvación, es la cocina galáctica de donde salían platos infernales, es la mirada cómplice con los mozos a los cuales Luis educa obstinadamente, y gracias a ello la palabra “mozo” se ha re-significado, son la multiplicidad de chirimbolos náuticos que encontraron su fin en el fuego que originalmente los forjó. O no…   
Te quiero hermano, estoy triste y me permito llorar, cosa que asumo vos no has hecho, ni harás. No podés. Todos escriben, llaman y preguntan, como si necesitaran saber de vos y que vos estés bien. Te recreo ahí, en la puerta, recibiéndonos, con tus anteojos, tu cigarrillo, tus brazos en jarra, ese ritual que ejecutabas como nadie, ese encantamiento que aquello tuvo.

22 mar 2020

El culo lleno de respuestas


Por Nacho Fittipaldi 


La incertidumbre es hija de la coyuntura y esta, usualmente, una miríada de preguntas sin respuestas. En un país donde la incertidumbre es ley, una reglamentación del futuro raído, esta amenaza hecha pilote de concreto, es una trompada en la cara. Y lo es, entre otras cosas, porque entrega muchas certidumbres, algo inusual para los nativos que hoy encuentran en Europa ese espejo en el que siempre nos miramos, ese mármol de Carrara que nunca pudimos ser, el destino inevitable de lo que nos sucederá. Por primera vez y de manera masiva, Europa es lo que no queremos ser, a diferencia de lo que cierta intelectualidad suele proponer como ejercicio. Europa es lo que vamos a ser en el peor de los sentidos.
También es vista como el destino turístico hacia el que una clase media/media alta accedió y para los que el viejo continente  se convirtió en la piedra de Sísifo. Hoy miles de argentinos, a los que imagino en el pasado insultando a los dirigentes que siempre apostaron a una aerolínea de bandera (deficitaria y todo) deben volver de ese continente en aeronaves que son patrimonio nacional. Esta pandemia tiene ribetes tragicómicos. Los argentinos pro-privatización de aerolíneas, pro-achicamiento del Estado vuelven por una aerolínea de bandera. Regresan financiados en dólares a un costo per cápita superior al aumento de los $3000 que recibirán los beneficiaros de la AUH. Alguien se anima a preguntar ¿por qué, yo/nosotros, debo/debemos pagar con mis/nuestros impuestos el regreso de aquellos que veranean en Europa e incluso los que se fueron con la pandemia ya declarada? La respuesta es sencilla. No vale la pena profundizar.
¿Alguien sabía que en Argentina existía esta “desmesurada” cantidad de infectólogos, epidemiólogos, virólogos y sanitaristas? ¿De dónde salieron, de qué viven, quién los formó, dónde estudiaron, quiénes les bancaron sus estudios universitarios? Para qué sirven lo sabemos recién hoy, pareciera ser. ¿Desde cuándo un equipo de especialistas asesora al presidente y a todos nos parece genial que eso suceda así tan naturalmente?
¿Cuál será la faena del virus cuando llegue al conurbano y el metro y medio de distancia entre personas no pueda ser cumplido debido al hacinamiento consumado? ¿Cómo harán las poblaciones de las localidades del interior provincial para limpiarse las manos con agua en donde no hay? ¿Cómo haremos para responsabilizar esta vez a las clases populares siendo que quienes importaron el virus e incumplen la cuarentena son, en su mayoría, los que materialmente tienen la manutención garantizada? ¿Estamos preparados para la revancha clasista? ¿Estamos listos para ser controlados por las mismas fuerzas federales de seguridad que hasta el año pasado nomás, persiguieron, reprimieron y asesinaron cada vez que pudieron al pueblo por el que ahora deben velar?
Pero decía que esta pandemia ofrece certidumbres y que esa certidumbre provoca pánico. La certidumbre de saber que  estaremos guardados durante meses; que estaremos durante tanto tiempo con nuestras familias es un desafío del que no hay escapatoria y cuyo resultado sí, es incierto; que nuestros padres están en el riesgo real, e inminente, de morir; que los precios de los alimentos aumentarán quién sabe hasta dónde eso es una certidumbre muy concreta; no saber qué hacer con nuestra propia existencia más allá del vínculo con el Otro inmediato nos somete a un ejercicio existencial al que no estamos acostumbrados; revisar las costumbres cotidianas y reemplazarlas por otras en un contexto en donde los recursos son limitados es algo muy concreto que provoca angustia y también sabemos que esa angustia crecerá en los días sucesivos. Sabemos que la economía caerá infinitamente y lo que no sabemos es durante cuánto tiempo y cómo saldrá nuestra singular economía de eso. Sabemos que hay un pasaje al orden. En una sociedad anómica, que de un día para el otro la máxima autoridad del poder ejecutivo diga se tienen que quedar en sus casas, y si no, van a ir presos, es una ecuación irreductible con niveles de adhesión (y encarcelamientos) crecientes. La ley es la ley y hay que cumplirla. Eso lo sabemos.  
Y esto último no lo sé pero lo imagino. Sueño e imagino que el día uno de la post-cuarentena, cuando todo esto termine, cuando el número de muertos sea brutal y el de infectados un delirio, lo imagino como una orgía de carnes a la parrilla, el horno de barro de mi casa será un infierno durante días y la leña arderá; días de gente pasando a comer y beber, reírnos y hablar, darnos un abrazo y besarnos; las gentes ganarán los espacios públicos, se instaurará la categoría “los que se fueron a Europa” como aquellos que produjeron todo esto; iremos corriendo, porque se podrá correr, a cortarnos el pelo, a teñirse, a la cancha y a depilarse; arderán las camas de sexo; los pibes irán a la escuela y yo podré cagar en tranquila soledad; ir al almacén a comprar solo un jabón será un paraíso para tantos; estornudar en el tren y esparcir las bacterias a diestra y siniestra sin que nadie nos mire como si fuéramos Mengele, será rutina; viviremos para siempre con la amenaza latente, la posibilidad, esa inquietud corrosiva de que esto vuelva a ocurrir y finalmente tomaremos dimensión de que la risa del otro es campo fértil para ser lo que una vez fuimos: felices sin darnos cuenta.  

