24 sept 2014

Mónica, el regreso de la gasista que te lima


Por Nacho Fittipaldi

<<Seguro que vuelven la semana que viene>> Eso fue lo último que Mónica dijo el día que nos rechazaron la inspección de Camuzzi. Se ve que los pronósticos, al igual que las instalaciones de gas no son lo suyo pese a que Mónica es gasista matriculada. Esa frase la dijo el 12 de julio, han pasado dos meses y medio de aquel vaticinio y recién ayer, martes 23 de septiembre, Camuzzi vuelve a casa para corroborar que estuvieran hechos los cambios que nos habían indicado.
Durante la noche del Lunes, a las 22.09 Hs, entra un mensaje de texto, es Mónica (recuerden que escribe en un idioma endemoniado y que habla como Carlitos Tevez antes de instalarse en Europa, o mejor dicho, habla como escribe: <<mañana a las 11.30 vamos con miguel, va camuzzi recuen m avizaron>> Así me enteraba yo que al día siguiente, no importa que uno trabaje, y que tenga otras actividades además de espera una inspección de Camuzzi, venía Mónica, su ladero Miguel (plomero con básicos conocimientos de plomería, oriundo de alguna provincia en la cual se ve que hablar bajo y como con una pelota de tenis en la boca, es fiesta provincial), y el inspector de Camuzzi.
Mónica llega 11.20 Hs., con Miguel. Ella no tiene nada para hacer más que estar presente en la inspección. Miguel tiene que tomar la presión o no sé qué mierda. Yo me dedico a atar la perra para que esto no agregue más elementos a una situación que seguro se desbordará. La pregunta es si lo hará en mayor o menor medida que la ultima, frenética, visita de Mónica a mi casa. Ellos están del lado de la vereda de la casa, es decir, fuera del perímetro de la casa, yo ato a Roma y escucho que cuchichean entre ellos, pienso que se deben estar cagando de risa del revoque estilo gelatina sabor pera que hice la otra vez. De pronto escucho que Mónica se exalta, <<Decile Miguel, decile al muchacho>> Suena a que paso, o descubrieron, algo grave. Han pasado dos meses y cualquier cosa puede haber pasado, desde que se haya podrido una manguera hasta que un hurón se haya comido el tubo de gas. <<Decile Miguel, no te quedes con eso. Yo le digo>> Asumo que es muy grave, Mónica le aconseja no quedarse con eso, como si Miguel fuera portavoz de una pésima noticia. ¿Habrá un escape de gas? ¿Habrá descubierto algo que no puede reparar antes de que llegue el inspector? ¿Vamos a volar como sucedió el año pasado con un edificio en la ciudad de Rosario, en mil pedazos, con Roma atada y los obreros poniendo el alambre de la pileta sin inaugurar? Siento que todo va a ser peor que la última vez, o sea, peor que la última vez significa una catástrofe humanitaria, el Ebola, o algo así. Mónica se hace cargo de la situación, me ve del otro lado del alambre y me encara. <<Escuchame>> Yo tirito del cagazo, siento que esa espantosa sensación, mezcla de predicción y factibilidad, de que se va a acabar el tubo en plena cocción de la pizza, o que quedo enjabonado como un pelotudo sin agua caliente, no me va a abandonar jamás. <<Escuchame, Miguel pagó $28 por esta rosca, ¿le podes devolver la plata?>> Mónica es así, tiene una enorme capacidad de poner el énfasis en situaciones que no ameritan. Me pide que le devuelva $28 como si yo lo supiera y estuviera esquivando la devolución del dinero. Yo no puedo creer que algo valga menos de 100 pesos.
 El inspector llega recién a las 12.40 Hs, en el medio, las conversaciones con Mónica (y su acompañante de enchiclado hablar) han recorrido los lugares más insólitos. Como si fuera la primera vez que nos vemos, Mónica pregunta <<La última vez que vinieron los de Camuzzi, ¿miraron la cabina de gas?>>  Las opciones que barajo son: o bien Mónica es una psicópata e intenta horadar mi subjetividad masculina; o está alienada y no recuerda que ella misma estuvo a punto de perder su matrícula. Ha olvidado que tuve que ponerme a hacer el revoque para cubrir un caño que no debía verse. Se olvidó de lo que le costó entrar a la cabina de gas y el esfuerzo transnacional que le implicó salir marcha atrás de esa misma cabina. Se olvidó que pisó mierda. Se olvidó que anduvo en patas de acá para allá como chancho por su casa. ¿Se olvidó de todo eso esta hija de remilputa? Yo no, no me olvidé, no puedo olvidarme, fue la primera vez que hice cemento y espero que haya sido la última. Yo no estudié sociología para terminar haciendo lo que debería hacer alguien a quien le pago para eso. Entonces le respondo, tranquilo pero firme. <<Claro Mónica, ¿no te acordás que tuvimos que hacer el revoque?>> Y como si un golpe de luz le hubiera atravesado la mente, se ríe tímidamente y afirma con la cabeza <<Claro, tenes razón. Ese día tuve que mentir. Si no mentía nos mandaban todo para atrás -lo dice como si aquella vez hubiéramos aprobado-, bueno si ahora te preguntan algo de cómo está la cabina, de última deciles… –Mónica hace una pausa, se toma el tiempo de matar una hormiga con su pie, lleva zapatillas de running, tengo la impresión de que me va a dar un dato que llegado el caso puede ser la diferencia entre aprobar o no hacerlo, continúa- deciles que…ojalá que no pregunten nada, mejor>> Y abandona, así y ahí, lo que hasta ese momento se suponía era un gran consejo.
Luego hace la pregunta obligada, en verdad no me explico cómo no lo preguntó antes, con cara de agua pregunta:
- ¿Vos sos químico?
- ¿Eh? –estoy sorprendido por la pregunta-.
- Si sos químico, ¿laburas de químico? 
Yo noto que me siento raro, un cosquilleo, una risita escamoteada me recorre la cara, en algún punto me siento contento. Nunca me han confundido con un químico, siempre piensan que soy profesor de educación física o abogado, nada que implique algo de inteligencia, arquitecto en el mejor de los casos. Pero químico es algo que verdaderamente suena original, me enaltece y que casi agradezco. Pobre Mónica, hasta qué bordes de  su vida la llevará este nivel de confusión.
- No, yo soy… –hago una pausa, pienso en mentirle, en decir algo para salir del paso, si le digo que soy sociólogo me va a preguntar qué hace un sociólogo y soy incapaz de responder eso. No hay respuesta para esa pregunta- Soy sociólogo –le digo-
- ¿Como Asistente Social?
- No
- Ah, ahí me pierdo –dice ella, muy sincera. Es lo más cuerdo que va a decir en toda la jornada-.
- Parecido –agrego yo, como para no desanimarla-.
- ¿Y dónde trabajas?
- En la Universidad Arturo Jauretche –omito el dato de que trabajo en el Congreso de la Nación porque me va a salir con lo de Boudou, la Banelco, todo lo que a uno le dicen cuando cuenta que trabaja acá, y va a empezar a despotricar contra los todos los políticos como si fueran abejas, todos iguales-
- Ah, en Florencio Varela, tengo una amiga que trabaja con el intendente, ¿cómo se llama?, sí, ese, Pereyra. Fortuna tienen, han hecho plata a lo loco. Están con Cristina ellos. No sabes las cosas que hacen, hacen cocteles, reuniones, todo gratis, andan en unas camionetas infernales, todo gratis. Ella trabaja en una casona que el municipio alquiló, cerca de la gobernación, acá en La Plata, ¿sabes lo que pagan de alquiler? ¿Y acá se inunda?
- No –respondo yo algo sorprendido por el volantazo de la charla-. Bueno todavía no ha desbordado el arroyo desde que nosotros vivimos acá. Ha llovido mucho y el arroyo se lo bancó bien.
- Dicen que en 100 años no va haber más vacas.
- Mirá… 
Yo estoy atónito, no puedo creer la flexibilidad de su pensamiento y su articulación con el lenguaje. La liviandad de la concentración. Mónica tiene una insospechada capacidad para sacar temas sin ningún tipo de pausa, o aviso previo. Dice que hay que prepararse para eso, como si ella fuera estar viva dentro de ese periodo de tiempo. Al menos hoy, las cosas han salido bastante mejor que aquél frenético 12 de julio.
Resultado de la inspección: Aprobada por cansancio. 

