6 abr 2011

Incidentes en el estadio Juan Domingo Perón


Por Nacho Fittipaldi

El domingo 3 de abril de 1997 el oficial de policía Darío Estesbarato realizaba tareas adicionales en el estadio Juan Domingo Perón donde el Racing Club de Avellaneda hacia las veces de local. Era tarde tranquila pero la cosa se iba a empiojar.
A los 43 minutos del segundo tiempo Racing perdía tres a dos; curiosamente el equipo visitante había arrancado perdiendo ese partido, y al término del primer tiempo se encontraba perdiendo dos a cero. El Mariscal Perfumo decía que el peor resultado para un equipo era ir ganando dos a uno; y tenía razón. Lo peor estaba por venir. Ese domingo la cancha de Racing rebalsaba de gente, nosotros habíamos ido con la barra del barrio un par de horas antes, almorzamos en la pizzería de Antonio, tomamos un par de cervezas y el Canuto se comió un flan con crema que lo tuvo a mal traer toda la jornada. Nosotros éramos pibes y ya nuestros viejos nos llevaban a morfar pizza a lo del Tony y de ahí a la cancha de Racing, desde chicos repetíamos esa rutina, después las entradas se fueron a la mierda y empezamos a ir de manera más esporádica;  ahora marchábamos segundos en el torneo y la visita no estaba realizando un gran torneo pero de sumar los puntos finales que restaban hasta la terminación del mismo, podría clasificar a la Copa Libertadores de América que, por aquel entonces, no llevaba (aún) ningún nombre de empresa privada.
Darío Estesbarato estaba juntado (o como diría el Tony) amontonado  con Silvia Petrufini, ella tenía dos nenas de un matrimonio anterior y en cambio no tenía ninguno con   Estesbarato, quien había quedado estéril luego de un crudo enfrentamiento con la barra de Chacarita. Allí había recibido la patada de un caballo del cuerpo de caballería de la policía bonaerense en el medio de los huevos, mientras las piedras de los de Chaca llovían sobre los azules como hielos sobre melones plantados; inmóviles e indefensos.
Mientras Racing iba ganando la cosa pintaba con el folclore típico de los ganadores, cantitos, bombos, de vez en vez un toqueteo propio de otros equipos con tradición de eso y no como nosotros que tenemos historia de partidos imposibles de perder, perdidos de una manera imprecisa e imperdible. Racing difícilmente da vuelta un partido que va perdiendo tres a cero, en cambio es muy posible que nos den vuelta a nosotros ese mismo resultado parcial; incluso tanteadores más abultados. También es cierto que, esto hay que decirlo, los referís nunca suelen ser favorables con La Acade, como lo son con Boquita o con los Millonarios, en general nos pasan para el cuarto, y cuando no lo hacen los referís (o los líneas)  lo hacen los jugadores nuestros que suelen ser malísimos. Esta vez era el árbitro y los jugadores del otro equipo quienes nos estaban dando un soberano pesto, similar al que le diera La Juve a River en aquella inolvidable final del mundo en Tokio de 1996. Por alguna razón cuando íbamos dos cero arriba, el toqueteo no fue eficaz y las pelotas nuestras que hasta ese momento habían entrado o pegaban en el poste o requerían una atajada infernal del arquero, ahora empezaban a irse más cerca del palito del córner que de los tres postes del arco. Los laterales que hasta ese momento iban y venían dejaban de volver y parecían quedarse conversando con el lateral contrario hasta que este decidía proyectarse y dañarnos, nos empezaron a comer las espaldas y los pequeños crack que nos habían hecho delirar de ilusiones  y quedar sin adjetivos en el primer tiempo pasaban repentinamente a ser los mayores hijos de puta de la historia del club. Y la puteada sin chiflido es como una molleja sin limón, una carencia de la cultura popular, el insulto de la cancha además de agresivo suele ser original y largo; y las puteadas empezaron a derramarse sobre el primer equipo de Racing que ya estaba dos uno; el empate no tardaría en llegar. El Colo que estaba al lado mío y que era un desubicado total, como buen carnicero que era, empezó puteando al cuatro nuestro, siguió con la hermana y más tarde la remato puteando al hijo del defensor sin ningún tipo de clemencia ni misericordia; en un momento de sinceridad con la moral misma de la sociedad y algo de agotamiento le dije, << ¿Che Colo te parece meterte con el hijo del lateral, tiene cuatro años, qué culpa tiene el hijo de que el padre sea un hijo de re mil puta?>>. También es cierto que el Colo tenía en comparación con Chicho un merito enorme; el Colo era un tipo muy coherente y puteaba todo el partido, todos los partidos. Del lado de adentro del campo de juego se encontraba trabajando el oficial Dario Estesbarato, dirigió una mirada sobre el Colo, estaba agotado de escucharlo putear segundo tras segundo, todo el primer tiempo, todo el segundo y decir las guasadas más aberrantes que se podían escuchar; y hay que impresionar a un cana con puteadas eh. Tengo esa imagen guardada en mi cabeza como un recuerdo desagradable, como un gusto amargo queda debajo de la lengua. El vigilante lo mira, se acomoda la gorra, mete un poco la barriga para adentro y dice, <<Che pibe, por qué no cerras el hoyo en vez de ser tan boludo de putear a un jugador de tu propio equipo>>. El Colo se quedó helado, no podíamos creer lo que no s acababa de pasar, nosotros llevábamos años yendo a la cancha y nos habíamos cagado a piedrazos mil veces con la yuta y ellos como siempre nos habían metido palo y algún balazo de goma también nos había pasado cerca. Pero esto era más que todo, era absurdo, básicamente absurdo. Entonces vino el empate de ellos producto de la expulsión de nuestro arquero luego de haberle pegado una patada al delantero que intentaba dejarlo tirado en el suelo como consecuencia de una mortal gambeta. Y ahí la cosa ya tomó otro color. La gente estaba muy nerviosa, las familias empezaron a retirarse faltando veinte minutos para terminar el encuentro, los cachos de ladrillos empezaron a volar y hasta pudimos ver a la familia de Guillermo Andino arrojar una butaca de la platea que cayó al lado del banco de suplente visitante. El referí paro el partido, tomo el balón, se lo llevó debajo de las axila, como hacía el Ñoño cuando le mostraba al Chavo quién era el dueño de la pelota, hizo señas a la parcialidad racinguista como diciendo que si tiraban un solo objeto más al campo de juego, el partido se suspendía. La respuesta fue inmediata. Un grupo de hinchas que venían de afuera de la cancha comenzaron a repartir repollos morados entre los más efusivos asistentes, luego de eso ingresaron un par de cajones de verdulería repletos con zapallos anco y de manera muy armónica toda, absolutamente toda la verdura, fue repartida con la mayor ecuanimidad posible, o al menos la posible en ese momento de efervescencia social, y a parar de manera apresurada al campo de juego que para entonces ya parecía un territorio de festividad extraña. El Colo buscó entre los muchachos de la barra alguna verdura para revolearle al referí que ahora expulsaba a nuestro más reconocido goleador, Máximo Fartata, que contaba en su historial con 9 expulsiones en 123 partidos y el inigualable historial de 7 goles en la misma cantidad de encuentros. Fartata era más efectivo en concretar expulsiones que en marcar tantos. Con el dos a dos el cilindro de Avellaneda era un caldero, el Colo ya no tenía ninguna imaginación para articular ningún insulto y ahora mechaba una puteada para el equipo, otro para el referí y dos para el oficial Darío Estesbarato que a esa altura ya había recibido once mil escupitajos, cuatro zapatillazos de distintos pares de zapatillas que curiosamente eran todos números impares, 43, 41, 45 y una pila Eveready doble AA, en la nuca. Cuando el colorado encontró lo que había ido a buscar volvió con los ojos iluminados y el rostro con la frescura del tres cero inicial; ahora perdíamos tres a dos y la nuca del cana estaba regalada para las intenciones que el Colo se traía que, a propósito puteaba para llamar la atención del oficial de la infantería. Cuando el Colo le gritó,<< ¡Tu mujer está cogiendo con un bombero voluntario, gordo cornudo!>>, los siete kilos de costillar ya estaban en la nuca del oficial Estesbarato que ahora se disponía a colocar la escopeta en dirección a la tribuna y disparar las balas de goma que en la cabeza del Colorado fueron como plomo. De puro culo, el Colorado tenía otro costillar entre los brazos que no había llegado a arrojar, lo uso como escudo vacuno y vivió recaliente con La Bonaerense el resto de su vida.

