30 ene 2012

Cronica de Cartagenas


Por Nacho Fittipaldi
(desde Cartagena de Indias, Colombia)
 Al llegar se abre la puerta, un aire caliente envuelve al avión de Avianca que ha arribado a las 10 Hs de Colombia, dos horas menos que Argentina. El aeropuerto está en medio de un descampado, el sol pega fuerte y la sensación es la de meter el cuerpo dentro de una olla con puchero. Avianca ha extraviado nuestras mochilas, no sabemos si en El Dorado, Bogotá; o en el aeropuerto Garulos, San Pablo donde hemos hecho escala. El empleado de Avianca dice que nos resolverán el problema y que todo va ir bien, que vayamos al hotel, que ellos nos enviaran las mochilas. Dice que la gente de Garulos no trabaja de manera prolija, que la gente de Garulos no ha informado del
 sobrante de dos mochilas en sus vuelos con destino a Bogotá. En medio de la zozobra Pao cree que Garulos es el nombre de un empleado de Avianca que trabaja en el aeropuerto de San Pablo, luego dirá, con razón, que el nombre de un aeropuerto que se precie de tal, es Ministro Pistarini por ejemplo, y no Garulos. Las mochilas han llegado en la misma noche del viernes, hemos estado nuestro primer día en Cartagena con algo de angustia, estando en zapatillas, jeans y remera negra, es como si al puchero le hubieran agregado un kilo y cuarto de ají puta parió.

Cartagena es una ciudad con contrastes. Para aquel que crea, como nosotros creíamos, que es una ciudad chica, les cuento que aquí viven un millón de personas. Sucede que lo que conocemos de Cartagena es la ciudad amurallada, pero según dicen, allí no viven ni siquiera cinco mil personas. Esa parte de la ciudad es de lo más bello que haya visto. Las casas antiguas con siglos encima, los portones de ancha hoja de madera semicirculares o rectangulares, las casonas  con sus los balcones  y sus flores blancas, naranjas y amarillas o con sus santa rita colgando y engalanando todo, sus calles empedradas con una prolijidad japonesa, sus iglesias enormes y esa brisa de mar que entra por lo callejones que apuñalan la muralla y que conectan con el mar hacen que en la sombra de Cartagena, se esté tan a gusto. ¿Cartagena es más linda que Cuzco? Esta pregunta la propone Pao. A mí se me hace que Cuzco es tan pequeña y tan antigua que no permite ningún atisbo de modernidad. Cartagena ha explotado hace tiempo y aquí se pueden ver casas de ropa de marcas internacionales en una casona del siglo XVII. Benetton en Cartagena es un contraste. Los paredones de los edificios más antiguos y enormes están hechos de piedra de coral, la muralla también. Entonces las paredes son rugosas y con pequeños orificios por donde antes se filtraba el agua y ahora las manos de los que acariciamos la piedra tratando de encontrar explicaciones a una belleza superadora. 
La Cartagena amurallada está minada de puestos de comida ambulantes, aquí se come mucha fritura, buñuelos de queso costero, suerte de goma de mascar salada sin gusto a nada o “con gusto a pedo” como diría Julia, mi hermana negra, o mulata, que por aquí en nada llamaría la atención. Aquí está lleno de negras y mulatas hermosas con un cuerpo parecido al de Julia, pero eso ya vendrá. Comen arepas de queso que no son fritas, pero que a las que le ponen manteca a rabiar, comen butifarra y salchichas a la parrilla con lima y huevo duro, comen pescado frito, toman jugo helado de lima y naranja que sirve para paliar el calor cuando la brisa marina no logra perforar la muralla. El jugo vale unos 1500 pesos colombianos lo que serían $2, 50 argentinos.