17 sept 2014

Situaciones porteñas


Por Nacho Fittipaldi
La rutina puede ser ese micro oficio de hacer lo que hay que hacer sin hacerlo de mala gana. Aprovecho el placentero viaje en tren a BsAs para leer o estudiar, a veces la novedosa experiencia de los nuevos viajantes impide que uno haga eso de manera continua. Una señora que viaja en frente mío toma su celular y hace una llamada. La señora lleva puesto anteojos de sol, pantalones de lycra negra y zapatos a tono, lleva un saco de piel, y el dibujo de las manchas negras y blancas dan la impresionante sensación de que el abrigo de piel que lleva es de un galgo. Esta feliz de viajar en este tren, llama, <<Hola Marta, estoy yendo a Bs.As en el tren, no sabes lo que es este tren, es divino, sí, sí, hermoso. Estoy por llegar a Bs.As ya, salí 9.10 de La Plata –en verdad vamos por Quilmes y aun falta la parte en la que el tren no es tan rápido porque frena al menos dos veces esperando que la señal de continuar-, sí es muy cómodo. Tiene baño Marta, tiene unas butacas más cómodas que la del avión, una chica te avisa cuando llegas a Bs.As, sí es el de Randazzo, divino, pasa por el Parque Pereyra, ¿viste?, tiene aire acondicionado, en el medio vienen  unas butacas enfrentadas con una mesa en el medio, podes tomar mate. Divino Marta. Un día tenemos que viajar juntas. No me digas. Pobre es la segunda vez que le roban. No sabes lo que es este tren, un placer>>
Al llegar a Constitución el contraste entre el tren vip y el subte es notorio, cada día. Cada vez más.  Mientras paso por el molinete veo algo curioso, o grotesco, según cómo se mire. Una señora pasaba la sube mientras les decía a sus hijos, <<Ustedes pasen por abajo, pasen por abajo carajo, Brian, haceme caso, no vamos a pagar todos>>. Entonces los pibes, de entre 4 y 10 años, se agachan, se ponen en cuatro patas y mientras la multitud, multitudinea, ellos se escabullen por debajo del molinete y evitan pagar el boleto. Se ahorran en total, $13,50. Mucha plata para algunas familias, muy poca para otras.
Dentro del subte y a la espera del sonido que anuncia el cierre de puertas y la puesta en marcha de la formación, se escucha la voz de la locutora de la empresa que anuncia, <<Metrovías informa que la línea C de subte circula con demoras. Muchas gracias>>. ¿Muchas gracias por qué? O sea, la línea en la que estoy circula con demora, en verdad no circula porque estamos en la cabecera de la línea por lo tanto esa formación no circula y ellos me agradecen a mí. El murmullo de la gente se hace escuchar, tibiamente. Desde el anonimato de la multitud alguien sugiere, <<Dale, arranca el subte conchuda>>. Unos minutos más tarde, tres o cuatro, no más, se escucha otra voz, esta vez es de hombre y no es una grabación como la anterior, su mensaje suena ríspido, lineal, sin prolijidad empresarial y sin control del volumen del audio. Este es un tipo que con voz de estar hinchado las pelotas relata al instante lo sucedido, no tiene tiempo de pensar en el ánimo del usuario, en la estrategia de comunicación de la empresa, <<La línea C de subte está suspendida por accidente de pasajero abordo>>. Evidentemente el castellano de este tipo, los nervios del momento, tal vez el pánico escénico, lo hacen hablar como el orto.  La gente, ahora sí, está indignada. Raudamente todos buscamos la puerta de salida hacia el exterior de la estación. Yo pienso para adentro <<Metrovías, la puta que te parió>>, al lado mío, un señor con pinta de oficinista medio grita, <<Metrovías, la puta que te parió>>, más allá y siempre impunes, un gordo con cara de chucrut se exalta y sostiene, <<Randazzo, la concha de tu madre>>. Uno que parece no haber oído ninguno de los anuncios dice algo ya oído, <<Dale, arranca el subte la puta que te parió>>. Cuando la totalidad de los expasajeros nos encontramos rumbo a los molinetes o escaleras, ya sin posibilidad de poder volver al subte, esto es una procesión masiva y acá no hay marcha atrás posible sin que esto sea una puerta 12, se escucha ese sonido clásico, tan-tan-tan, que anuncia la voz de la locutora que insiste con su mensaje de demoras. Pero antes de eso la mujer que está caminando junto a mi le dice a su hija, <<Ahora van a decir que se reanuda el servicio, acordate. Si no, no joden a la gente. Lo hacen para joder>>. Un viejo pelado dice <<Qué mal que estamos>>. No parece que nadie lo oiga. Sin embargo la voz repite que la línea C está circulando con demoras aún cuando ya nos informaron que está suspendida.  Un operario de Metrovías pasa caminando y dice <<Ya no saben qué mentir>>.
Salgo a la plaza, y busco la parada del 12. Veo que la fila es larga, no larguísima, pero larga. Mientras espero para subir pienso que ayer en Telefé pasaron un informe sobre los punguistas, arrebatadores, pirañas, caigo en la cuenta de que estoy en el lugar más inseguro de Latinoamérica, pienso que con mi ropa de oficinista, vestido de Zara de pies a cabeza me van robar seguro y lo que es peor, romper el culo. ¿Para qué me visto así? Estoy de pie, de costado a la calle, con mi mano derecha sostengo la sube, con la izquierda, la mano que quedó del lado de la vereda, sujeto la billetera, el celular y las manijas del maletín, estoy distraído mirando el edificio de la estación ferroviaria pese a que Telefé recomendaba atención para evitar el robo. Igual me van robar por mas atención que preste, cuál sería el caco que lo haría, es imposible saberlo. De repente una señora que viene caminando en dirección contraria a mí, cae hacia adelante. Es una señora que debe medir 1,53 y debe pesar 94 kg, redondita la señora. Se viene para adelante, suelta a la mierda el bastón en el que hasta recién se apoyaba, es evidente que se va a romper la frente contra el piso. Mi mano más cercana a ella está ocupada con el maletín, la billetera y el celular, todo esto para que no me pungueen. En un movimiento que me enorgullece por su velocidad, con la mano derecha, a mano cruzada, llego a calzar mi mano y antebrazo por debajo de la axila de la señora, la sostengo. Del otro lado un muchacho que estaba proveyéndose de un superpancho hace lo mismo sin que nos hayamos puesto de acuerdo, la sujeta por la otra axila. La señora queda en el aire, sus rodillas no llegaron a tocar la vereda, como rogando a Dios, su cabeza mira el cielo diáfano. En ese momento me doy cuenta que me van a robar, miro a la señora y pienso que esta pesadísima, con mi socio hacemos fuerza hacia arriba pero nada, la gorda no se mueve, <<vamos -dice el pibe- arriba señora>> y yo por el rabillo del ojo veo a un pibe con cara de te voy a robar y otra mujer con cara de haber perdido la década me mira con cara de te van a robar y le dice a la gorda, << ¡Vamos doña!>>  y finalmente la doña hace un mínimo esfuerzo y nosotros logramos elevarla, ponerla en pie y salió como si la hubiéramos desencajado de una zanja profunda. Luego de un levísimo, gracias, la señora continua su ruta impávida. Yo, invicto de robos, sigo en la fila mientras me entero que hay una fila para viajar parados y otra para ir sentados, giro la cabeza y veo que hay dos filas exactamente. Sin quererlo, estoy en la primera. Viene el micro y subo, efectivamente no hay asiento y este micro esta hasta las repelotas. 

