6 feb 2012

Crónica desde Taganga

Por Nacho Fittipaldi
Taganga es un pueblito que esta ubicado a 300 Km de Cartagena. Pese a que viven aqui 6 mil personas, Taganga asume la fisonomia de un pueblo de 100. Es una bahia profunda, al pie de una montaña. Imagino dos colaboradores fundamentales para construirla. Han llamado a un griego y le han dicho "Debes construir algo parecido a Grecia" Entonces el hombre fue y clavo dos montañas laterales e hizo que el Mar Caribe ingrese a esa region formando una bahia. Taganga esta empotrada al mundo. Ademas echó un baldazo de agua y tinta azul, echo lavandina y ademas de todo convocaron a un japones y le dijeron. "Oye tu, deja ya de comer anguila y aletas de tiburon y plancha este mar como si fuera una prenda de vestir" Imagino que el ponja busco una de esas enormes planchas de tintoreria, esas que hay en cualquier tintoreria de una familia que se llame Nakandakare, y planchó este mar. El mar de Taganga no tiene olas y apenas una espuma breve se muestra a los turistas para ir a morir un metro y medio mas alla, donde la arena finalmente lo recibira para hacerlo morir ante todo el publico presente. En Taganga el viento viene de la montaña hacia la playa y de ahi al mar y no a la inversa como nosotros estamos acostumbrados. Durante estos dias el viento es muy fuerte. Aqui la poblacion negra ha desaparecido, solo hay mulatos o morenos pero negros ya no se ven y ello se nota tanto en el trato con las gentes, los negros son amabilisimo y conversadores, las gentes de aqui, en cambio, son mas cortos sin por ello perder cordialidad en el trato, como en el andar diario de la ciudad. Nuestro hospedaje esta ubicado sobre la ladera de una de las montañas y desde aquí arriba apreciamos la bahia que esta vestida de una treintena de barcazas amarradas al fondo del mar. Cada mañana salien a la busqueda del sustento principal de este pueblo. Taganga significa <<tierra de serpientes>> pero hoy por hoy viven de la pesca. Si algun desatento cree que el caribe es uniforme en sus playas, en su mar y en la temperatura del agua, se equivoca de medio a medio. Hemos pasado de ese mar soñado de Baru, de esos 35 grados del agua  a una temperatura que ronda los 20 grados en supeficie, aqui. El agua es helada, el agua es un remanso transparente y evoca mas a un lago patagonico que a el mar que todos creemos Caribe. Sin embargo el sol tampoco es tan fuerte y entonces para convencerse de que uno esta en el caribe colombiano debe mirar los nombres de los paradores playeros para salir del embrujo. "Puta, caray, bufa la diablura" Entonces tambien verá que los paradores son llamados "Estaderos", que las señoras gordotas pasan por la playa bien "bacana" o "chevere" vendiendo cocadas, alegrias, dulces de tamarindo, y licuados de maracuyá. Dificil es escapar al vendedeor de masajes, es un tipo que anda de manga larga diciendo que sus masajes, ademas de relajantes son bronceantes pero para que ello suceda, no hay que meterse al mar.

Uno debe ponerse a hacer snorkel para ver la cantidad de coral que hay a la vista, o las plantas marinas que asumen formas moviles con la correntada submarina, hay unas que son como vasijas de barro cortadas al medio y agujeros como la superficie de la luna, tambien pude de el pez flauta (largo uniforme e indistintamente, amarillo todo él como una flauta amarilla), el pez sargento (de unos diez centimetros rayado amarillo y negro) bajar unos cuatro metros y que el agua helada marque el fin de la profundidad permitida por la presion de los oidos, salir a flote y ver que a unos 400 metros de la costa la gente es pequeña y esto esta todo azul por donde se lo mire. Taganga es un encanto en la noche con sus puestecitos de comida al paso, tan al paso que cierran de un dia al otro para volver a abrir o volver a cerrar. Vienen los calamares al ajillo y esto es un festival, no el que esperabamos, pero tanto mas me da.  