Cartagena tiene una muralla que zigzaguea y así hay dos divisiones, la parte más rica y la de segundo estrato. Nosotros estamos en el segundo estrato, un barrio popular que se llama Getsemaní. Aquí Cartagena es un hervidero, las motos se han apoderado del mundo y están todos locos, los taxis pululan infames por las callecitas manejando como si fueran bicicletas, todos usan las bocinas hasta el cansancio. Si van a cruzar mal, tocan bocina, si vos estas cruzando mal te tocan bocina, si cruzan en rojo tocan bocina, si tienen hambre y hace calor tocan bocina, si tienen hambre pero no hace calor tocan bocina, y si su hijo ingresa al jardín este año o a Nadal le cobran mal una pelota en un momento clave del partido te tocan bocina. Tocar bocina es un divertimento en sí mismo. Cartagena es puro ruido porque los colombianos gritan todo el tiempo, es como si se retaran pero en verdad aquí parece no haber razones para el enojo. Getsemaní estalla de noche y no crean que es porque es el mejor momento. Getsemaní estalla de noche porque arde de día. Durante la noche los vecinos abren los portones de esos caserones antiguos y entonces se dejan ver los patios internos que todas las casonas antiguas tienen. La música sube el volumen hasta el límite de lo tolerable, los ancianos resisten y miran televisión y es curioso ver la cantidad de mecedoras que hay en cada una de las casas, o mejor dicho, en cada casa hay una mecedora y alguien meciéndose. Eso se ve desde la vereda. En la calle un niño juega con una mula, la monta de manera cómica y la mula algo desorientada responde a sus gritos, aclaro que ver una mula en Getsemaní es como ver un camello en Diagonal Norte y 9 de Julio. Y gritan, siempre gritan. Sin embargo Cartagena no ha logrado desde su fundación y construcción de la muralla, romper con ese límite físico que evitaba la invasión de piratas y que hoy demarca una línea social muy clara y contundente.
Las mujeres colombianas
A parte de todo, un capítulo aparte merecen las colombianas. Shakira aquí no vale un peso, aquí todas son Shakiras, tienen unos cuerpos voluminosos, pechos muy grandes y parados, los muestran sin pudor, pero si los pechos son voluminosos qué decir  de sus culos. Son curvas abiertas que van redondeándose desde las pantorrillas hasta la cintura, digamos que no son flacas, digamos que a las colombianas se les rozan las can-can en la entrepierna y así y todo las colombianas no tienen ningún empacho en mostrarse sin pudores, independientemente de su edad y sus kilos. Tienen aires de divismo. Eso me parece algo grandioso. Aquí cada uno anda con el cuerpo que tiene sin pudor a dejarse ver tal cual es. Caminar por las callejuelas de aquí, y encontrarse con un símil de Serena Williams  es lo más normal del mundo. Lo anormal es que una mujer pueda jugar al tenis con ese cuerpo!! Además de todo son bellas, tienen una piel increíble y por lo general son de una expresión interesante en el rostro, aclaro que de ninguna manera forman parte del patrón de belleza argentino, creo que si muchos de Uds. vinieran aquí no dirían lo mismo que yo. Además, algo interesante es que la belleza de la que hablo es horizontal  a las clases sociales, lógicamente que cuanto mayor poder adquistivo mayor es la producción, mejor vestidas están, aunque esto también es una imposición cultural. Las mujeres de Cartagena no andan por la calle; la calle es de los hombres, las mujeres a lo sumo hacen vereda.
Los hombres son mucho más respetuosos, son los que salen a trabajar y los que te persiguen para que les compres lo que sea, siempre con una sonrisa, siempre con un buen verso. En la playa se nos acercó un vendedor de relojes truchos, entonces me dice:
-    Un relojito señor?
-    No gracias, no uso –dijo yo con u reloj en la muñeca, le muestro el reloj que es una cagada y aclaro que es sólo para saber la hora, aclarando que no es un objeto que me interese.
-    Dele, son ideales para ir a "basilar" (hacer gala del objeto) –dice mientras hace el gesto de cuando uno le pasa el brazo al rededor de la cintura a la mujer mientras está bailando, y el reloj queda justo ante la mirada de los otros; y el vendedor se tienta inmediatamente.
-    ¿Por qué se ríe? –le pregunto yo con respeto.
-    Es que son las siete de la tarde y no he vendido ni unito en todo el día.
Así son los hombre de por aquí, sinceros hasta el equívoco. Jamás se dirigen a Pao si estoy yo, el vínculo es de hombre a hombre y hasta ahora no hemos tenido un solo gesto de mala educación por parte de ellos. Las mujeres que andan por la calle sí son rudas y hasta un poco cabronas.
Cartagena tiene extravagancias, por ejemplo los micros llevan nombres, entonces cada chofer le pone un nombre propio a su unidad, “De pirata” o “El inquieto”, son algunos de los que ahora recuerdo. Otra cosa curiosa es que algunas unidades tienen molinete para subir en la puerta de adelante, entonces uno pasa y después paga lo cual lo hace tan absurdo como ineficiente. Lo lindo es cuando sube un niño que por su edad esta exento de pagar, entonces el pibe se tiene que tirar al piso y pasar por abajo del molinete dado que el molinete está muy alto para las madres que desde la calle quisieran hacerlo pasar por arriba. Otra curiosidad es que los cañones de la ciudad amurallada que antes apuntaban al mar ahora apuntan a edificios, le han ganado terreno al mar y han construido sobre él. Los cañones de Cartagena apuntan al corazón del capitalismo colombiano.

