Por Nacho Fittipaldi
El puente es una construcción de hormigón prominente que
cuelga a unos 80 metros de altura sobre el Río Paraná. Al cruzarlo de
Resistencia a Corrientes, vuelvo a ver las aguas de ese enorme manto de agua, veo
también varias personas con la bandera de Argentina atada al cuello, colgando
sobre la espalda, como si hoy jugara la selección. Entonces pregunto. Marita,
la remisera, dice que son socorristas, socorristas de qué, re pregunto. De los
suicidas, dice. ¿Suicidas? Sí, está lleno, dice y al decirlo pronuncia la ll como
si estuviera resbalando en la vereda mojada de una ciudad imaginaria. Comenta que
los socorristas impiden, con desigual éxito, que los suicidas se arrojen al río.
Al verles, agrega, ellos corren hasta donde está el suicida y evitan el salto
mortal. El cuerpo de socorristas se llama Los ángeles del puente. A veces lo
mismo se tiran, murmulla. El auto avanza lento y este paso cansino de un auto
indescifrable me permite ver varios socorristas caminando por la senda peatonal
del puente interprovincial. Ellos tienen que identificar al suicida un segundo
antes de que se arrojen al vacío. Un segundo después es tardísimo. Imaginar la
escena da escalofríos. Pregunto si no sería más efectivo que Los ángeles del
puente no estuvieran identificados con la bandera ya que eso alerta al suicida.
Marita responde cualquier cosa, hace un rato largo ya que dice cualquier cosa y
que toma pésimas decisiones al volante. Dice que es su primera vez como
remisera cada vez que está a punto de chocar, son varias. Dice también que a
veces los suicidas equivocan sus cálculos y no caen al agua, caen a la arena de
la playa, en épocas estivales repletas de veraneantes. Bienvenidos a
Corrientes.
Ayer mientras almorzaba un lomo de Surubí con ensalada de
papas, a la vera del río, presencié una de las tormentas más violentas de las
que yo recuerde. En pocos minutos el día pasó de ser soleado y caluroso a frío
y fin del mundo. Pero eso fue ayer, ahora son las 05:30 de la madrugada y me
estoy despertando para ir rumbo al punto de encuentro desde donde la combi nos
llevará a Itatí. Doy por descontado que la carrera se va a suspender y mí
fastidio crece. El 5 de diciembre del año pasado inicié mi entrenamiento pensando
en el día de hoy. Dieciséis semanas, cuarenta y dos sesiones de entrenamientos
y más de 345 kilómetros nadados para que el día de la prueba la lluvia, el
viento y los rayos definan mi suerte. Apoyo mi cabeza en la ventana mientras
miro llover o llorar y pienso por qué todo tiene que ser tan injusto. Me da un
poco de vergüenza volver a La Plata con las manos vacías, pensar en el dinero
invertido me da pudor, el tiempo dedicado a esto no es mensurable. Al bajar de
la combi ya no llueve, veo que solo estamos los 32 nadadores que de distinta
manera llegamos hasta acá. No hay nadie de la Prefectura, la voz de mando en
todo esto, ni nadie de la organización. El río luce manso pero esa mansedumbre
es solo aquí, en lo que el campo visual me permite ver, adentro es un Dogo
enjaulado. El cielo es de plomo y pronto cederá.
Con la primera brazada descubro que durante todo el trayecto voy a ver mis brazos debajo del agua verde, transparente. A mi lado va un botero que me asiste desde su kayak, este servicio es obligatorio y pago. Es un lugareño, conoce el río. Antes de entrar al agua le informo que cada 20 minutos me tiene que hidratar, para eso tengo en la conservadora algo así como cinco litros de una preparación a base de agua y minerales, un Gatorade y alimentos. Cada una hora voy a comer, vos mete la mano en la heladera y me das lo que agarres primero. Hay dátiles, higos, bananas, membrillo y pasas de uva, están en bolsas ziploc. A las dos horas me das un gel. Pero acordate de la hidratación, cada 20 minutos me frenas, tomo y sigo. No te hagas drama, dice él, con una cara de insano que me intranquiliza. A los 25 minutos freno y le pregunto, ¿No nos pasamos de los 20? Con la misma cara de antes responde, ¿sabes que sí? Esto se repite a lo largo de toda la travesía, el corolario de sus pasos en falso será cuando a las tres horas de nado, la heladerita abierta se le caiga al río perdiendo así casi la totalidad de lo que era mi alimentación. La bebida zafa porque las botellas quedan flotando, pero como consecuencia de esto, quedan a temperatura ambiente. Si no fuera porque el viento castiga duro yo me habría enojado muchísimo. Pero no tengo tiempo para eso. Debo reconocer cual es el efecto que el viento produce en el agua, y cómo es que puedo doblegar el continuo oleaje que hace de este río, un lavarropas. Tengo que resolver cómo hago para que mi cuerpo no seda ante la violencia de las olas, y cómo salir de los remansos en los que el botero me mete una y otra vez. Estoy en un remanso, digo. Es decir, me metiste en un remanso. Su función es evitarlos. Sí, me dice, como si fuera obra de un Dios divino al que no me entrego. Entonces clavo mi brazo en el río, pero la fuerza del remanso lleva mi mano hacia mi pecho, rompe la mecánica de mi brazada y así mis chances de traccionar. Reconozco que es imposible nadar ahí. Saco la cabeza, lo miro, ¿Por dónde salgo? Pregunto y en mí voz hay una inflexión que