2 feb 2012

Crónica desde Isla Barú


Por Nacho Fittipaldi (desde Playa Blanca, Isla Barú, Colombia)
El cielo esta azul y el mar esta azulisimo. La lancha viaja rauda, van 30 minutos de viaje y el Mar Caribe aca esta calmo, mas allá no se ve mas que azul y azul. Cartagena de esto parece no estar al tanto. Dios parece haber gastado mas tinta aqui que en el cielo mismo. Barú esta a 40 minutos de Cartagena, es la isla mas grande de Colombia y pese a ello sólo viven aqui 6 mil personas, en su mayoria nativos. Al llegar a Playa Blanca hay que arrojarse de la lancha al agua porque no hay muelle, la temperatura del agua es ideal, para no querer salir de ahi, las palmeras y otros arboles sobre la playa dan una sombra que redefinen la idea de playa que cualquier argentino tiene. Estar en la playa con sombra es asombroso. Aqui hay luz sólo de noche, no hay agua y nosotros dormiremos en una carpa que alquilamos y para la que no hemos traido ni bolsa de dormir, ni sabana, ni almohada. ¿Creen que eso es una mala idea o un problema? En Playa Blanca no lo es. La temperatura apenas si baja un poco en la noche, no hemos usado abrigo en todo el viaje y dormir a siete metros del mar bajo una pamlera es algo que ni VISA puede pagar. Menos aún, si ademas te atienden Cándido y su mujer, Melvis, dos nativos que nos han cocinado un Lebreche con arroz y patacon (platano aplastado y frito). El pescado entra entero en una olla con aceite que se calienta en un fogon a leña, aqui tampoco hay gas y todo lo calientan en el fuego, al borde de un pantanal que se alimenta del mar que ocasionalmente desborda la altura de la playa sobre la que ahora esta nuestra carpa. Su alegría es contagiosa, su idioma es de compleja interpretación pero finalmente uno se acostumbra y va comprendiendo qué es lo que dicen de manera tan veloz e imbrincada. Asi como tambien hemos comprendido y aceptado comer el Boca chica (boga que importan de Arg insolitamente), la mojarra (cinco veces el tamaño de nuestras mojarritas), ceviche de camaron, calamar al ajillo, arepas de huevo (muy ricas) y de queso (no tanto), bueñuelos de harina de maiz, etc. La gente de aqui vive en casas construidas con restos de madera que van juntando de los arboles que las van dejando caer, la impresion es que todo es de una humildad pavorosa, al ir al baño compruebo lo que suponia. No hay baño, son cuatro pedasos de tela azul abiertos a cielo abierto, no hay ollo don de embocar el chorro del pis ni cadena por tirar, hay una alfombra de moscas y curiosamente menos olor que en el baño de una escuela.  La impresion me impacta, hago seis pasos y el Caribe vuelve a mostrarme la relatividad de las cosas. Entro a nadar. Mi cuerpo es mas liviano aqui, hay mas flotabilidad por la mayor salinidad del agua, meto la mano adelante de mi cabeza y la saco por detras, a la altura de mi rodilla, mi otra mano ingresa al agua y puedo seguir ese recorrido por completo, el agua ademas de calida es transparente, nadar aqui no tiene desperdicio, el mar es calmo y no hay riesgos aparentes. El Mar Caribe es mas salado que el Pacifico y muchisimo mas salado que el Atlantico, tragar un poco de agua es equivalente a tener o ponerse un manojo de sal gruesa en la boca.
Por la noche se arma una conversacion entre Cándido, Melvis, Jairo y dos chicos que durante el dia antienden un puesto de frutas en la playa, parece que no comparten su mirada sobre Pablo Escobar, yo los he llevado ahi, porque me interesa el tema. Escobar ha muerto hace 15 años, pero ellos repiten el esquema de violencia que El Patron ha perjeñado. Luego inician una ronda de chistes, su idioma se torna incomprensible. Ellos tambien nos hacen preguntas, no comprenden la idea de volar en avion durante nueve horas para llegar hasta alli, le temen. Excepto Melvis, no conocen mas alla de Cartagena y viven el dia a dia, cuentan que hace unos meses atras se han quedado aislados en la isla, el mar crecido no permitia el acceso de lanchas y por tierra tampoco se podia acceder. Hay un punto entre el continente y la isla que los distancia solo por 100 metros a traves de un rio que luego cruzaremos en bote. La percepcion de futuro se habrá esfumado de estos nativos, sus relatos son del pasado y del presente, nunca enuncian ninguna frase que haga referencia a ese tiempo sobre el que tanto conjeturamos nosotros.

Por la tarde nos ponemos a tomar mate, Pao me deja solo un momento y yo quedo mirando el infinito mar otra vez complejo y abstraido de todo cuanto percibo, los pelicano se tiran de cabeza al mar con una violencia inusitada. Pasan caminando tres personas que miran como tomo mate, los tres me miran, dos son mujeres, el otro un hombre. Una de las mujeres es bonita, la otra no. Una de ellas pasa y luego regresa, me pregunta si le convido un mate, yo digo que sí. Es una mujer normal que por dos o tres cuestiones se transforma en fea rapidamente. Que de dónde sos, que de dónde venis, que qué locura este mar, bueno gorda por qué no te vas yendo. Le doy el mate, se lo toma y se queda ahi, le doy otro y se queda. Pao llega y le cebo un mate, se arma un triangulo sin que haya tres angulos. De la nada ella sola arma una conversacion que no ira a ninguna parte.
- Hoy me mande una!! -pasa su mano por la cabeza alizandose el cabello y se muerde el labio inferior de la boca- iba caminando por la playa y  me encontre un fruto al pie de un arbol. Y no se por qué, yo nunca hago esas cosas, me lo comí. Y empece a sentirme mal, me empezo a arder toda la garganta y se me hinchó la boca.
- Noooo, que cagada -digo yo; ya va como el octavo mate, y pienso que es una boluda, Pao tambien lo piensa; esta mina acaba de confesarse docente y esta a cargo de un curso, cómo puede ser que en medio de una isla de un pais tropical se coma un fruto sin pensar que se podia morir, de hecho ese fruto produce la muerte, en la isla nadie comprende cómo es que no tuvieron que llevarla a Bogotá de urgencia. Esto lo sabemos porque se lo hemos consultado risueñamente a Cándido quien, al enterarse de lo sucedido agregará, "Si no fuera venenoso ya lo hubiéamos cogido y comido nosotros."
- Sí -dice ella sonriente como si hubiera sacado una torta calentita del horno, y agrega para embarrarla- y me agarró cagadera, empecé a eliminar todo, viste -yo estoy sentado y le cebo un mate a ella, al pasarcelo veo que su bronceado a la altura de la entrepierna se corta abruptamente por un hilo blanco que se sale del lugar de donde deberia estar, bajo la parte de la malla que cubre el pubis, La docente tiene parte de la vagina afuera (Pao dirá: "un pliegue de un rollo", para mi era la concha) y yo absorto le pregunto.
- ¿Y..., conociste el eje cajetero? -en vez de preguntar por el Eje Cafetero, asi se llama a las ciudades productoras de cafe, organizadas tursiticamente al rededor de ello.  Para rematarla, en medio de un silencio grande que Pao y yo diseñamos en señal de que ya queriamos ir cerrando el cónclave que ha durado un termo entero de mate, La docente arremeterá:
- Y Uds no tienen chicos?
- No -dice Pao, otro silencio se inicia.
-Bueno me voy a ir yendo -dice La docente- ¿Cómo son sus nombres?
- Paola -dice Pao-
- Nicolás -digo yo, gorda y la puta que te parió, y se va.