Basurto

Cartagena tiene un mercado, el mercado de Basurto. Un mercado donde encontramos el mayor contraste de todos, el de las dos Cartagenas, el de la ciudad donde la belleza ha quedado amurallada para unos pocos y esa otra ciudad que Pao y yo hemos decidido ir a buscar porque aquí todo te lo esconden. En Basurto hemos visto, tal vez, algunas de las imágenes más potentes que pueda llevarme conmigo, una imagen del pueblo en su territorio, una imagen del rostro y la actitud de los puesteros que, como dice una canción de Lila Down, es “El que da aunque nada tenga.” Son una miríada de puestos ofertando pescado, plátanos, coco, mango, guayaba, tomates, carne de res, carne de cerdo. Todo largando un olor nauseabundo y los vagabundos comiendo las sobras de lo que aquí es el mejor precio de la ciudad. Ese contraste donde el olor es punzante y en donde el olor te anticipa la calamidad de lo que estas por ver, y lo que ves te estremece y lo que oles te marea, aquí estamos nosotros, queriendo vivir esto en su totalidad y de un  lado de la polaridad que el contraste implica o propone, donde las bellezas son exuberantes pero nunca llegan a tapar lo que hemos visto. Creemos que algo hemos descubierto. En principio el taconeo de los caballos en carruaje en la noche tranquila de Cartagena, cruzando esas esquinas como sombras de personajes antiguos, son pura caricia al alma, un bálsamo, un pasaje de los que transportan a un pasado que se va, como nosotros que recién estamos llegando.

22 ene 2012

La tercera silla

Por Nacho Fittipaldi
El viernes por la noche habíamos decidido ir a comer con Pao al restaurante peruano que una enfermera peruana del Hospital San Martín, donde ella trabaja, le había recomendado. La verdad es que se come fenómeno y para todos los que quieran ir les paso la dirección, queda en calle 58 entre 7 y 8.
Pao tiene una amiga que es un personaje a la que le ocurren cosas inverosímiles y a la sazón, psicóloga. Ella tenía que devolvernos la carpa que le habíamos prestado y como además coincidimos en el destino elegido para veranear, Colombia, la invitamos a cenar pensando en intercambiar alguna información sobre nuestro inmediato viaje. Vale recordar que la última vez que cenamos los tres juntos, hace dos meses atrás, en una parrilla cerca de casa, la cosa termino mal. En medio de la noche un grupo de pibes no-chorros, destruyó el local a fuerza de botellazos, meta desmesura, puro bardeo, tirando platos al piso como un casamiento griego, y la heladera cargada de bebidas tambien al suelo, en aquella noche que, como la del viernes pasado, era  caliente, con todo el asfalto y su reserva térmica contenida durante todo el día, asumiendo los 37° de la tarde inmediata.
Después de tomar unas cervezas que acompañaron dos ceviches, de pescado y de mariscos, y una Jalea Real, luego de charlar y que de manera algo insólita, la cerveza se acabara en el restaurante peruano J´Jireh, decidimos ir por otras cervezas en algún bar de esa zona que no es muy concurrida durante la noche. Más que nada porque allí florecen los bares que trabajan en horario de oficinas públicas. Así llegamos caminando hasta la esquina de calle 7 y 56 en donde por curiosidad, o destino, hay un bar que se llama Oporto. Elegimos una mesa de las de afuera por dos razones muy concretas; estaba fresco y además porque adentro transcurría un show de dudosa factura. Desde afuera se escuchaban canciones cantadas por un pibe que como no podía ser de otra manera vestía camisa negra, jeans azul, zapatillas blancas y claritos en el pelo. De su boca salían temas de las autorías más variadas: Marco Antonio Solís, Los Fabulosos Cadillacs, Franco De Vita, Franco Davin, y el hoy por hoy ineludible Michel Teló y su pegadizo Ai se eu te pego.
Afuera la noche estaba tranquila, los Tilos se meneaban con la brisa del viento, nosotros íbamos y veníamos sobre temas tan serios como intrascendentes sin que nada pareciera identificar con claridad, unos y otros. En uno de esos momentos nuestra amiga cuenta el relato de su participación en un cumpleaños de quince organizado con mucho esfuerzo económico y otro tanto de imaginación, por una familia pobre de Lanus. Ella trabaja como psicóloga en una de las unidades sanitarias de esa ciudad, en un barrio pobre, o como dicen los periodistas de ahora, “un barrio con necesidades.”  La madre de la nena, enfermera en la unidad sanitaria, la ha invitado y es codigo de buena gente no desplantar a la familia con una ingrata ausencia.
Por la vereda, de frente a mí y con cara de estar por cruzar a pie la General Paz a las 18 Hs de un viernes cualquiera, veo llegar tres personas hasta el bar Oporto. Un hombre de unos 55 años de edad, su mujer y su hija (o hijastra) con cara de ser virgen y vivir aún con sus padres. Aunque su rostro decreta 38 años clavados de edad. Tienen pinta de ser gente de campo y pedirán una pizza, dos gaseosas y una cerveza Quilmes, lo cual es evidencia suficiente para demostrar que son de campo. Cruzan calle 56 con cara de <<me gané el Quini 6 y perdí el comprobante de la jugada ganadora.>> Se sientan en una mesa lindera a la nuestra y pese a las diferencias que prejuzgo, ellos también eligen obviar el bochornoso espectáculo musical que hay adentro. Pero la mesa que escogen tiene dos sillas y ellos son tres. La moza sale en búsqueda de esas clásicas sillas de exteriores, esas de caño, plegables que tienen respaldo de lona y que llevan impresas una publicidad de cerveza y que por rutina acompañan mesas con patas también de caño con sombrilla y la misma publicidad de la misma cerveza, o gaseosa. Nuestra amiga cuenta que la quinceañera ha entrado en un carrito de rulemanes, como si fuera un cajón de fruta vestido, tirado por una soga y remolcado por sus tres hermanos que trajeados de punta a punta, depositan la, digamos, carroza, en el centro del salón. De adentro de algo que simula una rosa, sale Daiana hecha una reina. Ahora es la adolescente más  feliz del mundo y su familia acompaña esa grandiosidad de la vida, los invitados se rompen las manos en aplausos y gritan palabras bellas. Su vestido también brilla.
El show ha llegado a un descanso, la voz del muchacho lo necesita y a nosotros no nos cae nada mal. Todos los fumadores de la sala salen a la vereda a fumar, ahora las voces en la calle le ganan poco a poco al silencio de la ciudad. Algunos parados, otros sentados en las mesas hasta recién desocupadas de la vereda, comentan el grandioso show que está dando su amigo. La tercera silla que traen no se abre fácilmente, parece que está trabada y la moza con sus brazos minúsculos no alcanza a desplegar aquel bollo de caños encriptados. El hombre de campo que ha permanecido de pie, le ofrece su ayuda ante la impotencia de la muchacha que finalmente se rinde, no sin antes intentar juntos desplegar la silla. Ambos hacen fuerza con un mismo objetivo. El resto de los hombres observan incrédulos la mecánica de lo movimientos. Cuando la silla comienza a ceder, los caños dejan de ser arrumbados, obsoletos minerales y la forma de la silla va ganando claridad. De pronto un grito se escucha despacio, como queriendo gritar un canto reprimido pero urgido.
-          ¡¡Para, para!! Me agarraste el dedo.
La silla está abierta en el aire, la moza ha quedado de frente al hombre de campo y la silla se interpone entre ellos dos que, hasta recién, cinchaban para el mismo lado. La mujer y su hija virgen se paran y se ponen al costado de la silla. Hay que cerrar la silla para destrabar el dedo, o sea hay que volver a plegar la silla para que aquel pequeño incidente pase a ser una mala anécdota urbana.
-          Pierdo el dedo, pierdo el dedo -grita preocupadísimo el hombre de campo.
Entonces todos los fumadores se agolpan junto al hombre de campo para ayudarlo, ahora son trece personas, trece voluntades dedicadas a la solidaridad más absurda. Yo inmutable. La moza debe sostener la silla en alto, si la bajara, el hombre de campo estaría obligado a ponerse en cuclillas pues su verticalidad ahora tiene a la silla como parte integrante de aquella.
-          Pierdo el dedo, pierdo el dedo -insiste.
El bar Oporto no está lleno, ni mucho menos, pero ahora todos miramos la escena independientemente de nuestro vínculo con el cantante, con el hombre de campo, su mujer, la hija virgen, la moza y la silla. Los fumadores tensan la silla en vez de plegarla, acaso para entorpecer todo aun mas y para refutar aquello de que cuatro ojos ven más que veinte y siete.
-          No, no, así pierdo el dedo –rebuzna el hombre de campo que bastante tenía con la sequía de estos días.
 Entonces los fumadores comprenden que la mecánica necesaria es la inversa, ahora pliegan la silla y al fin el dedo queda liberado de entre los caños, no del dolor. La moza no sabe cómo pedir perdón, el hombre de campo repite por si no lo hubiéramos escuchado que él creía perder el dedo. La moza apoya la silla en la vereda, él sujeta la mano con su otra mano mientras el dedo amorcillado cuelga del aire.
El show esta continuando,  el hombre de campo se dedica (con un dejo irritado en su rostro) a comer la pizza de mozzarela, mientras nuestra amiga relata sus desventuras con la natación.