27 mar 2011

Crónica de un fin de semana fallido

Por Nacho Fittipaldi
A fuerza de hacer y ser número habíamos decidido irnos el fin de semana largo y sumarnos a esos otros que ahora pueden vacacionar. Pensamos tres opciones para salir el 25 por la mañana: San Pedro, Punta Indio y Villa Paranacito. La segunda opción la rechazamos porque hasta en Taringa las fotos de Punta Indio dejaban bastante que desear. La negativa por San Pedro en cambio tenía que ver con que es una opción más cara que las otras y siempre está ese riesgo de cruzarse con Fernando Bravo cantando la cortina del programa que conduce. Y honestamente la decisión de ir a Villa Paranacito se concentró en manos de  Pao (sin decir que es su culpa) confiando en que, según decían algunos portales de internet, ni el viernes, ni el sábado iba a llover; y también en que otros portales se referían a este pequeño pueblo como “La Venecia Argentina.” El viernes en la ruta y contradiciendo lo anunciado en internet, llegando a Villa Paranacito, a 220 Km de La Plata, en la Pcia. de Entre Ríos, llovía. El pronóstico había fayado. Al llegar al pueblo vimos que este era bordeado por un bello riacho de unos 50 metros de ancho que curiosonamente no es el Rio Paranacito, que existe y que esta a varios kilómetros de allí, sino el Arroyo Sagastume. A poco de andar advertimos que para ser La Venecia Argentina o le faltaba agua o le sobraba tierra. Luego de dar un para devueltas, en verdad el pueblo se recorre siempre a lo  largo dado que todo se recuesta sobre la bella costanera, buscamos un lugar donde almorzar. Al entrar al restaurante vimos que estaba concurrida la cosa y que el pueblo tenía su público. Luego de sentarnos llega hasta nosotros un mozo que si algo no tenía era cara de mozo y ganas de mozo. Este pibe de unos 19 años parecía ser bastante más afeminado que lo conveniente para un pueblo que hace de la pesca una razón de vida, el pibe tiene la voz en plena transformación, a veces trombón, otras clarinete, habla bajo como para que no lo escuchen pero casi no se lo escucha, es tímido y atiende semi-agachado, el pibe tiene cara de estar esperando un producto de la línea Avón. De cuatro cosas que le pedimos olvidó una y de las dos preguntas que le hicimos a duras penas pudo responder una.
A fuera el viento movía los sauces y la sudestada parecía acariciar mansamente la superficie de las olas cortadas o rotas. Después de comer milanesas caseras con papas fritas, cerveza y habiendo decidido no utilizar el Minerva que el chico trajo en lugar del limón que le habíamos pedido, fuimos en busca de un lugar donde pasar la noche. Seguimos recorriendo el lugar ahora hacia una zona bastante más agreste que la zona céntrica, por donde buscábamos encontrar un camping y un complejo de casitas, teníamos dudas de parar en carpa o alquilar las casitas que nos habían indicado. Luego de identificarlas concluimos en la imposibilidad de descifrar el año o década de construcción. Chequeadas las instalaciones  confirmamos que no eran las peores habitaciones en las que habíamos pasado alguna noche y que esa sería la razón por la cual tomaríamos esa opción. En seguida armé el equipo de pesca y nos fuimos al borde del rio a charlar, tomar mate, comer lo que quedaba de las tortas negras  y transcurrir así este fin de de semana nuboso que ahora se está yendo. Sobre el caer de la tarde nuestros cuerpos reciben las primeras gotas de una lluvia que luego, y por poco, anega el camino de acceso al camping, con ese telón de fondo nuestra única opción era regresar a la piecita y esperar que se haga la hora de la cena, luego comer, más tarde dormir y por fin irnos de allí. Con las horas la lluvia se hace mucho más intensa y desde la pieza se escuchan unos ruidos desde el ambiente exterior que imagino son murciélagos, por suerte logro ver el cuerpo desde donde se emite ese sonido y corroboro que es una inmensa lechuza. La habitación es sórdida, boca arriba Pao y yo repasamos los peores lugares en los que hemos estado, no son pocos, nos causa gracia esa tendencia a recaer en esos lugares; yo he olvidado mi novela en casa, no tengo para leer y también hemos olvidado el repelente. Llueve mucho y yo empiezo a preocuparme sobre cómo haremos para salir por ese camino de arenisca que nos ha precedido hasta allí. La hora de cenar llega, el pueblo esta distante a unas quince cuadras, subimos al auto para recorrerlas, es notoria la diferencia de confort que existe entre el lugar donde debemos pasar la noche y nuestro auto; allí tenemos música, aire acondicionado, calefacción, radio, asientos tapizados, la incomparable sensación de estar a gusto. En cambio en la habitación hace un poco de frio, la humedad se filtra por todos lados, los mosquitos entran más que salen y las puertas no cierran, simplemente todo queda abierto porque no hay llaves y porque las puertas son más grandes que los marcos, pero no es que la humedad ha dilatado la madera, no. Las puertas parecen haber sido confeccionadas con medidas distintas a las  necesarias para que una puerta entorne con su marco.  Al dar marcha atrás y la vuelta con el auto me meto sin saberlo en un charco de barro, acelero un poco y el barro que las ruedas escupen se deposita sobre el parabrisas, sé que me he encajado hasta la manija y que la noche y la estadía comienzan a ser hostiles. Al ver el sitio en el que me encajé me pregunto si en Venecia habrá tanto lodo en un solo pedazo tan pequeño de terreno. Descuento que por el ruido que el auto ha hecho han salido dos vecinos de unos 45 años de edad y un adolescente que asumo como hijo de alguno de los dos, uno de ellos me busca en la oscuridad con la mirada y me pregunta: <<¿Sabes algo de barro?>>. La pregunta es una cagada, me obliga a responder con poco margen para mentir, sé cocinar en horno de barro pero supongo que esa experiencia en esta situación no será de utilidad. Ahora a la larga lista de cosas que no sé hacer y que desconozco, esas que se suponen son eminentemente masculinas, autos, herramientas, cementos, mecánica, amoladoras, debo agregar que no se de barro porque este pelado de mierda me lo ha enrostrado sutilmente. <<De barro no, no sé mucho>>  respondo consciente de mi orgullo y que no sé de barro pero tampoco soy boludo. ¿Cuánto puede saber un hombre de barro, uno que no sea alfarero? Ellos levantan el auto por la parte de atrás, yo acelero levemente mientras doblo las ruedas delanteras, el auto tracciona en el barro, y sale lento pero fácil rumbo al restaurante; ellos por el gesto se han embarrado y regresan puteandomé a la rutina nocturna de los pescadores cuando el pique no aporta por el lugar: el chupi.
La hora de dormir llega, nos lavamos los dientes, charlamos un rato, escuchamos la lluvia caer y ansiamos el amanecer que acompañe el regreso. Repasamos juntos cómo fue que llegamos hasta allí. Antes de que el sueño nos gane los ruidos del entretecho se hacen presentes, son muchos o muchas, murciélagos o ratas, son un asco, el chillido infame penetra por nuestros oídos pero también por nuestros ojos en la representación que nos hacemos y se traduce en la amenaza de que alguno de esos bichos caigan sobre nosotros en  mitad de la negrura; por momentos se callan pero luego regresan. Yo no sé si ha sido la conmemoración del golpe del ´76  o la discusión sobre la orquesta del Colon y la presentación del Plácido Domingo pero estos murciélagos están muy politizados y hacen un quilombo infernal.  La noche ha sido tremendamente embarazosa, Pao ha despertado en mitad de la madrugada y su rostro esta casi desfigurado, como si la Hiena Barrios la hubiese cagado a piñas o atropellado con el auto, ella cree que han sido mosquitos y yo descuento que ha sido una arañita.
Por la mañana temprano  hacemos nuestros bolsos y nos mandamos mudar, el sol sale de a poco a medida que Villa Paranacito va quedando atrás. La ruta esta linda, el mate que mi compañera ceba va calentando el cuerpo y los pastelitos alegran la barriga. Luego de todo este penar llegamos a BsAs para terminar comiendo un sándwich de churrasco en los Bosques de Palermo, está lleno de viejas que tratan a sus perros como a hijos y a los que nombran  con nombres de niños estadounidenses, Gordon, Jack, Mike;  esto no es La Venecia Argentina pero se inunda de lo lindo y dicen que tiene tanto de la adorable París.



