13 feb 2019

La alcancía de cartón


Por Nacho Fittipaldi

La imagen parte el alma. Parado con una caja de cartón, más ancha que alta y con un agujero en el centro, como si adentro hubiera una tortuga y por allí comiera, el viejo sostiene una caja y una esperanza. Pegado con plasticola (nunca con voligoma), de la caja cuelga un cartel mínimo, hay algo escrito pero desde donde estoy no llego a leer. La cola avanza lentamente, el sol pega duro sobre la piel de los que, con otro tipo de esperanza, nos ilusionamos con que haya dinero en los cajeros. Todos entramos y retiramos plata. Por ser el cajero de la Plaza Belgrano de City Bell puedo suponer que en las distintas cajas de ahorro de los usuarios que por aquí pululan hay sumas muy distintas de dinero. En algunas habrá $4000, en otras $17900, tal vez $100.000. En otras nada. El hombre está parado ahí al menos desde hace cuatro meses. Cada vez que vengo ahí está, con esa caja. Con esa cara. Si llueve, se moja. Si sale el sol, se cubre bajo la sombra de ese hermoso tilo tan igual a los otros. Ahora hay un perfume distintivo por sobre el resto de los árboles. Descuento que es un jubilado cagado de hambre que pide dinero para llegar a fin de mes. Escenas como estas se cuentan por miles en todas las ciudades del país. La cola avanza, leo, para mi sorpresa descubro que el hombre está juntando dinero, no pidiendo. Son cosas distintas. No es que necesita cien mangos para comprar medio de pan y cien de salame. Necesita juntar una cantidad de dinero determinada para algo muy concreto. Es una causa colectiva. Un proyecto a largo plazo. Un infierno de varios. “Maira Pérez necesita una prótesis para ambas piernas”.  El hombre no habla. Jamás. Solo está ahí, quietecito, sujeta la caja con las dos manos y solo dice “Gracias”, cuando uno de cada diez le da algo de dinero. Su expresión es impertérrita. No es tristeza lo que se deja ver. Su cara no es de tristeza. Es esa cara de tano bajando del barco, es cara de “queda tanto por hacer” y a la vez “ya no hay salida”. La alcancía de cartón dice que Maira cuenta con 10.000 dólares, pero le faltan 20.000 para viajar a Cuba y realizar la operación. ¡30.000 dólares! O sea, no son una familia pobre que pide para pagar la olla. Es una familia que cuenta con cierto capital, tal vez incluso superior al de muchos que vienen a retirar dinero a diario aquí y que no cuentan con capacidad de ahorro, pero a la vez una suma escasa para concretar la intervención. Las zapatillas del viejo son de una marca inexistente, los jeans son negros, no son antiguos pero el talle es como para otro cuerpo, pasan las horas y el viejo sigue allí, los pocos pesos que caen dentro de la alcancía nunca cubrirán los gastos de la operación, él lo sabe. Es dinero licuándose. El sweater ahora lo protege del viento frío de febrero, la camisa es gruesa y casi siempre la misma, los ojos son de aceituna, la nariz de loro. El texto que explica la situación de Maira es ininteligible, no tanto por la desprolijidad de la letra, sino más bien porque el texto está escrito en forma de triángulo invertido, de tal modo que la primera oración se lee fácilmente pero la segunda ya no. La tercera es una conjetura imaginaria y de allí para abajo no se entiende nada. La hoja es A4, rectangular, perfecta, pero el texto conforma un triángulo invertido, la desprolijidad es similar a la mía, es como si el texto lo hubiera escrito yo reproduciendo esa tara paterna de escribir ahorrando papel bajo la superstición, o la falsa idea, de que ahorrar papel determina una mejor situación para la humanidad. No hablo de reducir el consumo de papel a escala global. Hablo de ahorrar espacio en la hoja que igualmente se malgastará se le dé el uso que se le dé. El viejo parece haber escrito a las corridas. Como si la noticia de la intervención le hubiera caído como una fruta madura pero a destiempo, antes de lo previsto, sin tiempo para corregir, sin tiempo para decir “lo vuelvo a escribir”, como si este texto fuera lo único que pudo escribir cuando recibió esa pésima noticia sobre… ¿su compañera de toda la vida?, ¿su hija?, ¿su nieta? Nada sabemos.  Lo único que pudo escribir pidiendo ayuda, y asumiendo el acto heroico de permanecer de pie, pidiendo dinero como si no se pudiera hacer nada más, y a la vez como si eso fuera poca cosa, esa exposición, ese esfuerzo a esa edad, ese tan no estar estando. Permanecer de pie intentando algo. La alcancía de cartón está allí cada día, habitada por una esperanza y una tortuga que deglute dinero.