30 dic 2011

Crónicas desde África

Por Bruno Carpinetti, desde Guinea Ecuatorial.

PERON EL AFRICANO
África transpira. África te roza, te frota, te empuja, te toca. África
huele, huele fuerte. África es ruidosa, grita, jadea. África es caliente,
muy caliente. Y acá estoy, inmerso en la barbarie del continente negro, tan
peronista como cualquier distrito del conurbano bonaerense. África es
peronista y nadie le avisó. Peronismo silvestre, hasta que alguien pinte un
Perón negro, de elegante uniforme prusiano, montado en su caballo pinto y
comprendan. Entonces, desde Ebebiyin hasta Baney, desde Mongomo hasta
Basacato, se recupere la esperanza y se multipliquen los altares de ese que
vendrá a salvarlos, como nos salvó a nosotros de eso que llaman
civilización.
PERSEVERANCIAS
Cooperantes, expatriados, extranjeros. Franceses que organizan espectáculos de hip-hop africano. Gringos que quieren salvar a los monos amenazados de extinción mientras saquean el petróleo. Españoles preocupados por enseñar a los Bubis la lengua de Cervantes. Egipcios que construyen casas y carreteras. Libaneses que regentean bares y restaurantes. Chinos que trabajan para suministrar agua y electricidad a Malabo. Y mientras tanto, Fang, Bubis, Ndowes, Combes, Bayeles, es decir, los Guineanos, preguntándose en qué momento y rincón de esta Nueva Babilonia se les extravió el presente.
Capitulo aparte los internacionalistas cubanos. Curan, enseñan, construyen, y sobretodo perseveran. Contra las miles de razones que a todos los demás les hace maldecir a los guineanos y a este endemoniado pedazo del mundo, los cubanos perseveran. Y beben y bailan.

