20 ago 2010

Cosas varias

Bueno, dejando a un lado lo del shampoo seco en las orejas y tu especialidad en tortas de mandarinas, rechazo la incompatibilidad entre inteligencia y demora en el egreso univeristario. Yo también demoré en recibirme pero en el camino hice otras cosas. Adopté 4 chiquitos (dos eran niños afganos mutilados por las bombas de fósforo arrojadas por el ejército de EE.UU; otro era Boliviano -estaba más cerca de un mono que de un humano, en todo caso era el Homo que No Sapiens, 12 años tenía cuando lo adopté, ya militaba en el gremio de los cocaleros, pateba con Evo el loco; por último adopté un asiático de la República de Mianmar, hecho jirones por una anguila venenosa que lo pico en un testículo cuando andaba boludeando por las playas del mar de Andamán que bañan ese país). Los devolví a todos porque no sabían comer con cuchillo y tenedor, los hijos de mil putas, sobrinos de la renergrida concha de su hermana. En cambio me compré un loro que tampoco usa cubiertos pero repite constantemente "puto, puto, puto" , esté yo presente o no. Le da igual y canta tangos.
Ahora hace 15 años que sólo me hago la peinadita en la pileta y 8 que me ahogo cuando me la hago...

Sobre la amistad de los soldados


Por Nacho Fittipaldi y Silvia Sullivan

El soldado le pidió permiso al Jefe de Escuadrón, Gral. Gerardo Lampenossi, para regresar al campo de batalla e intentar rescatar a su gran amigo que había quedado herido de muerte al alcance de las tropas enemigas, bajo la lluvia de balas más grande de la historia. El Jefe de Escuadrón le respondió que de ninguna manera arriesgaría un soldado vivo y sano por uno herido (o muerto). Rubén desobedeció la orden y luego de hacerse el distraído y el resignado, salió igual en busca de su amigo Mauricio. Al llegar al sitio en donde Mauricio se revolcaba de dolor, éste le dijo:

- ¿No podrías haber tardado más, no? ¿Por qué no viniste antes, no ves que me muero de dolor, te quedaste bebiendo no, borrachín? Rubén, la recalcada concha de tu madre, hace horas que espero que me rescaten, voy morir indefectiblemente!! Rubén observó que a Mauricio le faltaban las piernas y que su brazo izquierdo colgaba de un tendón, dolido por las palabras que su amigo acababa de decir, entre llantos, respondió.

- Arriesgué mi vida por vos amigo, me negué a acatar la orden de un superior por venir hasta aquí y vos tan solo me respondes así. Ahora, antes de morir, porque te vas a morir quieras o no, me vas a chupar la poronga paralitico de mierda, hijo de un malón de putas.
Mauricio, tullido y todo, le practicó sexo oral hasta que Rubén acabó, cosa que no era nada fácil por cierto. Entonces Mauricio, preocupado como estaba ante la inminencia de la muerte, le dijo al oído:

- ¿Rubén no tendrás sida, vos?

- Estate tranquilo -respondió Rubén- que la tenga sucia no quiere decir que no me la cuide. Ambos murieron ese mismo día, sin saber de dónde venían las balas, en los dos había cierta expresión de dolor y felicidad, en la inmovilidad de sus rostros.

Moraleja: los soldados son reputos.