3 feb 2019

El día que me recomendaron una crónica genial


Por Nacho Fittipaldi

Es el cumpleaños de Pablo y eso desde hace muchos años es una ceremonia. No es Pablo mi hermano si no que es otro Pablo que es como mi hermano. Día de sol colado entre los árboles, de temperatura templada, de hojas que se mueven con el viento frío. Llegada la tardecita las gentes comienzan a irse y entonces recuerdo que debo regalarle un libro al tío de pablo que es un tipo al que aprecio y con el que con el correr de los años, puedo decir, hemos cultivado una relación de amistad. Cada vez que viene de San Juan nos juntamos a comer, y en nuestro caso, a beber. Carlos no toma alcohol, o casi, no parece sanjuanino. De pie, mientras converso con él apoyados en lo que será una barra, algunas personas pasan y ven el libro que Carlos acaricia con su mano, “¿este es tu libro Nacho?”, “te felicito”, “me gustaría leerlo”, dicen algunos mentirosos, nada trascendente ,ni original. Con el libro en la mano y el autor presente deben decirse muchas cosas para no desentonar. Sin embargo en ese ir y venir, el cumpleaños es multitudinario, aparece otro tío de Pablo del que apenas sé su nombre pese a que lo veo hace muchos años para esta misma fecha. Ahora recuerdo que una vez estuve en su casa de Capital Federal, no sé bien por qué. Creo que con Pablo nos perdimos al llegar. Mide 1, 84 o más, barbudo, escondido tras tus anteojos portentosos, ojos claros, panzón pero de estructura flaca, no es gordo, es panzón. Alejandro es como un oso en comparación conmigo. Carlos le dice “él también hace aguas abiertas” algo que asumo como un chiste familiar que nadie desmentirá. Ahí nomas Carlos queda relegado porque no es un chiste, a los minutos se va, el tema le importa un carajo. Alejandro en cambio empieza a hablar de él, y como me interesa no lo aborto, de a poco da paso a mi historia, a mi libro, a mis crónicas de aguas abiertas. Es algo aburrido hasta para mí mismo pero es algo de lo que puedo hablar. La charla es larga, él no se aburre, yo menos, tomo vino, termino un Mariflor, a una hora en la que no se bebe vino excepto que sea un Mariflor. Uno a uno se van yendo, ya cayó la noche y la casa da muestras de estar evidentemente en construcción. El piberío corretea por ahí ya sin la mirada rigurosa de sus padres. Alejandro me dice que él no sabía que yo nadaba, ocurre que hemos compartido torneos en pileta y hasta algunas carreras de aguas abiertas en simultaneo aunque el nade distancias menores a las mías, y no nos hemos cruzado jamás. Me pregunta qué he nadado últimamente y entonces aparece el tema de la carrera de Necochea y la de Villa Gesell, esta última no la nadé pero sé por mis compañeros que fue un parte aguas en la vida de cada uno de ellos, excepto para los que ya habían pasado por algo similar en los 10 km de Necochea la Ríomar. Alejandro me dice, “tengo un conocido que la nadó y me dijo que fue muy, muy, dura. Incluso –dice mirándome por arriba de sus anteojos que son grandes como un cohete a la luna- hay un flaco que la nadó y que después escribió una crónica que está muy buena, en la que relata esto mismo que vos me decís. El cansancio, la soledad, la cabeza que te traiciona. Te la voy a pasar porque está muy bien escrita” mientras él me habla yo sé qué es lo que ocurre. Entonces lo miro y me dan ganas de cancherearla, lo juro, me dan ganas de llamar a mi hermano que anda por ahí, a mis hijos, al tío Carlos, a Pao, a todos y hacerlos oír esta jugarreta de las redes, este estrellato mínimo y perentorio, este Cervantes de la literatura de calles de tierra villavisenses, pero en cambio me sale una cosa más humilde, le digo así como entre nosotros, despacito, “esa crónica la escribí yo”. Alejandro me mira descreído, agrega, “no boludo, cómo la vas a escribir vos si yo te conozco, vos sos –hace un bache porque no sabe mi nombre pero sí mi apellido, igual me pasa a mí con él- vos sos…Fittipaldi” Y en verdad no nos conocemos  solamente nos vemos una vez al año hace veinte años, pero nada sabemos uno del otro. “La crónica se llama La peor carrera de mi vida –le digo mientras le muestro el enlace en el celular- la escribí yo” Entonces Alejandro se agarra la cabeza, se levanta el pelo, se rasca, lo llama a su sobrino Pablo y le cuenta la situación. Pablo está desbordado, corta torta para que los invitados se lleven , saluda desanimado y entra en la cuenta de toda la gente con la que no estuvo, además, y esto es lo fundamental, le chupa un reverendo huevo esta casualidad. Entonces Alejandro me dice algo evidente, no sabía que escribías, esa crónica se la pase a medio mundo, me gusto mucho, che te felicito, en serio” Cosas así suceden muy poco y parecen inverosímiles, esa crónica es, hoy por hoy, la crónica más leída de mi blog con 1300 lecturas. Ayer por primera vez me recomendaron leer mi propio texto.