PISAR EL BASURAL
El Harmatan es como el Zonda, viento del norte. Sólo que acá, a unos pocos cientos de kilómetros al Norte, está el Sahara. El Harmatan enceguece. Trae arena, nubla la vista. Y calienta. Calienta.
Ayer, fui a un poblado Fang al pie del Pico Basile. Tome cerveza en el barsucho mientras dos viejos jugaban Akong. Hable con los cazadores. Quise comprar ratas de bosque. No había. Las guardan para vender en vísperas de navidad. Maldito Papa Noel que atenta contra mi exotismo gastronómico.
Me acerque a una chica embarazada que jugaba en el umbral de una casa. Le pregunte para cuando esperaba. No entendió.
-       Que para cuando va a nacer el niño -me mira-.
-       Ahhh... el niño...es que no sé.

Hoy a las seis de la mañana, me levante y enfile para el barrio Los Ángeles de Malabo y me encuentro con un estudiante al que estoy ayudando con su tesis. Fernando Esono Ndongo. Cruzamos todo Campo Yaunde, el Villa Fiorito de la isla, para ir al mercado de Semu. Los primeros metros camino tenso y nervioso. Pero Fernando saluda en Fang a todo el mundo y yo detrás de el repitiendo <<Ambolo, ambolo>>. Un borracho desde la puerta de su casa me grita <<¡¡eyyy, blanco!!>>. Me doy vuelta levantando la mano. <<Ambolo>> me dice. No lo había saludado. Caminamos media hora pisando basura, atravesando sórdidos pasillos y cruzando arroyos pestilentes. Llegamos al mercado. Caminamos unos minutos entre miles de coloridos puestos con inidentificables mercancías y llegamos adonde las "Mamas" venden los animales del monte. Apenas nos ven llegar descargan una catarata de lo que, por el tono y los gestos, deduzco son puteadas. Fernando en Fang les dice algo, rápidamente y en tono de aclaración, entiendo que explica que sólo queremos comprar carne. Se calman, me sonríen y me muestran los cadáveres de monos, antílopes, pangolines y puercoespines. Les digo que quiero comprar ratas. Me enseñan algunas decenas y yo elijo las más frescas.


Es decir, las que no están hinchadas ni tienen gusanos, y pregunto el precio. Siete mil francos cefas. Precio de blanco. O de Navidad. Habitualmente valdrían unos 4 o 5 mil cefas. Las llevo igual. Todos contentos. Los guineanos llaman a las ratas "Ground beef". Algo así como carne del suelo, en Pidgin. O en ingles. Mientras volvemos pienso en cómo las voy a cocinar. Me rio como un tonto pensando que por fin voy a comer un autentico "Rata Tuil".

28 dic 2011

Brazos extendidos para abrazarte mejor


Por Nacho Fittipaldi
Yo fui a una escuela que tenia por nombre San Francisco de Asís. Era de orientación católica y allí, a mis hermanos y a mí, nos enseñaron desde los 4 a los 18 años que Dios era bueno y hacía el bien. Cuando repetí sexto grado comprendí la vida de una manera cruda. No alcanzaba con ser bueno, había que estudiar. Pero de él seguían dependiendo la vida y la muerte. Con la locura de mi hermano Andrés, la traumática muerte de mi abuela Lucy y otras tragedias, comprendí que todo aquello era muy relativo, tanto más de lo que mi corazón podía tolerar. Con la muerte de Néstor creí que la suerte de un país estaba en juego, y, aun cuando me equivocaba, todo aquello seguía dependiendo de Dios. La incomprensión me poseyó, y lloré tanto.
Las hienas urbanas pululan no sólo en las redacciones de diarios, están por ahí riendo y comentando por lo bajo el Cáncer de Cristina. Se animan a festejar. Se esconden de las luces de las sirenas de los patrulleros que se propagan sobre los mármoles de los edificios públicos. A mí todo esto me da sinsabor, me sabe a injusticia y más que nada mucha incomprensión. También tengo miedo. Miedo de que esta instancia de la vida nos arroje un muerto más. Miedo de que perdamos. Miedo a la endeblez del proceso. Entonces tiemblo y los ojos se me achinan e inundan, rojísimos, como cuando Néstor se fue, de lágrimas.    
Yo me pregunto hasta cuando podrás aguantar Cristina, y me gustaría preguntártelo cara a cara, mientras te miro a los ojos. Imagino que tu mirada sería algo esquiva al principio, buscarías un punto fijo en el piso de tu despacho y en decimas de segundos te restablecerías y enseguida me dirías <<Quedate tranquilo que yo estoy bien, Ignacio>>. (No imagino la palabra Nacho saliendo de tus labios) Yo no te creería nada pero también sabría que no sería sensato que justamente yo te presione. Pienso que inexplicablemente te quiero, siento eso, que te quiero y además me emocionas irremediablemente. Yo quiero ser tu hijo para abrazarte con mis súper brazos, acunarte diez segunditos en ese espacio que se forma entre mi pecho y mi hombro y decirte al oído: ¡¡Fuerza mamá!! Después ingresaría Oscar Parrilli, y vos seguíras con tus obligaciones como si tal cosa.