21 ago 2014

Sobre Intratables y el tratamiento mediatico de la politica

Por Nacho Fittipaldi

En los últimos años asistimos a un formato de programa televisivo que tiene ciertas características salientes: salen en vivo, la lógica del panel (esto supone la idea que cuanta más gente haya en el piso, tanto más plural es el programa), las escasas o nulas reglas del debate, la impunidad del conductor y el panelista, tener buen rating, la derrota del invitado.
Expresiones de ello son La cornisa (conducido por Luis Majul) y el más novedoso e inalcanzable en su expresión, Intratables (conducido por Santiago del Moro). Este último tiene varias particularidades. La primera es que no se enuncia como un programa político pese a que podría serlo, claramente, prefieren el difuso mote de “interés general”. Y no lo hacen porque su objetivo es tener rating. Lo que conviene es no darle motivos a la audiencia para que cambie de canal. Esto no es solo una frase sino que el programa pone en marcha un dispositivo muy efectivo a tales fines.
El primer dato de color es que su conductor no tiene la menor idea sobre política, no es periodista, no es politólogo, no es sociólogo y no es historiador. Ni falta que le hace. Lo que el conductor hace es rumbear la dinámica del programa hacia una lógica en la que el invitado de mayor relevancia, suele haber hasta cinco invitados en un mismo programa en el que hay siete panelistas fijos, supongamos que es un dirigente kirchnerismo, es más bien atacado que escuchado. El invitado, a diferencia de los programas políticos de cable, no dialoga con el conductor, aquí el invitado tiene que responder la pregunta inicial del conductor que por lo general es más o menos sensata, y una vez que el invitado comienza a responder, los panelistas disparan todo tipo de repreguntas, acusaciones, opiniones valorativas sobre cuestiones que no se remiten necesariamente a la pregunta original. La interrupción, lejos de ser un síntoma de mala educación o intolerancia, es aquí el combustible del programa. A menudo el invitado tiene que responder a tres o cuatro preguntas/ataques a la vez, los múltiples panelistas discuten entre ellos y con el invitado, hablan unos sobre otros, se achacan sus posiciones políticas asumidas, se echan en cara los prontuarios de los dirigentes políticos de los espacios políticos a los cuales adscriben unos y otros. Luego de esto el conductor camina hacia la cámara, alza las manos como un árbitro de box, incluso dice mirando fijo a la cámara, <<un minuto, un minuto>>, interrumpe definitivamente esa micro pelea, se vuelve hacia el invitado, se muestra compungido, como si esa escena no fuera el medio para obtener lo que el programa persigue, miente, y lanza otra pregunta que solamente reinicia el ciclo anterior.    
Frente a eso el invitado tiene dos opciones, o se mantiene inmutable frente a semejante espectáculo o se incorpora a esa dinámica lapidaria. Lo primero trae como consecuencia la finalización de la entrevista, más temprano que tarde. El mismo Del Moro contó en el programa de Majul que finalizó una entrevista con Ricardo Alfonsín porque no medía en el minuto a minuto. ¿Cuánto duró la entrevista? 35 segundos. La segunda opción implica perder las pocas posibilidades de dejar una idea, un pensamiento, un testimonio, una reflexión o una expresión de lo que, se supone, el espacio político que el invitado representa, intenta dar.   El programa no invita para oír, invita como excusa, para medir.
El problema que aparece en evidencia es que el periodismo, este periodismo, el de Majul, Nelson Castro, Leuco, Eliaschev, Morales Solá, Ruiz Guiñazu, María O´Donnel, y el del programa de Del Moro es que le disputa al kirchnerismo, no ya, un sentido de la política (observen esto, ellos no suelen hablar de política) sino un sentido de lo moral y la ética. En ese contexto es imposible debatir o resultar vencedor en un debate dado que el “periodismo independiente” trabaja sobre supuestos y conjeturas compuestas por variables totalmente controlables y totalizadoras, mientras que el dirigente político elabora sus argumentos y defensas sobre un conjunto de experiencias reales, colectivas, históricas, viejas y nuevas convicciones, arrepentimientos y ambición. No son conciliables.  
Pero volviendo a Intratables, es curioso que este programa tenga mucho rating en relación a las casi inexistentes audiencias de los programas políticos de cable. Intratables suele medir 6 puntos de rating contra 1,5 o 2 de cualquier programa político de TN o C5N. Como si la audiencia premiara ver a la política sometida a ese tosco ejercicio de la burla y denigración televisiva. Ese chiquero en el que Oggi Junco discute mano a mano con un Senador Nacional sin que haya mediaciones posibles hasta segundos antes de llegar al escándalo frenéticamente buscado. Lo paradójico es que últimamente se ve a muchísimos dirigentes políticos asistir (o deambular) a ese programa en el que ellos son bastardeados, disminuidos, no respetados y en donde la política termina asumiendo la estética de la televisión abierta, y ellos sometidos al minuto a minuto. Si mide sirve, si no mide, no. El punto es qué y cuánto se hace para que sirva y mida.  El punto que los dirigentes políticos parecen perder de vista, es, qué tan caro se paga la cuota mínima de conocimiento/popularidad que este programa entrega, si esta se obtiene a costa de la deshilachada imagen que de ellos queda cuando Santiago Del Moro dice basta.  


