19 may 2014

Negro uva

Por Nacho Fittipaldi.

La mañana es soleada y fría. Después de no sé cuánto tiempo vuelvo a caminar por calle 12. Esa mudanza a Villa Elisa ha implicado el alejamiento casi total de la ciudad de La Plata, eso implica la pérdida provisoria de una fuente de insumos básicos para escribir pero también una perspectiva sobre esa calle, sus esquinas y el Parque Saavedra. Calle 12 es ahora un destino remoto, un sitio que al recorrerlo me recuerda las primeras salidas con Piero en el carrito, sus primeros soles; así también llegan los recuerdos, también fue mi barrio adoptivo cuando me fui a vivir a la casa que, alguna vez fue de Pao, y que luego fue nuestra. Más atrás en el tiempo fue un sitio desdeñado cuando calle 8 era la moda y yo solo iba a calle 12 cuando la casa de los Cueto Rúa era la parada obligada para ir a la cancha y dejar mensajes diminutos en la mesa del comedor, una práctica habitual.
Curiosamente es un turno con un gastroenterólogo (uno que no es Cueto Rúa) el que me lleva hasta el Sanatorio Argentino ubicado en 56 entre 12 y 13, creo que algún primo estuvo internado allí luego de estrellarse en auto, un Senda -creo- contra una palmera en alguna plaza platense. Camino de frente al sol, bajando hacia Plaza Moreno, de 60 hacia 56. El viento cruza la cara y vuela la gorra de un policía. El uniformado hace un gesto con el brazo que de lo tardío no llega ni a controlar la gorra ni a permitirnos imaginar que ese gesto lento y silencioso tenía ese objetivo. En una silla de ruedas, un discapacitado, con capacidades diferentes, balbucea algunas ¿palabras? con el hombre de uniforme que ha postergado lo de la gorra, viendo que ella ha ido a parar junto a un carrito de garrapiñadas. El balbuceo es incomprensible y ante ello, el cana toma la iniciativa y le pregunta:
-       ¿Cómo estás? -se auto responde- Andas bien, bueno, bueno -y le palmea el hombro como diciéndole, <<raja de acá que me pones muy incómodo>>.
-       Ahua uhua ahhanaheu hnajidetifuleto -el muchacho insiste-.
-       ¿Andas bien?
Yo sigo la marcha preguntándome cuán bien puede estar ese muchacho postrado en esa silla, sin poder hacerse entender, no ya por ese cana que es notoria su falta de condiciones para ser policía en cualquier lugar del mundo, menos en la provincia de BsAs, sino ante el mas esforzado de los humanos que quisiera comprenderlo. ¿Acaso su mamá lo comprenda?
Sigo por la vereda mirando los precios absurdos de marcas desconocidas, oliendo el olor de las panaderías, maravillándome de la cantidad de publicaciones que se venden en los puestos de diarios, intuyendo cómo los inspectores de tránsito me hacen una multa cien metros atrás mío, miro la cantidad de africanos que hay en la vereda vendiendo relojes truchos de colores estridentes. En esa mixtura de colores y el caos visual dominante, veo un negro que si yo tengo frío, él está por morir de congelamiento prematuro. No vende nada, la gente ni para a ver su oferta, del frío él ni se insinúa. Un hombre de unos 75 u 80 años se frena en seco al verlo y como si lo conociera –cosa compleja porque son todos iguales, como los chinos- le dice:
-         ¡Qué haces negro! ¿Volviste? –evidentemente el viejo lo conoce porque lo trata como quien se cruza con un amigo de esos con los que uno se come un asado- ¿Cómo te fue?
-         Sí, volviste –dice el negro con cara de no entender la pregunta-. Sí, volviste –repite ahora dando muestras claras de que no entendió un carajo, sin embargo aparece una media sonrisa desgajando de esa boca de donde brotan dos labios prominentes, hinchados, color uva hecha vino tinto-.
-         ¿Te fuiste allá?
-         Volviste –lanza el negro con las manos aun estrechadas al viejo, quien, además le sujeta el brazo-, volviste, sí, volviste.
-         ¿Fuiste a tu país, allá? –el morocho parece no comprender y el viejo se inicia en ese proceso en el que caemos todos frente a la imposibilidad idiomática, y que consiste en que aún manejando el idioma nuestro, el propio, empezamos a hablar mal suponiendo que eso ayuda al que no maneja el idioma- ¿Fuiste allá? ¿África? ¿Volviste?
-         No, no, no,  no volví –dice la uva negra arrepintiéndose, creo yo, de haber salido de su pensión-.
-         ¿Te fuiste?
-         No, no, no, volví -mueve la mano diciendo que no, y deja al viento la palma de su mano blanca, como de otro cuerpo-.
-         ¡Uh que cagada! Bueno, bueno que estés bien che, abrigate que esta frío, eh.