Reminiscencias de una noche con Rodolfo Mederos

Por Nacho Fittipaldi
Relato
La Plata, julio de 2008
Amigos, ayer nuevamente y después de sentir la derrota de dos miércoles de Café Cultura, muy malos, tuve la sensación de que la cosa comenzaba a funcionar, espero con la regularidad que necesitamos.
El encuentro con Mederos fue tremendo, el tipo habló una hora y media sin parar, se pasó el formato por donde se le cantó y fue mejor así. Conversador el hombre, se arrojó a su vida de niño, se quebró en lágrimas cuando recorrió algún recuerdo entrañable y la figura de su padre; relató su llegada a Pugliese y a Piazzolla, pero también se refirió a la cantidad de veces que mordió el polvo en sus primeros arribos a Bs.As, de cómo un músico debe trabajar de músico, de cuantas veces frente a la derrota, solo la convicción y la pertenencia de donde uno viene se constituyen en el combustible indispensable, único, para "ser" y "seguir".
Había que cortar la charla para abrir la ronda de preguntas, para que tocara, finalmente es un músico, y el tipo seguía ahí diciendo "Yo no tengo apuro, eh. ¿Hay que entregar el boliche pibe?" Y eran las diez de la noche, hablando desde las siete y media, la mesa desde la que hablaba estaba perdida y rodeada de la gente que se le aproximó por indicación suya, parecía haberse llegado hasta allí con los objetivos mas claros que los nuestros. El publico lo cautivó en silencio mientras en algún punto algunos de nosotros, obligados a observar o no dejando poder de hacerlo, nos dábamos cuenta que algo diferente allí se había logrado, una disrupción de la realidad, a salvo tan solo un rato de la hostilidad terrena. Yo estaba, al fin, feliz y realizado.
Sacó el bandoneón y eso solo provocó el reiterado chasquido de las manos del publico, ya rojizas, que a esa altura tenía mas ganas de escucharlo que de seguir viviendo. Estábamos cerquita de él, tanto que podíamos oír el sonido del fuelle al contraerse y ver cómo el aire que de allí exhala le soplaba un mechón de pelos que le caían sobre la frente como acariciándolo, vimos cómo el aire caliente de la música buscaba el cielo al que pertenece.
Tocó tres tangos que fulminaron el alma, la hamacaron hacia arriba y hacia abajo, como señalando la volatibilidad de la estructura edilicia o la humana, nos la soltó en pleno vuelo y allí caímos hechos jirones pero recuperados de espíritu con las recobradas fuerzas para hacerle frente al frío helado que una vez mas había tomado la ciudad.