21 dic 2011

Imagenes

 
Por Nacho Fittipaldi
Tengo guardadas algunas escenas de la noche pasada, caras tuyas que me rondan. Tu demora en llegar, mis nervios, luego risas, comentarios cortos, la confianza que se instala tan de pronto, momentos ínfimos que se me van yendo como miguitas de pan entre los dedos. Ella lo encantó con sus enamorantes formas de ser; un mirar fijo, conversar con los rostros uno muy cerca del otro, manera particular de poner distancia para que acercarse no fuera tan riesgoso. Sin saber bien dónde ponerse, ni qué decir, él disfrutaba mirándola. Como decía Héctor Tizón,  <<La vida no se mide en años, sino en asombros>>, él confesaba que se sentía más añoso hoy por el asombro que le había causado conocerla. En principio por su belleza y su singularidad, por su rostro brillante, tu acento al hablar –le dijo-, el ruido de las otras mesas aledañas como aludes de gentes desbarrancando a nuestro lado y vos ahí y tu precipitación en el habla, tus dientes y sobre todo un aire de mujer. Asombro también por esa asertiva y sensata honestidad, la manera en la que te abriste y me confesaste cosas profundas de tu vida y tu familia. Tu padre y vos. Él le agradecía sinceramente ese gesto y ella creía que él continuaba con su forma curvilínea de conquistarla, entonces ella reía brutalmente, echaba la cabeza hacia atrás con la boca abierta, él aprovechaba para mirar el anguloso triangulo de sus mandíbulas y el filo de su mentón, <<Es preciosa>> -pensó, ya en peligro- y aun no se había detenido en sus ojos; él trataba de darle aire de juez a las palabras que caían de su boca, boca que se desgajaba por besarla, cosa que no haría en toda la noche. No es frecuente esa manera de estar con el otro, y eso por alguna razón, lo ubicaba en un buen lugar; también por tu labio mordiendo el mío, leve pero endiabladamente. Después ella se va con decisión, y él sólo ve su espalda, a él le quedan mil palabras por decir, ella se cierra como esas puertas de casa quinta que la brisa entorna y va en busca de un colectivo. Asombro por ese, <<También podes abrazarme, si queres>>, que ella largó mientras confesaba que tenía frío, él deseando que se hundan  todos los micros del mundo y que los taxis explotaran por los cielos de los buenos aires; sus brazos toman la delgada cintura, fina como junco de monte, y ella va transformándose súbitamente en esa Ana María de Dalí sobre la ventana. Luego el leve calorcito de su cuerpo, el viento moviéndole el pelo en la esquina de Avenida del Libertador y Montevideo, serán imágenes inolvidables –él cree que no habrá olvido-, y muy perplejo ante toda ella, sintiéndose un muchacho inseguro, ella se va yendo y él la deja ir. Sólo eso quería decirle…ahora que hay distancia y que por la ventana se huelen las primeras madres selvas en flor y el canto pendular de los grillos se hace oír entre sus ojos que la buscan. 