12 jul 2014

Revocar y dar de nuevo

Por Nacho Fittipaldi

Suena el timbre mientras escribo algo sobre el mundial que me arrepiento de escribir. Son Mónica y Miguel. La gasista matriculada que hizo los planos de la casa y el plomero que hace los arreglos para obtener la aprobación final y habiliten el gas natural. En veinte minutos llega el inspector de Camuzzi a tales efectos, según me dicen ellos.
A Mónica la contacté en diciembre a través del arquitecto que hizo la casa, nosotros compramos la casa hecha y por lo tanto no hemos tenido vínculo alguno durante la construcción de la casa. Mónica habla como Carlitos Tevez antes de pisar suelo europeo, el 27 de diciembre me dijo “quédate tranqui que mañana voy a Camuzzi a pedir la final”. Luego de eso desapareció hasta bien entrado el mes de marzo. Al contactarla después de tantos meses, en los que llegué a llamarla siete veces y mandarle trece mensajes en un día, me dijo por teléfono “a vo te voy a cobrar menos porque te recague, me fui a estado unidos y después a Chile, te dejé re en banda” Mónica es gasista matriculada, pertenece a un universo en el que las mujeres no son gasistas matriculadas, pero ello sorprende menos que su forma de escribir mensajes de texto, única forma de que te responda inmediatamente, y esta idea en su singular forma de ver la vida son 12 o 13 horas después de que uno le escriba:
-       - Buen día Mónica, pudiste ir a Camuzzi??
-       - Hola,,fi ero no ay nvds. X ai el lun$? Aya ntis
Abro el portón y Mónica me dice “Cagamo, el inspector que viene es rejodido”. Yo me lo tomo con paciencia, si el tipo aprueba la instalación tendremos gas pronto, de lo contario no. Mónica va  a la cabina de gas en donde está el tubo, me pide que lo retire y ve algo que está mal y que ella ya podría haber visto las dos veces anteriores en las que vino a ver que todo estuviera bien, cosa que yo creí hasta ver su cara de recién. “Uy esto está como el culo. ¿Tenes concreto?” Mónica pregunta con la soltura de los irresponsables, como si tener concreto fuera tan común como tener queso mantecoso en la heladera. De ojete, solo de ojete, yo tengo una bolsa de concreto porque ella ya me había pedido tapar un codo de un caño que estaba a la vista, tiempo atrás. “Sí, tengo” respondo atragantado suponiendo que el oficio del gasista matriculado es tapar lo que no se tiene que ver. “Bueno hacete un poco de concreto y revoca esos caños”. Entonces Mónica me hace una pregunta que yo ya he oído antes, (una vez que me encajé me preguntaron "¿qué sabes de barro, flaco?"), no es exactamente la misma pero va en ese sentido, “¿Cómo te llevas con la albañilería?” Pienso en decirle, soy sociólogo, solo para ver la expresión de su rostro. Pero la respuesta se la entrego cuando agarro la cuchara de albañil, recojo un poco del concreto que hice obedientemente, lo lanzo sobre la superficie que hay que cubrir y el concreto cae. En vez de amurarse, insolente, inadhesivo, rotundamente flan de cajita, el concreto cae sobre el mismo balde que lo vio emanciparse, o partir, y frustrarse. Mónica se da cuenta que mi relación con la albañilería es la misma que la suya con la gramática, o la de Cachito Vigil con el doble sentido. Entonces me indica que me corra, que ella continúa. Todo esto transcurre adentro de la cabina de gas, o sea, medio adentro de la cabina en la que yo no quepo y en la que ella logra entrar. Mónica tiene unos 42 o 45 años, es mas corpulenta que menudita y apenas le queda espacio para demostrarme que ella está mas ducha que yo. “¿Tenes ladrillo hueco? Traete tres o cuatro si tenes”. Mónica se ha puesto demandante y yo empiezo a creer que no vamos a pasar la inspección si ella decide construir un mangrullo ahora mismo. Voy al fondo , consigo ladrillo hueco y del común, con una mínima porción de concreto intenta unir dos ladrillos huecos, luego pone dos de los comunes y dice, “cortate este ladrillo por ahí –marca con el dedo la altura en la que debo cortar- porque no entra entero”. Yo me siento en un desafío igual o más grande que el de Messi para la final del domingo. Es el momento de reivindicarme, es el acto que lleva a la gloria. Mónica me pasa el ladrillo por un mínimo espacio que queda entre su acrecentado cuerpo y el marco de la puerta de la cabina de gas. Lo que yo veo desde mi posición de cuclillas, es su culo y sus piernas semiflexionadas, su espalda esta entera dentro de la cabina, mi cara casi dentro de su orto. Tomo el ladrillo con un sentimiento de seguridad y cuando lo tengo en la mano hago lo único que mi experiencia visual logra transmitirme, hay que cortar el ladrillo con la cuchara de albañil, hay que pegarle un golpe seco y el ladrillo se corta. Mil veces vi hacer eso, tan difícil no debe ser. Entonces marco el ladrillo y le pego un golpe seco. El ladrillo no se inmuta. Le pego una vez, dos, tres, no era tan sencillo, cuatro veces, estoy