Al fin nosotros quedamos contemplando el atardecer que como todos estos dias, ocurre tras esa hoja alisada que este mar es, los pelicanos siguen con ese vertigo de ritual, ese de arrojarse y sumergir los buches y capturar agua y pescados, y si ahora el agua parece mas caliente que durante el dia no les mentiría, el sol aqui se pone a las 18 hs y ya son las 19.30, yo estoy adentro, jugando con el cielo a que soy un pedacito de felicidad corpórea, corcoveando entre los mortales. 

30 ene 2012

Cronica de Cartagenas


Por Nacho Fittipaldi
(desde Cartagena de Indias, Colombia)
 Al llegar se abre la puerta, un aire caliente envuelve al avión de Avianca que ha arribado a las 10 Hs de Colombia, dos horas menos que Argentina. El aeropuerto está en medio de un descampado, el sol pega fuerte y la sensación es la de meter el cuerpo dentro de una olla con puchero. Avianca ha extraviado nuestras mochilas, no sabemos si en El Dorado, Bogotá; o en el aeropuerto Garulos, San Pablo donde hemos hecho escala. El empleado de Avianca dice que nos resolverán el problema y que todo va ir bien, que vayamos al hotel, que ellos nos enviaran las mochilas. Dice que la gente de Garulos no trabaja de manera prolija, que la gente de Garulos no ha informado del
 sobrante de dos mochilas en sus vuelos con destino a Bogotá. En medio de la zozobra Pao cree que Garulos es el nombre de un empleado de Avianca que trabaja en el aeropuerto de San Pablo, luego dirá, con razón, que el nombre de un aeropuerto que se precie de tal, es Ministro Pistarini por ejemplo, y no Garulos. Las mochilas han llegado en la misma noche del viernes, hemos estado nuestro primer día en Cartagena con algo de angustia, estando en zapatillas, jeans y remera negra, es como si al puchero le hubieran agregado un kilo y cuarto de ají puta parió.

Cartagena es una ciudad con contrastes. Para aquel que crea, como nosotros creíamos, que es una ciudad chica, les cuento que aquí viven un millón de personas. Sucede que lo que conocemos de Cartagena es la ciudad amurallada, pero según dicen, allí no viven ni siquiera cinco mil personas. Esa parte de la ciudad es de lo más bello que haya visto. Las casas antiguas con siglos encima, los portones de ancha hoja de madera semicirculares o rectangulares, las casonas  con sus los balcones  y sus flores blancas, naranjas y amarillas o con sus santa rita colgando y engalanando todo, sus calles empedradas con una prolijidad japonesa, sus iglesias enormes y esa brisa de mar que entra por lo callejones que apuñalan la muralla y que conectan con el mar hacen que en la sombra de Cartagena, se esté tan a gusto. ¿Cartagena es más linda que Cuzco? Esta pregunta la propone Pao. A mí se me hace que Cuzco es tan pequeña y tan antigua que no permite ningún atisbo de modernidad. Cartagena ha explotado hace tiempo y aquí se pueden ver casas de ropa de marcas internacionales en una casona del siglo XVII. Benetton en Cartagena es un contraste. Los paredones de los edificios más antiguos y enormes están hechos de piedra de coral, la muralla también. Entonces las paredes son rugosas y con pequeños orificios por donde antes se filtraba el agua y ahora las manos de los que acariciamos la piedra tratando de encontrar explicaciones a una belleza superadora. 
La Cartagena amurallada está minada de puestos de comida ambulantes, aquí se come mucha fritura, buñuelos de queso costero, suerte de goma de mascar salada sin gusto a nada o “con gusto a pedo” como diría Julia, mi hermana negra, o mulata, que por aquí en nada llamaría la atención. Aquí está lleno de negras y mulatas hermosas con un cuerpo parecido al de Julia, pero eso ya vendrá. Comen arepas de queso que no son fritas, pero que a las que le ponen manteca a rabiar, comen butifarra y salchichas a la parrilla con lima y huevo duro, comen pescado frito, toman jugo helado de lima y naranja que sirve para paliar el calor cuando la brisa marina no logra perforar la muralla. El jugo vale unos 1500 pesos colombianos lo que serían $2, 50 argentinos.