30 nov 2011

El egreso de Luisina

Por Nacho Fittipaldi

Yo no sé qué será, pero esa nena que hasta hace unos meses era para mí sólo eso, una nena adorable a la que adoro, se convirtió en una mujercita. Luchi llegó hace 11 años cuando no había sobrinos en la familia. Cuando había pocos nietos en la familia grande, sólo Augusto y paradójicamente, cuando mi abuela se había ido algunos meses antes. Ahora que las palabras caen como granizo del cielo, urgente y humedecido, pienso que todo ha sucedido a una velocidad inexorable sobre la que poco puedo decir. Así de grande estamos. Luisina es flaquísima, para mí es alta pero hoy comprobé que no, la mujer que estaba junto a ella logró desconcertarme cuando descubrí que no era su maestra, como yo creía, era su compañera. Entonces Luchi es delgada, finita como un cardo, con el pelo tan lacio que dentro de poco será un problema cuando quiera darle volumen, hacerse un peinado. Lu habla y se envuelve las manos como si algo de lo que dice no pudiera salir de entre sus palmas. Luisina va a sus malones, habla cada vez menos pero resulta que entre sus compañeritas de gimnasia artística es de las que más quilombo hace. Así cada vez que vuelve de viaje cuenta cosas desopilantes que muchas veces la tienen a ella como mentora de algunas maldades. Curiosamente logro disfrutar también de sus silencios y disfruto de descubrirla riéndose de las cosas que los grandes nos decimos. En ese momento de la vida está ella, no es adolescente, no tan grande como para estar con nosotros, pero es muy grande como para jugar todo el tiempo con su hermana Mora, sus otros hermanos y primos menores. Deambula con su cabeza pensativa, se cuelga de los árboles con una agilidad y de vez en vez larga la carcajada; uno cae en la cuenta de que ella escucha todo lo que se conversa y por lo tanto hay que tener cuidado con las cosas que se dicen delante suyo. Luisina es bonita y cuando se ríe tiene cara de suricata.

Hoy terminó la primaria y para mí fue mas movilizador de lo que esperaba. Desde ayer andaba con la idea de estar junto a ella en ese momento, acompañarla y hacerle saber, en algún sentido, lo mucho que la quiero. ¿Es difícil decirle eso a un niño y que lo entienda? No lo sé. La cuestión es que yo no podía por compromisos laborales. Estar en el acto a  las diez de las mañana sería para mí muy complicado. Mortificado por eso busqué la manera de poder estar y, no sin esfuerzos, lo logré.

A diferencia de ayer, la mañana fue helada hoy. En el salón donde estaban todo los chicos de la escuela reunidos, Luchi aparecía sentada sobre un banco, la espalda apoyada contra la pared, las piernas colgando; el pelo largo peinado con raya al medio, con  poca gracia pero clásico, las manos por debajo de sus muslos, como hamacándose  sobre el banco. Lu con esa cara de no estar allí ni en ningún otro lado, canturreaba de a ratos las canciones mas variadas. Repentinamente me pregunté qué me ata a ella, en ese momento en el que aún ella no sabía que yo estoy allí me pregunté, qué nos une, qué compartimos, cuanto de “nuestro” tiene el vínculo que sostenemos. Pensé en si cuando fuéramos grandes, ella a mi edad y yo con la de mis tíos, mantendríamos este tipo de vínculo o, si asumiría la forma del vínculo que yo tengo con mis tíos hoy, como un hielo a la intemperie. Me detuve un instante a reflexionar acerca de si nosotros no estaremos desarrollando un tipo de relación sustancialmente distinta a la que tuvimos cuando éramos pequeños, me alegré creyendo que sí, sobre todo me entusiasmó la idea de poder seguir asistiendo de cerca a su crecimiento y maduración como mujer, poder estar cerca suyo el día que me necesite, poder compartir con ella lo que hoy tratamos que descubra: el cine, la música, la literatura, el amor por los afectos y la cercanía del que quiere. Creo que mis hermanos y mis primos, tenemos otro tipo de relación con nuestros sobrinos, ellos con sus hijos, y yo con los míos cuando lleguen. Esa idea me gustó y descubrí que Luchi nos abrió una ventana a un mundo y un camino que siendo invitados a recorrerlo, muchos de nosotros decidimos afrontar, sin experiencia alguna. Entonces un poco las lagrimas me tomaron porque también pensé en cómo sería el vínculo de mis hermanos con mis hijos, y vi un chiquito rubio y cabezón y me hizo acordar a mi cuando yo era niño, giré la cabeza y vi a mi papá, pensé que ya está muy grande. El bostezo me indicó que el sueño me estaba tomando por completo y caí en la cuenta que para estar allí yo había tenido que corregir los parciales durante toda la noche para poder sacarme de encima la responsabilidad de entregar las notas en la mañana siguiente. Me di cuenta que ese esfuerzo era un lindo esfuerzo, que Lucha estaba grande, que entre sus compañeras parece más chica de lo que uno visualiza, vi que estaba linda, contenta, y yo tuve ganas de abrazarla y que se diera cuenta de que la quería abrazar, con todo el amor del mundo.

18 nov 2011

El militante equivocado

Por Nacho Fittipaldi



Julián era un tipo de convicciones democráticas y en este momento de fulgor y de juventudes decidió aportar lo suyo a alguna orga que le redituara políticamente. Juli tenía cierta trayectoria (según los ojos de su familia) en el ámbito estudiantil, había militado en una agrupación de la Escuela 17 de Moreno y en cierto año ayudó a tomar la fotocopiadora de la escuela. En esa revuelta, habían negociado la prolongación del segundo recreo de la mañana que era el objetivo más alto de la toma y que ni el más optimista de ellos creía poder conseguir nunca. Pero eso había quedado lejos en el tiempo.