agitado, y a la quinta, el pedazo más corto que no vamos a usar cae, seco, al piso. El corte es de una precisión a la que yo mismo sucumbo. “Toma Mónica, ponelo”. Veo su mano tanteando el aire como para que yo coloque el ladrillo en ella, “Joya” dice y se escurre de mi vista. Supongo que el trabajo ha concluido. Mónica sale de la cabina marcha atrás. Al correr su cuerpo, veo la figura –por decir algo- que los ladrillos han asumido, lo grotesco, lo amorfo y  lo torpe que puede ser el acto y la consecuencia de pegar dos ladrillos huecos a uno común. Asumo que la partida está perdida pero antes hay tiempo para más. El rincón en el que nos hemos movido está lleno de caca de la perra. Yo estuve corriendo y trayendo ladrillos del fondo, Mónica hizo el concreto en la canilla que esta acá al lado, yo he corrido el tubo de gas y no nos dimos cuenta que entre la humedad de la tierra y la caca de la perra se ha formado una suerte de lodo inmundo. “Uyy, pise mierda”, a partir de ahí Mónica se saca las zapatillas Nike de correr y anda en patas dentro de la casa. El inspector llega mientras yo revoco –por decir algo- la cabina pequeña del gas natural. El revoque está fresco con lo cual descuento que el inspector va a suponer que algo escondemos. Mónica ya me ha anunciado, “Si se da cuenta me sacan la matricula. Este inspector es un pendejo forro, mira todo”, yo pienso que sería lo más sensato pero aun así me preocupo por ese asunto. A mitad del revoque cae el pendejo forro y ve que yo estoy revocando, Mónica le dice lo evidente, “Está revocando”. A mí me da vergüenza que vean la nula posibilidad que tengo de hacer pegar una cucharazo de concreto sobre la cabina, entonces me doy media vuelta y me meto en la casa, enojado como un jugador de fútbol que es remplazado a los 15 minutos del primer tiempo. No quiero ver cómo el pendejo le quita la posibilidad de trabajar a nadie, incluso a Mónica. No quiero oír el resultado de nuestra inspección. Quiero aprobarla. No lo logramos. El calefón está 12 centímetros mas abajo de lo que la reglamentación permite. Este pendejo es, además de un forro, un tecnócrata, un tirano del centímetro. Mónica agrega, “Si venía Gómez en vez de este, sabes cómo la pasábamos”. Se calza las zapatillas y se va. 

5 jun 2014

De cumpleaños, trenes y de subtes



Por Nacho Fittipaldi
Hoy es un día especial. Hoy cumplo 36 años. El día es soleado y frio, por lo que me han contado, es un día parecido al día que nací. No conozco ese día, el día en que nací, pero confío en lo que me contaron.
En el andén de la estación, espero a que el tren llegue. Es un tren nuevo, es el tren de Randazzo, así se lo llama jocosamente. Es un tren cero kilometro, es de origen chino, y es un tren que llega a horario. Lo tomo a las 09.28 Hs y llega a Plaza Constitución a las 10.10 Hs. En este tren viaja gente de clase media y media-alta. El tren sale de La Plata, para en City Bell, y Villa Elisa, luego va derecho a Constitución. En este tren pasan cosas curiosas. La gente lee. La gente ríe. Los menos, llevan sus equipos de mate y matean hasta llegar a destino. Incluso hay un grupo de facebook, <<Amigos del tren>>, que se han hecho amigos viajando en este servicio “diferencial” e incluso, por lo que me enteré, hasta festejan los cumpleaños y los fines de año. En este tren, si sube alguien humilde, de esos que suelen viajar en el tren común, todos lo miramos. Lo miramos como me miran a mí cuando subo al tren común. Es una mirada social. Es una percepción y una pregunta. Es un, qué haces vos acá. En este tren hay policías, en los trenes comunes también, son igual de gordos e inútiles que los que andan por la calle. Pero acá la gente les habla y los saluda, <<Hasta luego>>. Y lo más curioso tal vez, es que ellos responden, <<Hasta luego señor>>. Acá los policías son humanizados.  Los trenes salen puntuales, habitualmente. Pero si se demora apenas dos o tres minutos, muchos de los pasajeros que hasta hace dos años no se tomaban un tren ni por puta, dicen, <<que tren de mierda>>, o <<qué queres con este gobierno>>, o <<Randazzo hacete culear por el Pollo Sobrero>>. Disquisición: ¿Alguien comprende qué es lo que le pasa a Sobrero en el pelo? En este tren los vagones son cero kilometro pero la locomotora es vieja, son las de siempre. El tren no hace ruido, uno puede charlar con el mismo tono de voz que en la cocina de su casa, este tren tampoco hace ese  balanceo u oscilación lateral que hacía el otro, ese clásico, tutun-tu-tu, tutun-tu-tu. En algún sentido este tren ha perdido esa cosa clásica que tenía el otro, esa tonalidad del Roca histórico en el que viajábamos a Mar del Plata, o aquél que me deportó a Tucumán en 28 amigables horas de viaje, el memorable Estrella del Norte. Sí, 28 horas. O el mismo que veíamos pasar por acá, por Villa Elisa y que tomábamos en familia cuando nos trasladamos los ocho Fittipaldi a Bs.As. 