Reminiscencias de una noche en Banfield


Por Nacho Fittipaldi
Relato
Arrojados por el ímpetu, casi infame, de reunirnos y restituirnos subjetivamente en la amistad, nos hablamos por teléfono y sin mas mediaciones que la palabra, nos fuimos de manera poco menos que furtiva, a Banfield.
El hijo de una amiga de Cristina, catalán por necesidad o expulsión, se presentaba en la Argentina para pasear y mostrarles a sus amigos algo de lo que él y su madre llevan adentro como una identificación genética. Todos ellos irían a cenar a la casa de Cristina que ni Ana, ni Martín, ni yo conocíamos. Cristina, que tanto ha andado por las casas de nuestros vínculos cercanos, participando de cuanta tertulia ha habido, nos recibía en su nueva casa por primera vez.
Sin otro reaseguro más que la invitación misma, ya estábamos comprando cervezas, papitas y mortadela para agasajar, a nuestros invitados. Ese era nuestro espíritu a esa altura temprana de la tarde. El vino tinto corría por su cuenta, o eso necesitábamos creer. Sujetos al favorable tipo de cambio nos convencimos de que traerían excelentes tintos y en cantidad. Cuando los catalanes arribaran, todos fijaríamos la vista en sus manos para corroborar lo convenido y conjeturado.
Conocer la casa de Cris, estar y habitarla, era para ella el segundo gran objetivo de esa noche; el tercero, lograr sobre los catalanes la retención del registro de lo que un grupo de argentinos con buenas intenciones pueden generar. En ese escenario las empanadas serían solo la finalización de una serie de introducciones gastronómicas que nos llevarían, de tiempo en tiempo, a descorchar varias botellas de vino que, a esa altura, eran el pasaje seguro al embriague divertido y procaz de Juliana, la parlanchina estrellita y amigota de Cris. Juliana concitaba sobre sus tetas todas las miradas masculinas posibles y alguna femenina que no salía de su asombro. No eran para menos. Redondas, grandotas, las imaginé turgentes, elevadísimas, aquellos pechos, globas desconcentrantes, hicieron que el hilarante tono de voz quedara en un tercer plano.
En otro estilo, otras bellezas, otras tetas, también estaban Celina, y sus hermosas hijas, a la sazón las nietas de Cris, y María, que se fue antes de tiempo, cuando todo comenzaba, cuando tan solo el corpiño le había pispeado, solo al cruzar dos o tres comentarios se paro y me dijo “Bueno me voy” y a la mierda el erotismo, el deseo, el equilibrio de género etario necesario que Celina y María nos venían a dar a la ya problemática presencia de Juliana que, a esas alturas le había provocado tortícolis al bueno de Sergio, alucinado por sus gomas.
Al inicio del encuentro primó la cautela, la reserva, el comentario medido y por momentos el silencio. A la vez que el alcohol nos desinhibía, nos trababa la lengua pero no la cabeza, ese suele ser el problema, nos conformaba en grupo.
Entonces salió la política como tema de debate, como siempre nos sale, y su presencia caldeó el ambiente. Era el tiempo de oírlos a ellos, a los catalanes. Tomarían la palabra, se expresarían con ese vocabulario certero, con la virtud española de nombrar lo que se invoca, con esos modismos tan suyos que requieren de aclaraciones como notas al pie. Allí Fede, el agasajado en cuestión, se posicionó a la izquierda del mapa político español actual, mostró sus diferencias con Sergio, en la derecha de un partido independentista catalán, e inmutable permanecía Mique, una suerte de dibujito animado, con voz de tal, pero con una personalidad y un discurso muy interesante. No pude saber cómo pensaba Mique. Era el tiempo de oírlos a ellos. Pero no, no pude escucharlos todo lo que quería. La argentinidad también es eso. Si estoy yo, hablo yo. Mostrar que sé de qué hablan los otros, debe quedar claro que en esa mesa yo soy diferente al resto y me permito hablar, por demás, sobre lo que forma parte de la cotidianeidad ajena. Una pena. Pudimos sin embargo identificar algunas problemáticas comunes a ambos lados del océano y es que, claro, en la forma capitalista moderna, hay un modo, y no otro de articular y descuartizar los sistemas de partidos. Entonces, la praxis se desvanece en el aire cuando se ingresa a las casas de gobierno, sea donde fuere, queda la palabra vacua, las dirigencias se licuan con la facilidad que se pela un pepino, y las crisis de representatividad han dejado de ser fenómenos privativos de los países subdesarrollados –o a mitad de camino de todo- para convertirse en fenómenos a escala mundial ¿O es que acaso el capitalismo no lo es? La curiosidad era oírlos hablar de lo que nosotros discutimos cada día. La dificultad escucharnos. Y María se había ido con sus tetas y todo; misteriosa como un signo.
Educar a Ana no es fácil, hacerla salir de ese bucolismo Buckosquiano es épica pura en ese recorrido de la noche. Solita, callada, a veces hablándome cerca del oído, ella si quería, como yo, escuchar, arrumbada contra un vértice de la mesa, ya beoda, dijo “…un poema, una frase, algo, alguien diga algo.” Reclamó. Y prendió. Alguien apoyó la moción y allí estaba Juliana hablando, ahora se lo habíamos pedido. Arrancó con una prestancia sobresaliente, lo que la salvó del fastidio y la cruz comunitaria. Recitó. Y dijo una de Borges, otra de Jorge Luis, y a éste le siguió Quevedo, para llegar a Ruben Darío y así se ganó un espacio en esos recuerdos o en ese plano donde la cosa se hace consistente, densa, persistente y adquiere valor lo que vale la pena recordar. La abuela Diaguita y Eva Perón callados testigos de todo cuanto ocurría asentían con la cabeza en alto.
Cuando el vino nos agotó antes de que se termine, se abrió paso el fernet y el Fede, antojado de otra bebida le dijo a Cris “¿Se puede tomar cualquiera de las bebidas que están aquí?” Si, dijo Cristina confiada, casi sin saber lo que aquél muchacho, a diferencia mía, había identificado con claridad. En la mesa apareció un J&B, 12 años, un whisky de la puta madre, que no sé de dónde carajo salió. La estrategia diaguita del disimulo funcionó y se escondió en su verdad hasta cuando ellos se fueron. Solo entonces confesó que esa botella había sido parte de un pacto, el cual acordaba la apertura y la ingesta de su contenido, solo en presencia del Tano.
Luego la dispersión del grupo se dio con naturalidad. Yo me dirigí hacia el sillón, me recosté como quien se dispone a dormir, con la autosuficiencia de quien hace lo que quiere entre gente de confianza, el placer de estar pasándola fenomenal, el sabor semi amargo del fernet hamacándose en mi boca. Ana confidenciándose conmigo nuevamente, “Confesión del viento” podría ser el título de la escena ya que sus palabras, como en aquella bellísima canción de Juan Falú, viven y mueren en el acto del relato y se las confiesa al viento. Ella habla yo escucho y allí queda todo, el movimiento y la profusión de las palabras se van con el humo del ambiente. Hasta que alguno de los dos decida volver a confesar. De fondo otro viento se lleva lo que Martín, Cris y los catalanes conversan. El intercambio de direcciones de correo y de teléfonos ya es lo que prevalece, Sergio le reclama el teléfono a Juliana por séptima vez, ella lo intenta de nuevo, ya lo hizo seis veces y ahí va otra: 0-1-1-1-5…. “Espera, espera” le solicita el catalán, como si ella le hubiera dictado velozmente. A las dos de la mañana eso es imposible porque el nivel de alcohol en sangre ya es mucho en todos nosotros. Juliana balbucea, números, “Espérate, espérate”, le ruega él, borracho ya, y yo me doblo de risa, ella se molesta, me pega con un bolso, dice que soy un sociólogo de mierda, Sergio se ríe también, la situación es tan absurda como graciosa, yo no logro controlarme, me doy cuanta que la noche fue estupenda, que lo que diseño y pergeño Cristina salió bárbaro. Reflexiono sobre la azarosidad que rodeó esa noche, ¿cuanto hubo de ello y cuanto de predeterminada estaba aquella secuencia por las características de los invitados?
Los invitados se van repentinamente, quieren ganar la calle pese a que el taxi no ha llegado y tal cual la usanza argentina tardará en llegar, Juliana dice que los españoles se la quieren coger, los tres, no se quiere ir con ellos, pero los ha provocado toda la noche, se irá igual, ahora le sacude a Martín con el bolso, repetidamente y por sobre la cabeza de Cristina que se mamó antes de lo conocido. Cuando ella se emborracha le pasa esto, se pone verborragica, la lengua se le paraliza, ha bebido whisky, debe tener la lengua acaramelada, la cabeza le responde a medias, la lengua ya no. Sus brazos se caen de pesados, la espalda cansada de tantos golpes parece resignarse y los deja desvencijados, no de amasar o cortar carne para hacer ciento de empanadas, una vida de empanadas para otros, sino la alucinante vida ardua y castigadora parece manifestársele en el cuerpo cuando Cris se emborracha. Y sus brazos cansinos parecen ser los únicos miembros del mapa corpóreo que piden descanso.
Luego de todo esto, con Martín ya dormido, nos disponemos a la última charla, son las tres y media de la madrugada, Cris sigue hablando, Ana la sigue, yo ya no puedo, se cuestionan se repreguntan, me canso, me voy, lo que dicen me interesa pero mis oídos ya no oyen, me recompongo, nos encontramos, el día esta mas cerca que la noche que se fue y solo ahí nos decimos hasta mañana.