Ahora la cosa era distinta, Julián estaba en segundo año de la carrera de Física y estaba convencido de que tenía mucho para dar. Había corrido agua bajo el puente, se había cagado a piñas varias veces (y lo habían cagado a piñas muchas más) tenía la inmensa e irrevocable sensación de que estaba de regreso aquella práctica que su padre le había enseñado cuando juntos salían a hacer pintadas con los militantes de la Junta Coordinadora Nacional.  

Por esas cosas de la vida, azar o puro destino, Julián se encontró comiendo un asado en donde habían coincidido un montón de militantes, referentes de distintas agrupaciones políticas, algunas identificadas con la juventud Kirchnerista más fiel y otras más anárquicas, menos orgánicas. Entre las cuales había algunas violentas. Entre chorizos, vacío y asado la noche fue transcurriendo mientras el vino, la cerveza y el fernet iban corriendo a una velocidad inversa a la inmóvil permanencia de una botella de agua mineral Villa del Sur que descansaba sobre la punta del tablón, como pidiendo permiso para regresar a la heladera. En medio del barullo general, ese tono de voz colectivo que se va creando, elevando por sí mismo, que se genera cuando veintidós personas hablan a la vez, de golpe un chabón golpeó el vaso con el tenedor y los otros invitados que estaban a su lado, se sumaron al pedido de silencio generalizado. Sólo cuando el silencio llegó, quedó claro que el Conejo era el que cortaba el queso en esa parada. Silencio que anunciaba la incursión discursiva del Conejo, quien de remera negra, estampada la cara de Néstor en ella, y con un tono que indicaba que era él quien tenía data de adentro, asumió que la cosa venía de debate y medio de punta. Sobre el filo de su intervención, sentenció:

-       Acá el tema es que si los compañeros del sindicato no dejan de tirar piedras y de  bardear al pedo, se va a podrir todo, ¿´ta claro?

Julián estaba de acuerdo con todo lo que el Conejo había dicho, o la vehemencia con la que lo hacía. No llegaba a comprender del todo lo que el Conejo decía pero ún así le gustaba, <<Este tipo me gusta>>, pensó. Tampoco llegaba a comprender cómo había llegado él a esa suerte de plenario lumpen. Con la misma sorpresa que el Conejo había hecho su primera incursión, otro miembro de la mesa lo cortó en seco. El Conejo fijó su mirada unos segundos en un punto perdido de la pared humedecida, dejando claro que lo incomodaba este tipo de apresuramientos. Sin embargo no continuó con su intervención, y dio la palabra. Lo que decía este otro pibe al que apodaban el Geta, también le pareció razonable y Julián se sintió medio confundido y falto de argumentos para debatir. Pese a ello necesitaba hablar. Todo lo que el Geta decía venía en sentido contrario a lo que el Conejo terminaba de argüir. Sosteniendo para argumentar en sentido contrario, el Geta culminó su intervención diciendo:

-       Conejo, los compañeros del sindicato tienen razón, están laburando mal, en condiciones inhumanas mientras la presi se llena la boca hablando de los trabajadores. Y ojo que acá también están metidos los tercerizados que también son compañeros aunque no jueguen con nosotros, todos somos trabajadores. No nos arrebatemos Conejo, aguantemos a ver qué hacen y si se van de boca, o se zarpan con alguna, ahí los embocamos pero yo tengo que guardarle fidelidad al Boca. Si el Boca se entera de que nosotros lo queremos limar, acá va a correr sangre, aunque seamos compañeros loco.

 Julián notó enseguida la tensión que sobrevolaba entre los militantes, justo en la última porción de carne que se pudo comer con la calma con la que se había iniciado aquella noche que algo encerraba de mito y conclave. Repentinamente Julián sintió que todo el fernet que había bebido desde hora temprana se reunía en un sólo recipiente cilíndrico y profundo. Sintió que lo bebía de un sólo sorbo mientras el mareo ya lo poseía. Entonces tomó una decisión. Sujetó el vaso lleno de fernet hasta el borde, mientras el recuerdo de su padre lo invadía de una manera inevitable, lo elevó mientras se ponía de pie  al tiempo que la espuma del fernet comenzaba a chorrearsele por el antebrazo, y en pocos segundos incurrió en una equivocación de costosas consecuencias, mientras gritaba a viva voz:

-       ¡Aguante Marcelo Stubrin!

Inmediatamente el Conejo lo miró fijo a los ojos, mientras el <<Uhhh>> generalizado de los otros compañeros inundó la noche del patio como una sudestada del desorden que estaba por venir. El Conejo indicó a su ladero que se pusiera de pie, mientras no dejaba de mirar a Julián que ya reconocía en su piel el error cometido.

-       Nene, no sé quién fue el boludo que te trajo pero sí tengo una idea de cómo te vas a ir. Tenés cinco minutos mientras te voy largando el perro -el Pit Bull estaba de pie, sujetado por una cadena corta, anudada en la mano izquierda del Penca que parecía de mal humor-. Vos decidís –agregó- si queres correr y contar lo pluralista que es la JP, o morir lleno de convicciones.