Por aquellos años llegar a Constitución era para mí tan novedoso, traumático y alucinante como esa sensación que me sigue generando ver despegar un avión.  Hoy llegar a Plaza Constitución en este tren es algo más distendido, hay menos caos, menos ruido, no hay feria, hay menos gente, o ese cambio de percepción es el que tengo. En cambio  hay un local en el subsuelo que se llama “Pancho vip”, sigue habiendo gente durmiendo en el piso al resguardo del frio exterior, siempre el andén del subte es más cálido que el del tren, hay como una corriente de aire tibia que viene de algún caldo humano que se cocina en Retiro o en Constitución, y que se mueve por esas cañerías alimañosas denominadas subte. Desde chico siempre tuve esas dos terminales como los grandes centros de Bs.As, Retiro y Constitución. Para mi BsAs era Retiro y Constitución. En el subte se ven cosas que antes no, unos negros que te hacen sentir en Brooklyn, unos chinos que te hacen sentir en Asia y un persistente olor a chipá que te hace sentir como el orto. De dónde mierda viene esa compulsión que le agarró a la urbanidad metropolitana por comer esa masa gomosa que no tiene mérito aparente. ¿Y el olor que larga? Te hace reflexionar acerca de si escupir, o tragar de una buena vez ese bocado tan dudoso. ¿Cómo se pudo poner de moda? ¿Quién lo permitió? ¿Fue obra del Mencho Medina Bello o de Crismanich? Hemos llegado al punto de que en la combinación de la línea C, con la A, hay un puesto de El Noble que se especializa en chipá. Invade con ese olor soporífero todas las articulaciones y combinaciones posible de subte, convierten al a la meca de la urbanidad, el subte, en la meca del Paraguay. ¿Eso es la aldea global? Mientras voy buscando partículas de oxigeno que no contengan chipá, encuentro en el fondo del túnel a un hombre, que es el de siempre, entonando con guitarra y voz, esa canción litoraleña, como el chipá, entre las miles de gentes que se van pateando los tobillos, aun sin quererlo, mientras todos vamos en una única dirección corriendo contra reloj, esa memorable melodía,  << Así nació nuestro querer; con ilusión, con mucha fé. Pero no sé por qué, la flor se marchitó y muriendo fue>>.
Entonces el oxigeno aparece con la misma magia y misterio que rodea a esta ciudad, inhalo hondo esa canción que me recuerda tanto a Mora, su imagen y su pequeña locura tienen un efecto curativo. La voz del cantante penetra los azulejos del pasillo y se hace dominante, le gana al chipá, por un instante siento que no estamos en Buenos Aires y eso ya es muchísimo decir. Pero estoy en Buenos Aires, sé el día en que nací, 5 de junio de 1978, y conozco el día que estoy viviendo, a la perfección, con todos sus defectos y pliegues contradictorios, con esa estimulante y esperanzadora sentencia médica, <<con los resultados de esta colonoscopía, te puedo decir que tenes cuerda y culo para rato>>.


19 may 2014

Negro uva

Por Nacho Fittipaldi.