-         Volviste. –<<volviste>>, eso queda diciendo el negro, meditando, boquiabierto, la media sonrisa luce desdibujada y en cinco segundos ya no hay rastro de esa expresión en su rostro. Las gentes siguen sin frenar a mirar su puesto. Sus labios siguen igual de morados, como si hubiera llegado a comprender apenas lo que el hombre conjeturaba en su pregunta inicial << ¿volviste?>>, quedó ahí, imaginando levemente, por unos segundos, un avión despegando, un aeropuerto que lo recibe con carteles e indicaciones que comprende, el re encuentro con la familia, la concreción de ese viaje imposible a un destino donde jamás retornara.

27 mar 2014

Cuando me muera quiero que me digan Berraco


Por Nacho Fittipaldi

Desde el mes de enero Canal 9 tiene en el aire la serie colombiana llamada “Escobar, el patrón del mal”. La <<narconovela>>, así se  denomina al género, versa sobre los años que arrojaron al Capo del Cartel de Medellín, Pablo Emilio Escobar Gaviria, a la cima y a la muerte de su mundo que marcó durante 20 años, el pulso, el ritmo y la taquicardia de toda Colombia. Esta serie colombiana viene a sumarse a un fenómeno complejo al que, en lo personal, agrego las novelas de los escritores Haruki Murakami, y Henning Mankell. Son cosas que no puedo dejar de ver o leer, y a su vez forman parte de la moda y los best seller. El punto es qué sucede cuando la moda, lejos de los prejuicios de clase en los que nos hemos criado, está bien compuesta en su género.  Es decir, qué hay de malo en consumir best seller si esos tipos escriben como la ostia, o qué de malo tiene ver el patrón del mal…, si la serie esta buenísima.
Hecha esta salvedad quiero tocar algunos puntos que no ayudan a  explicar por qué esta serie hace 10 puntos promedio de rating desde hace ya dos meses.
Por un lado señalar cuanto mejores son los actores de esta serie a los de las novelas nuestras, es casi imposible ver llorar o reír bien a Facundo Arana, por ejemplo. Pero no solo a él, sería muy larga la lista y muy corta la que indique quiénes lo hacen bien o muy bien. Pero acá no solo Andrés Parra (Pablo Escobar en la serie) actúa endemoniadamente bien, es de lo más excepcional que hemos visto en mucho tiempo, hay un cúmulo de quince actores que verdaderamente la descosen a diario y otra veintena que cuando aparecen también impresionan. Pasan escenas de violencia, de tristeza, de borracheras, de amor, de risas y actúan todo bien. No hay serie, ni unitario argentino que esté a esa altura, mas aún teniendo en cuenta la cantidad de actores que El patrón… involucra en cada capítulo, multimillonaria producción por cierto. La serie tiene la cualidad de que uno ve la escena y sencillamente les cree, y no solo les cree sino que puede ponerse en el lugar del otro aunque ese otro sea un monstruo. Cuando Escobar habla de que el gobierno nacional no respeta sus derechos humanos y los de su familia, todos sabemos que es un psicópata, <<cínico y morboso>>, como él mismo califica a los medios de comunicación, pero a nadie le queda dudas de que él siente eso, que lo preocupa, que sufre por eso y que eso es lo que está sucediendo. Pero a la vez, del otro lado, cuando uno ve cómo responde el presidente de la nación, tampoco a nadie le queda la menor duda de la complejidad de ser gobernante durante esos años, esos años que arrojaron a Pablo Escobar a la luz pública luego del mayor error cometido por Escobar y que fe asesinar al Ministro de Justicia de la Nación.