11 dic 2018

El río y yo


Por Nacho Fittipaldi

Domingo 9 de diciembre, 10:30 Hs. Somos 256 nadadores pero estoy realmente solo. No hay nadie del club, nadie de los que suelen hacer estas carreras conmigo, y yo con ellos. Hoy la palabra “juntos” no existe. Ni adelante, ni atrás, ni junto a mí, ni nadie esperándome en la llegada. Hoy estoy verdaderamente solo. Me pregunto si hacer estoy, y así, tiene sentido. Sé la respuesta. Pero la respuesta aparece solo al terminar la carrera y no durante. El durante es solo un desafío más. Preguntas y exigencias. Concentración y técnica. Soledad por todos lados. El agua y yo. Lo concreto y lo existencial.
El catamarán sube río arriba, remonta 7 km contra corriente, el agua fría, el sol picante, el río está calmo pero aun así baja con fuerza. Un cuerpo a la deriva es allí hombre muerto. El río da y quita. La advertencia de la organización es clara, “Pasen lejos de las boyas porque el río corre hacia ahí. ¡Cuidado, no queremos lastimados!” Al pasar junto a una de ellas se ve un tronco atorado, debe medir cuatro metros de largo y medio metro de diámetro, pegar contra eso debe ser tan duro como darse contra la boya.
Este tramo del Paraná de las Palmas es bastante angosto, muchísimo más angosto que el tramo que cruza la interisleña cuando voy a la casita del Delta, ahí donde el Río Sarmiento, o el Capitán, escupen su baba ocre a ese manto de barro que es el Paraná. Y muchísimo más angosto que el Paraná de la Ciudad de Paraná. Después de todo este río es varios ríos y sus vericuetos son incontables. Su fisonomía también.
La charla técnica es en el club, acá mismo llegaremos después de terminar el recorrido. La arena es amarilla y gruesa, las hortensias pululan por todos lados y sus tamaños son tan desmesurados que parecen una especie distinta a esas flacuchas, raquíticas y alienadas que hay en mi casa. Mientras el de la organización da las indicaciones pertinentes intento elongar, calentar un poco los hombros, estirar las piernas, hidratarme, ponerme protector solar. Hacer esto solo es tarea difícil dado que hay ciertos puntos a los que no llego, el centro de la espalda por ejemplo. Durante los 52 minutos de carrera más la media hora de viaje en catamarán el sol se ubicará en esos sitios donde no hay protección. El sol también me hace saber que siempre es mejor ir con alguien. Desde el club hay que caminar unos 300 metros hasta el muelle de la ciudad de Escobar, allí la embarcación espera. Subimos al ferry, las familias saludan, los amigos que no nadan gritan palabras de aliento, los nadadores celebran la partida del recorrido que es una belleza en sí misma, un motivo más de alegría y contemplación, un motivo más para sentirse un bicho raro y no tener con quién compartir esto. Sin nadie a quien decirle alguna boludez, esas que suelo arrojar de a decenas por minuto y que me ayudan a no pensar en la carrera y distraer la cabeza, disminuir la ansiedad. Sin querer y por amontonamiento quedo al lado de Omar Pineda, un capo de las aguas abiertas. Cruzó el Estrecho de Gibraltar, el Lago Ness, diez veces el lago Nahuel Huapi,  y otras hazañas por el estilo. Estas cosas reconfortan. Habla pausado, calmo, da consejos, dice que hoy el agua está igual de fría acá que en Mar del Plata porque en esta época es así, en toda la provincia de Bs.As las aguas andan en esa temperatura, lo sabe porque es miembro de la asociación de Natación de Aguas Frías, y hacen mediciones periódicas para construir tablas. Sostiene que no hay que nadar mal porque sencillamente se disfruta menos. Dos señoras mayores preguntan cosas algo elementales que él responde como si la pregunta la hiciera Dolina, pero ellos tres, Omar y las dos señoras son mi único y último contacto antes de entrar al agua. Faltan los amigos, las palabras, ese estar juntos antes de separarse para después re encontrarnos en la post competencia. La charla mientras nos hidratamos, las anécdotas, las risas, las sensaciones individuales, los abrazos y las felicitaciones. Estar acompañado. Eso falta.