  

10 mar 2011

Libros y milanesas


Por Nacho Fittipaldi
Historia I
A mamá se le quemó el aceite con el que hacía las milanesas en los minutos previos al preciso instante en el que el cartero tocó el timbre de mi casa. Por error (o por destino/encanto) el moto-chorro-que-era-cartero partió raudo hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En lugar de libros viejos donados a la biblioteca nacional se llevó las milanesas que mamá había hecho para la gente del barrio. Ya en Buenos Aires el motoquero llega a la Casa Rosada, no saben que es motochorro, entrega el paquete y alguien desesperado de hambre se come siete milanesas híper-aceitosas con la velocidad en la que un colibrí deshoja un nardo. Desde un despacho alfombrado, alguien, un funcionario, insulta en voz alta por la patada en el hígado de las milanesasnegras. En la oficina de al lado otro alguien piensa <Al fin se ha quebrantado la embestidura de su traje> mientras se pregunta, en voz baja, quién habrá ordenado el aumento en los peajes.

Historia II
A mamá se le quemó el aceite con el que hacía las milanesas en los minutos previos al preciso instante en el que el cartero tocó el timbre de mi casa. Por error (o por destino/encanto) el moto-chorro-que-era-cartero partió raudo hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En lugar de libros viejos donados a la biblioteca nacional se llevó las milanesas que mamá había hecho para la gente del barrio. Ya en Buenos Aires el motoquero llega a la Casa Rosada, entrega el paquete y alguien desesperado de hambre se come siete milanesas híperaceitosas con la velocidad en la que un colibrí deshoja un nardo pero con los modos de un orangután. A la vez, desde una habitación muy humilde en el barrio de Los Polvorines, alguien abre el paquete y desilusionada comprueba que en vez de milanesas le han enviado libros viejos, mira con asombro las manchas de aceite en las hojas del libro y piensa que María Eugenia es una conchuda. Toma con sus dedos la hoja número cuarenta y nueve y se la come sin chistar. Luego corta la hoja número ochenta y ocho y piensa que es una raviolada. Se ha comido todo el libro, ahora se limpia la boca brillosa de negrura con la contratapa. Su hambre no ha cesado pero espera ilusionada el próximo envío.

29 ene 2011

La densidad del tiempo



Atardecer en Montañita
 Por Nacho Fittipaldi desde Montañita (Ecuador)
Los ecuatorianos de Montañita hablan con arena en la mano, emulando un reloj de arena, dejando pasar a cuenta gota un poquito de arena a una mano y otro poquito a la otra, sin acelerar los tiempos de la palabra van diciendo lo que quieren expresar. Rodrigo, tirado en la arena con su ropa puesta, habla así. Son las siete de la tarde, el sol se puso ya y la crecida del mar nos ha obligado repentinamente a mover nuestras cosas para evitar que se humedezcan. En esta playa a la que venimos vienen los ecuatorianos de aquí, el turismo va a la playa céntrica y esta es mucho mas de los lugareños, es esa la razón por la que la escogimos como nuestra, según Pao podría ser una playa de la UOCRA. Rodrigo Pinto mide un metro cincuenta, o cuarenta y nueve tal, vez -es como Pao- y cabría muy bien en los asientos de las combis peruanas. Por casualidad terminamos arrimando nuestras cosas junto a las de él y su familia, su mujer fichó ese mismo día para un club de futbol femenino, ella entrena en la arena mientras nosotros iniciamos una charla casual. A simple vista uno no daría mucho por aquel pequeño hombre de tez oscura, torso redondeado y escasa altura, ahora que lo pienso se asemeja a una garrafa de gas. Es igual a tantos. Él nos habla de cuando el mar sube, de cuando el mar baja, de la Montañita antigua y de esta, de qué pasara mañana según la puesta del sol –nada de lo que augura sucede finalmente, aclaro-. Yo le doy tiempo de que hable de lo que él quiere para poder preguntarle lo que yo quiero, dejo que entre en confianza, que se distienda, Rodrigo habla muy claro y con palabras que alternan el español, el inglés y ese castellano caribeño que mete un chévere en cada lugar donde puede. El momento llega: ¿Rodrigo y qué onda con este tal Correa? Por un instante pienso que metí la pata, la fluidez del dialogo se ve interrumpida, el mira la arena, hay silencio, estamos acostados en el piso de la playa popular de Montañita y el sol se ha puesto bellísimo, metí la pata y arruine el momento. Rodrigo ríe y dice, “a mi me costó entender a este man, sábes?? Pero ahora debo