La mañana es soleada y fría. Después de no sé cuánto tiempo vuelvo a caminar por calle 12. Esa mudanza a Villa Elisa ha implicado el alejamiento casi total de la ciudad de La Plata, eso implica la pérdida provisoria de una fuente de insumos básicos para escribir pero también una perspectiva sobre esa calle, sus esquinas y el Parque Saavedra. Calle 12 es ahora un destino remoto, un sitio que al recorrerlo me recuerda las primeras salidas con Piero en el carrito, sus primeros soles; así también llegan los recuerdos, también fue mi barrio adoptivo cuando me fui a vivir a la casa que, alguna vez fue de Pao, y que luego fue nuestra. Más atrás en el tiempo fue un sitio desdeñado cuando calle 8 era la moda y yo solo iba a calle 12 cuando la casa de los Cueto Rúa era la parada obligada para ir a la cancha y dejar mensajes diminutos en la mesa del comedor, una práctica habitual.
Curiosamente es un turno con un gastroenterólogo (uno que no es Cueto Rúa) el que me lleva hasta el Sanatorio Argentino ubicado en 56 entre 12 y 13, creo que algún primo estuvo internado allí luego de estrellarse en auto, un Senda -creo- contra una palmera en alguna plaza platense. Camino de frente al sol, bajando hacia Plaza Moreno, de 60 hacia 56. El viento cruza la cara y vuela la gorra de un policía. El uniformado hace un gesto con el brazo que de lo tardío no llega ni a controlar la gorra ni a permitirnos imaginar que ese gesto lento y silencioso tenía ese objetivo. En una silla de ruedas, un discapacitado, con capacidades diferentes, balbucea algunas ¿palabras? con el hombre de uniforme que ha postergado lo de la gorra, viendo que ella ha ido a parar junto a un carrito de garrapiñadas. El balbuceo es incomprensible y ante ello, el cana toma la iniciativa y le pregunta:
-       ¿Cómo estás? -se auto responde- Andas bien, bueno, bueno -y le palmea el hombro como diciéndole, <<raja de acá que me pones muy incómodo>>.
-       Ahua uhua ahhanaheu hnajidetifuleto -el muchacho insiste-.
-       ¿Andas bien?
Yo sigo la marcha preguntándome cuán bien puede estar ese muchacho postrado en esa silla, sin poder hacerse entender, no ya por ese cana que es notoria su falta de condiciones para ser policía en cualquier lugar del mundo, menos en la provincia de BsAs, sino ante el mas esforzado de los humanos que quisiera comprenderlo. ¿Acaso su mamá lo comprenda?
Sigo por la vereda mirando los precios absurdos de marcas desconocidas, oliendo el olor de las panaderías, maravillándome de la cantidad de publicaciones que se venden en los puestos de diarios, intuyendo cómo los inspectores de tránsito me hacen una multa cien metros atrás mío, miro la cantidad de africanos que hay en la vereda vendiendo relojes truchos de colores estridentes. En esa mixtura de colores y el caos visual dominante, veo un negro que si yo tengo frío, él está por morir de congelamiento prematuro. No vende nada, la gente ni para a ver su oferta, del frío él ni se insinúa. Un hombre de unos 75 u 80 años se frena en seco al verlo y como si lo conociera –cosa compleja porque son todos iguales, como los chinos- le dice:
-         ¡Qué haces negro! ¿Volviste? –evidentemente el viejo lo conoce porque lo trata como quien se cruza con un amigo de esos con los que uno se come un asado- ¿Cómo te fue?
-         Sí, volviste –dice el negro con cara de no entender la pregunta-. Sí, volviste –repite ahora dando muestras claras de que no entendió un carajo, sin embargo aparece una media sonrisa desgajando de esa boca de donde brotan dos labios prominentes, hinchados, color uva hecha vino tinto-.
-         ¿Te fuiste allá?
-         Volviste –lanza el negro con las manos aun estrechadas al viejo, quien, además le sujeta el brazo-, volviste, sí, volviste.
-         ¿Fuiste a tu país, allá? –el morocho parece no comprender y el viejo se inicia en ese proceso en el que caemos todos frente a la imposibilidad idiomática, y que consiste en que aún manejando el idioma nuestro, el propio, empezamos a hablar mal suponiendo que eso ayuda al que no maneja el idioma- ¿Fuiste allá? ¿África? ¿Volviste?
-         No, no, no,  no volví –dice la uva negra arrepintiéndose, creo yo, de haber salido de su pensión-.
-         ¿Te fuiste?
-         No, no, no, volví -mueve la mano diciendo que no, y deja al viento la palma de su mano blanca, como de otro cuerpo-.
-         ¡Uh que cagada! Bueno, bueno que estés bien che, abrigate que esta frío, eh.

-         Volviste. –<<volviste>>, eso queda diciendo el negro, meditando, boquiabierto, la media sonrisa luce desdibujada y en cinco segundos ya no hay rastro de esa expresión en su rostro. Las gentes siguen sin frenar a mirar su puesto. Sus labios siguen igual de morados, como si hubiera llegado a comprender apenas lo que el hombre conjeturaba en su pregunta inicial << ¿volviste?>>, quedó ahí, imaginando levemente, por unos segundos, un avión despegando, un aeropuerto que lo recibe con carteles e indicaciones que comprende, el re encuentro con la familia, la concreción de ese viaje imposible a un destino donde jamás retornara.