Cartagena tiene una muralla que zigzaguea y así hay dos divisiones, la parte más rica y la de segundo estrato. Nosotros estamos en el segundo estrato, un barrio popular que se llama Getsemaní. Aquí Cartagena es un hervidero, las motos se han apoderado del mundo y están todos locos, los taxis pululan infames por las callecitas manejando como si fueran bicicletas, todos usan las bocinas hasta el cansancio. Si van a cruzar mal, tocan bocina, si vos estas cruzando mal te tocan bocina, si cruzan en rojo tocan bocina, si tienen hambre y hace calor tocan bocina, si tienen hambre pero no hace calor tocan bocina, y si su hijo ingresa al jardín este año o a Nadal le cobran mal una pelota en un momento clave del partido te tocan bocina. Tocar bocina es un divertimento en sí mismo. Cartagena es puro ruido porque los colombianos gritan todo el tiempo, es como si se retaran pero en verdad aquí parece no haber razones para el enojo. Getsemaní estalla de noche y no crean que es porque es el mejor momento. Getsemaní estalla de noche porque arde de día. Durante la noche los vecinos abren los portones de esos caserones antiguos y entonces se dejan ver los patios internos que todas las casonas antiguas tienen. La música sube el volumen hasta el límite de lo tolerable, los ancianos resisten y miran televisión y es curioso ver la cantidad de mecedoras que hay en cada una de las casas, o mejor dicho, en cada casa hay una mecedora y alguien meciéndose. Eso se ve desde la vereda. En la calle un niño juega con una mula, la monta de manera cómica y la mula algo desorientada responde a sus gritos, aclaro que ver una mula en Getsemaní es como ver un camello en Diagonal Norte y 9 de Julio. Y gritan, siempre gritan. Sin embargo Cartagena no ha logrado desde su fundación y construcción de la muralla, romper con ese límite físico que evitaba la invasión de piratas y que hoy demarca una línea social muy clara y contundente.
Las mujeres colombianas
A parte de todo, un capítulo aparte merecen las colombianas. Shakira aquí no vale un peso, aquí todas son Shakiras, tienen unos cuerpos voluminosos, pechos muy grandes y parados, los muestran sin pudor, pero si los pechos son voluminosos qué decir  de sus culos. Son curvas abiertas que van redondeándose desde las pantorrillas hasta la cintura, digamos que no son flacas, digamos que a las colombianas se les rozan las can-can en la entrepierna y así y todo las colombianas no tienen ningún empacho en mostrarse sin pudores, independientemente de su edad y sus kilos. Tienen aires de divismo. Eso me parece algo grandioso. Aquí cada uno anda con el cuerpo que tiene sin pudor a dejarse ver tal cual es. Caminar por las callejuelas de aquí, y encontrarse con un símil de Serena Williams  es lo más normal del mundo. Lo anormal es que una mujer pueda jugar al tenis con ese cuerpo!! Además de todo son bellas, tienen una piel increíble y por lo general son de una expresión interesante en el rostro, aclaro que de ninguna manera forman parte del patrón de belleza argentino, creo que si muchos de Uds. vinieran aquí no dirían lo mismo que yo. Además, algo interesante es que la belleza de la que hablo es horizontal  a las clases sociales, lógicamente que cuanto mayor poder adquistivo mayor es la producción, mejor vestidas están, aunque esto también es una imposición cultural. Las mujeres de Cartagena no andan por la calle; la calle es de los hombres, las mujeres a lo sumo hacen vereda.
Los hombres son mucho más respetuosos, son los que salen a trabajar y los que te persiguen para que les compres lo que sea, siempre con una sonrisa, siempre con un buen verso. En la playa se nos acercó un vendedor de relojes truchos, entonces me dice:
-    Un relojito señor?
-    No gracias, no uso –dijo yo con u reloj en la muñeca, le muestro el reloj que es una cagada y aclaro que es sólo para saber la hora, aclarando que no es un objeto que me interese.
-    Dele, son ideales para ir a "basilar" (hacer gala del objeto) –dice mientras hace el gesto de cuando uno le pasa el brazo al rededor de la cintura a la mujer mientras está bailando, y el reloj queda justo ante la mirada de los otros; y el vendedor se tienta inmediatamente.
-    ¿Por qué se ríe? –le pregunto yo con respeto.
-    Es que son las siete de la tarde y no he vendido ni unito en todo el día.
Así son los hombre de por aquí, sinceros hasta el equívoco. Jamás se dirigen a Pao si estoy yo, el vínculo es de hombre a hombre y hasta ahora no hemos tenido un solo gesto de mala educación por parte de ellos. Las mujeres que andan por la calle sí son rudas y hasta un poco cabronas.
Cartagena tiene extravagancias, por ejemplo los micros llevan nombres, entonces cada chofer le pone un nombre propio a su unidad, “De pirata” o “El inquieto”, son algunos de los que ahora recuerdo. Otra cosa curiosa es que algunas unidades tienen molinete para subir en la puerta de adelante, entonces uno pasa y después paga lo cual lo hace tan absurdo como ineficiente. Lo lindo es cuando sube un niño que por su edad esta exento de pagar, entonces el pibe se tiene que tirar al piso y pasar por abajo del molinete dado que el molinete está muy alto para las madres que desde la calle quisieran hacerlo pasar por arriba. Otra curiosidad es que los cañones de la ciudad amurallada que antes apuntaban al mar ahora apuntan a edificios, le han ganado terreno al mar y han construido sobre él. Los cañones de Cartagena apuntan al corazón del capitalismo colombiano.