reconocer que lo apoyo y que ha cambiado el país en muy poco tiempo y con una autoridad increíble, las cosas se hacen porque él las dice y ya.” A partir de ahí Rodrigo comienza a dar muestras de una lucidez inusual, maneja datos, vocabulario, esta informado y yo me siento sudamericano. Mucho  de lo que hemos visto aquí en Ecuador, en su trama política, lo que la gente nos ha contado guarda una semejanza con la Argentina que impresiona, incluso en las críticas que le hacen a Correa respecto de sus “formas”. Rodrigo avanza, ahora pregunta él: ¿Y por qué me preguntas eso tú? Bueno porque en todos los diarios que hemos visto –comprados al azar o los títulos leídos en las tapas de los puestos callejeros- todos critican a Correa de una manera feroz –digo yo, sin mostrar mi opinión, ni mis convicciones políticas, quiero que hable él, simplemente porque da placer escucharlo-. Ah, pues porque los medios están en contra de Correa, simplemente por eso –agrega él-. Luego arremete, “¿Cómo quieres que no este con este man si ha llevado escuelas a los lugares donde antes sólo había miseria y hambre, vieras las caras de los niños cuando les instalaron las pantallas táctiles –no usan pizarrón-, es que no sólo les dieron las netbooks sino que les dieron pantallas táctiles, ¿entiendes lo que eso significa para eso niños, este man esta llevando la salud publica a todos los ciudadanos que no tenían acceso a nada, esta comprando clínicas privadas para que den atención primaria porque los hospitales públicos están colapsados, ha obligado a los hospitales públicos a que atiendan las seis horas diarias obligatorias que corresponden por ley y no los treinta minutos que atendían antes, y hay un proyecto para llevarlo a doce horas diarias obligatorias, este man ha creado el subsidio de la seguridad social que alcanza al 70 % de la población –equivalente a la asignación universal nuestra-, este man ha expropiado los campos y los medios de comunicación del Estado que los empresarios de la derecha se  habían apropiado durante años de negocios entre el empresariado y los sucesivos gobiernos? Cuando yo vi todo eso, yo me dije, este man esta ahí con el pueblo y hay que apoyarlo. Y sabes cómo lo hizo, cuando llego al poder dijo <A partir de ahora las cosas son así>” Rodrigo trabaja diez horas por día con las comunidades campesinas en el Cantón de Santa Helena, la noche se va cayendo en la playa, la charla se dispara por diversos lugares y las luces de las redes de los pescadores indican que ya ha caído la noche terca, él nos explica que esas luces son para que cada pescador sepa dónde colocó la suya, nunca entendí si las recogen de noche, en ese caso lo que dice Rodrigo tiene lógica, o si lo hacen de día, y en ese caso nada de lo que dijo tiene sentido. Como sea, esas luces que parecen lucecitas de árbol de navidad, están en el medio del mar y pueden verse con claridad desde la oscuridad de la noche costera, y ese agregado artificial al mar curiosamente no lo diezma en su belleza sino que la profundiza.
Por afuera de esa tremenda personalidad política, están también otros nativos de aquí, Catalina y Leonardo por ejemplo, ellos administran el hospedaje y son gente tan amable y sencilla. Catalina es mas baja que Rodrigo, sí eso es posible, tiene la piel muy morena y ríe todo el tiempo, casi tanto tiempo como el que cocina para los suyos, allí también le enseño a Pao a hacer el ceviche y me convidó a mi una fruta que yo ya sabia que no habría forma de que me gustase, esos tiempos del compartir son los que texturaron este viaje. Su cocina, la nuestra. Aún no llegamos a entender quién es hijo de quién allí, todos comen y viven allí, juntos, son como doce, pero sus aspectos etarios son indescifrables. Ambos confiesan, quizás con vergüenza, que ellos no han salido mas allá de Guayaquil, a tres horas de Montañita, Leonardo se pregunta en voz alta, “Fíjate que Uds. han recorrido lugares de mi país que no ni conozco. Me han dicho que Loja es muy lindo, no? Pero yo no la conozco” Ambos se mueven en ese hospedaje que es el ahorro de sus vidas, viven todos los días de sus vidas para mantener el hospedaje y para que el hospedaje les permita vivir con muchísima mas holgura que el común de los ecuatorianos. Sin embargo, en el, “Buen día niña Paola, buen día niño Ignacio,” de cada mañana de Catalina, entiendo que esta la esencia de Rodrigo, de Catalina y Leonardo y del ecuatoriano medio también. Y ahora que me lo figuro, a eso habíamos venido.