3 mar 2020

El bola de lomo

Por Nacho Fittipaldi

07:00 horas AM. El ruido de una amoladora interrumpe el desayuno. Viene del terreno de al lado en el que no vive nadie y que está a la venta hace varios años. Es un terreno de 40x30. Piden 100 mil dólares, por eso no se vende. Me asomo entre el cerco y veo un auto que no es el del dueño del terreno. Le escribo a Alejandro preguntando si él mando gente a laburar en la construcción precaria, por ser generoso, que el terreno tiene. Dice que no y me ofrezco a ir a averiguar quién está allí (esto va a ser lo más heroico que haga en todo el año, sin duda). Al llegar veo que la tranquera que supo tener tres candados ya no los tiene, está abierta. Adentro del terreno un auto, un Renault Megane viejo, el baúl abierto repleto de herramientas semeja un taller mecánico. La casa que tenía candado ya no lo tiene, está abierta. Veo que con la amoladora cortó y abrió la cerradura y la puerta de la casa. Aparece un tipo, metro sesenta, 97 kg, retacón el hombre. Parece un tanque de agua y su fisonomía es la de la bola de lomo. A simple vista parece de unos 55 años o tal vez 60. Sin saber bien de dónde sale de mí un tono poco amistoso, pregunto “¿Qué haces acá?” El tipo me mira y dice que el dueño lo mandó. Respondo que eso no es posible porque hablé con él recién y dijo justamente lo contrario. Al terreno no fui solo, antes de mandarme tomé la precaución, por así decir, de salir a la calle con mi perra Roma, una ovejera alemán tan hermosa como indescifrable. Luce amenazante para los desconocidos aunque uno sabe de sus dificultades neuronales. Pero ante una situación de tensión como esta siempre es mejor tener al ovejero de tu lado que lo antagónico. El bola de lomo me dice “vení que en el auto tengo el contrato de alquiler” se da vuelta e inicia una caminata de diez metros que lo introducen hacia adentro del parque, en una especie de L que el terreno tiene. Seguirlo es arriesgado, puede que tenga un fierro, puede que me noquee de una piña, en esa parte ya no se ve la calle, en esa parte puede que haya otro, u otros mas haciendo esto que ahora sé es una usurpación. Camino detrás de él y entonces se me ocurre hacer algo genial que la sociología me provee. Decido mostrarle que mi ovejera está adiestrada y puede ser un animal feroz en cuanto yo lo decida, giro para ver dónde está la perra, la encuentro a escasos metros míos, le grito como si fuera Bruno Ganz en La caída: ¡Roma! Y lo que recibo de ella es exactamente lo opuesto a lo que necesito. Asumo que atemorizada por mi propia actuación Roma huye, ejecuta una corrida breve pero veloz, gana la calle dejándome en total soledad con bola de lomo que reaparece con un sobre de papel madera que luce el sello de una escribanía. “Acá está” dice, mientras comienza a sacar papeles. Lo freno y digo que yo no soy ni policía, ni abogado, que no me importa lo que dicen esos papeles y que el dueño no sabe quién es él. Dicho esto Roma entra corriendo y se pone al lado mío, le digo que se siente y ella hace caso, bola de lomo observa en silencio todo aquel repertorio. Él sabe que no seré yo el que le ponga el voleo en el orto que lo ubique de vuelta en la vía pública. Envalentonado le digo a Roma que se acueste, ella obedece. No hay más monerías por hacer. Roma no sabe