Basurto

Cartagena tiene un mercado, el mercado de Basurto. Un mercado donde encontramos el mayor contraste de todos, el de las dos Cartagenas, el de la ciudad donde la belleza ha quedado amurallada para unos pocos y esa otra ciudad que Pao y yo hemos decidido ir a buscar porque aquí todo te lo esconden. En Basurto hemos visto, tal vez, algunas de las imágenes más potentes que pueda llevarme conmigo, una imagen del pueblo en su territorio, una imagen del rostro y la actitud de los puesteros que, como dice una canción de Lila Down, es “El que da aunque nada tenga.” Son una miríada de puestos ofertando pescado, plátanos, coco, mango, guayaba, tomates, carne de res, carne de cerdo. Todo largando un olor nauseabundo y los vagabundos comiendo las sobras de lo que aquí es el mejor precio de la ciudad. Ese contraste donde el olor es punzante y en donde el olor te anticipa la calamidad de lo que estas por ver, y lo que ves te estremece y lo que oles te marea, aquí estamos nosotros, queriendo vivir esto en su totalidad y de un  lado de la polaridad que el contraste implica o propone, donde las bellezas son exuberantes pero nunca llegan a tapar lo que hemos visto. Creemos que algo hemos descubierto. En principio el taconeo de los caballos en carruaje en la noche tranquila de Cartagena, cruzando esas esquinas como sombras de personajes antiguos, son pura caricia al alma, un bálsamo, un pasaje de los que transportan a un pasado que se va, como nosotros que recién estamos llegando.