Es ahí donde invocar a Yabrán tiene sentido con aquellas dos frases antológicas que valen mucho más que varios cursos de ciencias políticas; <<el poder es la impunidad>> y en relación a la foto que le sacara J.L. Cabezas <<me pegaron un tiro en la frente>>. ¿Se puede ser más grafico y claro? No.  Después de aquél asesinato Escobar irá perdiendo de a poco y para siempre, hasta que lo asesinan, todo su poder. Su poder era su impunidad, y su impunidad era ser invisible, cuando se hace visible deja de ser impune, orada su propio poder y comienza la carnicería que arroja la friolera de 1.000.000 de muertos –sí, leyeron bien- desde que él comienza su guerra contra el gobierno nacional, contra el Cartel de Cali, contra la sociedad civil y  contra quien se le pusiera en frente.
Otro punto interesante es que en una serie en donde se habla del capo del narcotráfico más importante del mundo aparezcan ciertas cosas ladeadas. Se soslaya la palabra <<cocaína>> y su imagen. Prácticamente no hay escenas donde se pronuncie esa palabra o su modismo colombiano <<perico>>, tampoco se ven imágenes sobre las toneladas de cocaína que se traficaban a EE.UU, o del narcotráfico en sí. Eso esta invisibilizado. Nadie consume, nadie vende, nadie compra. Rarísimo. Algo que por ejemplo en algunos textos de Fernando Vallejo, o en la arrolladora novela de Santiago Gamboa “Plegarias Nocturnas”, o en las novelas de Mario Mendoza, todos ellos escritores colombianos, aparece de manera constante, omnipresente, entregada y usada casi como un derecho ciudadano, invasiva, hasta hacerlo sentir a uno un boludo, o un pacato, por no haberla probado. 
Otro punto interesantísimo es la cuestión de la extradición. La serie muestra este tema como el principal punto de inflexión en la dinámica de la relación entre Escobar y los diferentes gobiernos nacionales. El asunto gira sobre si en caso de ser capturados los capos narco de Colombia, podrían o no ser extraditados a EE.UU y ser juzgados con  leyes norteamericanas. Por un lado hay una cuestión formal acerca de si corresponde o no, acceder a ese tipo de solicitudes. A su vez, hay una dinámica que está regida por la fluidez con que Escobar accede o no a los distintos presidentes y, según ello, si logra o no manejar ese tipo de decisiones que, por lo demás, deben ser rubricadas con documentos oficiales, sean artículos específicos en la constitución nacional, decretos presidenciales (con menor alcance en el tiempo) o, como se ve en la serie, decisiones políticas sin ataduras legales-formales, más que la propia decisión de un presidente en extraditar a un narco. Ese es el segundo quiebre, la amenaza de la extradición y el fin del poder de los dólares o las balas como consecuencia de ello.
Tampoco aparece autocrítica, o un mínimo contrapunto, un halo de esperanza frente a la imposibilidad asumida de juzgar en estrados colombianos a estos narcos que lo único que quieren es no ser extraditados a EE.UU. En ningún momento la serie aborda esta cuestión. No hay un solo personaje que diga alguito, una palabra,  sobre este conflicto, si los <<extraditables>> pueden no ser extraditados pero en cambio ser juzgados en Colombia por jueces colombianos. La tensión es, o los extraditamos o quedan libres. Es como si fuera imposible permitirse pensar en un juez no corrupto y por extensión uno puede pensar en una sociedad que se ubica en ese mismo lugar del <<juez corrompible>>, dado que los jueces son miembros de ella, hay una representación de la sociedad colombiana en ese debate obturado.