atacar ni defender a su puto amo. Solo sabe sentarse y echarse. Entonces encaro la salida mientras bola de lomo dice que puedo mandarle a quien quiera que él va a volver de todas formas y que tiene el cartel de venta para colocar en la tranquera. Yo algo confundido me pregunto si no era que me había dicho que había alquilado la propiedad entonces para qué ponerla en venta. Pero ya no me interesa y empiezo a sentirme incómodo por mi propia iniciativa solidaria pero arriesgada. Me preocupa mas la reacción escapista de la perra ante la inminencia de la amenaza. Luego le hablo al dueño y le explico que se le metió un ocupa. “Me lo mandó mi viejo, ya averigüé” dice en un tono de sumisión que me recuerda el límite mental de este hombre al que he visto, tres o cuatro veces, pero que me deja unívocamente la misma sensación.
Siempre temí que en ese, fenomenal y arbolado, terreno construyeran los horribles dúplex que han proliferado en los últimos años por toda la zona y que ahora son tan típicos de City Bell. En cambio, en este instante en el que escribo temo que un camión de monos sin techo se instale en el lindero parque de mi amada morada llevándose consigo la paz, la sombra, las palomas y las chicharras que ahora cantan...esa uniformidad social aparente. Siempre hay algo con qué estarse inquieto. Una pregunta incómoda que rompe el verano. Siempre hay algo en qué temer

24 oct 2019

Paulín



Por Nacho Fittipaldi
Corazón del micro centro porteño. Se ingresa por calle Sarmiento, dos puertas de madera berretonas, una abierta, otra cerrada, dan paso al curioso lugar. Es un bar de sándwiches. No es antiguo ni mucho menos moderno, es un clásico. Un bar en el que no hay mesas. Sí. Leyó bien. En Paulín no hay mesas. Hay una única barra, enorme, oval, que va desde casi, casi, la calle hasta el fondo del local que debe medir quince o veinte metros de largo. A ambos lados de la barra que prevalece longitudinalmente, hay espejos. La barra hace tope con una estructura de vidrio que es utilizada por los mozos para guardar platos, vasos y cubiertos. Hay dos mozos. Al entrar, el cajero entrega un papel en blanco al comensal que será completado por el mozo con lo que el cliente haya consumido. Al retirarse, ese papel en blanco convertido en ticket deberá ser mostrado en la caja registradora para que a uno le cobren. El cajero está de pie, sobre una estructura de madera, una suerte de atril de las finanzas desde donde de frente al ovalo, y de espalda a la calle, controla el correcto funcionamiento del lugar. Desde allí alterna chicanas con los mozos y conversaciones con los clientes  que, sentados sobre banquetas fijas, comen de frente a otros comensales barra de por medio. Cara a cara. Separados por el espacio donde el mozo va y viene, de una punta a otra del local. El mozo no sale de ahí adentro, de ese ovalo, dado que no hay mesas y la cocina está arriba, en el primer piso al que los clientes no acceden. Los pedidos los encargan los mozos a través de una especie de timbre eléctrico interno, y bajan por una suerte de monta carga gastronómico del tamaño de una bandeja de desayuno, de esos que se regalan para el día de la madre. Es todo muy raro. Todo muy ágil. El mozo se mueve por adentro del ovalo, a izquierda y derecha queda custodiado por clientes.