22 ene 2012

La tercera silla

Por Nacho Fittipaldi
El viernes por la noche habíamos decidido ir a comer con Pao al restaurante peruano que una enfermera peruana del Hospital San Martín, donde ella trabaja, le había recomendado. La verdad es que se come fenómeno y para todos los que quieran ir les paso la dirección, queda en calle 58 entre 7 y 8.
Pao tiene una amiga que es un personaje a la que le ocurren cosas inverosímiles y a la sazón, psicóloga. Ella tenía que devolvernos la carpa que le habíamos prestado y como además coincidimos en el destino elegido para veranear, Colombia, la invitamos a cenar pensando en intercambiar alguna información sobre nuestro inmediato viaje. Vale recordar que la última vez que cenamos los tres juntos, hace dos meses atrás, en una parrilla cerca de casa, la cosa termino mal. En medio de la noche un grupo de pibes no-chorros, destruyó el local a fuerza de botellazos, meta desmesura, puro bardeo, tirando platos al piso como un casamiento griego, y la heladera cargada de bebidas tambien al suelo, en aquella noche que, como la del viernes pasado, era  caliente, con todo el asfalto y su reserva térmica contenida durante todo el día, asumiendo los 37° de la tarde inmediata.
Después de tomar unas cervezas que acompañaron dos ceviches, de pescado y de mariscos, y una Jalea Real, luego de charlar y que de manera algo insólita, la cerveza se acabara en el restaurante peruano J´Jireh, decidimos ir por otras cervezas en algún bar de esa zona que no es muy concurrida durante la noche. Más que nada porque allí florecen los bares que trabajan en horario de oficinas públicas. Así llegamos caminando hasta la esquina de calle 7 y 56 en donde por curiosidad, o destino, hay un bar que se llama Oporto. Elegimos una mesa de las de afuera por dos razones muy concretas; estaba fresco y además porque adentro transcurría un show de dudosa factura. Desde afuera se escuchaban canciones cantadas por un pibe que como no podía ser de otra manera vestía camisa negra, jeans azul, zapatillas blancas y claritos en el pelo. De su boca salían temas de las autorías más variadas: Marco Antonio Solís, Los Fabulosos Cadillacs, Franco De Vita, Franco Davin, y el hoy por hoy ineludible Michel Teló y su pegadizo Ai se eu te pego.
Afuera la noche estaba tranquila, los Tilos se meneaban con la brisa del viento, nosotros íbamos y veníamos sobre temas tan serios como intrascendentes sin que nada pareciera identificar con claridad, unos y otros. En uno de esos momentos nuestra amiga cuenta el relato de su participación en un cumpleaños de quince organizado con mucho esfuerzo económico y otro tanto de imaginación, por una familia pobre de Lanus. Ella trabaja como psicóloga en una de las unidades sanitarias de esa ciudad, en un barrio pobre, o como dicen los periodistas de ahora, “un barrio con necesidades.”  La madre de la nena, enfermera en la unidad sanitaria, la ha invitado y es codigo de buena gente no desplantar a la familia con una ingrata ausencia.
Por la vereda, de frente a mí y con cara de estar por cruzar a pie la General Paz a las 18 Hs de un viernes cualquiera, veo llegar tres personas hasta el bar Oporto. Un hombre de unos 55 años de edad, su mujer y su hija (o hijastra) con cara de ser virgen y vivir aún con sus padres. Aunque su rostro decreta 38 años clavados de edad. Tienen pinta de ser gente de campo y pedirán una pizza, dos gaseosas y una cerveza Quilmes, lo cual es evidencia suficiente para demostrar que son de campo. Cruzan calle 56 con cara de <<me gané el Quini 6 y perdí el comprobante de la jugada ganadora.>> Se sientan en una mesa lindera a la nuestra y pese a las diferencias que prejuzgo, ellos también eligen obviar el bochornoso espectáculo musical que hay adentro. Pero la mesa que escogen tiene dos sillas y ellos son tres. La moza sale en búsqueda de esas clásicas sillas de exteriores, esas de caño, plegables que tienen respaldo de lona y que llevan impresas una publicidad de cerveza y que por rutina acompañan mesas con patas también de caño con sombrilla y la misma publicidad de la misma cerveza, o gaseosa. Nuestra amiga cuenta que la quinceañera ha entrado en un carrito de rulemanes, como si fuera un cajón de fruta vestido, tirado por una soga y remolcado por sus tres hermanos que trajeados de punta a punta, depositan la, digamos, carroza, en el centro del salón. De adentro de algo que simula una rosa, sale Daiana hecha una reina. Ahora es la adolescente más  feliz del mundo y su familia acompaña esa grandiosidad de la vida, los invitados se rompen las manos en aplausos y gritan palabras bellas. Su vestido también brilla.
El show ha llegado a un descanso, la voz del muchacho lo necesita y a nosotros no nos cae nada mal. Todos los fumadores de la sala salen a la vereda a fumar, ahora las voces en la calle le ganan poco a poco al silencio de la ciudad. Algunos parados, otros sentados en las mesas hasta recién desocupadas de la vereda, comentan el grandioso show que está dando su amigo. La tercera silla que traen no se abre fácilmente, parece que está trabada y la moza con sus brazos minúsculos no alcanza a desplegar aquel bollo de caños encriptados. El hombre de campo que ha permanecido de pie, le ofrece su ayuda ante la impotencia de la muchacha que finalmente se rinde, no sin antes intentar juntos desplegar la silla. Ambos hacen fuerza con un mismo objetivo. El resto de los hombres observan incrédulos la mecánica de lo movimientos. Cuando la silla comienza a ceder, los caños dejan de ser arrumbados, obsoletos minerales y la forma de la silla va ganando claridad. De pronto un grito se escucha despacio, como queriendo gritar un canto reprimido pero urgido.
-          ¡¡Para, para!! Me agarraste el dedo.
La silla está abierta en el aire, la moza ha quedado de frente al hombre de campo y la silla se interpone entre ellos dos que, hasta recién, cinchaban para el mismo lado. La mujer y su hija virgen se paran y se ponen al costado de la silla. Hay que cerrar la silla para destrabar el dedo, o sea hay que volver a plegar la silla para que aquel pequeño incidente pase a ser una mala anécdota urbana.
-          Pierdo el dedo, pierdo el dedo -grita preocupadísimo el hombre de campo.
Entonces todos los fumadores se agolpan junto al hombre de campo para ayudarlo, ahora son trece personas, trece voluntades dedicadas a la solidaridad más absurda. Yo inmutable. La moza debe sostener la silla en alto, si la bajara, el hombre de campo estaría obligado a ponerse en cuclillas pues su verticalidad ahora tiene a la silla como parte integrante de aquella.
-          Pierdo el dedo, pierdo el dedo -insiste.
El bar Oporto no está lleno, ni mucho menos, pero ahora todos miramos la escena independientemente de nuestro vínculo con el cantante, con el hombre de campo, su mujer, la hija virgen, la moza y la silla. Los fumadores tensan la silla en vez de plegarla, acaso para entorpecer todo aun mas y para refutar aquello de que cuatro ojos ven más que veinte y siete.
-          No, no, así pierdo el dedo –rebuzna el hombre de campo que bastante tenía con la sequía de estos días.
 Entonces los fumadores comprenden que la mecánica necesaria es la inversa, ahora pliegan la silla y al fin el dedo queda liberado de entre los caños, no del dolor. La moza no sabe cómo pedir perdón, el hombre de campo repite por si no lo hubiéramos escuchado que él creía perder el dedo. La moza apoya la silla en la vereda, él sujeta la mano con su otra mano mientras el dedo amorcillado cuelga del aire.
El show esta continuando,  el hombre de campo se dedica (con un dejo irritado en su rostro) a comer la pizza de mozzarela, mientras nuestra amiga relata sus desventuras con la natación.