Pediatria polaca

Por Nacho Fittipaldi
Hurbinek era su nombre, un tatuaje en el antebrazo su identidad. La familia nunca supo de él. Hubo dudas acerca del nacimiento, certezas sobre su muerte. La de él entre otras y aunque se multiplicaran por cientos, no era una más.
En cierta ocasión Primo Levi me comentó que Hurbinek había nacido en el cautiverio de Auschwitz y con tres años “nunca había visto un árbol.”
Llegaba apenas a balbucear unas palabras inentendibles. Nadie en aquella polaca Babel supo en qué idioma hablaba y qué quería el diminuto. Lo que tenía era un hambre sin dimensión, incontrastable. No conoció el sabor de la leche materna, ni mantuvo diálogo alguno con el pezón de su madre rapada, alejadísimo de la calidez familiar no llegaría ni a extrañarla. “Había luchado como un hombre, hasta el último suspiro, por conquistar su entrada al mundo de los hombres, del cual un poder bestial lo había exiliado.”
Alguien, igual a mí, el que decidió sobre el pequeño.
“Hurbinek murió en los primeros días del mes de Marzo de 1945, libre pero no redimido. Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías”
Lloro mi dolor, me hundo en la arena desde donde me cuentan la historia. Las lágrimas acarician mi esencia interpelada y vacía. No tengo más que angustia. La vergüenza, es la de pertenecer al género humano. Así de grande la angustia.
Yo muero cada vez que Hurbinek pide pan.