25 ene 2011

Por las sendas del Tafí


Catedral de Cuenca

Por Nacho Fittipaldi desde Cuenca (Ecuador)
Nos fuimos de Vilcabamba con olor a café. Ahora, cada vez que abrimos las mochilas, un olor profundo, a tostado, a humus verde, a pasto recién cortado, a calle mojada sale de ellas. La provincia de Loja es así de olorosa y colorida.
La ciudad de Cuenca es muy bella, es una ciudad de unos trescientos mil habitantes, dividida en la ciudad antigua, cercada por un río de montaña de agua transparente, y la parte más moderna que por supuesto no es Chicago. Cuenca tiene una temperatura de entre 15 y 20 grados, no más que eso casi todo el año, está atravesada por un montón de callecitas angostas por las que da la impresión que en cualquier momento aparecerá algún caballero del siglo XVIII, también parece que en estos callejones cabe sólo un automóvil pero aquí hacen caber dos; busco en las esquinas su terminación arquitectónica, las esquinas tienen ochava, me convenzo, sigo caminando y en la misma calle cien metros más arriba las esquinas no tienen ochava y terminan en ángulo recto, a lo largo de toda la ciudad antigua las esquinas parecen estar hechas de manera antojadiza; en casi todo el casco antiguo los techos son de teja italiana, ahí también se junta humus, tierra que abona el sitio donde los helechos irán a crecer. Es difícil que una ciudad con tantos techos de tejas sea una ciudad fea, o poco cálida, ese color chillón apagado por el correr de los años, con esos tapiales de barro, con sus techos bajos y sus tirantes de madera que sostienen ladrillos en los techos, son infalibles y ya los conozco de Cuzco. Cuenca es hermosa, tiene una catedral descomunalmente grande para el tamaño de la ciudad. A mí que las iglesias no me dicen nada, ésta en cambio me encantó y nos desacomodó e hizo que estuviéramos allí dentro más de lo acostumbrado. Según dijo un guía de allí esta catedral es del 1800, y mixtura un estilo románico con gótico; de repente una señora argentina que está en el tour le pregunta al guía, o le arroja como piedra una pregunta certera e incómoda, sin titubeos y delante de los otros participantes del paseo, ¿dónde está lo gótico en esta iglesia? La vieja descree del guía, él duda, lo han pescado mintiendo o forzando los criterios de la arquitectura antigua, entonces él agrega, afuera, afuera esta el estilo gótico. La señora argentina tiene razón, pero ya ha cosechado su faena y se retira de la disputa en silencio, no hay allí nada de gótico pero sí de enorme y todo esta tremendamente marmolado. El guía luego cuenta que la ausencia de las torres centrales de la catedral, se debe a que los muchachos que calcularon las tareas de finalización del edificio, hace dos décadas, sacaron mal la cuenta porque el mármol original era italiano, ergo, más pesado que el que se utiliza por aquí y si colocaran el mármol original, con esos cálculos fallidos, se hundiría toda la catedral y probablemente Cuenca también. Lo cierto es que la iglesia luce una enorme grieta en el centro mismo de su construcción. Pienso si los guías nos mienten siempre y lo que sucede es que hay pocos que refuten, nosotros en las ruinas de Chan-Chan (Perú) caímos en las manos de Edith, una vieja que empezó hablando en tono de guía y terminó puteando y hablando pestes de Pizarro –no el jugador de la selección de futbol peruana sino el conquistador español- porque según ella traicionó la buena fe del cacique Atahualpa.
En Cuenca conocimos a dos ecuatorianos de Quito, Abel y su mujer, Alexandra, ambos de unos treinta y cinco años de edad, ella una gorda divina -o algo así-, que habla con una pasión por la comida como si supiera que la última vez que ingirió alimento ha sido la última vez que comió en su vida. Ella odia tanto a los peruanos como adora el mote –choclo ecuatoriano sin sabor a nada-, se alegra al saber que a Pao y a mí nos pareció que Perú estaba pobre: "¿Oíste Abel, los chicos dicen que Perú esta pobre, que bueno no?" No es mala pero tiene unas opiniones que contornean lo xenófobo, la intolerancia, la gula y el desenfreno mas descabellado por asuntos intrascendentes. Abel está entre agotado y entregado, a ella parece gustarle todo lo que a él le da miedo. Dice que tenemos que comer chancho a la barbosa, es un tipo de cocción que a nosotros sin saber cómo era nos había impresionado al llegar a la ciudad, por la brutalidad y la potencia de la imagen. Básicamente es un chancho muerto, no un lechón eh, es un chancho de unos 20 o 25 kg incrustado horizontalmente a un caño grueso que gira sobre una fogata hecha en un rectángulo de chapas como a un metro de altura de las brasas y que por una cuestión de espacios o show se prepara en las veredas de las casa y/o restaurantes. Al chancho el caño le entra por la boca y le sale por el orto, es enorme y Alexandra dice que es un manjar, entonces