Ya estoy en el agua y esta carrera tiene una particularidad que es a su vez la mayor dificultad. La salida consiste en cruzar el río a lo ancho para después sí, poder nadar río abajo tomando la correntosa oportunidad que el río da. Una vez ahí hago lo que vine a hacer, buscar un ritmo de nado que pueda mantener en los 21 km de la ciudad de Paraná, el 23 de febrero próximo. Entonces me concentro en llevar las brazadas bien, bien adelante, patear prolijo, sacar la mano bien atrás, sentir la fricción del agua traccionada por mis manos, nado solo aunque durante toda la carrera habrá alguien a mi derecha, a mi izquierda y adelante, también atrás mío pero no los veo. El agua está fría y eso neutraliza el impulso del sol que pega en mi torso. La costa se ve cerca pero está mas lejos de lo que parece, la primera referencia a buscar es un buque metanero, es decir, transporta gas metano, su tamaño es descomunal. Una vez que llego a él tardo varios minutos en recorrerlo de punta a punta dado que mide entre 400 y 500 metros de largo. Es una mole naranja que si solo se moviera un centímetro generaría una succión indeseable para mí. El buque marca los 3 km de carrera, miro el cronómetro y el tiempo que llevo es muy bueno. Me concentro en mantener el ritmo que traigo, apurar a penas un poco pero sostener mi objetivo de carrera: Nadar largo y buscar un ritmo continuo de nado. No sucumbir a la tentación de meterle con todo e irme para adelante a buscar puestos. Sigo. Sigo. Sigo. A medida que pasan los kilómetros me siento cada vez mejor, el ritmo de nado que traigo es cómodo, agarrado y apenas exigido. A medida que pasan los kilómetros la cantidad de nadadores que van quedando atrás mío aumenta, eso me entusiasma, me potencia mentalmente y en la concreción de mi objetivo. El segundo punto de referencia aparece, es la toma de agua. Es una masa de concreto de unos siete metros de altura por otros tantos de ancho, con dos boyas que a unos 40 metros de la toma propiamente dicha, indican la precaución y la distancia a la cual uno está a salvo. Pero hay que pasar lejos de las boyas porque también el río tira hacia ellas porque también ahí hay succión. De acá a la llegada hay 1500 metros.

 El tercer punto de referencia son dos barcos amarrados y pegados uno al otro, la llegada está unos 100 metros antes y escondida bajo la vegetación del río, allí hay que girar en diagonal hacia la derecha y encarar la meta. Acá aumento un poco la frecuencia de nado, siento una hermosa sensación en todo el cuerpo, siento la velocidad del río que me tira y siento que puedo aprovecharla, el río me habla , el río me dice “Andá, andá, salí de mi afuera tenes respuestas que te están esperando, aunque nadie espere por vos. Salí de mí. Habla con vos” Cuando salgo los aplausos suenan como un sonido ambiente, son aplausos impersonales, me escabullo en ellos, se escuchan gritos de los otros nadadores que llegaron conmigo, la llegada es tumultuosa, no hay ningún grito que me nombre, ni un brazo que me envuelva, ni un mate salvador, ni una palabra de aliento. Estoy solo con el río, el río y yo, mi soledad y yo y la extraña certeza de que nadar es un acto individual que puede, pese a todo,
compartirse infinitamente con todos aquellos que hoy me faltaron.

20 nov 2018

El meo del botero


Por Nacho Fittipaldi

Saco la cabeza para el lado izquierdo mientras el brazo va adelante, me recuesto lateralmente sobre el agua marrón brillante. No está. Nado. Respiro hacia el lado derecho y nada. Allá la costa. El botero no está, van veinticinco minutos de carrera y él no aparece. En el medio del Rio Paraná esa angustia es relativizada por la compulsión a nadar. No me queda otra. Durante la media hora que durará este desencuentro pienso en que si él no aparece me quedo sin hidratación, sin banana, sin los geles para reponer la glucosa. Sí él no aparece se derrumba todo lo hecho hasta acá para llegar acá. Sigo nadando. Aparece una lancha de la organización e indica que nade hacia la derecha porque me estoy yendo al canal de navegación. Le advierto.
-          Che, si ves un kayak verde decile al botero que lo estoy buscando, soy el número 65, me llamo Nacho –con fibron indeleble al agua el número 65 escrito en mis hombros y espalda me identifican como tal. Mi nombre hoy es una anécdota-.
-          ¿Cómo se llama? –responde el muchacho de la lancha-.
-          Brian
-          Dale, ahí te lo busco –dice y desaparece de mi campo visual-.
A los cinco minutos y como por obra del espíritu lanchero, El Brian se aparece sacudiendo la botellita donde están diluidas las sales minerales que debo beber. La sacude como si quisiera decir “tengo esto para vos” y como si no tuviera relevancia haberme dejado treinta minutos en el medio de este manto de agua, a la deriva entre mi yo y mi ser. El Brian acusa unos 27 añitos de irresponsabilidad de la que hará gala a lo largo de los 20 km que dura la carrera. El Paraná-Guazú está incordioso y ofrece una ola pequeña pero continua, que se suceden unas tras otras sin solución de continuidad. Cuando llegamos a los cuarenta y ocho minutos de nado, salimos de esa inmensidad que es el Paraná-Guazú e ingresamos al Río San Pedro.