I.F. Febrero de 2007

Resignaciones

Por Nacho Fittipaldi

Cuento
Las parejas son un anudado rizo de amor, pero también, un hilo fino y caro que pende de un inoportuno silbido.
Él no sabe si la ama pero esta crecido para comenzar con grandes análisis, separarse a los cuarenta y cinco es un suicidio social -piensa. La reflexión de si es o no es la mujer de su vida forma parte de un tiempo que hace mucho se ha escurrido. Ella está bien para la edad que tiene y él, bastante mal para la edad que no tiene, pero aparenta.
Se quieren, se cuidan, comparten algunas cosas, no toda su vida pero sí algunas de importancia, han construido juntos una linda casa, tienen amigos, muchos amigo, sonrisas, muchos matrimonios amigos, un buen pasar económico, reconocidas trayectorias profesionales, lo que se dice una vida acomodada. Nada alcanza.
Esa noche de noviembre cocinaron juntos, se agasajaron mutuamente, como ella se merece -dirá su madre. A Sofía le encanta que Mariano la trate bien, que la mime, por alguna razón está convencida de que esas cosas afianzan la relación, hace ocho años que viven juntos. Ella reposa en los pequeños detalles.
Mientras cenaban, conversaron sobre dónde irían de vacaciones en ese verano que estaba entrando, divagaron sobre algunos destinos recónditos del mundo, Kuala Lumpur, Lhasa, Pehuajó, Vietnam, lugares a los que nunca irían pero sobre los que les causaba risa hipotetizar, comieron el postre de pie mientras observaban una reciente grieta en el cielo raso de la cocina, pensaban en como suturarla.
Sofía se lava los dientes y se pone un camisón sugestivo, en verdad el estilo no es el suyo pero sabe que de no hacerlo con su marido, en la intimidad de su habitación, no encontraría otro lugar ni con quien usarlo. Mariano se convence de que un champagne es lo que le falta a esa noche para un buen final.
Durante la tardecita habían discutido acerca de qué película alquilar. Él quería ver algo de suspenso pero Sofía se salió con la suya. Alquiló una película iraní de esas que duran una hora y veinte, en las que hay cuatro diálogos y se utilizan treinta palabras en todo el film. Antes de verla Mariano sabe que indefectiblemente vera cientos de imágenes de chicos mutilados, rostros hermosos envueltos en velos negros, caras vedadas, sólo con voz, mujeres vejadas, ciudades derruidas por los bombardeos de algún país insensato que escudriñado en el peligro de que Irán logré su propia bomba nuclear, fustiga a fuerza de potasio y fósforo, los suelos iraníes de los que sólo pretende sus reservas gasiferas. Mariano se pregunta si luego de los bombardeos las reservas de gas no estallan por el aire junto con los pobladores y si los cuerpos de los pobladores que se ven incinerados por televisión, explotan antes por las bombas que por la explosión de las reservas codiciadas.
Sofía se detiene en otras cosas y cree que en esas películas está resumida la historia de la humanidad: la ambición por el dinero, la religión, las guerras interminables por conquistar la economía del mundo en un territorio ajeno, en donde, otras religiones se profesan y prevalecen. Mariano la consulta acerca de si en una hora y veinte cabe la historia de la humanidad. Sofía ríe, toma la copa por su tallo, bebe un sorbo y sutilmente lo invita al sigilo de la noche, cubre sus piernas con las sábanas que le brindan un leve pero acogedor calorcito, él toma el silencio al que lo han invitado y con la película detenida en una de las tantas escenas sin diálogo, puro cine, se tira un sonoro pedo. Deliberadamente, Mariano se caga. Sofía se enoja, le dice que es un asco y que no puede ser que siempre haga lo mismo. Lo que le molesta es la falta de respeto, pero no por mí –arguye-, cree que él no tiene derecho a arruinar ese momento y mucho menos a faltarle el respeto al director de la película, no te podes cagar así, la próxima te vas al living. Mariano se defiende y le dice a modo de justificativo que no fue para tanto, que fue sin olor porque la comida era sana, tenía poca harina. A los pocos segundos un hediondo olor invade por debajo de las sábanas las concavidades de la habitación desmintiendo lo que Mariano acaba de afirmar. Y bueno ¿qué queres? Vos ya lo sabes e insistís, insistís con lo mismo Sofía, no puedo controlarlo, no resisto el cine arte y vos te empecinas en estas películas. El olor es fuertísimo pese a que la comida tenía poca harina. Mariano ha arruinado la película pero esto no es nuevo; ya lo ha hecho antes con otras irakies, dinamarquesas, tantas asiáticas como pudo, se ensaña con las de Woody Allen, Won Kar Wai y David Lynch, pero también ha obstaculizado las francesas, inglesas, las suecas, ha estropeado de punta a punta La vida Secreta de las Palabras, bellísima película, onda, arruinada por la sonoridad y el tufo de los pedos de Mariano que, lejos de sentir culpa, se regocija en sus flatulencias, ríe con complicidad cercada y sabanea. Sos un hijo de puta Mariano no te podes cagar así, ¿qué haces?, quedate quieto, no sabaneés -en esos momentos a él parece no importarle nada. Para, para no te enojes, éste pedo -dice risueño- ¿No te hace acordar al que me tiré cuando estábamos viendo Con Ánimo de Amar? Sí, olelo, olelo, es igual. ¿No te acordás qué comimos ese día Sofi?
Sofía comprende que se ha puesto el camisolín sin sentido, otra noche más, al menos no discutirá con él, no ésta vez. Piensa en por qué continúa soportando ese tipo de desplantes, sabe que no es el tiempo de grandes análisis pero hay cosas que ya no tolera, de reojos ve la figura de Mariano que con el pasar de los años se ha redondeando y deformado poco a poco, como si la aformidad sosa de Mariano fuera figurativa del curso de la relación.
Sofía logra concentrarse en la película y evita una discusión que no tiene caso pero aún así sabe que no le hablará en lo que queda de la noche, de todos modos Mariano esta casi extinto.
Ella ve las imágenes de los niños descuartizados por los misiles V7-32, los ojos resignados de tanta tristeza de las madres que han visto morir a sus hijos en tres guerras distintas en menos de una década. Piensa que si las bombas hacen explotar los pozos petrolíferos, también podrían hacer explotar a las madres de los soldados y civiles muertos, sería una buena ley de la naturaleza, cada madre muere en el momento exacto en que su hijo deja de respirar; y que toda madre muera cuando su hijo lanza una bomba sobre una población indefensa. Pero Sofía sabe que no hay leyes justas y que está enojada, siempre queda alguien huérfano de amor, aunque no haya guerras.
La respiración de Mariano ahora se entorpece, sabe que lo próximo es el ronquido y después el babeo mogólico de cada noche. Por su mente y en silencio repasa los nombres y las caras de los hombres que podrían ser sus amantes, o sus próximas parejas, si ella se alejara definitivamente de éste mierdoso sujeto al que de a momentos aborrece. No encuentra muchas caras en ese recorrido pero lo que más la angustia, lo que la acobarda de verdad son otras cosas mas viscerales. La amedrenta la duda de no poder vivir sin él, aunque Sofía sea perfectamente capaz de encontrar otro hombre que la valore, que la quiera, un hombre que esté dispuesto a dejarla pese a que se sienta crecido para afrontar una vida en soledad. Aún así, no sabe si puede vivir sin él. También sabe que no resolverá nada esa noche, que como otras noches pasara y han sido varias. Nada se derrumba en un solo día, muchos días se derrumban de a poco hasta el fin. Se da vuelta en la cama, apaga la luz y queda de espaldas a Mariano.
Ahora duermen los dos, no hay imágenes, ni diálogos, ni palabras.