Finalmente hay otro asunto que la serie no aborda pero que aparece sobrevolando todo el tiempo y que es la cuestión de cuánto debe ceder un gobierno para obtener la paz en relación a un conflicto violento. Es decir, cuanto puede exigirle Escobar al los diferentes gobiernos nacionales para entregarse y llevar algo de cordura a una locura que aún no ha cesado. ¿Puede exigir el fin de la persecución personal? ¿Puede exigir el fin de la persecución a su familia? ¿Puede exigir la modificación de la constitución y la redacción específica de un artículo que prohíba la extradición de ciudadanos colombianos a los EE.UU? ¿Puede? Sí, claro que puede. Pero el gobierno nacional, ¿qué decisión debe tomar? ¿Debe hacer caso, debe cumplir todo lo que Escobar, como cabeza pensante de los <<extraditables>>, exige? Si lo hace, toma el riesgo de quedar expuesto a la feroz envestida de los medios de comunicación, <<cínicos y morbosos>>, que en su idealismo absurdo conciben a los gobiernos y a las estructuras estatales como reserva moral de la sociedad y como el sitio donde se concentra el mayor poder. O no cumple con todo lo exigido y asume el riesgo de otro <<bombazo>> a un avión de Avianca en pleno cielo colombiano con 107 víctimas abordo; u otros 17 secuestrados durante más de seis meses; u otro  precandidato presidencial asesinado. ¿Qué hacer? Esa es la pregunta que la serie no plantea con profundidad, esa es la pregunta que atraviesa a la relación Estado y Sociedad, la pregunta que la Argentina tuvo que hacerse cuando regresó la democracia y había que juzgar a los milicos. ¿Hasta dónde ir, quién los juzga, con qué leyes, en qué país, por cuáles delitos? De esa negación surgen otras respuestas, surgen imágenes simplificadas, procesos no contados y esa hermosa sensación de cada día, de lunes a viernes, a las 22 hs, de querer ser todos, un poquito, durante un rato nada mas, Pablo Emilio Escobar Gaviria, el patrón del mal pero nada tan simplificado, también un buen padre, un pésimo amante, un berraco, un guerrero, un multimillonario, cálido, cruel, familiero, gordo, entrador, narco, capaz de mentirse frente a su propio espejo y creérselo, y en ese truco, dejarnos perplejos a todos, cada vez y desde hace dos berracos meses.

20 feb 2014

Pompa



Por Eduardo Sansone

Recuerdo cuando era chico y papá nos contaba, a mis hermanos y a mí, que cuando él era chico, tenía miedo a las pompas fúnebres. Entonces nos describía esas pompas tenebrosas, con sus carruajes de color negro, sus caballos negros, todo en negro, muy negro. Y sus correajes adornados, y el sonido del galope de esos caballos. Y más caballos y más ruido y más miedo cuanto más dinero tenía el difunto y su familia.
Esto lo recordé hace unos días cuando al llegar a una esquina, tuve que detener mi marcha porque venía una pompa fúnebre. Otra, pero pompa al fin.
Solo un auto fúnebre. Con el ataúd y unas cuantas flores y muchos jóvenes, muy jóvenes y muchos. Todos detrás de ese auto gris. En su mayoría con el torso desnudo debido al insoportable calor, y en motos, todos en sus motos. Gritando, haciendo explosiones con sus escapes. Gritando, pero con la misma cara triste que imagino, tendrían aquellos deudos que apenas alcanzaba a ver mi papá, antes de salir corriendo hacia el fondo a buscar refugio en la falda de mi abuela.
Aprovechando que detuve mi marcha, cruzó una señora mayor delante de mío, moviendo la cabeza de un lado a otro, reprobando lo que veía. Me di cuenta que estaba sorprendida. Era algo raro, ¡es cierto! Entonces pensé que a esa señora, quizás, le parecía más raro aún ya que, a lo mejor, se le venían a la cabeza las mismas pompas de las que hablaba papá.
También recordé en ese momento lo que me contaba papá, y recordé también, la pompa que tuvo él, cuando lo acompañamos en  su dolorosa despedida. Y me di cuenta, que en definitiva es la misma manera de despedir. Pompa es la ceremonia que se le hace a un difunto en su despedida; y lo que yo veía no era más que eso. La pompa de alguien muy joven, de poco dinero, distinta a las de antaño pero en definitiva igual, el último adiós, el último andar junto a los amigos, y a los que lo querían.
Me consolé pensando que por lo menos estos amigos no necesitaron dinero para poder hacer ruido. ¡Mucho ruido, mucha pompa! 
También reconozco que miré a todos lados buscando a ese niño temeroso; no lo vi, no lo encontré.