En este mismo río estamos nadando doce nadadores y siete boteros, todos de Poseidón; El Brian  viene conmigo, lo contraté yo, es lugareño pero no se nota; y Susi que vino a hacer fotos. Además faltan Guille, Sofi y Emi que no pudieron venir. El año pasado éramos cuatro, hoy somos veinte. Un verdadero efecto contagio. Mientras nado pienso en reproducir eso que vengo haciendo desde el 10 de septiembre día en que empecé a entrenar para esta carrera. Entonces cuento las brazadas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, llego hasta las veinte y vuelvo a empezar. Además con mi dedo pulgar toco mi muslo para sacar la mano bien atrás, mientras veo los caballos pastar sobre la margen del río me concentro en nadar lo mas técnico posible hasta que por el cansancio eso deje de suceder. Nadar así retrasará el cansancio. La quietud y la pasividad del ganado es algo que contrasta con algunas sensaciones que tengo acá adentro. Por momentos el Río San Pedro también propone esa misma ola que parecía haber quedado atrás en el Paraná-Guazú pero  en la mayor parte del tiempo el río se deja nadar, al menos hasta el kilometro 18. El agua esta ideal de temperatura, el sol brilla alto, solo se escucha el ruido del agua y las brazadas, el cuerpo que avanza, lo concreto de estar donde queres se parece tanto a la felicidad. La cabeza vuela hacia lados diversos y pienso en cómo llegué hasta acá este año.
Entrenar tanto como lo hice durante este tiempo tiene varias ventajas pero también su contraparte. Entre las primeras y obvias esta la garantía de sentirse seguro, confiado, fuerte físicamente y predispuesto en lo mental. Expectante de uno mismo. La superación no es una cartografía que visite a menudo así que ubicarme allí fue una sensación cercana a la plenitud y la realización. Pero tal vez, y para ciertas miradas ajenas a este proceso, nada de eso sirva si uno no obtiene tal o cual resultado el día de la competencia. Por lo tanto debo confesarme y decir que haber generado tanta expectativa, sea por la salvajada de metros nadados como por la disciplina y la cantidad de cosas que comí y bebí durante los entrenamientos, fue un aspecto que ilustró que sobrecargar de sentido algo, a veces también relativiza, injustamente por cierto, la meta alcanzada. Sobre todo si no es rutilante. Esta carrera fueron esos 20 km del día domingo pero en verdad fueron estos últimos casi tres meses en donde mi vida se ordenó en relación a un objetivo determinado y eso conllevó, y trajo aparejado, muchísimo más que esas 2, 56 horas que me llevó completar la travesía. Fueron todas las mañas en las que me levanté y me fui de mi casa sin ver despertar a mis hijos por primera vez en mi vida. Desayunar sin ellos. Fueron esos 1,2 litros de sales minerales y agua ingerida metódicamente en cada entrenamiento, junto con las pasas de uvas y las bananas cortadas en rodaja que tanto escandalizaron a Noela. Fueron las semanas de 6000, 7000 y el pico de 7800 metros nadados en el entrenamiento y sus necesarias 2, 40 horas de tiempo para llevarlos a cabo. Fueron las siestas que no pude dormir en mi cama pero que se las robé al tren. Fueron todas las noches en las que le escribía a Rancho y le decía “Buenas noches, me podes mandar algo para mañana?” y al rato recibía una imagen con una serie de números, abreviaciones, pausas, tiempos estimados e indicaciones que tuve que aprender a decodificar para saber qué y cómo tenía que hacer eso. Fue hacer eso en soledad y hacerlo en el andarivel de pileta libre con lo que eso implica. Y eso no lo había hecho nunca en mi vida. Y eso era una salvajada de metros y metros que modificaron desde mi forma de nadar hasta la nueva forma que asumió mi cuerpo al perder peso y ciertamente afinarse. Conocí una nueva manera de cansancio y recuperación. Entrené en soledad durante dos meses y medio y eso se sintió tan bien como exigente. Tal vez por demás. También implico ordenar mi alimentación porque no hay cuerpo que aguante ese entrenamiento comiendo de manera deficitaria. Esta carrera se inició no el 18 de noviembre a las 10 de la mañana sino el 10 de septiembre a las 08:00 AM.
Pero hoy toca plasmar todo eso en esta prueba, hoy siento ese alivio de que el día llegó y de que estoy en un agua en la que no veo. Y no veo en más de un sentido. No veo porque mi botero no ve por mí y me tengo que encargar de mirar hacia adelante porque El Brian se colgó y mira para lugares donde no estoy, o me avisa tarde y mal que me estoy yendo hacia la costa, y que me meta para el medio, o porque me mete derechito en un remanso, mas de una vez. No veo porque va a mi costado aunque yo prefiera que vaya apenas delante mío. Como si fuera poco de pronto veo que El Brian sale disparado, con una actitud hasta acá no manifiesta, hacia una de las márgenes del río, opuesta a la que estoy yo por cierto, como si hubiera una civilización por descubrir, Pampita tomando sol, o una parturienta necesitara ayuda urgente. Veo que el muchachin clava el kayak contra un camalote que está en la costa, acá el río debe medir 40 metros de ancho, camina velozmente sobre la embarcación, saca su miembro y se echa un soberano meo sobre un sauce llorón. El árbol llora meo. Continúo nadando con la sorpresa de quien ve nevar en el desierto de Nairobi. En ese momento el ritmo de nado que llevo es algo de lo que puedo enorgullecerme, no así de mi botero, y decido continuar como si todo esto fuera normal. ¿Acaso el humor sea el medio que me saque de este atolladero de injusticias? No lo sé, mientras nado voy pensando en qué hice mal para que esta situación se esté dando en este momento tan inoportuno. También sé que pensar en eso ahora me desenfoca de lo esencial que es continuar con el ritmo que traigo. Durante la carrera, la situación de irme de la línea de nado se reiterara varias veces. La confianza que nunca tuve en El Brian se ha extinguido. Sé que solo será eficaz en darme las bebidas en el orden y en el horario que le indiqué antes de largar. Sería  ingrato para mí mismo seguir nadando con esa imagen del meo en mi cabeza, así que decido seguir sin pensar en que alguien más que yo mismo pueda sacarme del kilómetro 16 y hacerme llegar al 20, entre otras cosas porque mi cuerpo y mi estado en general comienzan a dar síntomas de fatiga y El Brian nada tiene que ver con eso. Después de todo un meo no se le niega a nadie.