27 mar 2014

Cuando me muera quiero que me digan Berraco


Por Nacho Fittipaldi

Desde el mes de enero Canal 9 tiene en el aire la serie colombiana llamada “Escobar, el patrón del mal”. La <<narconovela>>, así se  denomina al género, versa sobre los años que arrojaron al Capo del Cartel de Medellín, Pablo Emilio Escobar Gaviria, a la cima y a la muerte de su mundo que marcó durante 20 años, el pulso, el ritmo y la taquicardia de toda Colombia. Esta serie colombiana viene a sumarse a un fenómeno complejo al que, en lo personal, agrego las novelas de los escritores Haruki Murakami, y Henning Mankell. Son cosas que no puedo dejar de ver o leer, y a su vez forman parte de la moda y los best seller. El punto es qué sucede cuando la moda, lejos de los prejuicios de clase en los que nos hemos criado, está bien compuesta en su género.  Es decir, qué hay de malo en consumir best seller si esos tipos escriben como la ostia, o qué de malo tiene ver el patrón del mal…, si la serie esta buenísima.
Hecha esta salvedad quiero tocar algunos puntos que no ayudan a  explicar por qué esta serie hace 10 puntos promedio de rating desde hace ya dos meses.
Por un lado señalar cuanto mejores son los actores de esta serie a los de las novelas nuestras, es casi imposible ver llorar o reír bien a Facundo Arana, por ejemplo. Pero no solo a él, sería muy larga la lista y muy corta la que indique quiénes lo hacen bien o muy bien. Pero acá no solo Andrés Parra (Pablo Escobar en la serie) actúa endemoniadamente bien, es de lo más excepcional que hemos visto en mucho tiempo, hay un cúmulo de quince actores que verdaderamente la descosen a diario y otra veintena que cuando aparecen también impresionan. Pasan escenas de violencia, de tristeza, de borracheras, de amor, de risas y actúan todo bien. No hay serie, ni unitario argentino que esté a esa altura, mas aún teniendo en cuenta la cantidad de actores que El patrón… involucra en cada capítulo, multimillonaria producción por cierto. La serie tiene la cualidad de que uno ve la escena y sencillamente les cree, y no solo les cree sino que puede ponerse en el lugar del otro aunque ese otro sea un monstruo. Cuando Escobar habla de que el gobierno nacional no respeta sus derechos humanos y los de su familia, todos sabemos que es un psicópata, <<cínico y morboso>>, como él mismo califica a los medios de comunicación, pero a nadie le queda dudas de que él siente eso, que lo preocupa, que sufre por eso y que eso es lo que está sucediendo. Pero a la vez, del otro lado, cuando uno ve cómo responde el presidente de la nación, tampoco a nadie le queda la menor duda de la complejidad de ser gobernante durante esos años, esos años que arrojaron a Pablo Escobar a la luz pública luego del mayor error cometido por Escobar y que fe asesinar al Ministro de Justicia de la Nación.
Es ahí donde invocar a Yabrán tiene sentido con aquellas dos frases antológicas que valen mucho más que varios cursos de ciencias políticas; <<el poder es la impunidad>> y en relación a la foto que le sacara J.L. Cabezas <<me pegaron un tiro en la frente>>. ¿Se puede ser más grafico y claro? No.  Después de aquél asesinato Escobar irá perdiendo de a poco y para siempre, hasta que lo asesinan, todo su poder. Su poder era su impunidad, y su impunidad era ser invisible, cuando se hace visible deja de ser impune, orada su propio poder y comienza la carnicería que arroja la friolera de 1.000.000 de muertos –sí, leyeron bien- desde que él comienza su guerra contra el gobierno nacional, contra el Cartel de Cali, contra la sociedad civil y  contra quien se le pusiera en frente.
Otro punto interesante es que en una serie en donde se habla del capo del narcotráfico más importante del mundo aparezcan ciertas cosas ladeadas. Se soslaya la palabra <<cocaína>> y su imagen. Prácticamente no hay escenas donde se pronuncie esa palabra o su modismo colombiano <<perico>>, tampoco se ven imágenes sobre las toneladas de cocaína que se traficaban a EE.UU, o del narcotráfico en sí. Eso esta invisibilizado. Nadie consume, nadie vende, nadie compra. Rarísimo. Algo que por ejemplo en algunos textos de Fernando Vallejo, o en la arrolladora novela de Santiago Gamboa “Plegarias Nocturnas”, o en las novelas de Mario Mendoza, todos ellos escritores colombianos, aparece de manera constante, omnipresente, entregada y usada casi como un derecho ciudadano, invasiva, hasta hacerlo sentir a uno un boludo, o un pacato, por no haberla probado. 
Otro punto interesantísimo es la cuestión de la extradición. La serie muestra este tema como el principal punto de inflexión en la dinámica de la relación entre Escobar y los diferentes gobiernos nacionales. El asunto gira sobre si en caso de ser capturados los capos narco de Colombia, podrían o no ser extraditados a EE.UU y ser juzgados con  leyes norteamericanas. Por un lado hay una cuestión formal acerca de si corresponde o no, acceder a ese tipo de solicitudes. A su vez, hay una dinámica que está regida por la fluidez con que Escobar accede o no a los distintos presidentes y, según ello, si logra o no manejar ese tipo de decisiones que, por lo demás, deben ser rubricadas con documentos oficiales, sean artículos específicos en la constitución nacional, decretos presidenciales (con menor alcance en el tiempo) o, como se ve en la serie, decisiones políticas sin ataduras legales-formales, más que la propia decisión de un presidente en extraditar a un narco. Ese es el segundo quiebre, la amenaza de la extradición y el fin del poder de los dólares o las balas como consecuencia de ello.
Tampoco aparece autocrítica, o un mínimo contrapunto, un halo de esperanza frente a la imposibilidad asumida de juzgar en estrados colombianos a estos narcos que lo único que quieren es no ser extraditados a EE.UU. En ningún momento la serie aborda esta cuestión. No hay un solo personaje que diga alguito, una palabra,  sobre este conflicto, si los <<extraditables>> pueden no ser extraditados pero en cambio ser juzgados en Colombia por jueces colombianos. La tensión es, o los extraditamos o quedan libres. Es como si fuera imposible permitirse pensar en un juez no corrupto y por extensión uno puede pensar en una sociedad que se ubica en ese mismo lugar del <<juez corrompible>>, dado que los jueces son miembros de ella, hay una representación de la sociedad colombiana en ese debate obturado.

Finalmente hay otro asunto que la serie no aborda pero que aparece sobrevolando todo el tiempo y que es la cuestión de cuánto debe ceder un gobierno para obtener la paz en relación a un conflicto violento. Es decir, cuanto puede exigirle Escobar al los diferentes gobiernos nacionales para entregarse y llevar algo de cordura a una locura que aún no ha cesado. ¿Puede exigir el fin de la persecución personal? ¿Puede exigir el fin de la persecución a su familia? ¿Puede exigir la modificación de la constitución y la redacción específica de un artículo que prohíba la extradición de ciudadanos colombianos a los EE.UU? ¿Puede? Sí, claro que puede. Pero el gobierno nacional, ¿qué decisión debe tomar? ¿Debe hacer caso, debe cumplir todo lo que Escobar, como cabeza pensante de los <<extraditables>>, exige? Si lo hace, toma el riesgo de quedar expuesto a la feroz envestida de los medios de comunicación, <<cínicos y morbosos>>, que en su idealismo absurdo conciben a los gobiernos y a las estructuras estatales como reserva moral de la sociedad y como el sitio donde se concentra el mayor poder. O no cumple con todo lo exigido y asume el riesgo de otro <<bombazo>> a un avión de Avianca en pleno cielo colombiano con 107 víctimas abordo; u otros 17 secuestrados durante más de seis meses; u otro  precandidato presidencial asesinado. ¿Qué hacer? Esa es la pregunta que la serie no plantea con profundidad, esa es la pregunta que atraviesa a la relación Estado y Sociedad, la pregunta que la Argentina tuvo que hacerse cuando regresó la democracia y había que juzgar a los milicos. ¿Hasta dónde ir, quién los juzga, con qué leyes, en qué país, por cuáles delitos? De esa negación surgen otras respuestas, surgen imágenes simplificadas, procesos no contados y esa hermosa sensación de cada día, de lunes a viernes, a las 22 hs, de querer ser todos, un poquito, durante un rato nada mas, Pablo Emilio Escobar Gaviria, el patrón del mal pero nada tan simplificado, también un buen padre, un pésimo amante, un berraco, un guerrero, un multimillonario, cálido, cruel, familiero, gordo, entrador, narco, capaz de mentirse frente a su propio espejo y creérselo, y en ese truco, dejarnos perplejos a todos, cada vez y desde hace dos berracos meses.