5 dic 2013

El asalto al Teatro Argentino


Por Nacho Fittipaldi

¿Se puede tocar el cielo con las manos? ¿Pueden 60 chicos tocar el cielo con las manos? ¿Pueden hacerlo? ¿Puedo sentir mi cuerpo pesar 60 kilos menos en comparación al día de ayer? ¿Puedo tocar el cielo con las manos? ¿Puede uno sentir que el pecho se hincha y contener las lagrimas desde la primera interpretación hasta la última? ¿Puede la música llevarnos hasta el cielo, como un vehículo inanimado y acercarnos la posibilidad de tocar el cielo con las manos?
Esta es la historia de un día. Es un día especial, y lo es por varias razones. Es el día en el que 60 chicos de las distintas orquestas escuelas de toda la provincia de BsAs, vienen al teatro argentino a tocar con otros chicos de otras orquestas escuelas de la misma provincia. Hoy tocaran con una formación de orquesta sinfónica. No se conocen, no han tocado juntos antes pero hace tres días que ensayan en la Republica de los Niños. Es el día en el que un teatro del prestigio del Teatro Argentino abre las puertas (o ceden) para que chicos que llegaron a la música buscando algo que tal vez no sabían que la música encerraba, se apoderen de él. Lo re-signifiquen, lo re-escriban, lo bauticen, lo caminen, se lo apropien. Es además, el día en el que distintas vertientes de la música clásica y popular, convergen con estos chicos en este lugar para que todo fluya.

Es también el día en el que un gran compañero se pone al hombro esta actividad.
Es un día particularísimo porque yo estoy ahí con Pao y Piero. Y no importa que Piero llore en plena afinación ante el complejo silencio de los miles de guardapolvos blancos que también se apropian del teatro. Piero llora y todo el teatro ríe, el joven director gira y busca entre la platea al cachetón que ha quebrado ese silencio. El directo ríe y todos los chicos ríen también. Es el día en el que por primera vez muchos chicos van a ese teatro que está vedado a los sectores populares de esta ciudad, de esta provincia y de este país. Es el día, es el momento, en el que la música arranca a sonar con la potencia de un caballo desbocado pero con la prolijidad, la dulzura y el esmero de una novia antes de la fiesta. Usan ropas negras. Calzan zapatos negros y las cabelleras se ven desprolijas desde aquí, están en un lugar donde todo suele estar prolijo y en donde un bebé no puede presenciar una noche de gala. Pero hoy está casi todo permitido, hoy es todo distinto, lo sabemos nosotros que hemos conocido la otra cara de la escena teatral, cuando Piero aun era un mínimo rizoma.

Los contrabajos son lo más hermoso que hay, en el fondo, allá lejos, en la profundidad del escenario se ve un timbal y las tubas. Me pregunto qué idea tenían esos músicos años atrás acerca de esos instrumentos que ahora ejecutan con profesionalismo; me pregunto si hay forma ahora, de despegar a esos músicos de la música y sus instrumentos; me pregunto si hay otra forma de cambiar la vida de una persona de esta manera tan singular. Me pregunto si habrá alguien enojado, o en contra, de que el estado invierta dinero en violines, violas, chelos, flautas, oboes, clarinetes, contrabajos y batutas. ¿Hay alguien en contra de quitarle esta posibilidad a un chico de acercarse a un instrumento y de que la música le ocupe la vida y el alma? ¿Hay manera de quitarles ese esplendor que lucen? ¿Hay manera de no quebrarse en llanto al ver esta sinfónica? Cómo se hace para que Merceditas, esa música litoraleña añeja,  pase sin erizar la piel, o cómo no pensar en la complejidad del mundo al ver el himno “cantado” con lenguaje de señas por un  grupo de pibes que esta en la primer bandeja y que mueven sus brazos y manos jurando con gloria morir; cómo hacer para que la versión de Pablo Agri de Adiós Nonino no se transforme en el momento mas lindo del años después del nacimiento de Piero. Cómo no temblar al oír ese timbre de voz inconfundible de Peteco Carabajal ensamblarse con igual naturalidad en medio de una polvareda santiagueña o en esta complejidad musical de una formación sinfónica interpretando La Estrella Azul. 