Llegando al kilómetro 18 se divisa el buque escuela de la armada, es una fragata amarrada que impone su gris y su tamaño sobre el cauce de un río angosto. Es la segunda vez que la armada aparece en este fin de semana. Han encontrado el ARA San Juan y durante la charla técnica del día sábado se ha hecho un minuto de silencio por los fallecidos en las profundidades de esa cordillera invertida que es el atlántico profundo. Es algo absurdo, pienso, el minuto de silencio se realiza el día de la identificación del submarino como si el hallazgo del submarino a 800 metros de profundidad, hubiese determinado la extinción de sus tripulantes que llevan muertos prácticamente un año. De todas maneras el rito es realizado con disciplina así que el minuto de silencio es verdaderamente  sigiloso. Este buque de la armada marca el kilometro 18 de carrera, aunque parezca mentira ahora arranca lo peor. Acá el río se abre al doble, o triple, de su ancho promedio y la corriente disminuye su intensidad, el cansancio ya no se puede esconder, uno intenta hacer todo lo que venía haciendo pero los brazos ya no traccionan, las piernas tienen menos influencia ahora que durante mi primer mes de vida, la izquierda viene doliendo hace dos horas y media sin saber en si eso termina en calambre o desgarro, pateo como puedo, mis brazadas son paupérrimas y El Brian, encima, me mira con cara de viernes santo, ese día terrible para la argentinidad en la que la carne es prohibición. Pienso en los docentes de este pibe. ¿Siempre fue así? ¿Será así de anodino con todo? ¿Tendrá ganas de mear otra vez? ¿Se estará cagando? Mientras tanto yo nado y nado y las boyas que indican girar a la derecha para meterme en los últimos 700 metros de carrera no se ven. Esto mismo ya pasó el año pasado pero saberlo no acomoda mi desesperación. Este tramo, a diferencia de los kilómetros ya recorridos, no es placentero, es curioso que estando a 1000 metros de completar la prueba aparezca esta sensación,  y que sea tan contradictoria con la de llegar, esa felicidad del objetivo realizado. Nado y miro el cielo, levanto la cabeza y veo la llegada, es eterno este tramo de 350 metros, la gente aplaude, el agua esta helada acá, es agua muerta, ya estoy llegando, vuela septiembre, pasa octubre, vuela un pibe que me pasa como alambre caído como si la carrera fuera de 50 metros, llegó noviembre y estoy acá, terminando la prueba, me levantan del agua, me sacan de allí, las piernas son solo una duda, me abraza Seba, me abraza La negra, estoy feliz de haber completado la distancia otra vez, de haber bajado dieciséis minutos mi marca del año anterior, de haber salido treinta y dos puestos más adelante respecto de 2017 y haber bajado las tres horas de nado que era mi objetivo principal, a solo diez segundos y detrás de mío sale mi primo que hizo el mismo entrenamiento, también en soledad, pero él en Monte Hermoso. Siento que todo esto valió la pena, que el proceso es más trascendente que el resultado, que la vida puede ser una planificación perfecta y que el azar pone todo en duda y al borde de nosotros mismos, y ahí estas vos frente a vos. Las carreras de esta naturaleza también son una buena manera de llenarse el culo de preguntas, no estrictamente sobre la natación, sino sobre lo que queda delimitado más allá de los límites del agua.