IF Agosto de 2009

19 ago 2010

La tristeza o nostalgia a cielo abierto

Por Nacho Fittipaldi
Relato
Hasta recién, reciencito no más, la hoja estaba en blanco. Llenarla es una labor ardua, habitual quizás, aunque no por ello cosa fácil. No es más sencillo porque uno lo haga con recurrencia. No.
En este caso aún más complicado porque los días fueron varios y en general -cuando no escribo cuentos- mis relatos son sobre situaciones o momentos particulares y esta reseña incluye dos días enteros y será diferente porque no me concentraré sobre el acontecimiento central, si no sobre sus contingencias, lo que queda cuando lo efímero se esfuma, según mi parecer.

Desde la primera vez que fui a Maipú supe que volvería. La tristeza del pueblo o nostalgia, el cielo abierto que se adivina desde las veredas de sus calles abiertas al cielo, no al mundo, la des-pertenencia de Laura, su enfado al regresar ¿obligada? al finalizar las sucesivas semanas son elementos que hacen del lugar, no querible para algunos, algo querible para mí.

Entonces el pueblo chico de ese último viernes estaba soleado al llegar, frío como estos días, vacío de urbes, llegando con la cadencia que se llega al lugar en donde el tiempo es un agente externo al ritmo vital. El campo que linda con la ruta que acerca viajantes al pueblo parece no interrumpirse cuando se ha llegado al centro del la ciudad. Ello es continuidad y no ruptura con la gran mayoría de rutas y pueblos de la Argentina; lo que prevalece a la vera de los caminos son campos, desolaciones en producción, o no, peones mínimos en el sembradío regional. A veces me pregunto y reflexiono acerca de qué pensarán los japoneses al ver tanta pampa junta, qué harían sus gobernantes si se les diera durante trescientos sesenta y un días, no un año, la posibilidad de decidir sobre tanta tierra, carente de japoneses que la sobre pueblen.
Al llegar a la casa que sería nuestra durante ese fin de semana, vimos que ya era de Micaela y sus adolescentes amigas que castigaban la mesa del living con textos que debían leer y no leerían, con galletitas que deberían devorar y fatigaron con fruición púber; cigarrillos y otros menesteres completaban la escena bulliciosa, a nuestro arribar .