Cómo no aclarar que esa canción se la escribió al hijo que Peteco tuvo con una diplomática sueca, que al momento de nacer el bebé se fue a vivir al África y al que solo vio una vez en su vida y de lejos, en una plaza africana, sin poderle decir que él era su papá; cómo no darse vuelta y corroborar que Piero sigue atrás mío en el palco, ahora duerme y si quiero le doy un beso. Cómo se quita de la memoria de estos pibes el asombro de estar ahí en esa meca de la música, no espiando, no pidiendo por favor, ni clemencia. Son ellos los artistas, son enormes, son feos y lindos, son igual de pobres o igual de clase media que antes de iniciarse en esto. En sus casas falta el mango y hay que raspar la olla igual que siempre, igual que nosotros a su edad, pero ellos a diferencia nuestra tienen una enorme ventaja, poseen una herramienta, tienen una posibilidad, y son miles eh. Son miles acá, son miles en Venezuela, miles en Colombia, y miles en Brasil. Son cientos de miles de pibes que están inscriptos en un periodo histórico en el que el cambio sociocultural que proviene de la cultura se transforma en la verdadera revolución social. Son los que se apoderan de lo que estaba preservado para las élites. Y eso vino para quedarse. Así que acostúmbrense. Acostúmbrense a que los pobres y feos también toquen Mozart y vibren con Bach, acomódense porque esto está empezando, así que ustedes también empiecen a escuchar a Beethoven, Vivaldi, Wagner y Mozart porque si no, no van a saber de qué va la cosa, van a decir “no me lo banco” pero no van a saber qué es lo que no se bancan y qué es lo que exactamente se están perdiendo. Para mí, se están perdiendo el acontecimiento transformador más importante del mundo que es ver en vivo y en directo el cielo bajar, y el cielo dejarse tocar, por estos pibes que la descosen, que tocan bárbaro el cielo y que solo esperaban una buena oportunidad.  