17 oct 2018

Reunión de padres

Por Nacho Fittipaldi

El papelito dice “miércoles 3 de octubre, a las 10 Hs., los esperamos en la reunión de padres del grupo 1” El grupo 1 es el equivalente a la sala de 3. El papel es una cagadita así, no dice nada más que esto. Le envío un wapp a Pao, “Che, el 3 hay reunión de padres del grupo de Sabino” A Pao le encantan las reuniones de padres, se queja porque en la escuela de los chicos hay pocas. Ella quisiera tener más. Para mi está bien así. Pao pregunta, mete la cuña en un sitio donde hasta recién había certeza, “¿Es reunión de padres o es para hablar sobre sabino?” Es reunión de padres, confirmo sin saber si es cierto y tratando de torcer el destino. Tomo el papel después de haber confirmado, re leo, el mensaje es ambiguo, no es claro, es como si se lo hubieran distribuido a mil padres más, qué se yo. “No sé –agrego- es poco claro el mensaje, necesitan un curso de escritura” Pao escribe al grupo de mamis y papis (en el que yo claramente no estoy) preguntando si todos han recibido esta suerte de convite extraño en donde no queda claro quiénes son los invitados. La razón la asiste. La reunión es para hablar sobre Sabino, mano a mano. Sabino es un amor, en estos meses ha incorporado una cantidad de palabras, conjugaciones exactas, abrazos y besos repartidos aquí y allá, “Te quiero mucho” dice de la nada Sabino y te abraza. Lo amo y me ama, es mi debilidad, soy la suya. ¿Algo anda mal? Tiemblo. Nada puede andar mal, si así fuera lo hubiese detectado. Soy su papá y le hago caballito.
Llega el día. Después de haber pospuesto la fecha inicial, llega el día, hoy es ese día. Miércoles 17 de octubre, 10 de la mañana, el horario parte todo. Llegamos a la escuela, alguno nenes corretean por ese parque indomable que la escuela es, en primavera el verde corrió los límites de lo institucionalmente permitido. Mientras esperamos pienso en eso que Pao me consultó ayer por la noche y desestimé, “¿Pasará algo con sabino?” “No, boluda qué va a pasar –respondí-, sí es hermoso” ¿Y si pasa algo con Sabi?

Caminamos junto a las maestras por entre las aulas, un pasillo se cierra y dobla, pasamos por delante de la sala de Piero, en mi cabeza conjeturo que mejor que Piero no nos vea acá porque va a pensar que venimos por algún quilombo suyo. Giro la cabeza y desde la ventana Piero nos saluda alegremente. Avanzamos y muy a mi pesar veo que detrás nuestro la maestra de Piero sale, no sin agitarse, e intercepta a una de las maestras de Sabino, cuchichean, onda “Ya que están acá pásenles también la lista de las cagadas de Piero” Las maestras huelen sangre a lo Tiburón III. A diferencia de la última reunión, creo que fue con motivo de una salvajada que Piero había hecho, las sillas que nos ofrecen son para adultos y no aquellas para niños de 5 años en las que no encontré forma alguna de acomodarme, siendo este, el principal motivo de mi fastidio, aún más que la reunión misma. Hay un silencio de sepultura. Miro a la maestra de Sabi e internamente siento que de esa boca podrían salir palabras que estrujarían mi corazón. “El nene no socializa” por ejemplo. Sentado ahí, rodeado de mapas, juegos pedagógicos, damas chinas y tableros de ajedrez, siento que soy apenas un niño con responsabilidades que me exceden. O tal vez soy un adulto que está dispuesto a dejarse partir el corazón por sus hijos y sus vaivenes. Hago fuerza, trato de inducir las palabras de la maestra, “pensa bien lo que vas a decir, vos no tenes idea lo que es Sabino en mi vida y no tenés derecho a arruinarme la vida así” La maestra dice cosas intrascendentes, tiernas, algunas a las que hay que prestarle atención para que Sabi no sufra innecesariamente. Todo eso pasa en un tono amigable, somos adultos, hasta que la otra maestra dice, “Y, recién, justo cuando veníamos para acá, la maestra de Piero me dijo que bueno, Piero…” Y mientras habla yo hablo para mis adentros, converso con mis riñones, pienso, “Pensá bien lo que vas a decir, ¿te pensas que no la vi salir corriendo como si fuera a salvar la vida de alguien?, vos no tenes idea lo que es Piero en mi vida y no tenes derecho a arruinarme la vida así” La piba lanza una serie de cosas sobre Piero que son las mismas que el año pasado y exactamente las mismas que Pierito hace en casa y que cualquiera puede ver un fin de semana en casa. El chico es intenso. Entonces, al terminar la reunión las miro a ambas, miro sus ojos, oigo sus palabras, observo sus gestos, son pibas, escucho la lectura en voz alta del acta de la reunión que una de ellas confeccionó, y siento que mis hijos me perforaron la vida. Siento que ese momento en el que uno va a escuchar por dónde andan sus hijos, es un vértigo existencial inusual. Justamente me lleva a un límite desconocido y muy concreto de la vida, es el límite entre lo que uno puede tolerar y lo que no: El sufrimiento de sus hijos.  Mis hijos me existen.