nos invitan a comer eso que es visualmente tremendo y nosotros no lo rechazamos que no es igual que aceptarlo. El chanco a la barboza no es precisamente un manjar pero se deja comer. "También tienen que comer Cui, es bien bacán, dice ella, ya van a ver es muy rico". El Cui no es ni más ni menos que un cuis, lo que pasa es que así como sucede con plantas y frutas, el de acá tienen un tamaño bastante mayor al roedorcito que conocemos nosotros y que tiene por costumbre espectar al borde de los caminos ruteros de Argentina, este bicho acá es tamaño comadreja o hurón, enorme, es como si un cuis nuestro llegara a jugar en la NBA. El cuis también está hecho a la barboza y sale 16 dólares el plato, es lo más caro que hemos visto costar un plato, Pao y yo decimos, no gracias, y no tanto por el precio, más bien por la impresión del caño reventando las mandíbulas del Cui.
De allí nos fuimos a Guayaquil para tomar el ómnibus que nos trajo hasta Montañita. En el viaje que durará tres horas el bus trepa por un camino de montañas muy altas y verdes, boscosas, repletas de pinos, arrayanes y eucaliptus, no tengo la impresión de haber visto este paisaje en Argentina, no sé si el eucalipto crece en la alta montaña. Allí también las casa de tejas se pierden en la espesura y sabemos que están porque las chimeneas las delatan humeantes, aquí no hay pobreza, en Ecuador no hemos visto pobreza o en todo caso la pobreza rural es como dijera Brandoni, una miseria digna. El bus trepa y trepa, pienso que si no revienta el motor va a reventar el chofer. Llegamos a los 4000 metros de altura, nadie revienta, en cambio las lagunas se muestran una a una, curva tras curva, atravesando el Parque Nacional Cajas, dicen que hay más de 240 lagunas completas de truchas. La música del ómnibus es como mínimo ecléctica, pasan de Chayanne a Alejandro Lerner, Franco De Vita, o la cumbia de aquí, sin decir agua va, yo intento terminar un libro de Héctor Tizón y noto que la distancia del Español puede ser tan amplio como dispar. Tizón tiene un manejo del español asombroso, una prosa exquisita y una capacidad figurativa excluyente, los muchachos de aquí es como si hablaran otro idioma. Ahora que ya van como trece días de viaje, nosotros nos alegramos mucho, cantamos en voz alta y miramos por la ventana cuando nos ponen Chayanne, Maná o Ale Lerner, a la distancia, esa música nos arroja a algún lugar desconocido pero querible. Y cuando suena Mi historia entre tus dedos de Gianluca Grignani, se me parte el corazón y casi lloro.
Montañita es un no lugar, aquí no hay nada que sea de los ecuatorianos, excepto los 30 grados que hacen constantemente cada día. Un argentino –está lleno- o un canadiense son mas dueños aquí que los propios nativos. Las artesanías no son de aquí ni de ningún lado, dicen tanto de Ecuador como de Mar del Plata, los bares de aquí podrían estar en Pinamar o en Montreal y la playa esta buena pero no da para suicidarse. Es curioso como la industria del turismo logra inventar lugares. Lo propio de aquí es su incansable atardecer, la gente del lugar bañándose en el mar vestidos, no con mallas o bikinis sino con remera bermudas y hasta camisas, también comprar pescado fresco en unas motos que van por la calle, sin hielo ni nada, recién salidos del mar, entonces compramos un atún y lo hice a la parrilla, medio atún de 3 libras, -aquí las cosas se pesan en libras y a los hombres se les dice man-, o sea 1,5 Kg, eso aquí sale veinte pesos argentinos. Tan barato que Pao se inicia en la comida peruana de golpe y se manda un ceviche de atún del carajo, lo compartimos con Catalina y Leonardo que son los dueños del hostel en el que paramos, ellos tienen cincuenta y cuatro y cincuenta y cinco año de edad, son divinos y muy hospitalarios, a ella -a diferencia de él- es como si un camión lleno de chatarra de acero la hubiera pasado por encima, tienen un año de diferencia pero nosotros pensábamos que Catalina era la madre de Leonardo y no su esposa como es. El lugar se llama Brisas del mar, se mataron con el nombre, igual prefiero eso y no que se llame Hostal Tití Fernández u Hostal Josemir Lujambio. Allí una habitación que por poco se cae sobre el mar de lo cerca que esta nos regala día a día el ruido de las olas rompiendo a menos distancia de lo que se necesita para que la habitación no esté impregnada de esa bruma magnifica que el mar despide.
Los ecuatorianos de Montañita hablan con arena en la mano, emulando un reloj de arena, dejando pasar a cuenta gota un poquito de arena a una mano y otro poquito a la otra, sin acelerar los tiempos de la palabra van diciendo lo que quieren expresar; ahora llueve, y en los lugares costeros la lluvia cuando obtura la playa, obliga a ver lo que hay antes de llegar al mar, entonces la ciudad balnearia se pone gris y nostálgica y se la contagia a sus visitantes.