28 nov 2013

Semana














A mi gran amigo, Augusto.
Dejó el luto o ¿perdió el luto? Cristina usó el blanco y eso parece rajar la tierra. El viceministro de economía de la nación asume como ministro de economía de la nación. El nuevo jefe de gabinete anuncia que convocará a una reunión de trabajo al jefe de gobierno de la ciudad autónoma de Bs.As y al gobernador de Santa Fe. Cada mañana da una conferencia de prensa anunciando que no habrá grandes anuncios. La tierra se abrió. Los medios de comunicación destacan la novedosa generosidad del nuevo jefe de gabinete que no anunciará nada trascendente hasta que Cristina decida lo contrario. Martín Insaurralde se fue a Miami de vacaciones. Es un hijo de puta. Traidor. Cipayo. Mueren de la envidia. Murió Ricardo Ángel Fort y los programas de la tarde, o sea, los programas que se emiten durante la tarde, alcanzan los 17 puntos de rating. Aparentemente Fort sufrió como una mula todo este último tiempo pero nadie puede especificar cuánto tiempo abarca ese último tiempo. 17 puntos de rating equivalen a 1,7 millones personas pendientes de eso. Qué sociedad. Jesica Cirio dice que Insaurralde es el amor, o el hombre, de su vida. También denuncia que haciendo el cheking le tocaron el culo. De Duhalde ni noticias.  Se retiró David Nalbandian. El más normal de los tenistas. Mi primo corrió 50 km en Bariloche y no salió en ningún lado. Aún nadie explica por qué son 50 y no los 42, clásicos, kilómetros de la maratón. “Ahora llueve, llueve mucho y parece que están lavando el mundo” así dice Juan Gelman. Así parece que es este torrencial aguacero que hace sonar la chimenea de mi casa, así el ojo de agua que ahora me espía, canta la noche y trae un rumor, el rumor de tierra mojada, así son los días de frenéticos, de livianos, de no pasar, pasando, nada, pasando todo, a cuenta gotas y contando ojos, ojos que miran, que miran finito, chiquito y grande, están atentos, atentos y despiertos para cuando pasen las cosas no perdérselas, para amar o para sufrir, vivo para estar pendiente, de vos y del otro, de esos cinco dientes que ya asoman, asomantes, por los que faltan. Vivo para que esta lluvia te moje, vivo para elegir qué rumbo seguir, atento para que el dolor ajeno no pase desapercibido pero tampoco te frustre, vivo y atento para ver la felicidad de ese amigo que esta consternado por la hija que está viniendo, derecho hacia él, intransigente. Definitivamente. Para amarla y besarla, para alzar la copa, para mirarse fijo a los ojos y comprender que nada será igual, como desde que vos llegaste a mi vida, para que estar vivo sea esa sensación de entender el sentido cabal del amanecer y echarse a dormir esperando el día siguiente. Para extrañarte todo el tiempo y que me duelas un poquito, acá, en un costado, para que tu sonrisa sea también el aglutinante que lava todo el cansancio y quererte. ¿0 no, o no se trata de eso?, “¿se escucha viento ahí?”, ¿llueve?, ¿está lloviendo?, ¿te moja?, ¿estás despierto?, ¿venís? Vení eh, estoy esperando, hace tiempo que te estoy esperando.

16 oct 2013

Animación en arena


Esta vez el vizcacheral funcionará como un intermediario para que disfruten de algo maravilloso que a mí me emocionó y me generó un inexplicable nudo en la garganta.
Ojala lo disfruten, son 8 minutos, nada mas; pero busquen un momento del día para ver esto, no lo vean a las apuradas, háganse un mate, sírvanse una copa de vino tinto, son 8 minutos, siéntense con alguien que quieran mucho o que crean que puede apreciar esto, como yo creo en ustedes ahora, y gocen de esta maravillosa expresión artística, son 8 minutos pero vale la pena respetar cada segundo.
Hasta luego, Nacho.