Algo incómodo al comienzo, esperé mi tiempo del atardecer que es cuando la noche entra por algún respiradero de la casa y llega hasta mí como un sonido disimulado, entonces el sabor del mate impregna las papilas, se regodea entre las muelas sacudiendo la saliva, ácida ahora, dulce después del primer bizcochito. Ese tiempo de la tarde en el que en verdad se resignifica la noche, fue la hora en la que definimos tomarnos una cerveza en el bar de la plaza -aquél en el que durante mi visita anterior Cristina se tomara primero un té y luego un whisky. Nunca vi tan desacoplada combinación. Ahora sería el rincón desde donde intentaría identificar el pulso del pueblo, de la gente al regresar a las casas. Como compañeros de mesa esta vez estaban Raúl y Martín. Un cortado para el primero seguido de cerveza y picadita para dos fue el consumo de nosotros, únicos actores, testigos en el desértico bar que compartieron aquel inicio de noche. Nada del pulso del pueblo, nada de ritmo, nada de gente y un frío atroz. La charla con Raúl estuvo entretenida; tenemos varias cosas en común y cuando hablo con él es porque no esta Laura y cuando no está Laura, él parece mas relajado. Conversar sirvió para conocer los orígenes de las bromas que veríamos en la obra. Pero miento, había alguien en el bar, un ser ermitaño, alejado de la ventana que da a la calle, había alguien allí apodado El conejo, habitando el bar, sus alcoholes y los dientes que indicaban el por qué del apodo.

Casa de familia
Yo podría definirme como una suerte o especie de hijo, amigo, de Laura, pero no de Raúl. No podría ser su hijo aunque sí su amigo. Charlar con él es para mi reproducir las conversaciones que puedo tener con algunos amigos de La Plata, él pudiera ser mi amigo, no mi padre, Laura es su mujer, no mi madre, sí mi amiga.
Sin embargo y por momentos siento que tengo más que ver con Raúl que con Laura, y es tan difícil educar a Laura. A ella no le gusta lo que a Raúl sí. A él le gustan muchas cosas que a mí también me parecen lindas o bellas: el mar, el sol, la arena, el viento y el frío del mar, en el mar, la naturaleza, cierta música. Las que a mí me gustan, a Laura -algunas- también le parecen lindas o bellas cuando le son acercadas por mí, nunca desde Raúl, aunque sean las mismas. Hay una suerte de necedad vincular o afectiva de Laura con Raúl y de Laura con Maipú, a quién Raúl parece adorar, a donde ella no regresará jamás aunque nunca se valla del todo y de donde él parece no querer o no poder irse. Yo iba por segunda vez en el año y sé que volveré.


La noche llegó y también Sandra con sus crias; entre los hijos de Laura y Sandra son como si todos fueran hermanos, todos primos, ellas, todas madres y padres a la vez. Hay allí un vínculo fuertísimo, como de Lapacho, se los ve hablar, acariciarse, besarse, pelearse y reconciliarse con velocidad felina, todo ahí es de una inmensa intensidad. Hay un vínculo sostenido mediante la práctica del amor y algo de fondo, un lazo sui generis que los preexiste y excede.


La mesa fue participada, enorme y variada, tanto de comidas como de bebidas. Comenzamos con una picada, no muy livianita, la gente entra a la casa de Laura directamente sin golpear la puerta y como el garaje esta todo el tiempo abierto, cuando uno quiere mirar quién entró, el susodicho ya esta en las mismísimas narices, saludando y tomando un salame, preguntando si hay o no cerveza, destapándola, el salame se cae de la boca, se lo abaraja en el aire, sigue la ruta al estómago, proponen un brindis…salud!!! Y adentro. En cinco minutos sos amigo de alguien que no sabes quien es y que no volves a ver en toda tu estadía o vida breve. Seguimos con albóndigas y terminamos con milanesas rellenas, nueve porciones de papas fritas colmaron los hígados, más cerveza, vino, tortas varias y fernet. La comida nos excedió como así también los posicionamientos sobre los que sosteníamos nuestras ideas, lo mismo daba que fuera una discusión sobre cómo se reinsertó el Bambino Veira trocando su condena penal -no social- en elemento de marketing televisivo, como las hipotéticas punibilidades que debieran contemplarse para los violadores o para las estructuras que deberían, o no, regir a los inspectores distritales del Ministerio de Educación en la provincia de Bs.As que tiene, como todos sabrán, 134 municipios.
Del “ridículo ideológico” a veces volvemos fácil mediante el humor, la chicana certera, del humor mas rancio hablo, del negro, del que lidia con lo agresivo pero en donde ello queda suspendido porque se sobre entiende lo afectivo. Y así volvemos a lo intrascendente, vamos y venimos, esa parecería ser la dinámica de los encuentros, trascurre la noche y corren las horas y se fue una linda noche, cálida, compartida. Otra. Algo que buscaba y necesitaba, un mimo para el alma.