20 ene 2011

El placer de la desatención



Camino de montaña, Vilcabamba


Longevos habitantes de Vilcabamba
Por Nacho Fittipaldi desde Vilcabama
Merlines no había, en cambio en Cabo Blanco pudimos contar  treinta y seis plataformas  petroleras de alta mar, que no son tan de alta mar porque están a mil metros de la costa; entonces  Hemingway tal vez no iba allí en busca del Merlín, iba  a buscar petróleo, no era tan machito como se decía sino mas bien un cerdo capitalista colaborador de la CIA.
Cabo Blanco es de una escasez atroz y constante. Este cabo es de una inmensa soledad, ciento veinte personas lo habitan, a las que llega el agua una vez por semana y a juzgar por el infernal lugar en el que paramos, no les llega casi nada más que pescado. La habitación en la que dormimos tenia techo o cobertor de paja o mimbre, medía 2, 20 Mts  de largo por 2, 50 Mts de ancho, un colchón de una plaza y media, una silla y eso era todo.  El baño estaba en construcción, como casi todo, y no tenia agua ni ducha, entonces todo se deposita en el inodoro y nada se va, el agua que vertemos se escurre sin lograr nuestro cometido. Durante el dia la estrategia fue no volver alli bajo ninguna circunstancia anterior a la hora de irnos a dormir. Vuelvan cuando gusten -dijo América-, la dueña del hostal El Mero, como si ese universo de la pequeñez no fuera motivo suficiente para no volver nunca más a Perú o América del Sur. Uno sabe que no debe decir esto, pero cuando la humildad de los otros te toca tan cerca, hace que la comodidad nuestra pase  a ser un insulto elevado contra algo que cae exactamente justo al lado nuestro.  Las playas son muy amplias, sus olas tan verdes que  de vez en vez dejan ver el lomo al descubierto de alguna tortuga marina enorme. El mejor recuerdo de allí será su atardecer, alguna ola bien grande, el plátano frito, un cebiche de pez Vela de antología y los filetes de Barracuda, memorables.  Nos fuimos de Cabo Blanco con la certeza de no volver a lo de América hasta que alguien invierta un poco de dinero, tan rápido como pueden esfumarse veinte y cuatro horas de verano.
Desde allí viajamos a Piura a través de un desierto hervido en su propia arena. El paisaje carretero, en el norte de Perú, es un constante desierto desde Trujillo hasta la frontera con Ecuador, mil kilómetros  de  arenal con montañas bajas, una vegetación en la que predomina todo lo achaparrado que puedan imaginar, con mucha basura dando vueltas, atoradas en  las espinas de los espinillos, flameando al viento como banderines de carnaval,  con los Gallinazos revoloteando en círculos alguna presa muerta que no imagino qué podría ser, poco que festejar. Lo curioso de todo ese escenario desolador es que tras esas montañas de arena, tan sólo detrás de eso que uno mira y se acalora, es que pasando ese Santiago del Estero peruano, sin Chacareras ni Carabajales, está el inmenso mar esperando. Sobre el filo de la montaña de arenilla, la arena cae sobre el pacifico, o este se vuelca sobre aquella y eso también es desde Trujillo hasta el Ecuador. Simplemente majestuoso e incomprensible.  
Piura es una ciudad muy grande del norte, allí hay como actividad  principal económica  –supongo- una industria metalmecánica y agropecuaria importante y además por allí circula gran parte del comercio terrestre con Ecuador, los distancian trescientos kilometros;  utilizando algo que dijo alguna vez Luisina en memorable figura, yo puedo afirmar que Piura es mas feo que feo,  una  ciudad en la que lo mejor que se puede hacer es irse, no al demonio porque debe alquilar por ahí no mas, pero aconsejo irse, si van a Piura ni bien lleguen pregunten cuál es el camino de regreso y tómenlo, no sin antes pasar por el mercado de frutas y verduras y  comerse unas inolvidables bombas de papa rellenas con picadillo de carne y huevo duro. Después la retira al Ecuador será un buen camino.
Al cruzar la frontera uno ve la tangible injusticia de la distribución de los recursos naturales, Perú y Ecuador están divididos por un bello río de montaña, agua dulce que del lado peruano escasea. Ecuador es exuberante en todo el Sur. Sembrada de arrozales, minada de plantaciones de mango, plátano, maíz,  regadas por ríos y serpenteando entre las montañas ya verdes, no amarillas como las de  Perú, esta parte de Ecuador es básicamente hermosa y acogedora. El ecuatoriano es sociable y educado, saluda al pasar, pregunta de dónde eres, qué piensas de su país, hacia donde te diriges y todo lo que demuestre que están interesados y alagados de que tú estés allí.