30 dic 2011

Crónicas desde África

Por Bruno Carpinetti, desde Guinea Ecuatorial.

PERON EL AFRICANO
África transpira. África te roza, te frota, te empuja, te toca. África
huele, huele fuerte. África es ruidosa, grita, jadea. África es caliente,
muy caliente. Y acá estoy, inmerso en la barbarie del continente negro, tan
peronista como cualquier distrito del conurbano bonaerense. África es
peronista y nadie le avisó. Peronismo silvestre, hasta que alguien pinte un
Perón negro, de elegante uniforme prusiano, montado en su caballo pinto y
comprendan. Entonces, desde Ebebiyin hasta Baney, desde Mongomo hasta
Basacato, se recupere la esperanza y se multipliquen los altares de ese que
vendrá a salvarlos, como nos salvó a nosotros de eso que llaman
civilización.
PERSEVERANCIAS
Cooperantes, expatriados, extranjeros. Franceses que organizan espectáculos de hip-hop africano. Gringos que quieren salvar a los monos amenazados de extinción mientras saquean el petróleo. Españoles preocupados por enseñar a los Bubis la lengua de Cervantes. Egipcios que construyen casas y carreteras. Libaneses que regentean bares y restaurantes. Chinos que trabajan para suministrar agua y electricidad a Malabo. Y mientras tanto, Fang, Bubis, Ndowes, Combes, Bayeles, es decir, los Guineanos, preguntándose en qué momento y rincón de esta Nueva Babilonia se les extravió el presente.
Capitulo aparte los internacionalistas cubanos. Curan, enseñan, construyen, y sobretodo perseveran. Contra las miles de razones que a todos los demás les hace maldecir a los guineanos y a este endemoniado pedazo del mundo, los cubanos perseveran. Y beben y bailan.

PISAR EL BASURAL
El Harmatan es como el Zonda, viento del norte. Sólo que acá, a unos pocos cientos de kilómetros al Norte, está el Sahara. El Harmatan enceguece. Trae arena, nubla la vista. Y calienta. Calienta.
Ayer, fui a un poblado Fang al pie del Pico Basile. Tome cerveza en el barsucho mientras dos viejos jugaban Akong. Hable con los cazadores. Quise comprar ratas de bosque. No había. Las guardan para vender en vísperas de navidad. Maldito Papa Noel que atenta contra mi exotismo gastronómico.
Me acerque a una chica embarazada que jugaba en el umbral de una casa. Le pregunte para cuando esperaba. No entendió.
-       Que para cuando va a nacer el niño -me mira-.
-       Ahhh... el niño...es que no sé.

Hoy a las seis de la mañana, me levante y enfile para el barrio Los Ángeles de Malabo y me encuentro con un estudiante al que estoy ayudando con su tesis. Fernando Esono Ndongo. Cruzamos todo Campo Yaunde, el Villa Fiorito de la isla, para ir al mercado de Semu. Los primeros metros camino tenso y nervioso. Pero Fernando saluda en Fang a todo el mundo y yo detrás de el repitiendo <<Ambolo, ambolo>>. Un borracho desde la puerta de su casa me grita <<¡¡eyyy, blanco!!>>. Me doy vuelta levantando la mano. <<Ambolo>> me dice. No lo había saludado. Caminamos media hora pisando basura, atravesando sórdidos pasillos y cruzando arroyos pestilentes. Llegamos al mercado. Caminamos unos minutos entre miles de coloridos puestos con inidentificables mercancías y llegamos adonde las "Mamas" venden los animales del monte. Apenas nos ven llegar descargan una catarata de lo que, por el tono y los gestos, deduzco son puteadas. Fernando en Fang les dice algo, rápidamente y en tono de aclaración, entiendo que explica que sólo queremos comprar carne. Se calman, me sonríen y me muestran los cadáveres de monos, antílopes, pangolines y puercoespines. Les digo que quiero comprar ratas. Me enseñan algunas decenas y yo elijo las más frescas.


Es decir, las que no están hinchadas ni tienen gusanos, y pregunto el precio. Siete mil francos cefas. Precio de blanco. O de Navidad. Habitualmente valdrían unos 4 o 5 mil cefas. Las llevo igual. Todos contentos. Los guineanos llaman a las ratas "Ground beef". Algo así como carne del suelo, en Pidgin. O en ingles. Mientras volvemos pienso en cómo las voy a cocinar. Me rio como un tonto pensando que por fin voy a comer un autentico "Rata Tuil".