Al ingresar el mozo está diciendo, “Encima este está agrandado -señala al cajero- porque ganó Racing”. Mientras me siento en la banqueta fija, descubro que el asiento propiamente dicho, gira sobre sí mismo como los asientos para tocar piano. Me río y el mozo pregunta, “¿Vos sos de Racing también?” Contesto que sí pero como quien no quiere decir que no más que como quien quiere afianzar, o delimitar, una identidad futbolística. Como para no quedar como un boludo en una sociedad de boludos enfermos por el fútbol. No tengo tiempo ni ganas de explicarle mi vínculo con el fútbol argentino. Mi alejamiento diario. Además la pregunta fue concreta. Se responde por sí o por no. La respuesta es sí. Esa respuesta es también una puerta que se abre. El cajero que está a unos dos metros míos grita, “¡grande pibe!”, esta expresión habla tanto de su filiación albiceleste como de su edad. Pido medio sándwich de milanesa patagónica, el tamaño es descomunal, la referencia geográfica una incógnita. El mozo pone el plato que apenas cabe en el granito que hace de barra y agrega otro tremendo plato de papas fritas que por cierto, yo no he pedido. Papas fritas posta eh, y mientras lo deja agrega, “Esto es una atención, por ser fana de Racing”. Me dan ganas de ser franco, decirle que no soy fana de nada, ni de Racing, ni del fútbol, ni de las papas fritas. Pero en cambio agradezco mucho y comienzo a simular un fanatismo por un equipo del que desconozco gran parte de sus actuales jugadores. “Muchísimas gracias”. Él me cuenta que vive en frente a la casa de los padres del Pulpito González; que está todo el día de joda; tomando vino; que ahora vive en un country, en Canning, pero que siempre anda por el barrio. Yo no sé muy bien quién es pero muestro sorpresa y preocupación por el futuro del futbolista. El mozo toma su celular, lo pone en mis manos y da play a un video del Chacho Coudet, el técnico de Racing, en el que manda saludos para toda la barra de Paulín. “El video lo filmó Chacho mientras manejaba, así que tuve que bajarlo del instagram oficial de Paulín porque iba a tener quilombo él. Viste que hoy te escrachan por cualquier cosa”, dice. Cuando estoy en la mitad del sándwich, el cajero se acerca y me entrega un artículo periodístico doblado en cuatro partes. Con sorpresa lo abro y mientras esto hago él dice, “Léelo. Yo tenía diez años cuando pasó eso”. Otra vez me veo en la obligación de fingir un interés y un agradecimiento respecto de algo que no me genera nada más que tedio. Inicio la lectura mientras el sándwich se enfría y la cerveza se calienta. El artículo es verdaderamente extenso. Es sobre Tita Mattiussi y Pelé. El Santos y Juan Carlos Rulli. Tita y Juan Carlos. Mientras leo, el cajero se acerca otra vez y me ordena, “Hay un error en el artículo. Encontralo. Encontralo y decime cuál es”. Malísimo. A esta altura del partido he decidido no buscar el error, leer el texto en diagonal y solo prestar atención a las menciones que hay sobre Rulli a quien conozco personalmente, a él y su encantadora familia. Cuando termino de leer me acerco al cajero, le confieso con falsa frustración no haber encontrado el error que seguramente es lo que él desea señalar como erudito del fútbol que seguramente es. Sin embargo yo ataco, lo sorprendo con una media mentira, “Rulli es vecino mío” digo. Ahora al cajero le brillan los ojos, se le iluminan las canas, “Bueno el error del artículo es justamente que Rulli llegó más tarde a Racing. Pelé nunca pudo haber cambiado la camiseta con él en el 61, porque Rulli todavía no jugaba en Racing. Rulli llegó en el 65”. Finjo un fastidio digno de mejor causa, me hago el indignado. El error del artículo es grosero y de haberlo leído con dedicación lo hubiese detectado sin inconvenientes aunque yo no sea un erudito. “Llevalo –dice-, llevátelo, lleváselo, decile, mostrale las cosas que escribe la prensa. Una porquería la prensa de hoy” Y me vine con el recorte de diario entre los dedos, sin intentar explicar la posibilidad de un simple error de tipeo mas que la poca rigurosidad en la investigación. La prensa es una porquería, sí, pero por cosas más graves que el fútbol, aunque para el cajero Racing sea su vida entera. Su patio. Su infancia. Su patria celeste y blanca.