La consagración a la noche del Sábado
Al día siguiente todo estaba dedicado a la función de teatro barrial, en verdad la excusa del viaje era esa. En la prejuiciosa estructura de pensamiento que poseo tenía para mí que el espectáculo sería gracioso, esto venía de los relatos que conocía, pero algo pedorrón, bien pueblerino y esto venía claramente de Laura.
Durante el medio día y la tarde transcurrieron al menos quince personas más, diferentes a las del día anterior, algunas ni las vi y ni llegué a hablarles, la casa de Laura es como una oficina del IOMA, entra y sale gente que no sabe a qué va, nunca se llega a saber tan siquiera a qué han ido, ni a quién buscaban. Entran, saludan, comen torta y salen. La diferencia con el IOMA, es que en esta casa de familia, siempre atiende alguien, en general sus dueños.
En las horas previas y como si faltara gente y quilombo llegó Cristina con Belén, más tarde recibiríamos a Any Giordano y su hijo. A las 19.30 Hs., éramos como veinte; comenzó la cerveza otra vez, otra picada, el Fernet, otra picada y Laura ya estaba sacada, metiendo y sacando comida de todos lados, al carajo el relax obtenido en los masajes de las seis, los del living comían con pasión animalésca, o como bestias, semejantes al Salvattore de Umberto Eco en El Nombre de la Rosa, entraba y salía gente de la ducha, Eliseo manoteaba los platos con comida antes de que llegaran a la mesa, asemejándose a un molusco de brazos larguísimos y certeros, no daba manotazo sin captura.
Cuando se hizo la hora salimos todos para el teatro y a los pocos metros se evidenciaba que aquello era lo mas parecido a una movilización popular que Maipú haya conocido. El frío caló mis huesos tomándolos por los tobillos, la cola de ingreso era larga, Cristina en excitación sin parangón agitaba al grupo, se reía ¿con sutileza?, nos hacía reír, a la vez quería participar de las conversaciones más o menos serias que podíamos entablar en ese caos anímico, Cristina cree que todo es rosca política, salía de ellas mas temprano que tarde para la provocación repetida del humor. El frío de la noche era igual en dimensión y textura a la belleza del teatro.
Sobre las puertas de ingreso los actores ya estaban recibiendo al público con los disfraces pertinentes, Raúl caracterizado de pirata era la vergüenza hecha carne de la pobre Laura ya contracturada, y es ¡¡tan difícil educarla!! Entonces el placer de Cristina pareció concentrarse en hacerle sentir más verguenza a la mujer de Raúl. ¿Si Raúl se disfraza, por qué es su mujer la que se averguenza? ¿Si el que actúa es él por qué se contractura ella?
El vestuario era lo suficientemente bueno como para desestimar mis prejuicios pero el primer sketch me los devolvió con creces. Luego y de a poco el espectáculo fue tomando color y vida propia, los actores improvisados y no tanto fueron dando muestra de ser verdaderos artistas; quien no actuaba con oficio cantaba con destreza, los guiones y las letras eran muy creativos y tan ocurrentes como para causar gracia aún a aquellos que no entendíamos cabalmente el látigo del humor. Los picos de risa se produjeron cuando el número de la chancha fue presentado por el incisivo periodista de investigación, Tomas De la Verga; la presencia del carnicero en el escenario me recordó el absurdo más encumbrado de Cha Cha Cha. Luego la prolijidad, el ritmo y la sintonía con la que entraban a cantar en trío me dieron la pauta de que el espectáculo era cosa seria.
Me queda la sensación intima de que finalmente, lo valioso, lo fenomenológico de la obra, del impulso artístico que supone artistas y público, no es tanto la calidad de los actores o del espectáculo, que existe y es mucha, sino que el pueblo pague una entrada, asista masivamente año tras año a ver, se someta con libertad a ser retratado cruda y cruelmente en la mirada irónica, ácida, absurda y nostalgiosa de un pueblo actuado.