19 sept 2013

Miserias


Por Nacho Fittipaldi

La primera clase transcurre entre las 09 y las 11 Hs. La segunda, entre las 11 y las 13 Hs. En mitad de la primera el profesor siente ganas de ir al baño. Son ganas de lo segundo, no de lo primero. Esto siempre es un problema cuando no se está en su casa, y mas para las mujeres que para los hombres. El problema no es ese, ya lo ha hecho en la facultad, otras veces. El conflicto real es el tamaño del habitáculo que han destinado para poner el inodoro. Él, apenas cabe allí. Por suerte, en el día de hoy ha decidido pasar una película que sirva como cierre de la unidad número uno. Eso le permite cierta elasticidad en la utilización de los tiempos, en caso de que decida salir de excursión.
El inodoro está ubicado en un habitáculo de un metro por un metro, sin exagerar. Cuando ingresa debe hacer las cosas con la metodología necesaria. Al abrir la puerta ya se topa con el inodoro que esta a tan solo, diez centímetros de la puerta, lógicamente la puerta abre hacia afuera. Entra, pone la traba, toma aire e inicia la cirugía. Debe sacarse el abrigo, apoyarlo en la mochila del inodoro, es obvio que no hay gancho para colgar abrigos. Luego, y de parado, conviene ir sacando la cantidad de papel higiénico que cree, va a utilizar. Entre el retrete y la pared no caben sus pies, se baja el pantalón de parado, gira, su nariz casi, casi, toca los azulejos. Se sienta, pone sus pies en los laterales del inodoro, esta posición estira los elásticos del calzoncillo, ahora parecen una bombacha súper elástica. Hace caca, se higieniza haciendo movimientos mínimos, si lo vieran allí acurrucado, los movimientos d elos brazos semejan un mimo callejero. Vuelve a la vida de dimensiones normales. A menudo piensa en el contorsionista que diseñó aquél bajo fondo. Pero hoy es distinto.
Al llegar al baño ve que las puertas de los compartimientos de los inodoros están sin sus picaportes. Esta es la manera informal de inhabilitar los inodoros. En el aula, la película sigue corriendo. La necesidad y el deseo de cagar van en aumento y son proporcionalmente directas a la cercanía del sujeto con el baño, por lo tanto, al llegar al baño prácticamente se está cagando encima. Cuando ve las puertas sin picaportes siente que es el peor año de su vida. ¿Qué hago? –piensa. <<Me cago en Bergoglio>> –masculla. Evalúa la posibilidad de hacerlo en los mingitorios pero se da cuenta que es una locura de mochileros. La única posibilidad es utilizar el inodoro para paralíticos. Se dirige hasta el fondo del baño, hace correr la puerta y ante sus ojos ve el paraíso, ve que el inodoro luce blanco, inmaculado y entronado como un volcán. El baño está en el primer piso y no hay forma de que un paralitico llegue hasta allí arriba dado que, el mismo cráneo que pensó el cubículo donde está el único inodoro, no diseñó mecanismo alguno para que un paralitico acceda al primer piso del edificio. El profesor evalúa la posibilidad de cagar allí, analiza la situación, ya ha perdido valiosos minutos que, al sumarle los que le llevará defecar en relativa paz, harán evidente ante sus alumnos que ha salido de la clase para ir a cagar al baño. Lo que más lo aflige es otra cosa. La puerta es corrediza, no tiene traba y la hoja de la abertura es como de un metro y medio de largo. Luego, la distancia que hay entre el inodoro y la puerta son lo suficientemente extensas como para no poder impedir, con sus brazos, que la abran en caso de que alguien elija ese retrete para hacer pies, en vez de los mingitorios destinados para ello. Al abrir la puerta lo verían allí, con los pantalones bajos, humillado, defecando en hora de clase, balbuceando un obsoleto y desesperado <<¡¡Ocupado!!>>. Esta hipótesis aumentaría en gravedad si además el alumno que abriera la puerta, fuera un alumno actual. O incluso uno del primer semestre del año que lo reconocería de inmediato. ¿Qué postura asumiría él, frente al <<Hola profe>>, del imberbe? Por todo esto asume que es una pésima idea y regresa a clase, devastado psíquicamente.
Al volver, los alumnos persisten en esa  tesitura de aburrirse ante cada cosa. La película transcurre y el hecho de no tener que sostener la atención del dictado de una clase común, solo colabora en la concientización de que se está re-cagando. Termina la primera clase. Comienza la segunda y todo es para peor. De repente, un rayo de luz ilumina su estado.

Vuelve a salir de clase, como un prófugo se dirige al kiosco de la facultad. ¿Qué va a llevar profe? –pregunta la muchacha-, <<Nada –responde él-. ¿Tenes cinta aisladora, me la prestas?>> Toma la cinta y se dirige al baño con la breve ilusión de que los picaportes hayan sido restituidos a su país de origen. Ingresa al baño, ve que el mundo sigue igual. Saca la hoja que lleva doblada en el bolsillo, busca la lapicera en el otro, recuesta la hoja y escribe en letras mayúsculas, gigantes, <<CLAUSURADO>>. Recorta unos diez centímetros de cinta, la apoya sobre la hoja en sentido horizontal y se dirige al inodoro de paralíticos. Cierra la puerta corrediza del lado de afuera, apoya la hoja justo al lado de la moldura desde donde se abre la puerta y pega la hoja allí. Ese inodoro, ahora esta CLAUSURADO. Abre la puerta, ingresa. Cierra la puerta, él queda dentro del baño, el plan está en marcha. Entonces se baja el pantalón, se sienta sobre el volcán inmaculado, el corazón es un terraplén acribillado de caballos galopando, deja que su cuerpo dicte el tiempo de la necesidad. Caga. Culmina. Y alcanza a percibir ese leve sentir placentero, que produce superar las grandes dificultades.