7 jul 2019

De mi madre, de sus madre


Por Nacho Fittipaldi


Panzottis de calabaza, vino tinto, un sol entrando suave por las aberturas. Domingo. Por el bluetooth suena “De mi madre” zamba del Chango Rodríguez, una zamba triste, tan triste como hermosa. El laurel perfuma la casa. El ajo se cuela por debajo de la puerta y gana la calle. Una zamba que a Pao la hace llorar, sea cuando sea que la oiga. Recurrentemente. El viernes la oímos en vivo cantada por Lisandro Aristimuño y Raly Barrionuevo que, para mí, es el mejor intérprete actual de zambas.
Almuerzo de domingo. La salsa se hizo a su tiempo. “Escuchen, escuchen -le digo a Piero y Sabino- con esta canción mamá llora” Piero ríe, ya sabe que cuando su papá plantea este tipo de cosas es para reírse juntos de su mamá. Sabino todavía está de su lado. Pao sabe que esto será una costumbre que de acá en adelante no tendrá fin. Iremos tan bien por la voluntad de Sabi. Pregunto, “¿El viernes lloraste?”, Pao responde, “Obvio, se me clavó un lagrimón” con el dedo hace el gesto que baja desde el ojo hasta la mejilla.

“Volveré, volveré donde está mi madre, esperándome. De nuevo en sus brazos volveré a ser niño,
vivir como sólo se vive una vez. De nuevo en sus brazos volveré a ser niño, vivir como sólo se vive una vez”
Yo me río, no porque no haya canciones que me emocionen, las hay y muchas, sino mas bien porque esta zamba es infalible, y es una zamba que oímos a menudo. Tal vez una vez por semana. “¿Pensas en tu mamá?” Pregunto. “Noooo” dice Pao mientras la canción suena y el primer lagrimón cae. “Ahí está” -digo yo- miren, mamá está llorando” Piero ríe mientras come banana, Sabino parado en la silla, detrás de Pao, chupa el rallador que tiene restos de parmesano, ausente de la escena que se  ha montado, aprovecha para comer queso rallado. “Pienso en Piero –dice- lo veo volviendo” Yo no puedo parar de reírme. Agrego, “Ojala que yo me muera primero”. Ahora Pao se ríe también pero no deja de llorar. Sabino chupa el rallador. Piero agrega “Sí, más vale” Pao dice “Noooo, por qué”. “Porque sino esto va a ser caótico. La ropa tuya se las doy a ellos y que ellos decían qué hacer” agrego  como para mostrar decisión. Pao ríe y llora, canta, llora, ríe, la zamba sigue, “esta parte me mata -dice ella- escuchen, escuchen”

“Azahar de blancos jazmines  que aroman el patio del viejo jardín,  un beso de luna me espera en los valles, mi rancho, mi madre, todo mi sentir. Un beso de luna me espera en los valles, mi rancho, mi madre, todo mi sentir. Volveré, volveré por ese camino que ayer me alejó, al rumbo del ave que vuelve a su nido, buscando un alivio para su dolor. Al rumbo del ave que vuelve a su nido, buscando un alivio para su dolor”

Los nenes no escuchan. “¡Respeten che! –digo yo buscando la autoridad que pierdo a cada rato- ¡mamá está llorando!” y agrego, “lo mejor es que nos muramos todos juntos en un accidente”, “Sííííí –dice Piero- todos juntos” Sabino ni bola. “Noooooo –dice Pao-, no seas hijo de puta” La zamba se va. El almuerzo culmina entre sollozos y risa. Con la esperanza inmensa de que estos pibes puedan, en algún momento de la vida, rescatar la poesía descomunal de zambas como esta, la existencialidad que recrea el folclore argentino y la visceralidad necesaria del humor negro de sus padres. Un poco como síntoma; un poco como salvación; y otro tanto como forma de vida…