11 oct 2018

El Roca, ese torbellino



Por Nacho Fittipaldi
Paso la Sube, hago unos pasos, trepo una escalera y estoy en el andén. Camino hasta la punta y allí parado, como escondido, o penitente, un cura lee de pie. Es bajo, de pelo castaño y con este día inclemente lleva sandalias sin medias. Homenaje a San Francisco de Asís. Lee. El tren llega,  busco, un asiento, queda tan solo uno. La mujer que está sentada en el asiento de al lado pesa unos redondos 175 kg, ocupa asiento y medio… allí voy. Duerme. Duerme como en un king side, plácidamente. Me acomodo como puedo, soy medio contorsionista, medio toalla que se seca en cinco minutos. Soy un montoncito arrugado. Duerme. Detrás suyo, una nena de 7 años come una empanada frita. Son las diez de la mañana. Inmediatamente la mujer durmiente despierta y con un humor inusual para este amanecer, dialoga con la nena de la empanada y su madre. ¿Son paraguayas? ¿Son correntinas? Son Sudamérica. La bella durmiente dice, "Uy mirá, acá también pusieron un camping" El tren atraviesa el Parque Pereyra y efectivamente en todos lados, al costado de las vías, aquí y allá, construyen countries. Bajan en Hudson. La niña olvida su empanada en el asiento. O tal vez la deja allí a propósito porque es incomible. Entonces hablo. "Te olvidas la empanada" digo y señalo la bola de grasa que esa empanada es. La pequeña la toma y sale del tren. Sobre un tostador, incluso en un microondas, hoy a la tardecita ese socotroco es un plato de indigestión que las barrigas pobres, hinchadas, desnutridas, bien recibirán.

2 oct 2018

Piero y la historia criminal Argentina


Por Nacho Fittipaldi

Piero se acerca con la urgencia del relato que se le cae de la boca. “Papá, mi maestra estuvo en Ushuaia, y sabes qué, estuvo en la prisión del Petiso Orejudo” Escondo mi sorpresa, de esa boca han salido palabras extraordinarias para un nene de su edad, desde los tres años Pierito nos sorprende con su lengua, pero esto es disruptivo. Entonces en vez de frenar su inercia, comento, “¿Sabes que tengo una foto de él?” Se le ilumina la cara debajo de ese pelo rubio como de campo de girasol, “¿en serio?” dice, chocho él/chocho yo. Tomo el libro que recoge la antología de crónicas policiales en Argentina, abro la página 82 y ahí está el petiso, malvado, enjuto, tan Dumbo. “Mirá las orejas que tiene” señalo la imagen. En la calle ladra un perro y él avanza, siempre más allá, “¿por qué estaba en prisión?”. A esa altura pienso en la maestra y la insulto en voz baja, bajísima. Intento una serie de explicaciones sin entrar en los detalles, que mató cuatro niños de su misma edad por ejemplo, todo eso que constituye al Petiso Orejudo en uno de los más perturbados, siniestros, y maniáticos asesinos de la historia argentina, lo que no es poco decir.  Paulatinamente su interés cede y Piero vuelve a su vida normal de leche y galletitas. Todos felices.
Al día siguiente a eso de las 16, 30 Hs suena mi celular, atiendo, es Piero, rarísimo, estoy en el caos de BsAs, la voz de Pierito, su mensaje directo y claro en el medio de Constitución es un contraste. No dice ni hola, va al hueso, “Papi, la maestra dice si no me prestas el libro del Petiso Orejudo para llevar a la escuela” Respondo que sí mientras el tren llega al andén, subo, él da por terminada la conversación. No entiendo cómo una maestra llega a pronunciar las palabras “petiso-orejudo” adelante de nenes de cinco años. Al llegar a Villa Elisa voy derechito al club donde Piero y Sabino están nadando. En el vestuario me abaraja y me dice que cuando lleguemos a casa tenemos que marcar la hoja en donde está la imagen del insano orejón. Procedemos. Él se pone a mirar tele, yo corrijo exámenes. Al rato aparece y se pone junto a mí, me mira, se que viene a preguntar algo, escupe “¿papi, a qué edad empezó a hacer maldades el Petiso Orejudo?”, vuelvo a pensar en la maestra. “Desde chico hijo, era malo desde muy chico” En la sucesión de horas que quedan entre el atardecer y la hora de ir a dormir, este tipo de situaciones se van a repetir varias veces, “¿papi, dejamos el libro en mi habitación para que no me olvide de llevarlo a la escuela?”. La ansiedad que se registra en su actitud es comparable con momentos, o hechos, tanto más concretos que llevar un libro de crónicas policiales a la escuela, la llegada de Papá Noel, el día de su cumpleaños, o cuando la abuela se queda a dormir en casa porque nosotros no estamos. El día llega, Piero remolonea en la cama, no se quiere levantar, “dale Piero, levantate, hoy tenes que llevar el libro a la escuela” esa frase activa en él la propulsión de una turbina a un Boeing, se levanta en un respingo. Toma la leche, come, Sabino es una radio implacable. Piero toma el libro y lo sujeta como el mejor sándwich posible, además de la marca que hicimos con una banderita autoadhesiva, Piero ha metido el dedo en la pagina en donde el petiso mira la cámara fotográfica que producirá una imagen que será la de su legajo carcelario. Allá en el fin del mundo, el Petiso Orejudo fue leyenda. A la distancia veo a la maestra, Piero camina rápido tratando de llegar a ella como si le fueran a entregar un regalo o un chocolate, el libro es visto por la maestra, es un mamotreto, “gracias Piero!” dice y Piero abraza la pierna de su seño. Yo quedo impactado. Cayetano Santos Godino es furor entre los educandos. Deseo que el próximo viaje de la maestra no sea a Auschwitz. Por el bien de todos.