28 dic 2011

Brazos extendidos para abrazarte mejor


Por Nacho Fittipaldi
Yo fui a una escuela que tenia por nombre San Francisco de Asís. Era de orientación católica y allí, a mis hermanos y a mí, nos enseñaron desde los 4 a los 18 años que Dios era bueno y hacía el bien. Cuando repetí sexto grado comprendí la vida de una manera cruda. No alcanzaba con ser bueno, había que estudiar. Pero de él seguían dependiendo la vida y la muerte. Con la locura de mi hermano Andrés, la traumática muerte de mi abuela Lucy y otras tragedias, comprendí que todo aquello era muy relativo, tanto más de lo que mi corazón podía tolerar. Con la muerte de Néstor creí que la suerte de un país estaba en juego, y, aun cuando me equivocaba, todo aquello seguía dependiendo de Dios. La incomprensión me poseyó, y lloré tanto.
Las hienas urbanas pululan no sólo en las redacciones de diarios, están por ahí riendo y comentando por lo bajo el Cáncer de Cristina. Se animan a festejar. Se esconden de las luces de las sirenas de los patrulleros que se propagan sobre los mármoles de los edificios públicos. A mí todo esto me da sinsabor, me sabe a injusticia y más que nada mucha incomprensión. También tengo miedo. Miedo de que esta instancia de la vida nos arroje un muerto más. Miedo de que perdamos. Miedo a la endeblez del proceso. Entonces tiemblo y los ojos se me achinan e inundan, rojísimos, como cuando Néstor se fue, de lágrimas.    
Yo me pregunto hasta cuando podrás aguantar Cristina, y me gustaría preguntártelo cara a cara, mientras te miro a los ojos. Imagino que tu mirada sería algo esquiva al principio, buscarías un punto fijo en el piso de tu despacho y en decimas de segundos te restablecerías y enseguida me dirías <<Quedate tranquilo que yo estoy bien, Ignacio>>. (No imagino la palabra Nacho saliendo de tus labios) Yo no te creería nada pero también sabría que no sería sensato que justamente yo te presione. Pienso que inexplicablemente te quiero, siento eso, que te quiero y además me emocionas irremediablemente. Yo quiero ser tu hijo para abrazarte con mis súper brazos, acunarte diez segunditos en ese espacio que se forma entre mi pecho y mi hombro y decirte al oído: ¡¡Fuerza mamá!! Después ingresaría Oscar Parrilli, y vos seguíras con tus obligaciones como si tal cosa.

21 dic 2011

Imagenes

 
Por Nacho Fittipaldi
Tengo guardadas algunas escenas de la noche pasada, caras tuyas que me rondan. Tu demora en llegar, mis nervios, luego risas, comentarios cortos, la confianza que se instala tan de pronto, momentos ínfimos que se me van yendo como miguitas de pan entre los dedos. Ella lo encantó con sus enamorantes formas de ser; un mirar fijo, conversar con los rostros uno muy cerca del otro, manera particular de poner distancia para que acercarse no fuera tan riesgoso. Sin saber bien dónde ponerse, ni qué decir, él disfrutaba mirándola. Como decía Héctor Tizón,  <<La vida no se mide en años, sino en asombros>>, él confesaba que se sentía más añoso hoy por el asombro que le había causado conocerla. En principio por su belleza y su singularidad, por su rostro brillante, tu acento al hablar –le dijo-, el ruido de las otras mesas aledañas como aludes de gentes desbarrancando a nuestro lado y vos ahí y tu precipitación en el habla, tus dientes y sobre todo un aire de mujer. Asombro también por esa asertiva y sensata honestidad, la manera en la que te abriste y me confesaste cosas profundas de tu vida y tu familia. Tu padre y vos. Él le agradecía sinceramente ese gesto y ella creía que él continuaba con su forma curvilínea de conquistarla, entonces ella reía brutalmente, echaba la cabeza hacia atrás con la boca abierta, él aprovechaba para mirar el anguloso triangulo de sus mandíbulas y el filo de su mentón, <<Es preciosa>> -pensó, ya en peligro- y aun no se había detenido en sus ojos; él trataba de darle aire de juez a las palabras que caían de su boca, boca que se desgajaba por besarla, cosa que no haría en toda la noche. No es frecuente esa manera de estar con el otro, y eso por alguna razón, lo ubicaba en un buen lugar; también por tu labio mordiendo el mío, leve pero endiabladamente. Después ella se va con decisión, y él sólo ve su espalda, a él le quedan mil palabras por decir, ella se cierra como esas puertas de casa quinta que la brisa entorna y va en busca de un colectivo. Asombro por ese, <<También podes abrazarme, si queres>>, que ella largó mientras confesaba que tenía frío, él deseando que se hundan  todos los micros del mundo y que los taxis explotaran por los cielos de los buenos aires; sus brazos toman la delgada cintura, fina como junco de monte, y ella va transformándose súbitamente en esa Ana María de Dalí sobre la ventana. Luego el leve calorcito de su cuerpo, el viento moviéndole el pelo en la esquina de Avenida del Libertador y Montevideo, serán imágenes inolvidables –él cree que no habrá olvido-, y muy perplejo ante toda ella, sintiéndose un muchacho inseguro, ella se va yendo y él la deja ir. Sólo eso quería decirle…ahora que hay distancia y que por la ventana se huelen las primeras madres selvas en flor y el canto pendular de los grillos se hace oír entre sus ojos que la buscan.