Llegamos al la ciudad capital de esta región que se llama Loja, esta a 2000   metros sobre el nivel del mar, hacen unos agradables 20 grados que por las noches descienden a unos menos agradables 15 grados, es una  ciudad bien antigua, fundada en 1572, aún luce el enorme portón que abría o vedaba el acceso a la ciudad que estaba cercada por un rio que aún está vivo, como el castillo del que Srrek debe rescatar a Fiona. Tanto en la cena como en el desayuno nos dimos cuenta que la cosa había cambiado, aquí ya no hay pescado, aquí no hay langosta ni camarones ni ceviches, todo es arroz, plátano, menestra, pollo, res, cerdo, lentejas y ha regresado el maldito comino que en la costa peruana había desaparecido. ¿A quién se le ocurre ponerle comino a una tortilla de huevo? De Loja nos fuimos para Vilcabamba, es un pueblito que esta a 1500 MSNM  y es mundialmente conocido por tener entre sus pobladores a la mayor cantidad de personas longevas del mundo. Tener 32 años acá no es motivo de mayores comentarios que si uno tuviera los 104, 110 0 120 años que varios de aquí ostentan mientras dan vueltas a la plaza central. Aquí llueve intermitentemente todos los días más de una vez por día. En los alrededores de la plaza se puede identificar un murmullo extraño, al rato uno cae en la cuenta de que lo raro es que ese murmullo es del idioma inglés, pululan por ahí personajes conversando en un inglés que no es el que se estudia en los institutos de acá. Curiosamente viven, según nos dijo David un norteamericano de Pensilvania con descendencia calabresa que vive en Vilcabamba, unos 800 extranjeros, en su mayoría europeos y norteamericanos. Mientras leo la novela de Henning Mankell, El regreso del profesor de baile, sufro una especie vivencia en la que la novela penetra mi pensamiento cotidiano, una de persecución. En la trama los inspectores de investigaciones Stefan Lindeman y Giussepe Larsson, tratan de descubrir el móvil de un asesinato ocurrido en una zona boscosa de Suecia, retirada de toda urbanización; allí un ex integrante de las SS Nazi, se ha refugiado convencido de que iran a buscarlo luego de cuarenta años para hacerle pagar las tropelías cometidas en su juventud Nazi. Pienso si en estas callecitas de Vilcabamba, no habrá algún escapado de algún pecado cometido en la segunda guerra mundial, miro los cuerpos atípicos que coincidan con la descripción y el perfil que Lindeman y Larsson tienen del escurridizo sospechoso, me convenzo de que algo debe andar muy mal para que este pueblito ínfimo del sur de Ecuador, sea el refugio de tanto gringo.
En el bus de camino a Vilcabamba, un muchacho de unos 16 años nos pide el boleto para acomodarnos en los asientos correspondientes, nuestras mochilas grandes ya están en los buches de abajo, llevamos con nosotros los bolsos de mano, él se ofrece a poner nuestras mochilas de mano en el buche de adentro del bus, nosotros aceptamos de buena gana. El muchachito educado nos pregunta: de dónde eres, qué piensas de su país, hacia donde te diriges y todo lo que demuestre que está interesado y alagado de que tú estés aquí, nos recomienda lugares para recorrer. Luego se retira  cuando otros pasajeros suben al bus que estaba vacío hasta ese momento, excepto por otro muchacho que estaba en el asiento de atrás al nuestro. Pao y yo quedamos encantados con tal buen gesto. Entre ellos dos y sin que nos diéramos cuenta nos robaron, mil dólares a mí y quinientos pesos argentinos, eso era todo mi capital hasta el 31 de enero en que regresemos. A Pao le robaron doscientos dólares. Eso fue ayer a la mañana y nos dimos cuenta al llegar a Vilcabamba cuando quisimos pagar el hostal en el que estamos ahora y que, hay que decirlo, es uno de los lugares más bellos en los que haya parado en mi vida. Mas que el dinero, ayer habíamos perdido la alegría, ese placer de no tener preocupaciones, ese goce de la desatención, estos cabrones se llevaron eso. El dinero no nos importa, pero cómo sacar   ese rostro y toda su estrategia desplegada tan ágilmente sobre nosotros no será tarea fácil.    Un capitulo aparte todo lo que incluye la denuncia en una fiscalía en donde el auxiliar del fiscal no identifica una vaca adentro de un baño.
Vilcabamba es hermosa, pequeña, verde, productora de café  y de viejos longevos. En el centro de un gran valle sus montañas parecidas a la verde Salta, nos ha acogido con la misma servicialidad que nos han afanado. Mañana salimos para Cuenca, ya con la alegría reinstalada en nosotros, sabiendo que el dinero va y viene como la salud, o si no tendrían que ver a los viejos de aquí que para sacarles una foto te cobran un dólar, Ecuador esta dolarizado, mientras ríen a la cámara con caras de santos como si no supieran de qué va la cosa.