sugiere algo así como un: ¿Vos sos pelotudo o te haces? Por allá, dice, arrastrando la ll como si estuviera resbalando en una vereda mojada. Un remanso es una vereda mojada. Un rato más tarde se larga la tormenta, llueve muchísimo, un vendaval se desata sobre nosotros y pienso que lo más probable es que la Prefectura nos levante y la carrera se suspenda. Nunca vi llover así, es como esas lluvias tropicales de Manila o el Amazonas, pero en Corrientes y en el corazón del Paraná. Miro hacia mi derecha y la costa de Paraguay no se ve, a mi izquierda la de Argentina, tampoco. Saco la cabeza para mirar hacia adelante pero no veo más que una nube, una suerte de neblina que se estaciona sobre el agua, no veo nada más allá de los cincuenta metros. El botero tiene cara de no saber por dónde agarrar y pienso que este será el fin. Las olas han desaparecido. Sigo nadando como si no hubiese un mañana o como si el mañana solo pudiera ser posible solo si sigo nadando. Nado, nado y nado. Decir que el botero me guía es resignificar la palabra guiar. En la sucesión de desaciertos, cuando le pregunto, cuánto llevamos nadado, responde: 20 km. Me parece mucho, y lamentablemente mi reloj que me daría esa información con precisión ha perdido señal y se ha apagado, pero me guardo ese dato como un abrazo. Lo repito a modo de mantra: faltan 15 km nada más, faltan 15 km nada más. Sé que los últimos 10 km serán los peores, pero aun así me tranquiliza saber que falta menos de la mitad. El problema es que mas tarde al repetir la pregunta, él repite la respuesta. Entonces digo, hace como cuarenta minutos me dijiste que iban 20 km. Sí, me confundí, responde con la indolencia de los mártires. A esa altura mi preocupación no es cuánto falta, ni cuánta comida queda, ni si ha quedado suficiente hidratación para llegar hasta el final, ni si vuelve a llover y me parte un rayo o si un familiar del Surubí que almorcé ayer me muerde un testículo. No. Mi única preocupación es depender tanto de alguien que significa nada en mi vida; alguien que ha participado tan poco en todo el proceso que me llevó hasta acá. A partir de ahora mi vida se divide en dos momentos: uno cuando mi cabeza está bajo el agua; y otro cuando la saco para respirar. En cada brazada me concentro en estirarme lo más que puedo haciendo que el nado sea lo mas fluido y largo posible, trato de amalgamarme con el río, le susurro un permiso, le pido que se apiade, me acuesto sobre el agua para disminuir la fricción sobre mi cuerpo. Puedo decir que esta escena es de un placer supremo. Pero la felicidad proviene del vínculo con el agua. En la fase de la respiración, cada vez que mi campo visual me hace ver el rostro del botero, pienso: Qué injusto que yo dependa tanto de vos. Qué desajustada la relación entre lo poco que te importa todo esto y lo mucho que significa para mí. Y entonces ahí, recién ahí, encuentro el punto de apoyo donde hacerme fuerte. Desde ahí construyo mi victoria. Entiendo que él con su desidia, con su andar errático en el kayak, con su desertar continuo y abandonarme a la buena de Dios, no puede arruinarme. Comprendo que mi fortaleza debe girar en torno, no tanto a lo que él puede guiarme, sino en lo mucho que yo debo relativizar su potencial negativo sobre mí. Mitigarlo. Y así ocurre.
Nado con enjundia cuando el río así lo pide, dejo de pensar en las cagadas que el botero se ha mandado. Nado con inteligencia cuando el río lo permite y con prolijidad las cinco horas y cuarenta minutos que me lleva el recorrido. Intento recordar cómo fueron los primeros 100 metros de la travesía y reproducirlos mecánicamente. Me dejo envolver por el marco exuberante de esa selva que se arroja sobre el río y me dejo atrapar por el Litoral cuando es la hora de su zarpazo furtivo. Llego a la meta con la plasticidad de un acróbata como si acá nada hubiese pasado como si alguien me lo hubiese regalado. Hoy sé que pude hacerlo y sé con precisión lo que hice para llegar hasta acá, a este tramo final en el que me pongo de pie, miro el agua, luego la arena, escucho los aplausos y siento que la faena está hecha. Soy feliz así. Pienso en Los ángeles del puente y pienso en los no rescatados, en los ahogados del río, en la deriva que esconde los cuerpos, en la historia de un país en conflicto con el río. Pienso en el nadar como salvación, aunque a veces el agua también pueda ser un gran salto al vacío. Aunque el agua nos llene la cara de preguntas, hay que nadar para salvarse. Nadar también es lo que le pasa al cuerpo después de nadar.
Ahora que es el día siguiente y el mundo se viene abajo, tomo
mate en la galería ancha de un hotel exuberante en vegetación. Siento el cuerpo
liviano, miro el aguacero mientras tomo mate, escucho el silencio de las gotas
golpeando sobre los tejados, observo el verde furioso de la grama, los globos
de aire en la superficie de la pileta, gota tras gota, pienso en el que fui
ayer, veo que las calles sin pavimentar se han convertido en un lodazal de
arena y tierra colorada. Están anegadas. Los claveles se mecen en lo alto de
las palmeras, los zorzales festejan su turno de suerte. Un miedo nuevo crece en
mí, cómo saldré de este pueblo si nadie me rescata a tiempo.


